Alarma, n.º 20, 1.er trimestre 1972 (págs. 18-20). PDF del número completo
La enemiga y la ruptura entre Carrillo y Lister que ha llevado a la división del Partido stalinista, sin mencionar a los terceros pro-chinos que manotean por diversos lugares, nos ha valido una acusación de criminalidad formulada contra el primero por el segundo, escrita en el ya consagrado estilo de la bellaquería amaestrada por el Kremlin. Es una especie de "informe Khrtchef" en escala nacional llamado "¡basta!", cuya lectura recomendamos como vomitivo. En efecto, la impresión única que su lectura produce es una náusea incontenible; náusea de Carrillo, náusea de Lister, náusea de ese partido y de cuantos tienen o han tenido responsabilidades en su dirección, náusea de sus protectores y aliados, quienes sean y doquiera estén. He aquí algunas muestras hediondas:
En el período de 1948-51, "las medidas terroristas que se venían aplicando en nuestro partido llegaron a un grado inimaginable. Están al orden del día el método de las persecuciones de tipo policíaco, la "espionitis", los interrogatorios y procesos con verdadero sumario.
"¿Dónde están los hombres que al terminar la guerra en Francia entregaron a la dirección un gran partido e importantes medios materiales? Unos separados, otros expulsados; y no pocos muertos y desaparecidos en condiciones más que sospechosas". Lister da el nombre de Luis Fernández como víctima, entre otros, de Carrillo, Gallego y compañía (página 147).
Dentro de España mismo y durante la peor época del terrorismo franquista, Carrillo y Antón aprovecharon la situación para deshacerse de colegas de partido que les estorbaban (p. 151). Y a continuación indica algunos de los asesinatos o tentativas de asesinatos entre la gente más conocida:
"El examen de la decisión sobre las eliminaciones físicas se hicieron siempre en el Secretariado y el encargado de asegurar su ejecución era Carrillo. Alguna vez la ejecución fallaba, como por ejemplo con Beltrán, quien "llevaba un sector de paso de frontera"... "un día Carrillo informó al Secre tariado que había sospechas en cuanto a posibles ligazones de Beltrán con las autoridades franquistas. Se acordó su eliminación y Carrillo encargó de ésta a los camaradas X-X". Las sospechas no tenían el menor fundamento —dice Lister a continuación— pero "Beltrán fué convocado a una entrevista para examinar cuestiones relacionadas con su trabajo. Todas las medidas estaban tomadas para que no saliera vivo de la entrevista". Mas Beltrán, receloso, acudió armado a la entrevista y X-X no se atrevieron a desenvainar pistolas o puñales.
El caso Comorera: "Carrillo y Antón propusieron al Secretariado la eliminación física de Comorera. La propuesta fué aceptada y Carrillo encargado de organizar la liquidación. Carrillo designó a dos camaradas para llevarla a cabo. Pero Comorera decidió marcharse a España. A través del informador que tenía entre la gente de Comorera, Carrillo conoció la decisión de aquel y el lugar de paso de la frontera y la fecha. Carrillo envió a sus hombres a ese lugar para liquidar a Comorera al ir a cruzar la frontera. Pero Comorera que se sentía en peligro y vivía con una gran desconfianza, a última hora cambió de lugar de paso". Entonces, dirigida siempre por Carrillo, "se abrió en nuestra prensa y en nuestra radio una ofensiva de chivatería denunciando la presencia de Comorera en Barcelona".
El caso Monzón. Jesús Monzón, "si hoy sigue en vida lo debe a haber sido tenido por la policía franquista en Barcelona cuando se dirigía a encontrarse con el enlace que "tenía que sacarlo a Francia", pero que en realidad debía de conducirlo al lugar de su ejecución" (página 160).
