Alarma, n.º 26-27, 3er-4º trimestre 1973 (págs. 11-15). PDF del número completo
Las conclusiones políticas del opúsculo de Munis (1) constituyen una denuncia clara de quienes pretenden aún que los sindicatos sirven o pueden servir los intereses del proletariado, sea ahora o después de la revolución. Directa o indirectamente los sindicatos han venido a integrarse en el mecanismo del Estado burgués y tan sólo sirven para encuadrar y controlar a los obreros material e ideológicamente. El trabajo de Munis señala los factores negativos inherentes al sindicalismo, y documenta la transformación de los sindicatos en instrumento de la burguesía a medida que la experiencia de los obreros en diferentes países contrapone sus necesidades de clase a la muralla de la "legalidad" institucionalizada en los sindicatos, que no controlan ni pueden controlar los trabajadores.
Pero si buscamos un análisis desarrollado de los motivos de la transformación histórica de los sindicatos, el trabajo sólo ofrece una base imprecisa. Munis reconoce que los cambios en la lucha de clases remontan en definitiva a cambios en el desarrollo del sistema capitalista mismo. Afirma que durante el período ascensional del capitalismo como sistema, los sindicatos eran reformistas en cuanto luchaban por ciertas mejoras de la condición obrera en el contexto del mercado abierto, regido por el libre cambio. Pero al advenimiento del capitalismo monopolista y del capitalismo de Estado, los sindicatos desempeñan inevitablemente un papel reaccionario, porque el mercado se transforma en un medio despótico, dirigido. Así, según Munis, los sindicatos no pueden ser considerados hoy como parte de un movimiento "reformista". Aunque su transformación en fuerza reaccionaria alcanzó su más neta expresión "durante las últimas décadas", Munis situa la transformación de la C.G.T. francesa en 1914 (con su participación en la primera guerra mundial) mientras que considera a la CNT española como instrumento de la clase obrera hasta 1936. Hay incoherencia en ese argumento, y la ausencia de un análisis teórico desarrollado puede socavar la fuerza de las importantes conclusiones prácticas y políticas del opúsculo. Un análisis marxista del problema sindical debe saber ligar ese aspecto de la lucha obrera a la totalidad del capitalismo contemporáneo y a las tareas planteadas hoy a la clase obrera. Un criterio meramente empírico de los sindicatos deja al movimiento indefenso ante los oportunistas, que alimentan la vaga "esperanza" de que un día los sindicatos "recuperarán su antiguo espíritu", cuando —o si— los obreros los "recuperen". Un análisis errado de las causas de la transformación definitiva de los sindicatos no puede sino sembrar la confusión tocante a la orientación de la actividad obrera hoy. Puesto que el análisis de Munis deja algunos vacíos al respecto, se hace necesaria una explicación más completa.
Las bases fundamentales del sindicalismo moderno aparecieron en todos los países industrializados como respuesta de la clase obrera a las condiciones del capitalismo en el siglo XIX. En cuanto categoría económica dentro del capitalismo, la clase obrera buscaba mejorar sus condiciones de vida y de trabajo mediante una lucha colectiva que contribuyó al desarrollo y a la madurez de su consciencia como clase explotada. El capitalismo continuaba ampliando su capacidad industrial y conquistando mercados. Por lo tanto, el reformismo tenía una base material concreta en la capacidad del capitalismo para conceder a la clase obrera ventajas siempre crecientes, en proporción relativa al incremento de la capacidad productiva. El movimiento sindicalista estaba fundamentalmente consagrado a fines reformistas y mientras el capitalismo seguía siendo capaz de conceder reformas, las ideas revolucionarias quedaban en minoría (+).
