Alarma, n.º 22-23, 3er y 4º trimestre 1972 (págs. 1-3). PDF del número completo
El proletariado está derrochando energía en una lucha salteada de huelgas económicas, semipolíticas, de solidaridad, que si hasta ahora no debilitan su acometividad general reducen a poco el fruto de tanto esfuerzo. Las huelgas importantes, los choques con la policía sucédense unos a otros con breve intervalo en lugares diversos del país, sin que hasta la fecha haya habido un sólo caso de simultaneidad.
Al principio de las huelgas —diez años ya— la desconexión entre ellas por unidades de producción o por zonas era inevitable, sobretodo teniendo en cuenta el prolongado letargo impuesto por la dictadura. Hoy ese factor no cuenta, o cuenta muy poco, como lo demuestra la propia cascada ininterrumpida de luchas obreras, y estudiantiles también, pues éstas últimas obedecen, con motivaciones inmediatas diferentes, a la misma contradicción social que las otras. Continuar por ese camino empieza a ser peligroso. Hasta ahora, cualquier lucha obstinada contra el capital y su gobierno servía, independientemente de su resultado, de estímulo y ejemplo a seguir en otras partes. Así ha ido adquiriendo la clase obrera mayor arrojo, cierta experiencia en la organización de sus luchas, e inspirando miedo al enemigo, resultado considerable. No contamos las adquisiciones económicas o aumentos de salario, porque éstas se saldan, en realidad, en detrimento de la clase obrera, excepto, claro, cuando no proceden de un aumento de la productividad y de las horas de trabajo, escasas veces.
En el primer plano de toda la agitación social española, no sólo la obrera, está la lucha contra el grillete dictatorial, apenas aflojado desde el fin de la guerra civil. Eso aparece claro en todas las consciencias, es el tope contra el cual van a chocar todos los intentos de lucha, es lo más inmediato. Toda huelga, toda protesta, cualquier cariz tomen, van enderezadas contra la dictadura, pero también, por su intermedio, contra el capitalismo, del cual ella es su actual representación, pero no la única posible. Sin llevar más adelante la contienda contra ambos el movimiento huelguístico y la rebelión de la juventud tenderán inevitablemente a cejar y a perderse en la nada, o desembocarán en una nueva sujeción.
Ahora bien, ninguna huelga local, por muy completa y combativa que sea, ninguna sucesión de huelgas en tiempo y lugares diferentes harán progresar en lo sucesivo la lucha de conjunto. Es preciso una coordinación, una acción simultánea cada vez más extensa y directamente política. Eso lo consiente desde hace tiempo el estado de espíritu de la juventud en particular y de los trabajadores en general, tanto, que debe preguntarse uno por qué, tras diez años de huelgas formidables a despecho del gran dispositivo policíaco gubernamental, todavía no ha empezado a producirse la coordinación y la sincronización de las luchas entre ramas y zonas de producción diversas, así como entre obreros y estudiantes. La ausencia de libertad política está lejos de explicarlo satisfactoriamente.
Tomemos el ejemplo de Galicia, el más reciente. En El Ferrol, la cólera contenida de los trabajadores estalla incidentalmente en una lucha tan improvisada como enérgica, que paralizó en un instante toda la ciudad. Lo que había empezado por una simple disputa de procedimiento tocante a un convenio colectivo se convirtió de súbito en un choque violento entre los trabajadores y la policía, expresión escueta del Estado franquista. Lo anodino se eleva a lo transcendente, lo económico deja al descubierto su meollo político, hecho ya ocurrido múltiples veces en todas las regiones industriales y hasta en el campo. Pero en este caso es más flagrante el defecto de organización previa, de simultaneidad siquiera en la zona Norte, y sobretodo de meta política deliberada.