El caso Trilla. "Después de haber cumplido durante la guerra las misiones que el Partido le encomendó, al acabarse ésta continuó luchando en la clandestinidad hasta que en 1945 apareció muerto a puñaladas en Madrid, en el Campo de las Calaveras". Según Lister (p. 163) Carrillo ha escrito, modificando una versión anterior, que Trilla "actuaba como un verdadero bandolero y que "por eso lo ajustició el grupo de Cristino García"..." Carrillo va falsificando la historia, cargando sobre otros la responsabilidad de hechos que él ha ordenado". Y añade: "Vivo está y dispuesto a comparecer ante la comisión investigadora, el camarada que en Toulouse recibió de boca de Carrillo y de Dolores (Pasionaria) la orden de ejecución de Trilla que debía transmitir a Cristino García".
El caso Quiñones. Quiñones estaba en España. Fué asesinado allí por orden del Partido, en alguna guerrilla. De paso nos enteramos de que además del chivateo y el asesinato, el Partido en cuestión emplea la tortura: "Quiñones fué condenado a muerte y tuvo que ser llevado por dos soldados al lugar de su ejecución, pues debido a las torturas recibidas ya no podía andar. A pesar de su estado físico murió valientemente" (p. 164).
"¡Basta!" reseña sólo los casos de gente relativamente conocida, muy conocida en los medios stalinistas españoles. Es evidente que Lister conoce muchísimos nombres más de gente asesinada en España, en Francia, en Rusia, donde el Secretariado tenía organizado un servicio de espionaje entre sus propios miembros, y en los países del Este. Lo deja entrever así. Y no menos palmario es que Lister ha sido coautor y cómplice de calumnias, chivateos y asesinatos, sin otra finalidad éstos que aventajar en el Secretariado a tal o cual banda de rapaces. Porque en esas rebatiñas internas están en juego, en lo inmediato, además de la fama de ser Gran Dirigente, importantes sumas de dinero y vida fastuosa, y en perspectiva, futuros ministerios y el poder absoluto de los dictadores. Los avatares de la crisis del capitalismo de Estado stalinista hacen que ahora y sólo ahora Lister, no sin la venia de Moscú, levante contra Carrillo un índice acusador. De cierto que Carrillo está en condiciones de ser no menos explícito y en ello veraz hablando de los crímenes de Lister.
Igual que Lister, Carrillo jurará que no se había enterado de ningún crimen hasta última hora, o que los había silenciado para no perjudicar al Partido. Como si desde mucho antes no se hubiesen asesinado, por orden de sus maestros, desde Stalin, Iejof y Beria hasta Khrutchef y Brejnef, primero millares de revolucionarios, y luego simples colaboradores suyos descontentos o renuentes a partir de cierto momento.
No porque Carrillo y López Raimundo hayan ido a Pekín en solicitud de un certificado de buenas costumbres, ni porque hablen a la italiana de pluralismo direccional, quedan curados de sus atavismos asesinos, ni están a salvo de sus esbirros, no ya los revolucionarios, a los que reservan siempre sus peores puñaladas por la espalda, sino sus propios correligionarios policíacos demasiado ávidos de Secretariado o siquiera en ruptura.
Nada ni nadie podrá corregir la naturaleza criminal del stalinismo, porque emana de lo más hondo de sus exigencias contrarrevolucionarias, anti-comunistas más intencionalmente que ninguna otra. Hay que destruirlo de arriba abajo y eso sólo puede hacerlo el proletariado en armas. Pero sepamos alertar contra él a la juventud rebelde, sin lo cual no habrá revolucionarios mañana.
"La sociedad rusa está enferma de miedo" —declaraba el joven escritor ruso Vladimir Bukouky, que acaba de ser condenado a 7 años de cárcel. Ahora bien, Lister, Carrillo, Pasionaria, Antón, Raimundo, etc., todos los dirigentes actuales y pasados de ese Partido, pertenecen a la casta de torsionarios y explotadores que gobiernan gracias al miedo.
Desde la contrarrevolución stalinista, su único secreto y su único principio respetado es este: "Dadme la policía e inmovilizaré a todo el mundo".