Alarma, n.º 19, Octubre 1971 (pág. 19). PDF del número completo

El derrocamiento del general Torres y la disolución de su respaldo político, la pomposa Asamblea Popular de La Paz, han sido operación de coser y cantar para el ejército. Dijérase que Torres no deseaba otra cosa, porque el golpe de Estado se veía venir desde cualquier parte del mundo y él tuvo tiempo sobrado para impedirlo desmantelando el ejército. Pero había que ir a los trabajadores, armarlos y poner en sus manos cuanto necesitan para emprender una economía socialista. Esperarlo de Torres era pedir peras al olmo.

Lo que en verdad hay que preguntarse es por qué la dicha Asamblea popular se mostró incapaz de imponer a tiempo la disolución del ejército, o siquiera de organizar una resistencia importante en el momento del golpe de Estado. La respuesta es que, sencillamente, la Asamblea como tal y cada una de sus organizaciones componentes en particular, tenían hacia el general Torres y su poder, la misma actitud que el general Torres hacia su ejército. Querían mantenerse mediante la conciliación y el maniobreo, no salir avante por la lucha, incluyendo la lucha armada del proletariado. Y a su vez, esa táctica era consecuencia rigurosa del objetivo estratégico común a la Asamblea y a Torres: objetivo meramente anti-imperialista, tal como entienden el anti-imperialismo los componentes de la Asamblea. Ninguno de ellos incluye los gobiernos de Pekín y de Moscú en la categoría de los imperialistas; al contrario, buscan su amistad y apoyo. En consecuencia, su objetivo no era socializar la economía, sino salvaguardar la propiedad de Estado, extenderla, mermar o anular las posiciones económicas de Estados Unidos. En una palabra, era modificar la propiedad capitalista, no suprimirla.

La Asamblea era pues, también, un olmo incapaz de dar peras. Esos trotzquistas que la presentan como "el primer soviet de América latina" prostituyen la idea de soviet, de órganos proletarios de poder. Repitiendo lo dicho en el número anterior de Alarma, constituían la Asamblea, no representantes obreros libremente elegidos, aunque fuese mal elegidos, sino dirigentes de las organizaciones políticas y sindicales, burócratas, entre los cuales los menos viciados, los trotzkistas, llevan ya años de colaboración reformista con diversos gobiernos y son los culpables de que el proletariado boliviano no esté en el poder. Porque ellos tuvieron en un tiempo influencia decisiva para hacerlo... y desviaron en despreciable sentido nacionalista.

De ahí que la única resistencia obstinada que encontrasen los militares fuese la del sector menos escaldado por las experiencias anteriores y menos encuadrado por los aparatos orgánicos: los estudiantes.