Alarma, n.º 24, 1er trimestre 1973 (págs. 17-18). PDF del número completo

Uno de esos enviados de Le Monde, tan especiales como reverentes ante "los países socialistas", se ha tomado la molestia de ir allí para contarnos que la juventud es un grave problema para el gobierno, que está fascinada por el Occidente, que la prostitución se extiende, que el gobierno está poco contento del "gran aliado", su tutor ruso, hasta el punto de confesar que lo que Rusia acepta como intercambio económico no conviene a Hungría, y lo que conviene a Hungría no lo acepta Rusia. Pero, lo más especial de esos enviados es que no se permiten ver mucho más de lo que quieren que digan los gobiernos de los países visitados.

Quienquiera ha pasado un par de semanas de vacaciones por esas latitudes ha visto y puede decir mucho más. Por ejemplo, que la atracción ejercida por el Occidente es al mismo tiempo odio a Rusia y al gobierno local, sin ser en modo alguno tendencia pro-capitalista; que la prostitución es producto de la miseria material y de las miserables relaciones humanas características del régimen; que todos los defensores extranjero de tales regímenes, siquiera críticos, son vistos con desconfianza; que el régimen alimenticio de la población es pobrísimo y que en restaurante para comer medianamente hay que pagar precios de lujo; que la clase obrera pasa una vida de perros y ve con aversión a cuantos representan al gobierno, desde el liderzuelo local hasta los ministros y el Partido como organismo; en fín, que la apatía y el apoliticismo aparentes se transforman en lo contrario con cualquier pretexto.

No existe un sólo gobierno stalinista que no se sienta tan o más frustrado que el húngaro por "el gran aliado socialista". Más de uno pediría de buen grado cobijo en la órbita occidental, si no estuviesen todos encañonados por el ejército ruso, pues ninguno tiene las dimensiones territoriales de China que imponen retención a Moscú. Los trabajadores nada ganarían con el cambio de órbita. Pero ha de llegar un momento en que se subleven simultánea o sucesivamente en la mayoría de esos países, derroquen a sus gobiernos, ganen a su causa a los soldados rusos e instauren su propio poder. Un movimiento revolucionario de conjunto, no sólo echaría por tierra a la contrarrevolución rusa, sino que se extendería hasta el confín occidental y oriental.