Alarma, n.º 20, 1.er trimestre 1972 (págs. 16-17). PDF del número completo

La huelga general minera empezó bajo malos augurios. El propio centro sindical, T.U.C. (Trade Union Congress) no la quería y descorazonaba a los mineros asegurándoles que el momento era poco propicio. La obstinación de los huelguistas ha dado un mentís a la burocracia sindical.

Al cabo de unas semanas de huelga, las consecuencias se hacían sentir en numerosas industrias. Al escribirse estas líneas empiezan a paralizarse muchas de ellas y el conflicto se hace sentir muy gravemente en todo el país. Un poco más y los mineros se habrán bastado para inmovilizar gran parte de la economía inglesa. Magnífico ejemplo del enorme poder que confiere a la clase trabajadora su función social, poder decisivo, a discreción suya.

Lo que se ha puesto como reivindicación en esa huelga no es más que un aumento de paga para recuperar el retraso en que respecto de otras ramas se han ido quedando los obreros de la minería. Trátase pues de un reajuste de la relación entre el capital y el salario que no alterará lo más mínimo la dependencia de éste por relación al primero, ni tampoco la cuantía de la explotación, aún suponiendo que los huelguistas obtengan satisfacción completa. Los estira y afloja en torno a la paga obrera consiguen, en el mejor de los casos, impedir que caiga el nivel de vida absoluto de los obreros, pero no su nivel de vida relativo, es decir, comparado con lo que producen y con la riqueza total de la sociedad. Esta segunda caída va en aumento ininterrumpido, en Inglaterra lo mismo que en cualquier otro país. La mayoría de las veces, un aumento de paga que parece importante representa una baja relativa, porque va condicionado a un aumento de productividad superior, en valor líquido, al aumento obtenido por los obreros. Aun así, alza de precios, impuestos y gastos nuevos a menudo impuestos por el sistema, vienen enseguida a roer el aumento absoluto ganado. En ese movimiento contínuo de vaivén, no hay círculo vicioso, contrariamente a las apariencias. A cada conflicto salarial y entre conflicto y conflicto, el reparto de la producción total de un país entre el capital y sus asalariados se hace más desproporcionado. Lo que obtienen los obreros es cada año menos en comparación con lo que obtiene el capital.

Así será irremediablemente mientras no se ataquen los cimientos mismos del sistema económico existente. Marx pensaba hace un siglo que el proletariado británico tenía ya ante sí lo necesario para acometer la supresión del capitalismo, careciendo únicamente de la pasión revolucionaria indispensable. ¿Cuál de los múltiples marxistas ramplones que circulan por aquí y acullá no tomaría esas palabras por delirio "voluntarista", por idealismo, en estos momentos incluso, cuando las condiciones objetivas de la revolución están dadas no sólo en Inglaterra, sino en toda Europa y América, por ende en el mundo? La efectividad impresionante de la huelga minera viene a demostrar que el proletariado podría, incluso con bastante facilidad, desembarazarse del capital y poner en marcha la economía sin otro criterio que el de sus necesidades, porque son las de la sociedad y las del porvenir. En lugar de reivindicar del capital esto o aquello, los mineros hubieran podido lanzarse a la huelga para no tener que reivindicar más en lo sucesivo. Hubieran podido, sin rodeos, dirigirse al proletariado de todo el país proponiéndole tomar en sus manos todos los instrumentos de trabajo, crear su propio poder político, coordinarse para poner en funciones la producción y la distribución con arreglo a criterio anti-capitalista. Vistas las proporciones adquiridas por el paro minero sólo, nada habría podido resistir a la totalidad del proletariado movilizado en torno a esa única y última reivindicación.

Pero la idea ni siquiera hizo aparición. Ello revela hasta qué punto Laboristas y sindicatos constituyen parte del armatoste económico-político del capital, y cuán ineptos, por conservantismo, son los grupos que se pretenden revolucionarios, trotzkistas y no trotzkistas. Allí están plantados con la inercia de un bulto cualquiera, en espera de que una crisis cíclica del capitalismo les ponga entre las manos una situación revolucionaria madura y lista para su consumo. Son incapaces de ver la crisis permanente de toda la civilización capitalista, vedándose en consecuencia ser parte activa en la solución de la primera, que comporta de necesidad la disolución de la segunda.