Alarma, n.º 26-27, 3er-4º trimestre 1973 (págs. 6-10). PDF del número completo

Citémoslo para mejor seguir el hilo de nuestro discurso:

"Estamos en un momento en que la grupusculación y desconexión entre los núcleos llamados anarquistas permite toda una variada gama de incongruencias: el abandono de la estrategia para caer en el puro tacticismo, y propagandismo, la dispersión de fuerzas, el sectarismo entre compañeros con el mismo proyecto revolucionario, el abandono, la ineficacia o la traición a la revolución social".

Esa no es sólo la situación de quienes se dicen anarquistas, sino, igualmente, de quienes se dicen marxistas, excluyendo de este ramal, es decir, del movimiento obrero propiamente dicho, a partidos y sujetos de obediencia mosco-pekinesa, meros traficantes políticos. Y la dicha situación no es española sino mundial, lo que basta para demostrar que su causa transciende los dos ramales citados, es independiente de su voluntad, se les impone quiéranlo que no, como un momento de una desagregación que requiere ser comprendida —no sólo constatada— antes de poder transformarla en recomposición y en nueva aptitud revolucionaria.

El texto glosado barrunta lo dicho, aunque sin mirar allende la línea de demarcación anarquista, puesto que pide considerar el problema "evitando toda presuposición, lo que significa, partiendo de cero". El punto de partida queda así bien sentado, a condición de universalizarlo. Y luego, lo más difícil, hay que erigir un nuevo edificio, eliminando con entero rigor crítico cuantas experiencias prácticas y materiales teóricos, estratégicos o tácticos, se revelen errados o inservibles hoy.

Y a continuación:

"En este sentido, nos parece interesante aclarar que la ineficacia demostrada durante los 50 últimos años por los partidos autoritarios para lograr una transformación revolucionaria de la sociedad hace que el movimiento revolucionario, buscando nuevas formas estratégicas descubra o redescubra lo mejor de la tendencia anti-autoritaria, libertaria o anarquista, y en ese sentido vivimos una revivificación de esa tendencia".

Eso es decir no al sí que acaba de enunciarse como vector de la búsqueda, es partir, no de cero, sino de una cifra o nivel nada bajo de lo presupuesto tiempo atrás, es una afirmación gratuita impregnada de patriotismo de tendencia, es concluir sin análisis lo que ha de decidirse después de él. Si se quiere realmente partir de cero, excluyendo cualquier presuposición, es obligatorio preguntarse, antes que nada, el contenido verdadero de la contraposición autoritarios - antiautoritarios. Su origen asciende a la ruptura entre políticos y apolíticos en la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional) y por mucho que se hurgue en ella no se le descubrirá otro contenido que el de la querella políticos-apolíticos. A su vez, ésta, examinada en el decurso de las luchas que va desde la Comuna de París y la insurrección cantonal en España, hasta la revolución de 1936 y la guerra civil, sin olvidar la revolución rusa y el episodio de Kronstadt, revélase, no una contraposición entre una tendencia política y otra apolítica, sino una divergencia entre dos políticas. Por muy amplia que aparezca, jamás ha sido otra cosa, porque además de la intervención directa en política, incluso en gobiernos, de los llamados apolíticos, durante las épocas en que creen abstenerse practican de hecho otra forma de política, la del desdén, si no la del avestruz. La abstención en tal dominio es tan imposible como vivir sin respirar o sin nutrirse, so pretexto de que la atmósfera está poluida y los alimentos no son puros. El todo está en determinar con tino qué clase de política se hace y para qué clase social. La burguesía y cuantos estratos sociales se esfuerzan en mantener el capitalismo o en concentrarlo hasta la densidad estatal, son políticos sí; mas deducir de ahí que sus explotados han de ser apolíticos es un disparate. También se sirven de los conocimientos humanos, desde el saber técnico hasta la psicología y la filosofía, para afirmar su dominio. ¿Tendrían por ello que declararse los explotados enemigos de cualquier saber, ignorantes, aculturales por vocación y por necesidad emancipadora? Todo el mundo conoce las aplicaciones criminales de la pólvora, el trinitrotolueno y la energía intranuclear. ¿Tendría, en consecuencia, que renunciar el proletariado y con él la humanidad futura, a domeñarlos para fines apacibles? Está claro: cuanto no sea definir una política revolucionaria, hasta el ejercicio de la autoridad por el proletariado en cuanto clase (no, cierto, por un partido, dígase marxista, dígase anarquista) revierte a hacer gorgoritos con las palabras libertad, emancipación, revolución, acracia, etc.

