Alarma, n.º 19, Octubre 1971 (pág. 20). PDF del número completo

Desde hace meses, el señor Allende y sus acólitos stalinistas hacen llamamiento tras llamamiento a la intensificación del trabajo y de la producción, al mismo tiempo que a la "moderación" en las reivindicaciones obreras. Les encolerizan particularmente las expropiaciones de tierras y de fábricas. Las expropiaciones que se hagan, pretenden, han de obedecer a un plan gubernamental. Dentro de la legalidad, Allende quiere organizar, él también, una "Asamblea Popular".

Ese lenguaje y esos proyectos son mezcla del conocido lenguaje reaccionario sobre la necesidad de producir más para ganar más (Franco y sus lugartenientes lo han repetido hasta la saciedad) y del de los neoreaccionarios con sede en Pekín y en Moscú.

En efecto, las expropiaciones de fábricas y tierras, hechas por los trabajadores mismos, conceden a éstos, acto seguido, la posibilidad de organizar la producción y la distribución de los productos bajo su propia gestión. Ahí empieza el socialismo. Por el contrario, obedeciendo a un plan gubernamental, ya no son otra cosa que expropiaciones de un burgués, de un terrateniente, de una sociedad anónima o de un trust, por el representante supremo del capitalismo, el Estado. Para los obreros y los trabajadores de la tierra, ésta última operación no representa sino el paso de un patrón a otro, igual que si la fábrica o la tierra en que trabajan hubiese sido vendida a un capitalista mucho más fuerte. Y es ley invariable que el crecimiento y la concentración del capital agravan la situación de dependencia de los asalariados. Los trabajadores chilenos no tardarían en sentir esa agravación sobre sus propias costillas si el proyecto stalino-allendista prosperase.

En cuanto al otro proyecto, el de Asamblea Popular, no necesitamos repetir lo dicho en este y en el número anterior de Alarma. El deber de los revolucionarios es denunciarlo como una abyecta falsificación y recomendar a los asalariados constituir sus propios órganos de poder eligiéndolos libremente en los lugares de trabajo, asignándoles por meta la disolución del poder existente con todos sus organismos policíacos y militares, y la gestión obrera de producción y distribución.