Alarma, n.º 26-27, 3er-4º trimestre 1973 (págs. 26-28). PDF del número completo
El espectáculo recientemente presenciado, de varios intelectuales rusos dirigiéndose a la opinión mundial por encima de su propio gobierno, y no de modo clandestino como habían hecho hasta ahora, sino convocando sin tapujos a los corresponsales de la prensa extranjera en Moscú, tiene una importancia que sobrepasa con mucho el hecho en sí, y el contenido de las declaraciones.
La policía es omnipotente en Rusia, y tratándose de opositores confesos, reincidentes y bien fichados, cada uno de sus movimientos y los de cuantos entran en relación con ellos son espiados, sus palabras registradas sin perder una, hasta el recóndito de las alcobas. Es cosa de antiguo sabida, pero bueno que Soljenitzin se lo clave en la mollera a los intelectuales de occidente y demás secuaces del pseudo-socialismo ruso. La policía (N.K.B.D.), sabía perfectamente para qué eran convocados los corresponsales de prensa, y probablemente tuvo conocimiento oral o escrito de las declaraciones antes que ningún periódico extranjero. Los textos de Sakharof y Soljenitzin, despues los de Roy y Medvedef, han salido de Rusia con el consentimiento de la policía, es decir, del gobierno y del amo del gobierno, Brejnef. ¿Por qué tan inusitada, tan arriesgada tolerancia? ¿Porque se trata de hombres mundialmente conocidos? Krhtchef, Molotof, decenas de personajes mucho más conocidos desaparecieron tras el muro de tinieblas gubernamental, sin haber podido decir ay, y sin que sepa su paradero. ¿Para dar una apariencia de liberalización del régimen? No, porque simultáneamente está recrudeciendo la represión y poniendo en juego los métodos de falsificación judicial y de mentidas confesiones que conocieron su apogeo en los procesos anti-trotzkistas llevados a escena por el ingente criminal Stalin. Ahí está, demostración espectacular pero no única, Yakir confesando ante un tribunal cuantas invenciones le sugieren sus esbirros, pero no sin haber advertido a sus amigos, todavía libre, que si se le torturaba firmaría cuanto se le pidiese firmar.
La razón más plausible de la tolerancia gubernamental respecto de los referidos intelectuales, es la lucha de tendencias en el Comité Central y en el Buró Político del Partido-Estado, lucha que se emparenta, por su origen, con la propia disensión de los intelectuales, mucho más amplia ésta de lo que a primera vista parece. Sakharof y compañía cuentan en la alta dirección con aliados que impiden o amortiguan los golpes de la represión. Sin ese valladar, siquiera vergonzante, en lugar de los corresponsales extranjeros habrían acudido agentes de la N.K.B.D., y los declarantes se hubiesen perdido en cualquier mazmorra o en la vastedad siberiana. Nada se hace en Rusia en tal dominio sin el consenso de la policía, lo ha reiterado Soljenitzin, señalando precautoriamente a la policía como responsable de cualquier posible atentado contra su vida y la de sus amigos. Nada, en efecto, escapa a la policía, ni siquiera las declaraciones de Soljenitzin y de Sakarof a los corresponsales extranjeros. No quita ello valor moral a sus denuncias, pues de todo modos siguen expuestos a la peor de las represiones, sin excluir el asesinato, y por otra parte, sus aliados políticos podrían abandonarlos en la estacada en cualquier instante, a cambio de un compromiso con sus adláteres y competidores dominantes. El medio es desleal y vendevidas como entre hampones. Quienes arriesgan son los intelectuales protestatarios y por ello se los debe defender aun sin respaldar su actitud.
Lo más atrevido, importante y revelador es, con mucho, lo dicho por Sakharof. Espeta sin ambigüedad que la economía rusa se encuentra en una situación pésima, y que para salir de ella le es indispensable la ayuda de Occidente; revela, sabiendo de qué habla, que hay baladronada en la exhibición de la potencia militar rusa; advierte que en las condiciones políticas actuales el apoyo económico le sería devuelto a Occidente en forma de bombas atómicas y propone declarar a Rusia en cuarentena, condicionando los tratos económicos a la apertura de las fronteras, la libre circulación de personas, la liberalición del régimen según el esquema de la declaración de Derechos del Hombre. ¡Nada menos!
