Alarma, n.º 29, 2.º trimestre 1975 (pág. 12). PDF del número completo
Es superfluo comentar el aval dado por los partidos gubernamentales a los militares para supervisar la futura constitución y todas las decisiones de gobierno; no menos inútil comentar el resultado de las elecciones, sin ningún valor siquiera como comicio democrático-burgués. Seis palabras bastan para definir la situación: el ejército se arroga la dictadura. Y los partidos que desempeñan funciones de gobierno, o simplemente sindicales, son partícipes de la dictadura militar, sin que importe quien va a engañar a quien, ni cual camarilla eche en fin de cuentas la zarpa sobre el todo.
Para que eso ocurra, es preciso que antes el proletariado retroceda en lugar de avanzar por el camino de su lucha de clase. Signos de pugna en tal sentido no falta, y seguramente se producen más de los que llegan a conocimiento del exterior. Pero, ¿donde están y que hacen los revolucionarios portugueses, por escasos que sean? Dijérase que viven soterrados en la clandestinidad, cual en tiempos de Salazar. Habrá, sin duda, quienes aprueben esa actitud como prueba de sabiduría táctica. Nosotros la consideramos negativa y hasta suicida. Nunca ha habido en Portugal oportunidad mejor, posibilidades mayores para los explotados. Los revolucionarios tienen la obligación de clamar su pensamiento en las cuatro direcciones, legal o ilegalmente, pero siempre sin temor de hablar en público a los trabajadores. Es indispensable preparar una gran arremetida del proletariado contra el tinglado gubernamental, que se hará cada día mas oprimente. Si quienes tienen consciencia de ello se muestran incapaces de concertarse y salir a la plaza pública en reclamo de organización revolucionaria de la clase obrera, es que están lejos de ser ellos mismos revolucionarios.