Alarma, n.º 26-27, 3er-4º trimestre 1973 (págs. 24-25). PDF del número completo

La cuarta guerra israelo-árabe está metiendo al mundo por los ojos lo que las otras anteriores celaban a la parte más conservadora de la opinión obrera dicha de vanguardia. La total dependencia de los beligerantes respecto de los jefes de fila imperialista ha ido, descaradamente, mucho más allá de los suministros bélicos. Si no ha habido concierto de Moscú-El Cairo con Washington-Israel para desencadenar hostilidades limitadas con vistas a un retrazado territorial de antemano aceptado por Moscú-Washington, estas dos capitales —no el Cairo, no Jerusalem— convinieron el alto el fuego y lo impusieron a sus respectivas tropas indirectas. En lo primero obliga a pensar la repetida declaración de Kissinger (el verdadero presidente de Estados Unidos tocante a política exterior) sobre las facilidades de un arreglo diplomático "en caliente", o sea en plena matanza. La misma sospecha hace surgir el permiso de Moscú, más su aporte material, al cruce del canal de Suez sabiendo que los ejércitos egipcios no podrían penetrar en el Sinaí sino escasos kilómetros. Al parecer, había que conceder a Sadate un laurel militar para que accediese a tratar con "el Estado judío". No es de creer que el avezado espionaje israelita y el constante de los satélites artificiales yankees ignorasen los largos preparativos de la operación. En todo caso, es incontestable que Rusia y Estados Unidos se habían concertado de antemano sobre los lineamientos principales de la paz a imponer a sus respectivos protegidos. Pero una guerra moderna, por limitada que sea, no se deja regular como las maniobras bélicas de los "condottieri" italianos del siglo XVIII. Había tanta connivencia como miedo en el llamado de Kossiguin a Kissinger: Venid y tratemos, antes de que sea demasiado tarde, hecho justo cuando el ejército israelita se adentraba en el lado egipcio del canal, lo que sin lugar a duda se salía de todo lo previsto. Horas despues de la entrevista ruso-americana, el Consejo de Seguridad de la ONU, mudo y paralítico hasta entonces, "daba" la orden de Alto el fuego, sin que China interpusiese su veto. Mientrastanto, Rusia se preparaba a intervenir directamente en la guerra y los Estados Unidos ponían su dispositivo atómico en alerta número 3 (la escala de alertas es descendente y el 4 es continuo). Una vez decidido el alto el fuego desde Moscú, Kissinger no tuvo sino que pasar por El Cairo, Jerusalem y otras capitales beligerantes, para recoger aprobaciones como por encanto. Miles de hombres egipcios, judíos, sirios, etc. se han matado entre sí, enormes riquezas han sido destruidas, para llegar... a una distribución de intereses y de influencias entre Washington y Moscú. De todos modos será provisional. Mas sin equivocación posible, la visita de Kissinger a Pekín sobrepasa en importancia a todas las de su periplo. Allí habrá quedado bien apalabrada la neutralidad de China caso de guerra ruso-americana, en cambio del apoyo de Estados Unidos caso de guerra ruso-china.

He ahí el perfil y los entresijos, amén de los secretos americano-rusos, de una guerra tan de afirmación nacionalista y racial por ambas partes. Que los Sadate y los Golda Meir, hasta cualquier Arafat o Abbache prosigan la macabra ficción, corresponde a sus intereses de clase y de vasallos. Que los partidos stalinistas vuelquen su aparato propagandístico engañabobos del lado árabe, a menudo en compañía de sus propios Estados burgueses (también Franco agita el estandarte de "la justa causa de los pueblos árabes") también concuerda con sus intereses y su formación de fámulos de un imperialismo. Pero a quienes se les suman diciéndose enemigos del stalinismo, a los izquierdistas de cualquier matiz, debería caérseles la cara de vergüenza con sólo mirar lo que en verdad ocurre. Dijérase que su embotamiento ha llegado a un punto de neta deficiencia mental, y precisamente cuando el stalinismo y sus regímenes, desde Europa central hasta Corea, aparece en toda su horrenda realidad incluso a buena parte de su propia clientela.

Por enésima vez desde la guerra de Corea —sin remontar más en el tiempo— la cuarta degollina entre los descendientes de Israel y de Ismael ha evidenciado que el anti-imperialismo de sentido único es un arma esgrimida por uno de los grandes bloques imperialistas contra su rival, y que son éstos los verdaderos contendientes. Por enésima vez está demostrado que la independencia nacional es realización imposible en esta época de extrema concentración del capital y de su polarización en dos bloques principales. Por enésima vez está visto que esa clase de guerra no se desencadenan sino previa autorización de uno de los bloques y que finalmente son ambos los que hacen e imponen la paz. No importa; el izquierdismo sigue sin darse cuenta de nada, cual si sus funciones intelectuales y su sensibilidad hubiesen regresado a un estadio meramente somático. Incapaz de adoptar una actitud de clase internacional, se comporta en cada ocasión como despreciable sacamuelas propagandista del imperialismo ruso. Digámosle sin ambages que quienes adoptan en cualquier forma que sea la causa del Kremlin —o de Pekín— se meten también, quiéranlo que no, en el terreno del imperialismo del dólar, porque el capitalismo es uno y el mismo, cualquier bloque disponga de la hegemonía. La cuarta matanza en el Sinaí no habría tenido lugar sin el desierto que reseca la mente de tal izquierdismo.

Los revolucionarios no reconocen fronteras geográficas ni raciales. Y en cuanto a derecho, no reconocen otro que el derecho de los trabajadores a disponer de sí mismos, de la sociedad, de su riqueza.