En efecto, aún no estaba aplacada la vesánica represión en El Ferrol, cuando los trabajadores de Vigo se lanzan en condiciones similares a la huelga y también tienen que hacer frente en la calle a los verdugos del régimen. Algunas compañías de ellos venían directamente de El Ferrol, con las armas todavía calientes. Entrando la clase obrera en liza así, por sectores aislados, la represión tiene fácil juego y será más cruel, mientras que arredro y desmoralización harán presa en los trabajadores doblegados por una fuerza bestial. Y sinembargo, durante los acontecimientos de El Ferrol, varios huelguista se presentaron en Vigo reclamando de sus camaradas de clase solidaridad activa. Les fué respondido que no podían dar otra que económica. Ahora, la policía se abatirá sin obstáculo sobre los trabajadores vigueses, cuando una huelga simultánea a la de El Ferrol habría provablemente arrastrado otras en Avilés, la cuenca minera, en Santander, en Bilbao. Aunque no hubiese sido así, se habría sentado un precedente importantísimo que no dejaría de ser imitado pronto y en mayor escala. La acción huelguística simultánea es lo único que conseguirá dominar la barbarie policíaca del régimen, hasta derrocarlo.
No cabe pensar que la clase obrera sea ciega. Indudablemente, ve que ese es el problema, pero, salvo improvisación, no acierta todavía a organizarse y tomar iniciativas mayores por sí misma, es decir, sin dejarse influenciar o canalizar por organizaciones que tienen supremo interés en impedir la rebelión en masa del proletariado. Por muy clandestinas que aparezcan, son otro aspecto del capitalismo, al acecho de su turno. Tienen que comportarse pués, tiznándose de liberales, con arreglo a su objetivo, consistente en dominar la totalidad de la fuerza de trabajo a continuar explotando como sucesores de Franco. Carrillo, Lister, adoradores de Mao Tse-tun, trátase de un sólo stalinismo verdadero, del cual son apéndice las Comisiones Obreras. Antes que una acción revolucionaria de las masas, esas organizaciones prefieren la continuidad del "Movimiento", con cuyos hombres están entendiéndose entre bambalinas y con los cuales proyectan colarse en el poder.
La "huelga nacional" de que hablan hace tiempo, no es, cual podría creerse, un paro a realizar por el proletariado en el país entero, menos todavía una huelga insurreccional. La palabreja nacional ha sido seleccionada porque permite darle un sentido geográfico mendaz para los trabajadores, conservando su sentido político veraz para los explotadores, osea, de unión nacional de todas las clases, bajo la hégida del sistema económico existente, única posible. Lejos de ser un acto de lucha de clases, tal "huelga" sería una subordinación traidora del proletariado al sistema capitalista, cuya preocupación constante es continuar explotándolo después de Franco.
En realidad, lo que buscan Carrillo, Lister y demás es que el clero, la burguesía y en primer lugar el ejército, tomen la iniciativa de su "huelga" nacional. Cuando Carrillo se esfuerza tanto en exculpar al ejército de los crímenes y de la corrupción del régimen, es porque cuenta con él para impedir que los trabajadores se desmanden en son revolucionario. El ejército en la calle y la población en masa aclamándolo, he ahí la imagen del cambio de régimen en la mente de esos pseudo-comunistas.
Así se explica que las mentadas organizaciones utilicen el amplio aparato de que disponen y los millones que manejan, no para propiciar una simultaneidad de las huelgas en el tiempo y su necesaria convergencia en el derrocamiento del régimen, sino, al contrario, para mantenerlas desperdigadas y a la deriva, en espera de que ejército, burguesía y clero decidan un pronunciamiento. Mientrastanto, ellas se ocuparán de recaudar fondos "para las víctimas de la represión" y hasta aconsejarán algunos paros cortos a guisa de solidaridad con tal o cual huelga importante.
El problema más grave y urgente de la lucha revolucionaria en España reside ahí. Las organizaciones clandestinas que los trabajadores conocen más representan para ellos un obstáculo y están tendiéndoles una tela de araña. Es indispensable que obreros y estudiantes tomen todos los asuntos en sus propias manos, a fin de dar a las huelgas unidad de objetivos económicos y políticos y la mayor simultaneidad posible, hasta la huelga general a los gritos: ¡ABAJO EL REGIMEN CLERIGO-MILITAR-FASCISTA! ¡ABAJO EL SISTEMA CAPITALISTA!
El primer paso a dar en todos los sitios es la constitución de núcleos revolucionarios que tomen a su cargo tal labor. La situación les es ya y les será cada día más favorable.