El reformismo era el centro de convergencia esencial de todo un programa de la clase obrera en el siglo XIX, que abarcaba la participación en los parlamentos burgueses, alianzas con la burguesía "liberal" contra los elementos feudales subsistentes, así como la actividad sindical en la esfera económica. En su versión más negativa, desentendiéndose de toda crítica fundamental de la sociedad capitalista como un todo, el reformismo condujo al abandono completo de la posición de clase y a admitir la creencia en la "evolución" pacífica del capitalismo al socialismo.
El marxismo reconocía la legitimidad de la lucha reformista en el marco de un sistema capitalista cuyas contradicciones internas no alcanzaban todavía el punto crítico. Pero incluso durante el período anterior a la primera guerra mundial, el ala izquierda de la socialdemocracia previno reiteradamente contra la confusión del objetivo reformista con el objetivo revolucionario. Lenin se alzaba contra el economismo vulgar, mientras Rose Luxemburg señalaba enérgicamente el peligroso factor subyacente en la complaciente táctica reformista de los socialdemócratas alemanes y franceses. Con el desencadenamiento de la primera guerra imperialista mundial, toda el ala izquierda de la Segunda Internacional fué unánime afirmando que se iniciaba un nuevo período de guerras y revoluciones que desmoronaba el programa reformista y con él la socialdemocracia.
La guerra fué la expresión violenta y cruda de la crisis del sistema capitalista. A medida que disminuían las posibilidades de abrir nuevos mercados, las crisis capitalistas cíclicas, de sobreproducción se convertían en crisis permanente de un sistema obligado a nutrirse de su propia destrucción en gran escala. La era de la movilización militar en masa, de enormes gastos armamentales, de la estatización de la economía, del corto respiro de la supuesta prosperidad mientras las contradicciones internas del capitalismo preparan nuevas y más destructivas crisis y guerras, esta era de decadencia del sistema, marca el término de la aptitud capitalista para conceder a la clase obrera importantes y durables reformas, marca el principio de un período de convulsiones sociales.
Los sindicatos quedaron indeleblemente marcados por la ideología del período reformista. Su meta no menos que su forma orgánica, dejaron de ser adecuadas a las necesidades de la lucha de la clase obrera. Y aparecieron nuevas formas de auto-organización proletaria, capaces de responder a las necesidades de un período de lucha revolucionaria: los soviets o consejos obreros. En 1919, cumbre de la actividad revolucionaria, el primer congreso de la Tercera Internacional reconocía la necesidad de ahincar la importancia de los Consejos obreros: "La catástrofe de la guerra imperialista ha barrido todas las victorias de los sindicatos y de las luchas proletarias... Los viejos sindicatos y partidos políticos se han revelado incapaces de comprender y mucho más de resolver, los problemas planteados por el nuevo período. El proletariado ha creado un nuevo tipo de organización que abarca a todos los obreros, independientemente de la profesión o del grado de desarrollo político, una forma flexible, capaz de incesante renovación, de incesante ensanchamiento... Esa irremplazable organización de autogobierno proletario, en lucha por el poder y conquistándolo al fin, ha sido puesta a prueba de experiencia en muchos países; constituye la más poderosa arma del proletariado y de su victoria en nuestro tiempo" (Manifiesto de la Internacional comunista, 1919. En "Les quatre premiers congrès de l'Internationale Communiste". Reimpresión. Maspero, París 1970. Pg. 19).