En segundo término, el fracaso en la transformación revolucionaria de la sociedad es el de todas las tendencias. El primer gran revés de la revolución se produjo en 1914, con la declaración de la guerra, al situarse todas las organizaciones conocidas, lo mismo marxistas que anarquistas o anarcosindicalistas, junto a uno u otro de los imperialismos contendientes. El terreno del proletariado fué desertado, salvo por minorías. Mucho peor al producirse la segunda guerra mundial, durante la cual, quién más quién menos toma a su cargo la defensa nacional (resistencia) o participa de pleno grado en ella. Rarísimos y minúsculos fueron los grupos internacionalistas, es decir, que defendiesen en tiempo de guerra los intereses de la revolución mundial, no los del capitalismo en lucha por la hegemonía. En los dos extremos del intervalo se sitúan la revolución rusa y la española. El triunfo de la primera abre un ciclo internacional de luchas revolucionarias; el fracaso de la segunda, después de otras, lo clausura dejando libre curso a la matanza imperialista. En lo acontecido entre una y otra está el secreto de la grupusculación actual, general como dijimos al principio, y también del baturrillo ideológico reinante.

Resumiendo al máximo, lo ocurrido es que la revolución rusa, hecha en la esperanza —fallida— de repercutir acto seguido en Europa occidental, se atasca, y luego se metamorfosea en contrarrevolución, sin que quepa precisar aquí cómo. Pero el trueque se produjo por caminos totalmente imprevistos, y tan tortuosos, que la contrarrevolución simulaba conservar, mal que bien, algo de la revolución. Los militantes obreros fueron, unos remodelados a imagen de la contrarrevolución (stalinismo), otros desorientados (trotzkistas, anarquistas) y metidos, por su propia incomprensión de lo ocurrido, en falsas sendas sin salida revolucionaria. ¿Cómo explicar, si no, que el anarquismo español colaborase con el stalinismo de 1936 a 1939, lo que descalabró la revolución? ¿Asimismo, que Trotzky y la IV Internacional siguiesen hablando de un "Estado obrero degenerado" y viendo en el stalinismo una temible organización oportunista, sí, pero no capitalista y contrarrevolucionaria, lo que era desde antes de 1936? El fracaso de la revolución internacional, sin la cual no podía ser transformada en socialista la economía rusa, causó la virada de ésta hacia el capitalismo de Estado, lo que no exime al bolchevismo de errores y culpas en otra parte señaladas. No haberlo visto a tiempo es el grave yerro de las tendencias antistalinistas, y lo que las hecho derivar insensiblemente a la derecha cuando tenían que renovarse a izquierda, hasta fijarlas en posiciones oportunistas o sobrepasadas, de todos modos inservibles para propiciar la revolución venidera.

La grupusculación y el desbarajuste ideológico son el resultado de una disconformidad de la juventud con las antiguas organizaciones, intuitiva, a menudo torpe, pero que busca a tientas otra orientación. Para que cese positivamente hay que encontrarla, y para encontrarla hay que echar por la borda no pocos conceptos y querencias que reblandecen el indispensable espíritu crítico.

En dirección de los conceptos y querencias reblandecedores va, es lástima, la segunda parte del siguiente párrafo:

"Cada vez que los organismos conscientes se reagrupan parten de las formas y experiencias más avanzadas habidas en el desarrollo de la lucha de clases a nivel mundial. Es en este sentido que son válidas para nosotros las experiencias a regusto CNTista: la acción directa de masas, la labor de generalización y extensión de la información y las luchas, el concepto horizontal de organización y de periferia hacia el centro en cuanto a centralismo, evitando todo centralismo burocrático..." etc. "en fin, la experiencia de la autogestión de las colectividades y sindicatos de industria".

