Alarma, n.º 22-23, 3er y 4º trimestre 1972 (págs. 11-12). PDF del número completo
París 14 octubre 1972
Camaradas:
Daniel Guerin me pidió publicar en vuestra revista el capítulo sobre las colectividades españolas de mi libro "Jalones de derrota: promesa de victoria", habiendo puesto yo por condición la publicación simultánea de un texto sobre la autogestión aparecido en un número de Alarma que le adjunté a mi respuesta. Y le expresé mi deseo de permanecer al margen caso de que no aceptárais la proposición.
Se justificaba esa actitud, porque siendo mi pensamiento opuesto a la autogestión, sin que el capítulo en cuestión se exprese al respecto, por razón evidente de asincronismo entre la época de su redacción y la época en que empezó a hablarse de autogestión, su publicación en vuestra revista induciría cualquier lector a situarme entre los partidarios de la autogestión, al revés de la verdad.
He ahí que lo habeis hecho en vuestro número 18-19, enero abril, del que he tenido conocimiento por casualidad y con retraso, pues no habeis tenido a bien mandármelo. Ocho páginas de la revista son extraidas del capítulo, sin reproducirlo íntegramente. ¿Qué equívoco o qué idea os ha permitido obrar así?
Lo ignoro, pero confío en que no os parecerá excesivo que os reclame la publicación de esta carta y en particular las líneas que siguen en el próximo número de vuestra revista:
La autogestión es para mí uno de los desatinos más turbios que haya sido introducido en las filas obreras, sin perjuicio de la honradez de los revolucionarios que la toman por un descubrimiento. Abundan las personas y tendencias a todas luces no revolucionarias —reformistas y burgueses— e incluso contrarrevolucionarias —stalinistas y jefes de Estados policíacos— que la hacen también suya. Y para nada sirve atribuirles un abuso de la fórmula o intenciones mistificadoras.
Las colectividades de 1936-37 en España no son un caso de autogestión antes del nombre. Algunas organizaron una especie de comunismo local sin otras relaciones mercantiles que hacia el exterior, precisamente como las antiguas sociedades de comunismo primitivo. Otras eran cooperativas de oficio o de pueblo, cuyos miembros se distribuían los antiguos beneficios del capital. Todas abandonaron más o menos la retribución de los trabajadores según las leyes del mercado de la fuerza de trabajo, así como, unas más que otras, según el trabajo necesario y el sobretrabajo de donde el capital saca la plusvalía y toda la substancia de su organización social. Además, las colectividades hicieron a las milicias de combate dones en especies tan abundantes como reiterados. No se puede pues definir las colectividades sino por sus características revolucionarias, en suma, por el sistema de producción y de distribución en ruptura con las nociones capitalistas de valor (de cambio necesariamente), siendo la autonomía de gestión mera forma en contradicción con su contenido profundo. Tanto, que esa fué no sólo causa de sus dificultades, sino lo que permitió al stalinismo y al gobierno a él infeudado, combatirlas y finalmente destruirlas. La autonomía de gestión fué pues la negación de las colectividades. Ellas mismas se dieron cuenta, pero demasiado tarde.
Vuestra revista me presenta como trotzkista ortodoxo, sin maligna intención, pero a contrasentido de la realidad. Para un pensamiento dialéctico, ortodoxia y revolución se excluyen recíprocamente. Yo seguiré siendo revolucionario, no ortodoxo de lo que sea. Rompí formalmente con la IV Internacional en 1948 —como Natalia Sedova-Trotzky hizo posteriormente— pero eso no me impedirá levantar la mano como trotzkista frente a los calumniadores policíacos de Moscú o de Pekín, o frente a ese tercera categoría de sujetos, factura XX° Congreso, que se regodean ahora con los errores de Trotzky, cual si pudieran justificar sus conchabanzas con la contrarrevolución stalinista.
Saludos.
G. Munis
P.S. Una errata, sin duda obsesiva, en vuestra traducción, página 166: "extremando su designio auto-socialista, el gobierno Negrín... etc." Hay que leer: su designio anti-socialista.