Alarma, n.º 26-27, 3er-4º trimestre 1973 (págs. 23-24). PDF del número completo

Los revolucionarios no deben permitir que su recriminación del poder militar y de la represión en Chile se confunda con la grita hipócrita de unos, que silencian y defienden la represión incesante en zona rusa o en China, ni con las jeremiadas de los oportunistas, que mezclan su voz a la de aquellos después de haberles arrimado el hombro políticamente, y no sólo en Chile. La nuestra es una recriminación terminante y completa, porque en nombre de la revolución comunista mundial, es una protesta de clase; la de aquellos, es la de rivales de los militares en el juego del capitalismo mundial y de las grandes potencias. En el caso de los oportunistas, es mayido mortecino de quienes se encuentran atrapados en el mismo juego.

La represión contra los trabajadores industriales y agrícolas no la han empezado los militares. Existió siempre más o menos, la practicó desde su llegada al poder el gobierno Allende echando mano de los mismos militares además de la policía, y la junta de Pinochet la extrema y la extiende hasta la propia Unión Popular, donde se entreveran pseudo-socialistas, stalinistas y cristianos. Es la represión de la coalición allendista, su política general, la que explica la intervención del ejército y su criminal represión. En las últimas horas de su presidencia y de su vida, Allende incitó los trabajadores a apoderarse de las fábricas y clamó por su ayuda frente al ejército. Era reconocer que después de tres años de gobierno suyo los trabajadores no tenían conquistas que defender. En efecto, hasta entonces, era Allende quién recurría a ejército y policía para desalojarlos de fábricas, minas y tierras ocupadas. Es evidente que la ola de ilusiones suscitada en las masas por la victoria del líder "socialista" hubiera bastado y sobrado para socializar la propiedad y disolver los cuerpos represivos. Pero los partidarios de la Unión Popular, hasta el MIR pro-chino y trotzkizante, tenían por objetivo centralizar el capital nacionalizándolo, no suprimirlo. Buscaban deliberdamente el capitalismo de Estado, en manera alguna la revolución comunista. En tales condiciones, el llamamiento postrero de Allende es comparable en falacia al de Mussolini decretando, ya expulsado de Roma, la república social y el control obrero. En suma, los trabajadores fueron rechazados, desmoralizados y puestos a disposición de cualquier fuerza bruta, por la Unión Popular. Habría sido la suya propia caso de no intervenir los militares.

El comunismo como movimiento es una lucha por romper la esclavitud salarial. Nada en absoluto tiene de común con cualquier proyecto de reorganización del capital y del salariato dentro de un país o en el mundo. Cierto, la impostura stalinista, la más vil y amenazante de todos los tiempos, sigue esforzándose en hacer pasar por socialismo el redoblamiento de la esclavitud salarial por el Estado patrono esclusivo. Así la expropiación de la burguesía y de los trusts se hace, no en beneficio del proletariado, de la sociedad, sino de un trust de trusts. La superchería es doble: por tal camino se lleva deliberdamente a término el proceso natural de concentración del capital, y mientras los trabajadores de un país no lo padezcan sobre sus costillas puede hacérseles creer que eso es el camino del socialismo. El lema inconfeso del stalinismo y sus compinches, helo aquí: ¡Viva el Estado patrono, legislador y polizonte absoluto! No otra era la meta de la Unidad Popular chilena.

Implicación importantísima, si no clave de dicha superchería: rinde pingües beneficios económicos, políticos y paramilitares al imperialismo del rublo frente al del dólar. Amparándose en ella ha penetrado Moscú en Asia, en Africa, en la zona petrolífera del Islam, en Cuba... y en la mente de numerosos intelectuales en todas partes. Eso ha desempeñado un papel considerable en el desenlace de la tragicomedia chilena. El imperialismo yankee no podía permitir que otro país americano, además de Cuba, se le fugase a la órbita rusa. Y por otra parte, ni Allende ni quienquiera, por muy prevenido que esté, podrá hoy despegar de la zona de Wall Street sin ser captado por la zona del Kremlin, y a la inversa. Esa hazaña está reservada a la revolución proletaria, comunista de necesidad. No son las nacionalizaciones lo que verdaderamente espanta al gobierno estadunidense, sino, que, una vez efectuadas, pasen a depender comercial, técnica y estratégicamente del imperialismo ruso. Los militares no han andado remisos en declarar que mantendrían las nacionalizaciones de las compañías americanas decretadas por Allende.

Ha intervenido también en el desenlace, no cabe duda, la mentalidad de la pequeña burguesía y de parte de la grande. No sólo no estaban aún maduras para la centralización máxima del capital, sino que, ignorantes y pacatas, tomaban por verdad lo que era mentira, la designación socialista, comunista de los pilares gubernamentales, y por mentira o ardid lo que era verdad: la organización de la economía chilena en capitalismo de Estado. Empero, la motivación decisiva del ataque militar fué la desmoralización del proletariado, día a día ahondada por la política de Allende y compañía. El ejército sabía a ciencia cierta que los trabajadores no opondrían resistencia, no tanto por carecer de armas, cuanto por carecer a la sazón de combatividad. Destruidas las ilusiones del principio por la realidad gubernamental, no veían ya motivo verdadero ni imaginativo de lucha. Para lanzarse a la calle contra el ejército habría hecho falta que por lo menos una fracción importante del proletariado se hubiese organizado, meses antes, en tajante oposición revolucionaria a los falsarios de la Unidad Popular. Pero en ese caso, probablemente habría continuado la colusión socialo-militaro-stalinista, hasta el choque de ésta con la clase trabajadora en insurrección. Tal era la senda revolucionaria.

No hay solidaridad sino ficticia con los trabajadores chilenos, sin mostrar que llevan responsabilidad decisiva en la ferocidad militar, en primer lugar quienes aplaudieron al gobierno Allende, en segundo sus sostenedores críticos. En cada hombre ejecutado, en cada torturado, en cada encarcelado, se percibe la marca de unos y otros, en filigrana de la marca militar.

Por lo demás, de lo que habría sido la victoria completa y estable de la Unidad Popular da idea cabal la presencia de la hija de Allende en Moscú, el mes de octubre, durante uno de esos "congresos" de propaganda imperialista rusa llamados por antífrasis "pro paz". Allí fraternizaba con los hombres que mantienen a docenas, si no a centenas de millares de obreros y de intelectuales en campos de trabajo forzado, mientras en cárceles "psiquiátricas" vecinas al congreso, gimen bajo la metódica tortura del "tratamiento" los opositores políticos internados por locura. Sus ayes se confunden con los ayes de los torturados en Chile y en tantos otros países; sus torsionarios son equiparables entre sí.