Alarma, n.º 24, 1er trimestre 1973 (págs. 15-16). PDF del número completo
¿Qué oculta la crisis monetaria? Haciendo deducciones torpes y estableciendo analogías con otras crisis monetarias de muy diferente naturaleza, casi todos los grupos revolucionarios vieron en ella el anuncio de una crisis de sobreproducción, "inevitable, inminentete", etc., y además deseada por ellos. Fracaso completo de la predicción. Después del primer arrechucho monetario los negocios del capital mejoraron, hasta el punto de que los ministros de economía europeos temiesen que un aumento demasiado brusco del crecimiento industrial acelerase más de lo previsto el ritmo crónico de la inflación. En ese momento, principios de 1973, se produce un segundo arrechucho de la crisis monetaria. Por decenas de miles se cuentan los millones de dólares que fluyen hacia los bancos alemanes, japoneses y suizos principalmente y en menor cantidad a otros bancos de Europa occidental. Pero esta vez incluso la gran prensa reconoce que no se trata de un movimiento de especulación privada. Los trusts internacionales que intervienen en el movimiento especulativo están dominados por el capital estadunidense y operan con el beneplácito de Washington. Es decir que Washington juega contra su propia moneda: dólar contra dólar, vía conversión en marcos, yen, francos suizos etc. Así se ven esa monedas reevaluadas de hecho, cualquier precio paguen por los dólares en riada los bancos centrales, mientras el dólar se devalua por bajo de lo decidido oficialmente. Se trata, en consecuencia, de una crisis monetaria intencional y dirigida por la cúspide financiera americana.
Pero jugar a la baja de su moneda es para Estados Unidos la manera más expeditiva de aligerar sus deudas, de no pagar una parte de ellas muy importante, determinada por la suma de porcentajes de devaluación del dólar y de reevaluación de las otras monedas, el marco y el yen en primer lugar. Japón y Alemania han vendido en los años últimos a Estados Unidos mucho más de lo que le han comprado. Ahora tienen que ayudarles a enjugar el enorme déficit de su balance comercial exterior. Ese es el motivo y el objetivo inmediato de la operación "crisis monetaria". Los acreedores resisten, claro, pero irán cediendo con estiras y aflojas, porque sus negocios se irían al traste si la economía americana diera de cabeza.
La solidaridad del capitalismo occidental, Japón comprendido, es cada día mayor. Nada tiene que ver con un hecho moral o psicológico. Es una solidaridad ramplona, pero tanto más férrea por tratarse de un entrelazamiento de capitales industriales y comerciales que los ata entre sí para mal y para bien. Sólo que en el conjunto, el predominio yankee ha ido acentuándose desde la guerra acá y continuará por el mismo camino gracias al automatismo de la acumulación ampliada del capital. Tal economía nacional boyante, conocería suerte muy distinta sin las inversiones y la propulsión comercial de Wall Street. En última instancia, será siempre Washington quien decida.
Es probable que en forma retenida entre arrechucho y arrechucho, la crisis monetaria se prolongue hasta la realización del proyecto de desmonetización del oro, o hasta la adopción de un sóla moneda para toda la economía occidental, más el Japón. Desde los acuerdos de Bretton Woods, a raiz de la guerra, el dólar era la única moneda con talón oro. Las divisas de los países signatarios del acuerdo eran referidas al dólar y transformándose en él únicamente podían adquirir el codiciado metal. Suspendiendo por decisión autoritario el respaldo oro de sus billetes de banco, los Estados Unidos los imponen como talón obligatorio de las demás monedas, maniobra de fraude que le consiente llevar a cabo su potencia económica, red comercial comprendida. Ahora bien, la desmonetización permanente del oro conferiría al dispositivo americano una capacidad de decisión unilateral mucho mayor, como está viéndose en este período, de prueba probablemente, pero en cambio, la tesorización del oro en barras o en joyas por los particulares y por los gobiernos tomaría proporciones fabúlosas y terminaría amenazando gravemente la economía. Ya en estos días, la onza de metal amarillo anda por los cien dólares, cuando el precio oficial, hace meses, era todavía de 34 y ahora de algo más de 40 dólares. El hecho está lejos de explicarlo la demanda industrial y suntuosa. Es que el oro como simple materia prima y de ornamento es cosa reservada a una sociedad sin explotación. Los Estados Unidos han suministrado ya la prueba engrosando sus reservas de lingotes al mismo tiempo que suspendían la convertibilidad del dólar.
El único problema para todos los países concernidos es este: ¿quién vende a quién?, o, ¿quién vende más que compra? No puede resolverse sino comprimiendo a los débiles para dejar expansión a los fuertes. Y la relación ha venido a ser tal, que débiles son, frente a Estados Unidos, Alemania, el Japón, el occidente industrializado en general, no digamos los demás países. La solución está más allá del sistema, en una distribución internacional que anule la venta y con ella las balanzas comerciales. El capitalismo se atasca y atasca a la humanidad en su capacidad productiva, mientras que el consumo de los hombres absorbería muchísimo más de lo que él produce si no estuviese sujeto a la compra, previa venta de la fuerza de trabajo. Precisamente por haber sido provocada, la crisis monetaria acusa lo estragado de un sistema que retiene a la humanidad en niveles de consumo inferiores.