El regusto en cuestión no es privativo de la CNT, sino propio del movimiento revolucionario por lo que respecta a la acción directa de masas y a la generalización de la educación y de las luchas, además de que, como enunciado, eso lo acepta quienquiera, incluso el stalinismo. En cuanto a evitar el burocratismo, no es una fórmula orgánica, menos un buen propósito, lo que dará la clave. No hay "sésamo ábrete" antiburocrático horizontal ni vertical, sin detenernos en que la verticalidad puede ir de abajo arriba y la horizontalidad hacia adelante o hacia atrás. Todas las declaraciones y proyectos a tal respecto se quedarán en palabras hueras mientras no empiece a efectuarse y se complete la transformación social que ha de suprimir la separación entre trabajadores manuales e intelectuales. En los propios límites de una organización, máxime siendo sindical, se evitará tanto menos cuanto menor sea, en frecuencia y en calidad, la intervención de sus componentes, de la base. ¿De qué naturaleza eran las relaciones entre la CNT y la organización "específica", horizontales o verticales? Evidentemente verticales, lo que no obsta para que el impulso revolucionario de la CNT proviniese casi en su totalidad de la organización específica... y también sus meteduras de pata y sus fracasos. Sin abundar sobre eso, lo que podría hacerse fácilmente, es muy equívoco, y sobretodo peligroso, preconizar la autogestión y rendirle el inmenso tributo de asimilar a ella las colectividades de 1936-37. Una empresa económica cualquiera, autogestionada por sus trabajadores, es una empresa capitalista de grupo, algo así como una sociedad anónima sin otros accionistas que quienes trabajan en ella. Suyos serían los beneficios a repartir o a capitalizar según su albedrío. Sobre tal base, las clases subsistirían o se estratificarían de nuevo, y el Estado no dejaría de seguir ejerciendo de gendarme. Otras modalidades tiene la autogestión, a cual más camelística y contrarrevolucionaria. Baste recordar que utilizan sus engañosas resonancias Tito, Bumedien, Gierek, etc. Las colectividades de España, por el contrario, acometieron, siquiera empíricamente, con torpeza o intensidad varia, la supresión de las relaciones capitalistas de producción y de distribución, que no son sólo las que van del burgués a los obreros. Y en la medida en que permanecieron autónomas entre sí, se crearon dificultades graves y dieron facilidad para su supresión. Lo que necesita la clase obrera es gestionar unitariamente la totalidad de la producción y de la distribución. El prefijo auto sale sobrando si lo que se quiere es eso, pero no si lo que se quiere es que los obreros vigilen y regulen su propia explotación.

En cambio, dice bien el escrito que comentamos: hay que partir "de las formas y experiencias más avanzadas habidas en el desarrollo de la lucha de clases a nivel mundial". Precisar cuales son estas es importantísimo. Helas aquí, a nuestro juicio: en España, la supresión de la relación capital-salariato, que acometieron, sin completarla, las colectividades; en Rusia el ejercicio del poder político por el proletariado a través de sus propios organismos, poder perdido luego. También en España hubo órganos obreros de poder en nivel local, los múltiples Comités-Gobierno. Pero no llegaron a vincularse y a desbaratar el último vestigio de poder capitalista que era el Frente Popular. Se trata de sobrepasar esos niveles impidiendo que el poder pase de la clase a una organización, cualquiera sea, y que las unidades de producción queden desarticuladas entre sí. La producción para el consumo será, por primera vez desde el comunismo primitivo y a una altura incomparablemente superior, la producción y reproducción de la vida humana en condiciones óptimas. Como tal hay que tratarla, no parcelariamente. De ahí depende también, no ya la autonomía, sino la más absoluta libertad de cada individuo, base y expresión de la libertad social.