Pero la incapacidad para llevar el período revolucionario hasta su término victorioso repercutió en inmadurez ideológica y en regresión política subsecuente dentro de la Tercera Internacional. Poco a poco, resurgieron las viejas nociones reformistas: "conquistar" los sindicatos, unión con los líderes "rehabilitados" de la socialdemocracia, participación en las asambleas legislativas burguesas. Los dirigentes bolcheviques respaldaron cada vez más la idea de una "infiltración" en los viejos sindicatos, que suponían ofrecerles la oportunidad de "tocar las masas". Mas, tocar las masas a través de instituciones burguesas comporta el peligrosísimo resultado de reforzar el poder que dichas instituciones ejercen sobre la clase obrera. El opúsculo de Munis tiende a minimizar la responsabilidad de Lenin y de Trotzky en esa táctica oportunista. Munis afirma que la naturaleza reaccionaria de los sindicatos no estaba entonces bién clara. Pero no era ese el caso: los datos fundamentales del problema sindical estaban todos presentes y Munis desestima la importante contribución al problema, del movimiento comunista de izquierda. La izquierda de la Tercera Internacional (el KAPD y Gorter en Alemania, Pankhurst en Inglaterra, Pannekoek en Holanda) se opusieron vehementemente a la táctica oportunista afirmando que mientras la vanguardia revolucionaria obrera trataba de poner en pié nuevas formas de lucha (comités de fábrica, consejos obreros, movimiento de shop stewards) (2), las directivas de la Internacional servían sólo para dificultar su tarea. Los comunistas de izquierda sostenían que la táctica oportunista desorientaría cualquier consciencia revolucionaria, sin conseguir jamás su mítica infiltración de la corrompida forma orgánica sindical. Durante cincuenta años, los ideólogos leninistas han seguido manteniendo "el aspecto potencialmente positivo" de la "utilización" de los sindicatos para constituir una base revolucionaria. Pero está claro que lo que ha sido utilizado es el movimiento obrero.
El sindicalismo correspondía a un período particular de luchas obreras. Su forma estaba determinada por su contenido reformista. Los sindicatos agrupaban sólo una minoría de la clase obrera, justo lo necesario para permitir hacer presión sobre la clase capitalista. Los sindicatos organizaban a los obreros según el modelo del sistema capitalista mismo: según oficios, empleos, aptitudes, sectores industriales. Los sindicatos fueron burocratizándose a medida que el capitalismo se hacía más complejo. Las relaciones jerárquicas se convirtieron en norma a medida que los sindicatos penetraban en el terreno de la legalidad burguesa. Las reclamaciones económicas fueron la preocupación exclusiva de los sindicatos y la visión política del sistema quedó relegada a un sector diferente, los partidos políticos. Pero, mientras el reformismo fué una perspectiva válida, los sindicatos seguían desempeñando un papel en la mejoría de la situación obrera.
Pero siendo el reformismo una ilusión en el período de crisis permanente, el papel de los sindicatos convirtióse en el de movilizar a la clase obrera tras de la burguesía, en la paz como en la guerra. Garantizan la subordinación de las demandas obreras al criterio capitalista de aumento de la productividad y de competencia comercial. A un sistema en peligro, los sindicatos le aseguran la canalización mansa de cualquier descontento peligroso que amenace derrocarlo. Los sindicatos se han convertido en pilares fundamentales de la perduración del capitalismo. Quienes hablan de "los buenos tiempos de antaño", de la CIO por ejemplo, rememoran una aplastante derrota. La CIO fué el mecanismo perfecto concebido y auspiciado por Roosevelt y sus colaboradores "obreros" para asegurar la canalización de los obreros, descontentos durante la crisis, y a despecho de las valerosas luchas de los obreros de base su "victoria" fué una ilusión.
La CIO emprendió, entre otras tareas, la de introducir la aceleración de cadencias y otras formas de "racionalización" en el proceso productivo (incremento del porcentaje de explotación de los obreros); ayudó a introducir las horas extra obligatorias (aumento de la jornada de trabajo) y a facilitar el despido obrero en masa. Pero la verdadera naturaleza de la pretendida "victoria", en nada se ve tan bien como en los millones de obreros muertos y heridos a quienes los sindicatos contribuyeron a movilizar durante la segunda guerra imperialista mundial. Raras personas han expresado mejor y más entusiásticamente el papel desempeñado por la CIO como agente directo del capitalismo en la prosecución de la guerra imperialista, como William Z. Foster, líder del Partido Comunista:
"Los obreros deben ponerse a la cabeza y aceptar de grado todos los sacrificios necesarios para llevar adelante la guerra; deben hacer de la defensa de la nación en esta crisis el supremo Norte de todas sus actividades...
