Alarma, n.º 21, 2.º trimestre 1972 (págs. 6-8). PDF del número completo
(Algunos camaradas se han dirigido a nosotros pidiendo se les esclarezca la posición de Fomento Obrero Revolucionario tocante al problema nacional. Aunque la creemos suficientemente explícita a través de diversos textos, he aquí algunos párrafos particularmente destinados a nuestros solicitantes, valederos para cualquier movimiento político o militar patriótico.)
Tres tesis cimentan nuestra posición sobre la lucha por la independencia nacional, sea real o embustera. Las tres están interdeterminadas y se desprenden derechamente de la historia contemporánea. Una de ellas es económica, otra política y la tercera filosófica. En ese mismo orden van aquí expuestas y comentadas.
El capitalismo de hoy constituye una unidad mundial, sin excepción de país alguno. A despecho de las diferencias de desarrollo de sus diversas zonas ha creado instrumentos de producción, técnicas, conocimientos y necesidades más que suficientes para negarlo, es decir, para aniquilarlo y acometer la organización del comunismo en la misma escala. Trátase de una civilización capitalista desigualmente implantada en el mundo, a substituir por una civilización comunista, ninguno de cuyos puntos geográficos quede en retraso por relación a cualquier otro. La potencia del capital internacional —de hecho la de los países más industrializados— convierte en quimera cualquier proyecto de desarrollo nacional y por consecuencia de independencia. A cada ciclo de producción se agranda el desnivel entre los países pobres y los países ricos y por tal conducto también la dependencia de los primeros por relación a los segundos. Esa es ley inherente a la naturaleza del sistema, la misma que agrava la sujeción de los trabajadores a medida de la concentración y el agigantamiento del capital. Por consecuencia, a menos de negar que la civilización capitalista como un todo puede y debe ser superada, es obligatorio asignar a los países atrasados la misma tarea revolucionaria que a los países avanzados, igual que si se tratase de regiones de un país muy industrializado que no hubiesen seguido el ritmo general. Engendradas por las relaciones de producción capitalistas, las aspiraciones nacionales pierden porvenir desde el momento en que esas relaciones, implantadas en todo el planeta, alcanzan un alto grado de centralización. Desde ese momento, la soberanía nacional se convierte en ilusoria allí donde no existe y en todos los casos en algo reaccionario, realidad o aspiración. Lo dicho es de una evidencia irrecusable después de la constitución de tan numerosas naciones formalmente soberanas.
Ahora véase nuestra tesis política reducida a su más escueta expresión:
Los movimientos nacionales no tienen base en las necesidades ni en el porvenir inmediatos de la humanidad; la tienen en la continuidad del capitalismo y en la competencia dominadora de las diversas grandes potencias. Ha sonado la hora de la revolución mundial.
Durante 20 años a partir del Octubre ruso retumba de un país a otro una serie de movimientos revolucionarios que no pueden ser interpretados sino en calidad de componentes de una sóla ofensiva del proletariado mundial. Fué condenada al fracaso por una contradicción muy singular, cuyas consecuencias padecemos todavía. Doquiera entraban en acción, las masas miraban hacia la "URSS, país del socialismo", por intermedio de sus partidos filiales, a tiempo que la URSS, volviendo a ser Rusia, estaba convirtiéndose en la segunda potencia imperialista mundial. Y así Moscú mismo fué el que llevó a la derrota o reprimió con sus propios polizontes una tentativa revolucionaria tras otra. En ninguna parte, puede asegurarse, han sido vencidos los trabajadores por la burguesía, ni siquiera en la China de 1926, sino por la intervención política o policíaca del stalinismo. E incumbe un poco de responsabilidad indirecta a cuantos, a comenzar por Trotzky, sin dejar de combatir al stalinismo, no vieron sino con retraso cuanto él acarreaba, no de oportunismo, sino de contrarrevolucionario, de profundamente anti-comunista, sin hablar de la responsabilidad gravísima de quienes siguen considerándolo aún como un simple oportunismo burocrático. Es que el maretazo de la victoria de 1917 arrebató el pensamiento más allá de las realizaciones. Se habló de revolución socialista cuando era tan sólo permanente (democrático-burguesa hecha por el proletariado) y su transformación sin "solución de continuidad" en revolución socialista nunca tuvo lugar. Sinembargo, era esa su única razón de existencia, como ese fué también el impulso inicial de su desencadenamiento. Ahora bien, la expropiación de la propiedad privada por el Estado no alteró la función de los instrumentos de producción, que se hacían cada vez más alienantes al paso de la acumulación ampliada del capital. En suma, así como el proletariado ruso se había elevado al ápice de la acción revolucionaria mundial, la burocracia, convertida en propietaria colectiva, llevaba la centralización del capital y el despotismo político resultante, su superestructura, al grado más alto consentido por la relación capital-salariato en el mundo contemporáneo.
