Alarma, n.º 20, 1.er trimestre 1972 (págs. 1-2). PDF del número completo

Al iniciarse el plan de industrialización, puesta apenas en marcha la fase preparatoria, dijimos en Alarma que los objetivos a largo plazo del proyecto podía y debía hacerlos fracasar el proletariado mediante su actividad defensiva y ofensiva, económica y política. Debía sí, hacerlos fracasar, desentendiéndose del crecimiento de una economía que implica ir sojuzgándolo cada día más y que sin esa condición no puede crecer.

Ahora, burgueses y dirigistas españoles, todavía educandos de los europeos y americanos, exultan jubilosos del aumento del capital y del PNB (producto nacional bruto), si bien los objetivos a largo plazo siguen todavía por alcanzar y la cadencia de crecimiento va en retroceso, a compás de lo que sucede en los demás países, de cuya expansión ha dependido también la del capitalismo en España. Una de las cifras de que más se envanecen es la que mide la renta o ingreso por habitante. En dos años, de 1969 a 1971 pasó de 720 a 820 dollares anuales. Si la cadencia se mantuviese, el año venidero se habrán sobrepasado con creces los 1.000 dollares por cabeza.

Una cifra de tal género tiene un doble interés para cualquier régimen de explotación, porque diluye en una categoría general los diversos conceptos de ingresos y las enormes diferencias cuantitativas entre ellos. No hace diferencia entre un peón, un limpiabotas, un obrero cualquiera y los altos jerarcas de la economía, del Estado y sus múltiples organismos, midiendo por el mismo rasero al multimillonario y a la lavandera. Para el conjunto de los trabajadores que crean la riqueza, la cifra no tiene el menor interés. En cambio, si supiesen lo que todos ellos ganan en un año y el valor total de los productos creados durante el mismo tiempo una vez descontados el valor de las materias primas y la usura de las máquinas o amortización, tendrían ante sus ojos, restando lo primero de lo segundo, una cifra impresionante, la que mide en dinero su explotación como clase. Reconvertida ésta última cifra en horas de trabajo dividiéndola por la paga media a la hora en todo el país, resultaría el número de horas que la clase obrera ha trabajado gratis, sin paga alguna, para el capital, no ciertamente una ni dos por día y hombre, sino bastante más. Y comparando año tras año esa misma cifra se darían cuenta de que el tiempo de trabajo no pagado por el capital a sus asalariados va en aumento a medida que se produce "el milagrito industrial". Pero estadísticas de tal género nunca las proporcionarán gobierno y dirigistas, que gustan disimulárselas a sus propios ojos con un "¡adelante por España!".

Sobre la explotación redoblada, las condiciones de trabajo han ido empeorando. La propia semana de trabajo oficial, fijada en 48 horas, es casi siempre letra muerta. El sistema de paga introducido, con sus normas de producción, su miserable salario base y las consecuentes primas a la producción y horas extra, añaden una sujeción del obrero al capital también proporcional al crecimiento de éste. La mayoría de los obreros se ven en la necesidad de hacer jornadas de 12 horas y más, hasta 72 y 78 horas semanales, y a mantener durante ellas la celeridad necesaria para cobrar las primas, en realidad destajos. Las primas constituyen hoy mucho más de la mitad de la paga. Y al todo hay que sumar aún el despotismo de las empresas privadas o estatales para fijar las normas de producción, los reglamentos interiores, para dictar la clasificación profesional, la mutación del personal, los despidos por conveniencia patronal o políticos y cien aspectos más de imposible enumeración, sin hablar de los convenios colectivos ni lo que prescribe una ley ultrarreaccionaria.

Ha habido una intensificación muy importante de la explotación y una sujeción mucho más estrecha del trabajador al capital. No obstante, el primero de los dirigistas nacionales, López Rodó, tiene la desfachatez de hablar de futuras libertades políticas, a partir de los 1.000 dollares de renta por cabeza. Es mera frase de sacamuelas. Si hubiese relación directa entre el aumento de la tal cifra y la libertad política, habríamos presenciado la aparición de la misma, siquiera tímidamente, en los últimos años. La relación entre crecimiento del capital y libertad política es netamente inversa en la época actual. Ahí están, como prueba, los antiguos países democráticos, donde las libertades van degenerando o desapareciendo a medida que se agiganta y centraliza el capital. En España, la realidad da diariamente un mentís al señor López Rodó. No sólo el obrero es menos libre que ayer en sus relaciones con el capital, sino que la represión política va haciéndose más dura en los últimos tiempos, a medida que nos acercamos a la cantidad fijada. En lugar de los 1.000 dollares y la libertad política, serán los 1.000 dollares a estacazos.

El régimen no puede consentir la menor libertad política, cualquier nivel alcance la riqueza capitalista, sin desmoronarse en poco tiempo. Sólo por la fuerza, por un movimiento de conjunto contra él, podrá la clase trabajadora derrocarlo y obtener para sí alguna libertad política. La libertad verdadera y completa, requiere mucho más: acabar con el sistema además de con el régimen. De lo contrario, los mismos y nuevos dirigistas vendrían a continuar el proceso de encadenamiento del trabajador al capital y a venderle automóviles y otros artefactos mecánicos, cuyo pago le hace correr tras las primas y horas extras, cuyo uso en tales condiciones le quita arrestos para rebelarse contra el sistema.

Por tales motivos, las reivindicaciones por que debe batirse el proletariado en cada huelga son aquellas que atacan al sistema en lo más profundo, en sus beneficios y en su estructura económico-política, cual ha sido precisado en el número 12 de Alarma. Un aumento de paga que comporta aumento simultáneo de la productividad arroja mayor beneficio para el capital, es un triunfo para éste, lo contrario para el obrero, pues hace bajar su nivel de paga y de vida proporcionalmente a los productos por él creados.

Una lucha así haría fracasar, cierto, el plan de desarrollo, pero colocaría a la clase obrera en su conjunto en condiciones de tomar en sus manos el todo social y de poner en práctica, ya sin explotación, sus propios proyectos económicos. Se medirían éstos, no por cabeza de habitante y en dinero, sino en consumo económico, cultural, por una fuerte disminución de tiempo de trabajo, y, en fin, por el género de libertad social e individual que así surgiría, muy superior a cuanto haya consentido la mejor de las democracias pasadas.