La responsabilidad de desarrollar al máximo la actividad bélica de la clase obrera no es de aquellas que los sindicatos pueden asumir o rechazar, según lo consideren conveniente. Se trata de un imperativo categórico que la historia les dicta. El cumplimiento de esa gran tarea es imperativo no sólo para la realización del mayor esfuerzo de guerra posible, sino también para la prosperidad y el progreso de los sindicatos mismos. En este período crucial, estando en juego la vida misma de nuestra nación, el movimiento sindical puede crecer y fortalecerse vigorosamente, únicamente si sus dirigentes tienen consciencia clara de su responsabilidad histórica como organizadores de la clase obrera para la guerra".
Independientemente de su pasado, el porvenir de los sindicatos es la misma tumba que los diversos mecanismos de represión perfeccionados por el Estado capitalista.
Por contraste, los consejos obreros no son una organización permanente que pretendan representar a la clase obrera en todos los tiempos. Aparecen sólo en períodos de lucha revolucionaria y desaparecen con la derrota. Su forma la determinan las tareas de la revolución proletaria misma. Los consejos obreros reunen a todos los obreros sin distinción de sector industrial o de categoría de trabajo. Históricamente fueron organizados en la forma democrática de más largo alcance: delegados electos y revocables en los lugares de trabajo y responsables ante las asambleas obreras. Aunque los consejos obreros tienen su origen en los centros de producción, conjugan la meta política y la económica y combinan las funciones legislativa y ejecutiva. El porvenir de los consejos obreros consiste en reagrupar a la clase obrera, enfrentarse con el capital y servir de base a la dictadura del proletariado.
Los consejos obreros señalan la culminación de un largo período de conflictos de clase. En la medida en que hoy la clase obrera intenta librarse del agarrotamiento sindical surgen nuevas formas de lucha, precursoras de la aparición de los consejos. Las huelgas salvages se han convertido en un fenómeno internacional durante los últimos años (++). A pesar de que muchos movimientos salvages han tenido hasta ahora objetivos limitados, algunas luchas han llevado a un enfrentamiento directo con el orden social. La auto-organización de los obreros al margen de la estructura sindical es el sine qua non de la lucha de clases hoy; es el único camino abierto a la defensa de las posiciones de clase.
Contrariamente a la aserción de Munis, que los sindicatos han abandonado su función reformista y adoptado una posición reaccionaria, es el propio reformismo el que se ha convertido en reaccionario, en medio del capitalismo actual. El programa reformista entero ha dejado de ser válido y sólo puede servir como diversión, para arrastrar los obreros tras de ilusiones que protegen los intereses de la clase capitalista. Que Munis no ha asimilado por completo la futilidad de las formulaciones reformistas, lo demuestran sus proposiciones tocante a demandas transitorias. Las reclamaciones de "reducción de la jornada de trabajo a 5 o 6 horas sin disminución de paga", de negarse "a todo incremento de la productividad que no redunde en beneficio de la clase obrera", de "libertad completa en los lugares de trabajo", son simplemente utópicas en el seno del capitalismo, como reconocerá indudablemente el propio Munis. Esa clase de demandas puede servir como punto de partida para determinadas luchas obreras, pero únicamente en la medida en que las luchas obreras las sobrepasen desafiando las bases fundamentales del sistema evitarán tales consignas el caer en descarado reformismo. Munis parece rechazar el sindicalismo sin rechazar por completo su contenido: reformismo huero, incluso no limitándose a simples demandas de salario. Prolongado fuera de las estructuras sindicales, el reformismo puede ser un grave obstáculo al desarrollo ulterior del movimiento de huelgas salvajes. Una consciencia parcial cuajada en programas y consignas de transición es el instrumento más fácilmente co-optable por la burguesía. Reclamaciones utópicas no pueden movilizar a la clase obrera sobre una base de clase, en particular siendo postuladas por revolucionarios cuyos análisis demuestran su futilidad.