No puede haber economía socialista o en marcha al socialismo sin poder político obrero, ni poder político obrero que se conserve sin entrar por la senda del comunismo. No existe un comunismo estatal y otro antiestatal. El escrito que comentamos intuye bien lo dicho, puesto que reclama el poder obrero. Sin él los enemigos de la revolución la destrozarían o la corromperían impidiéndole alcanzar su objetivo. La fuerza organizada de la clase trabajadora ha de velar por la organización del comunismo, modo obligado de alcanzar su propia desaparición como clase y como fuerza impositiva, residuo del Estado, es decir, de las relaciones de clase anteriores. Mas no es dicha fuerza la que trae el comunismo, sino la clase en su conjunto suprimiéndose sobre la marcha y suprimiendo a las demás clases y estratos, y su misma fuerza impositiva.

Por ello mismo, hay que alejarse de cualquier tipo de organización sindical, comoquiera se adjetive. En la etapa actual no cabe ya hablar de sindicatos revolucionarios y sindicatos reformistas o amarillos. El ultracrecimiento del capitalismo ha mostrado de sobra que la existencia misma de la organización sindical presupone la del proletariado como clase explotada. El órgano es creado por la función. Y el mismo ultracrecimiento, es decir, más allá de lo necesario para hacer la revolución, por tanto decadente, nos coloca ante la tarea cumbre inmediata de destruir el sistema basado en la relación complementaria capital-salariato. Hay que adecuar a ella los procedimientos revolucionarios. Ninguna querencia anarcosindicalista se revelará fructuosa para el proletariado. La producción regida por los sindicatos, lejos de ser la de la clase, se confundirá con la nacionalización y con la de un partido, o sea, con el capitalismo de Estado. No otra cosa era ya el pacto CNT-UGT de 1938, prueba inconcusa.

Lo más atinado y pertinente del escrito lo dice este párrafo:

"La base de cualquier sistema de producción capitalista es la alienación, la pérdida de uno mismo en la creación caótica e inconsciente de un mundo que escapa a sus creadores. Es por ello que no se puede plantear el reformismo o la "humanización" del trabajo, ya que la autogestión de la alienación mercantil no haría de los hombres más que programadores de su propia alienación. La tarea no es la autogestión del mundo existente, sino su transformación cualitativa ininterrumpida: la superación concreta de la mercancía en tanto que gigantesco rodeo de la producción del hombre para sí mismo. Esta implica como objetivo la supresión del trabajo asalariado y su substitución por un tipo de actividad libre, la abolición de la fisura entre un trabajo cada vez más confiscado y el tiempo libre consumido pasivamente. Es el concepto mismo de trabajo el que está en discusión".

A esas palabras no puede hacérseles sino objeciones menores. La alienación es la base de todo sistema de producción que no sea por y para el hombre, no del sistema capitalista tan sólo. Sobrepasa el hecho material del trabajo alienado, está incrustada en las consciencias a fuerza de milenios de sistemas alienantes. Por ende, no puede desaparecer, tornarse en desalienación, en cabal adveración, sino al cabo de la fusión en uno y en cada persona, del trabajo intelectual y manual, y del tiempo libre con el mínimo de tiempo de trabajo necesario. En fin, y segunda objeción, no es el concepto de trabajo —ya adquirido, por los revolucionarios al menos— sino su forma concreta de trabajo ajeno a cada trabajador y al conjunto social lo que está, no en discusión, sino en proyecto inmediato de desaparición. El primer paso es la desaparición de las clases económicas, realizable en breve tiempo con los conocimientos modernos. Lo otro vendrá inevitablemente como consecuencia.

El acuerdo con lo anterior, que nosotros manifestamos sin ambages, obliga en rigor a desprenderse de cuanto esté en contradicción con ello, y a concertarse orgánicamente para llevarlo a buen fin. Los lineamientos principales de una organización nueva están dados por el proyecto mismo. A lo uno y a lo otro nos atendremos los responsables de estas glosas. Ojalá digan lo mismo los autores del escrito glosado. Los cimientos de un edificio jamás construido quedarían echados.

En España, mayo 1973

H. Foral y otros