El hecho es de colosal proporción, jamás visto en país alguno, y precisamente en el país más policíaco del mundo, el autor de tales declaraciones lleva todavía la cabeza sobre los hombros. Por muchísimo menos continuan perdiéndola otros, o van a extinguir su vida en los campos de trabajo forzado y en los presidios "psiquiátricos". Aun siendo grande la autoridad del físico, académico Sakharof, "padre de la bomba H rusa", etc., su llamamiento, asimilable en Rusia a la alta traición, hecho en su nombre o en el de un grupo de simples intelectuales, ni se comprende ni puede ser tomado en serio por ningún gobierno extanjero, a quienes va dirigido en primer término. Es de creer, sinembargo, que en Washington por lo menos estén prevenidos quienes corresponda de que tras la proposición de Sakharof hay un equipo gubernamental de relevo.
Confirma dicha presunción el texto posterior de Medvedef (entregado a la prensa occidental también, con igual completo silencio de la prensa rusa). No dice en substancia más que esto: la clase trabajadora y la mayoría de los intelectuales son pasivos en Rusia; la liberalización tiene que proceder de arriba, de las altas esferas del Partido-Estado. Y sugiere que el mismísimo Brejnef le abrirá curso, él, el hombre que se preguntaba, en un libro publicado sólo en Occidente, si "la Unión Soviética" existiría todavía en 1980. Su intervención parece, apenas disimulada, una respuesta del actual equipo gobernante: "nosotros iremos poniendo en práctica, con tiento, lo que Sakharof y los suyos proponen". Dijérase que Kissinger y Nixon tienen la opción, como ya la tienen, en otro plano no menos importante, entre Rusia y China. Pero de todos modos la liberalización no se producirá, o sólo como burda engañifa, mera atenuación de las obligaciones serviles impuestas a los intelectuales, sinque por ello cambie en nada la naturaleza del sistema. Es imposible que se produzca sino por una irrupción multitudinaria de la clase trabajadora. Aun así, lo único que cambiaría un régimen político un tanto liberal, serían las posibilidades directas de ir hasta la destrucción del sistema y abrir camino a la revolución comunista.
Llegado ese caso, los Soljenitzin, los Sakharof y los Medvedef serían muy ampliamente sobrepasados. Como tantos otros intelectuales de Occidente y de Oriente, ellos parecen haber hecho suya la falsificación oficial sobre la naturaleza socialista de la economía rusa. Y probablemente, en particular el primero, achacan al socialismo la penuria endémica del país, a más del terror y los crímenes incesantes, aquello que es obra de la contrarrevolución stalinista. En consecuencia, miran la liberalización como un ideal y juzgan improbable, cuando no una amenaza, la intervención de la clase obrera en la escena política.
Para intelectuales que se supone educados y duchos en la concepción materialista de la historia, y que viven la pavorosa realidad cotidiana rusa, esa manera de concebir su propia protesta y su cometido social, es de una superficialidad y un primitivismo desconcertante por su tosquedad. Ello da también idea de la profunda sima que separa en Rusia a los intelectuales, parte de los estratos privilegiados mientras inclinan la cerviz, de la clase obrera y del pueblo pobre en general. Mayor razón para creer que sólo tensiones sociales tremendas, durante largo tiempo acumuladas y ya vecinas a la explosión, pueden engendrar actitudes como la de Sakharof, Medvedef y muchos otros intelectuales y burócratas que no salen por ahora a escena, o que incluso condenan a aquellos de labios afuera. Sin la oposición irremitente y el odio del proletariado al sistema no existiría crisis, y los intelectuales, salvo alguna que otra excepción que se encontraría en Siberia o bajo tierra, se entregarían apaciblemente a su ocupaciones y a los disfrutes tan abundosos que el régimen les reserva. Cuando un Sakharof se ve en la necesidad de pedir socorro al extranjero, incluso a gobiernos del mismo tipo que el suyo, siquiera menos feroces, es que las tensiones entre explotados y explotadores se han hecho inaguantables. No cabe otra interpretación.