En el trabajo de Munis tales reclamaciones aparecen como mero non sequitor a la lógica de los argumentos. Pero para la izquierda, y en particular para los trotzkistas, esa clase de reclamaciones constituyen la base del programa que ofrecen. El trotzkismo en todas sus variantes continua la farsa de actuar como director de orquesta que conduce a la clase obrera de campaña en campaña de "agitación". No sólo muestra un desprecio supremo por la clase obrera, que "tiene que hacer su propia experiencia" como un niño, sino que contribuye a reducir su consciencia a un nivel más bajo, a fin de poder "dirigirla". Los izquierdistas impacientados por las dificultades de abrir paso a la revolución, desilusionados por el supuesto hecho de que "nada queda" después de las huelgas salvajes, buscan la comodidad en algunas consignas reformistas de inmediato efecto. Lo único que queda cuando una lucha salvaje se eclipsa provisionalmente, es la consciencia clara de los objetivos y las necesidades de la lucha de clases: la única arma de que dispone la clase obrera para guiar su acción en el futuro, en medio de la crisis capitalista.
Hoy, los sindicatos y el reformismo en general marcan las fronteras de clase. La única clase a que sirve una rehabilitación y un reforzamiento del sindicalismo es la burguesía.
Judith Allen
(1) Este artículo es crítica de "Les syndicats contre la révolution", por B. Péret y G. Munis. La parte escrita por el segundo fué publicada en inglés, al mismo tiempo que la crítica de Judith Allen, en INTERNATIONALISM, n° 3, revista de un grupo de igual nombre editada en Nueva York. Cual fué convenido con uno de los responsables de esa revista, ALARMA publica la crítica y enseguida la palabra a Munis. No tenemos sino que disculparnos por el retraso, enteramente ajeno a nuestra voluntad, como la publicación de este número doble.
(+) Los revolucionarios que intentaban impregnar los sindicatos de contenido revolucionario explícito quedaban encerrados en el dilema de incluir sólo a la minoría revolucionaria consciente y por tanto ser ineficaces en la obtención de reformas durables de importancia, o bien ceder por completo a la presión de la ideología reformista. Los sindicatos revolucionarios fueron un paso transitorio, una tentativa de combinar el reformismo con el objetivo revolucionario. El sindicalismo revolucionario y el anarcosindicalismo fueron creados por un movimiento proletario todavía sin madurez. La degeneración de tal ideología puede ser observada desde 1914 acá, después de la experiencia de los soviets.
(2) Shop Stewards: delegados obreros en Inglaterra designados por votación democrática, pero sujetos al consenso sindical. (Nota del traductor)
(++) Ejemplo de la fuerza potencial de las huelgas salvages o extra-oficiales, lo dió este verano la ola de huelgas en Inglaterra. Los obreros de las principales industrias abandonaron el trabajo en huelga de solidaridad, no sindical, mostrando neto contenido de clase y político. El descontento generalizado de los obreros británicos, abrumados por el paro en una economía estancada, han hecho de Inglaterra uno de los países de Europa de más huelgas, y la devaluación creciente de la libra contribuirá a empeorar el nivel de vida obrero. La combatividad y la solidaridad de la clase obrera es la única respuesta positiva a las condiciones de crisis. El consejo sindical se vió obligado a secundar el movimiento para conservar su posición; su táctica consistía en cortar el paso a un movimiento nacional y en favorecer las reclamaciones de sectores específicos de la clase obrera, a fin de prevenir cualquier movimiento generalizado. El Partido Laborista fué su brazo leal, empujaba al "arreglo", al mismo tiempo que procuraba utilizar las huelgas como pieza suplementaria en su plan electoral contra los Tories oponiéndose a la ley sobre las relaciones industriales, ley que él mismo preparó.