Alarma, n.º 26-27, 3er-4º trimestre 1973 (págs. 1-3). PDF del número completo

Dijimos en algún número anterior que el movimiento de huelgas esporádicas, meramente reivindicativas, inconexas en el tiempo y en sus reclamaciones, lindaba con el tope de sus posibilidades, siendo indispensable, para subir otro peldaño, simultaneidad nacional o regional al menos, homogeneidad en reclamaciones materiales de índole superior, y sobretodo en reclamaciones políticas, lo latente y más verídico en cualquier movimiento huelguístico. Todo el aprendizaje y todo el beneficio que la nueva generación obrera podía sacar de las huelgas tal como hasta ahora se han producido, han sido ya adquiridos. Continuar en igual forma, puede conducir al cansancio y a un debilitamiento del proletariado más o menos prolongado, perjudicial siempre. Y eso por muy combativas, bien organizadas que las huelgas locales sean en lo sucesivo, y aunque la mayoría de sus reclamaciones queden satisfechas.

No se trata de una predicción, sino del simple enunciado de algo observable. En efecto, bajo el régimen existente las huelgas fueron, al principio, la ruptura de hecho de la prohibición de las huelgas, el ejercicio, a pesar de la violenta represión, de un derecho elemental no utilizado durante largo tiempo. Por tal modo, que incluso derrotada cualquiera de las primeras huelgas constituía un gran paso adelante. La simple declaración de cada una de ellas era un acto político, un desafío al régimen sacro-fascista con todo su aparato represivo, que se tenía por inatacable e inmutable. En un segundo tiempo, las huelgas, ya frecuentes en el país entero, permitieron al proletariado contender con el capital sobre el precio y las condiciones de trabajo, mejorándolas relativamente, es decir, a costa de una productividad mucho mayor y el consiguiente acrecentamiento de las ganancias capitalistas. En particular, esas huelgas dieron lugar, en centenares de casos, a una solidaridad con despedidos, represaliados y accidentados, del mejor presagio. En fin, dadas las condiciones de regimentación de los "productores" en un organismo oficialmente sindicalo-patronal, lo que en otros países encubre una legalidad embustera, las huelgas tuvieron que tomar, en todos los casos, el sesgo de huelgas salvages, el único que consiente hoy a la clase obrera de cualquier país poner por obra una verdadera huelga, determinar sus motivos, el instante de su desencadenamiento y de su cese. Incluso los relevos sindicales de la clandestinidad, Comisiones "obreras" o lo que fuere, tenían que aceptar esas huelgas anti-sindicales, que en otros países sus congéneres se esfuerzan en impedir o en dominar respaldados por legislación y policía.

A partir de ahí empieza a insinuarse lo que podríamos llamar un tercer momento: son entonces los relevos todavía clandestinos del sindicalismo falangista los que intervienen imponiendo o tratando de imponer a las huelgas cortapisas en duración, reivindicaciones y amplitud solidaria, so pretexto de altas consideraciones estratégico-tácticas. En realidad, porque a sus respectivos patrocinadores políticos les espanta una posible huelga revolucionaria de todo el proletariado español. Los partícipes en el "Pacto por la libertad", en la "Asamblea de fuerzas democráticas de Cataluña" y otros chanchullos, tienen ya planeadas las condiciones en que los trabajadores han de ser llevados al post-franquismo sin que desaparezca ninguna de las instituciones fundamentales del franquismo, y desdeluego sin que ellos intervengan. Tienen pues que aplacar la natural inclinación subversiva de cada acción obrera, que impedirles su conjunción en una sóla acción, o que canalizarla ellos si se produce; tienen que ir restándoles energías por lo menudo, huelga local tras huelga local, y que embarullarles para que no vean que sin el desbarate de las instituciones del franquismo la explotación y la opresión política seguirían siendo su lote cotidiano. Propaganda política y actos están muy premeditadamente consagrados a cerrarles a los trabajadores la perspectiva, y hasta la idea misma de una acción revolucionaria generalizada. Tal es la intención estratégica del anti-franquismo y del democratismo escuetos, sin contenido proletario, del anti-imperialismo unilateral, que excluye de él a Rusia y a China, del populismo sin distinción de matices, del sindicalismo en cualquiera de sus variantes, y de la propia "expropiación de la oligarquía y de sus trusts por el Estado", mera cancamusa esta última, conducente a la suprema centralización del capital... y de su explotación tanto como de su represión.

Cierta intuición de lo dicho se percibe aquí y allí entre los trabajadores huelguistas, y de manera más acusada entre los más alertas, intuición que llega hasta el desprecio y el odio de las referidas organizaciones-relevo del franquismo. Ha comenzado así un período de recomposición ideológica y orgánica en la clandestinidad. No es posible estar seguro de que salga de él, sin tacha, la nueva organización necesaria, pero el proceso iniciado no será negativo en ningún caso. Por lo menos representará una etapa hacia el partido revolucionario del proletariado que consentirá sacar a la humanidad del macabro atolladero en que la ha metido el sistema capitalista mundial. Obreros o estudiantes, los jóvenes hacen cara al stalinismo, miran como oportunistas a quienes con él colaboran, ven o entrevén la necesidad de abolir el trabajo asalariado. Uno de sus grupos, víctima reciente de la represión, como se verá en este mismo boletín, adopta como divisa: MAYO 37, es decir, la fecha en que el proletariado español, despues de haber derrotado armas en mano al capitalismo, se revuelve en insurrección contra el partido de Moscú, que estaba introduciendo la contrarrevolución capitalista de Estado. Mayo de 1937 es, desde 1917 hasta la fecha, el pináculo de la lucha del proletariado mundial.

La consciencia revolucionaria empieza a perforar, al fin, el espeso manto de inmundicias depositado por el stalinismo durante 50 años. Por pequeños que sean esos grupos, por muy balbuceante que sea su pensar, a despecho de algunos errores, con ellos aparece una perspectiva nueva. Su presencia y la renuencia del proletariado frente a las viejas organizaciones, puesta de manifiesto durante la última etapa de luchas, es una de esas correlaciones de causa a efecto que discurren en la sociedad como por mecanismo molecular, indiscernible en cada uno de sus instantes, pero reconocible en sus resultados. Su extensión y su maduración teórica abrirán al proletariado una nueva etapa de lucha, y sobretodo la placentera perspectiva de transformar la caída del régimen —no ya la desaparición de Franco— en caída del sistema, en la victoria de la revolución comunista.