Alarma, n.º 22-23, 3er y 4º trimestre 1972 (págs. 15-16). PDF del número completo

Hace más de diez años que el Japón está siendo cortejado simultáneamente por China y Rusia. Ya Khrutchef despachó Micoyan a Tokio en embajada especial, para ofrecerle participación de capitales en la industrialización de Siberia oriental. China replicó por boca de Chu En-lai postando un plan común para industrializar el Sur asiático, al paso que uno y otro cortejante mostraban inusitada avenencia tocante a disputas territoriales. La puja ha continuado entre bastidores, hasta que el público entendimiento entre Estados Unidos y China consintió a Japón libertad de maniobra respecto de la segunda. El reciente viaje del primer ministro japones a Pekín, con el restablecimiento de relaciones diplomáticas y los acuerdos económicos y políticos, pregonados unos, secretos otros, han dado a China clara ventaja frente a Rusia. Es la contrapartida de la intervención indo-rusa en Bengala y de la mengua de influencia americana en la India. No por ello va a retirarse Moscú de la competencia. Tendrá que ofrecer al Japón el oro y el moro con tal de conquistar sus favores.

El asunto tiene recovecos laberínticos e importancia mundial. La tercera gran guerra imperialista —reafirmémoslo— podría ser encendida en Asia central u oriental por Rusia y China, pero no dejaría de chamuscar hasta los antípodas. Rusia y China se contraponen, no por simples razones fronterizas, menos aún ideológicas —cebo de incautos— sino ramplonamente materiales. China reclamaba y empezó a practicar su propia penetración económico-política en Asia y en menor grado en Africa. Lejos de verlo con buenos ojos, Rusia planeaba absorber toda la economía china en su circuito económico, reservando para sí todos los terrenos de expansión posible, sin que del otro lado las intenciones fuesen menos torvas. Si se hubiese tratado de un país relativamente pequeño, Rusia habría resuelto la resistencia de sus homólogos chinos de la misma manera que en Hungría en 1956 y en Checoslovaquí doce años después, porque nada hay tan absorbente y drástico como un imperialismo cuyo dominio exterior excede de largo el que le confiere su propia capacidad productiva. El gigantismo demo-geográfico de China retuvo y continua reteniendo las divisiones blindadas rusas en la frontera siberiana.

A la China de Mao Tse-tun, cortada por el mismo patrón stalinista, capitalista estatal, contrarrevolucionario, no le quedaba otra senda a seguir que la amistad y la complicidad económica del viejo capitalismo occidental y japonés. Los dictadores chinos están demostrando, en mayor escala que Tito, que el tributo a pagar por la protección del imperialismo ruso les es más insoportable que el cobrado por el imperialismo yankee.

Ejemplo funesto para Rusia. Si sus esfuerzos para reducir a China amenazándola por los cuatro costados han tenido éxito evidente cerca de la India y en Bengala, pierden terreno cerca del Japón y fracasarán siempre cerca de Estados Unidos, por muchas concesiones que obtengan y a pesar de que Washington no puede tratar a Moscú sino con los miramientos debidos al único rival imperialista de importancia militar, capaz de rociar su territorio de bombas termonucleares. Por otra parte, tampoco prosperan las tentativas rusas para concluir un pacto de seguridad europeo, es decir, que le deje manos libres en Oriente. La diplomacia china no pierde ocasión de elevarse contra él, pone en guardia a los países concernidos contra "los cantos de sirena" moscovitas y se regocija de cuanto consolida el mercado común occidental, al que atribuye un valor "anti-imperialista". Hay que leer anti-COMECON. Incluso Franco es zalameado a porfía y no sin resultas contantes y políticas, por ambas diplomacias stalinistas. El reciente convenio comercial entre el Kremlin y El Pardo, meterá dólares de la hucha de divisas del régimen y combustible en los blindados con que cuenta mantenerse en pié. Procurando no ser menos, delegados chinos en Hong-Kong y en la O.N.U. cabildean y banquetean con los franquistas.

De lo anterior se desprende una primera constatación: la mentecatez de quienes nos hablan de una revolución china, cual la Liga Comunista y similares, pues habría que admitir entonces que su seguridad y su continuidad la apuntalan Estados Unidos, Japón, Europa occidental, y precisamente contra Rusia, por los mismos definida como "Estado obrero", y que se desvive por poner su lado al Japón y a todos los imperialismo occidentales.

En Alarma se ha dicho varias veces que las maniobras e intrigas internacionales rusas y chinas tenían por trasfondo el considerarse ambos países recíprocamente como el principal enemigo. Los diarios más importantes de Pekín acaban de explicitarlo en artículos editoriales que señalan en Rusia "el enemigo más pérfido". Bueno es tener por escrito declaraciones de ese porte. Pero se trata sólo del efecto; la causa original hay que ir a buscarla en la crisis de la contrarrevolución stalinista, como parte la más enconada de la crisis universal de la civilización capitalista. Sin contradicción de capitales, es decir, de distribución de los beneficios de la explotación, no existiría enemistad entre Rusia y China, es innegable para quienquiera no se desentienda de la dialéctica materialista. Pero esa contradicción se dobla a su vez con otra, la resultante del bajo potencial económico del capitalismo ruso, que le impide mantener su imperio extrafronteras sino mediante condiciones leoninas, e ir tirando intrafronteras sin totalitarismo político exacervado, factor éste común al stalinismo chino. Esas contradicciones ponen fuertemente de relieve la crisis del capitalismo en cuanto tipo de organización social ya deletéreo, y la forma inmedita que adquiere en la zona de la contrarrevolución stalinista, sin que nos paremos aquí en otras consideraciones implícitas.

El entrelazamiento del capital japones y americano llevará consigo un reparto de los beneficios a sacar de China, aparte los que obtenga directamente Estados Unidos. En Wall Street se felicitan del papelito firmado por Chu En-lai y Tanaka: las acciones suben. Pero hay tambien en lontananza la posibilidad de que Japón y China lleguen a constutir un tercer bloque imperialista, que empezaría agitando la vieja engañifa: "Asia para los asiáticos", eco de la dactrina Monroe: "América para los americanos". Ello depende, en parte, del grado de independencia que conserve el capital nipón. Mas por mucha que sea, el acontecimiento no tendrá jamás lugar si el proletariado irrumpe en la escena política mundial, de lo que hay barruntos. Por ahora, la operación será ventajosa para el imperialismo occidental, y para China en cuanto capitalismo de Estado nacional frente a Rusia.

Mientrastanto, si Rusia no consigue inclinar en favor suyo al Japón y a Estados Unidos, se agraverán las relaciones con sus satélites, su situación interna, y uno de los primeros efectos probables será la caída de Brejnef.