Simultáneamente, Rusia se situaba como una potencia capitalista más en la maraña mundial de intereses reaccionarios contradictorios. Y sacó el mayor beneficio posible gracias a sus alianzas sucesivas con los imperialismos democráticos, el hitleriano y otra vez con los primeros. Pero a pesar de todo sigue siendo una potencia bastante inferior a los Estados Unidos. En un futuro choque militar, sus posibilidades son mínimas, por no decir todas negativas, a menos de una modificación muy importante de la distribución de zonas de influencia, sobretodo en los viejos continentes. Con tal objeto, el apoyo a los movimientos nacionalistas, o bien su creación de pies a cabeza, ha revelado ser un arma utilísima, desde Corea hasta Vietnam y Bengala, amén de Cuba. En fin de cuentas, Rusia está poniendo a contribución, por métodos no muy diferentes, la que fué política de los Estados Unidos durante un siglo frente a los antiguos imperialismos europeos, más fuertes que Estados Unidos en aquella época. Pero Rusia lo hace en esta etapa, cuando la nación está totalmente sobrepasada como forma de organización económica y política.
En una palabra, es el aplastamiento de la revolución mundial entre guerra y guerra lo que ha consentido toda esa barahunda nacionalista y esas guerras locales donde se mata y se muere por cuenta de los grandes amos del capitalismo mundial... y se prepara la tercera gran matanza. Satisfecha, la independencia nacional revela ser más formal que real mientras que en todos los casos aumenta el sojuzgamiento económico y político de los trabajadores, de las masas en general. Ni siquiera ha debilitado a las viejas metrópolis, lo que era el resultado más importante esperado de la emancipación de las colonias.
Nada tan claro al respecto como lo ocurrido en Bengala. El país está cayendo bajo la zarpa de la India, que ya practica una represión implacable en su parte occidental, y la "presencia" económica de Rusia será dominante. Es su estrategia contra China lo que ha llevado al Kremlin a la voltereta desfavorable a Pakistán que hemos presenciado. Antes de ser proclamada, la soberanía de Bengala era ya completa servidumbre.
Cerrando el comentario a esta segunda tesis es preciso añadir que ni el aplastamiento de la revolución mundial, ni la terrible debilidad de los revolucionarios cambian lo más mínimo la necesidad histórica de revolución comunista mundial. Por el contrario, el crecimiento del capitalismo, las exigencias inmediatas del proletariado y del Hombre, a más de la amenaza termonuclear, le confieren el mayor apremio.
En tercer lugar, desde el punto de vista dialéctico la existencia precede a la consciencia, pero también, desde el momento en que esa consciencia ha hecho aparición en cualquier parte como producto de la historia humana anterior y de los factores objetivos actuales, puede reflejarse y actuar allí donde éstos últimos no están directamente presentes. Dicho de otro modo: la presencia mediata, para los países atrasados, de las condiciones creadas por el capitalismo mundial y la presencia de la consciencia revolucionaria (siempre viva, a despecho de los hachazos stalinistas y de la degeneración que han causado en otros) producen en los países débiles, poco desarrollados, las mismas necesidades y posibilidades de acción en el mismo sentido que los países de gran industrialización. Cualquier movimiento real de las masas es hoy, ignórelo o no, un síntoma de la necesidad de revolución comunista. Sin elevarse en los hechos a la consciencia de su verdadera naturaleza se convierte en juguete de intereses reaccionarios y se anula. Ninguna habilidad táctica de apoyo a los movimientos nacionales podrá sustraerse a tal destino. Por lo demás, recurrir a semejantes "habilidades" es aceptar que las engañifas nacionalistas heredadas del pasado, arraigadas en el capitalismo, contienen una fuerza subversiva de que carecerían las ideas de revolución social. De cualquier manera que sea, el enorme desacople del factor subjetivo relativamente a los factores objetivos, de la consciencia del proletariado por relación a la existencia, a saber, a la madurez del mundo exterior para la revolución, no pueden en modo alguno revigorizar las antiguas creaciones del sistema capitalista.
Las tres tesis convergen en el mismo punto: el carácter irreal y reaccionario, porque innecesario, de la lucha nacional.
Así pues, no somos nosotros quienes negamos el derecho de un país cualquiera a la independencia; es el monstruoso poderío del capitalismo mundial. Por otra parte, está presente la posibilidad de pasar a una civilización comunista, en la cual la libertad individual y colectiva reduzca a nada lo que la independencia nacional ha consentido en sus mejores momentos a un número restringido de países. Creemos haber dicho lo esencial al respecto en el capítulo "Imperialismo e independencia nacional" de Pro Segundo Manifiesto Comunista.
Apenas merece decir que la libertad de hablar y de enseñar la propia lengua debe ser respetada siempre. No es esa una característica nacional en el verdadero sentido. Y por lo que atañe a los negros de Estados Unidos es inimaginable que encuentren un tronco cultural propio. ¿Dónde? ¿En Africa? Se sentirían allí peor establecidos que en Alabama. Su cultura es hoy la nuestra y sólo con ella se desarrollará o perecerá. Ese problema negro ha sido creado por el imbécil desprecio de los blancos y las bestialidades de que se han hecho reos. No existe en países mucho más atrasados, donde los negros han gozado de condiciones semejantes a las de los blancos, buenas o malas.
En algún lugar, Engels expresa la idea de que, ya en su tiempo, los movimientos nacionales constituían una diversión al gran cometido revolucionario, cuyo cumplimiento los hará desaparecer. Por nuestra parte, creemos que será imposible desembarazarse siquiera lentamente de la venalidad de las relaciones sociales capitalistas y del Estado, si se conserva tras de la revolución el revoltijo de naciones. Una nación es algo muy distinto de algunas características psíquicas, físicas o lingüísticas. Estas permanecerán después de la revolución, algunas por siempre. La nación no, porque no tiene sentido sino como unidad de explotación.
ALARMA