Sin cultura y todo, el proletariado se engaña evidentemente menos que los intelectuales sobre la naturaleza del sistema. Padece su explotación como en cualquier otra parte, disponiendo de menos derechos y libertades que en la mayoría de los países. Eso basta para darle luces que no aciertan a distinguir los profesionales del saber, al menos aquellos de que se nos habla. En efecto, se tienen noticias desde hace años de que en las fábricas rusas y en los medios obreros se distribuyen octavillas y circulan textos llamando ardorosamente a la lucha contra el sistema, calificado sin medias tintas de capitalista estatal y de contrarrevolución. Se sabe que los trabajadores desertan las fábricas en número creciente y que la mayoría de los demás trabajan de muy mala gana, lo que no es extraño a las graves dificultades del capitalismo ruso. Pero sólo cuando la enemiga del proletariado urbano y agrícola a la casta reaccionaria que lo gobierna, esquilma y amenaza diezmarlo en otra guerra halle su plena exteriorización combativa, se verá que los balbuceos protestatarios de los intelectuales y la división de las cumbres del Partido-Estado en faces "humanas" y faces gorilescas, no es otra cosa que un producto más o menos degradado de la rebelión del proletariado contra el capital.
Durante largos decenios, esa contradicción inherente a todo capitalismo e insoluble sino con su muerte, ha sido escondida en Rusia y para fuera de Rusia bajo un océano de falsificaciones propagandísticas. Mas la falsificación embutida a martillazos en los espíritus no altera la naturaleza del hecho; la verdad, asediada en los abismos sociales, tiende a manifestarse, no puede dejar de manifestarse, y al cabo emerge con fuerza incontenible. Un día u otro, quizás ya no lejano, lo veremos en Rusia. La caída del zarismo y la propia revolución de Octubre quedarán como fuego de cerillas en comparación con la importancia histórica que cobrará el incendio de la contrarrevolución stalinista.
Nuestra simpatía y apoyo, dispuesto a transformarse de moral en activo, van, plenos, a los hombres que allí preparan ese derrocamiento. ¿Derechos del hombre, académico Sakharof? Cualesquiera son mezquinos o mentidos si el primero de ellos no reza: "Derecho de cada uno a trabajar, a holgar y a realizar su propia personalidad, sin tener que prostituirse y esclavizarse vendiendo su capacidad de trabajo, muscular o intelectual".
Poco antes de la publicación de este boletín nos trae la prensa (Le Monde 25-11) la declaración de un ingeniero ruso, Agursky, que no ignora la naturaleza capitalista de Rusia, pero sin que ello le incline a dirigirse al proletariado ruso y mundial en son de rebeldía. No piensa sino en civilizar un poco ese capitalismo con ayuda del capitalismo americano. El ingeniero, amigo de Sakharof al parecer, entra, como aquellos mismos que despotizan desde el Kremlin, en el juego del imperialismo mundial, ninguna de cuyas partes necesita ser tranquilizada sobre lo que en verdad es Rusia. El Chase Manhattan Bank tiene abierta sucursal precisamente en la avenida Karl Marx de Moscú, mientras en Occidente se implantan sucursales de la banca moscovita y sociedades mixtas de capital ruso y occidental. Tal es el idioma del capitalismo y su única libertad esencial. Que los imitadores de Rusia y sus amigos no sean revolucionarios, ni siquiera de izquierda, como dice bien Agursky, es razón sobrada para decírselo al proletariado e invitarle a organizarse contra ellos. Agursky, igual que los anteriores, parece incapaz de sacar tal conclusión. Esa clase de intelectuales son, mentalmente, lo que la contrarrevolución stalinista ha hecho de ellos.