Alarma, n.º 29, 2.º trimestre 1975 (págs. 1-3). PDF del número completo
El régimen franquista boquea y boquea interminablemente. ¿Cuanto tiempo va a durar la agonía? No años ya, por mucho que se estire. Incluso sus defensores incondicionales de ayer dan por cierta su desaparición. Les preocupa y les ocupa, ante todo, buscarle una salida indolora, sin sacudida social, y que después evite la irrupción combativa de las masas trabajadoras. Arias Navarro hablaba no hace mucho de descargar del peso gubernamental "los nobles hombros de Franco". El papá del reyezuelo designado pedía abiertamente un cambio "democrático". Muy recientemente, un íntimo del dictador, Antonio Garrigues, hacía el elogio de la "estatura histórica" del mismo, pero proponía su substitución en el ABC. Anteriormente, ese mismo órgano de los antiguos cavernícolas nacionales hablaba de tener listo un gobierno transitorio de "reconciliación nacional". Representantes del ejército, de la iglesia con su Opus Dei y de la burguesía nacional (eco de la internacional), se manifiestan de una forma u otra en igual sentido. Hasta entre los falanjistas, irrisión máxima, ha surgido una organización "social-demócrata".
Eso por lo que respecta a las criaturas del régimen, a los vencedores de 1939, "cruzados" y alquilones de los cruzados. Pero los otros, los partidos clandestinos desde entonces, ¿en qué tesitura están? En la misma, con variantes sin transcendencia, por lo que respecta al antiguo Partido socialista, y sobretodo al de aparato más fuerte, el Partido stalinista. Cualquiera de sus ramales (Carrillo, Lister o pro-chino) continua llamándose comunista, pero su política está meticulosamente orientada al capitalismo estatal. De hecho, fueron esos partidos quienes, todavía en plena guerra civil, ofrecieron al bando franquista la "reconciliación nacional" y la paz. Desde hace más de 20 años vienen reiterándole el ofrecimiento, con premura proporcional a la rebeldía del proletariado. La fórmula misma de "gobierno de reconciliación nacional" está a menudo en boca de Carrillo y congéneres. Los hombres de su aparato preparan doquiera estén la tal reconciliación. Y lo hacen por múltiples medios, desde sus Comisiones "obreras", hasta sus comités de enlace públicos y secretos con toda suerte de jerarcas franco-falanjistas, militares y clericales, todos tan "civilizados" cuanto el propio Carrillo.
Porque el ofrecimiento ha sido al fin aceptado, siendo ya su aplicación sólo cuestion de oportunidad y modalidades. Hace años que en la práctica franquistas y anti-franquistas marchan patrióticamente codo con codo. La cosa no admite treinta interpretaciones, ni tan siquiera dos. Ellos están ya reconciliados, y su maridaje no tardará en adquirir forma política gubernativa, de cualquier manera más o menos parecida a la de Portugal. De lo que en verdad se trata ahora para ellos es de imponer la tal reconciliación a quienes no pueden aceptarla sin renunciar a sacudirse su oprimente dependencia económico-política, sin renunciar a la revolución comunista. Esa operación infunde miedo a sus patrocinadores. Saben que podrá ser sufrida, como la clase trabajadora ha sufrido al franquismo, pero jamás aceptada de grado. Ni siquiera están seguros de que en el instante mismo del cambio los trabajadores no se echen a la calle "a por el todo". Eso los retiene y retrasa el momento de la caída del régimen. En España no habrá claveles para saludar al ejército.
Los reconciliados reconciliadores gobernarán con el aparato estatal de Franco Bahamonde, basados en la estructura social que lo engendró y que Franco mismo ha afirmado; con su guardia civil y su policía acometerán la tarea de reconciliar al proletariado con su condición de clase explotada y manipulada por el gobierno de "reconciliación". Todo lo más, concederán a los obreros el derecho de opinar sobre cómo ser explotados, y aún eso, a través de sindicatos "libres" que acapararán y falsificarán las decisiones de la clase, cual sus semejantes hacen, desde Moscú hasta Londres y Washington.
Y esa clase trabajadora que tantas y tan tenaces luchas huelguísticas y callejeras ha sostenido a despecho del terror franquista, a cuyo combate ininterrumpido durante más de diez años se debe en verdad la descomposición del régimen, ¿va a aceptar pasivamente la trastada de la reconciliación? Ciertamente que no, pero la resistencia espontánea que no dejará de oponer —incipiente ya en las luchas actuales— amenaza verse quebrada y vencida por la combinación de embustes propagandísticos, mistificación, represión y negociación que pondrán en juego los futuros gobernantes post-franquistas. ¿No están actuando desde ahora como representantes del orden capitalista en numerosas huelgas?
La ruptura entre el proletariado y los reconciliadores está bien delineada en la situación actual. Más a despecho de ello, de la combatividad asombrosa desplegada en casi todas las regiones, y aún a despecho de la experiencia —mal conocida— de 1931-39, que por sí sóla bastaría para abrirle el camino de la revolución, la clase obrera ofrece flancos débiles, tanto a la actual como a la futura política de sus enemigos. Origen y resumen de esas debilidades, no hay que decirlo, es su carencia de organización susceptible de hacer deliberadamente frente a los sucesores de Franco, por muy democráticos que se tilden. Apenas instalados en el poder, lo utilizarán contra las masas trabajadoras y en primer lugar contra los hombres más decididos y revolucionarios. La represión continuaría, más selectivamente que ahora. Recurrirán a lo peor a fin de impedir que la voz de los revolucionarios llegue a los explotados, y poder disponer ellos de manos y de policía libres para meterlos en cintura.
Ahora bien, existen en España numerosos militantes y grupos clasistas, en general revolucionarios, que orgánicamente unidos representarían una fuerza suficiente para hacerse oir del conjunto de la clase, contrarrestar la acción nefasta de los reconciliadores y dar chasco a sus reaccionarios propósitos. La dificultad para dichos grupos y militantes, reside en encontrar una sólida concordancia de principios, la coherencia teórica sin la cual no existirá jamás revolución triunfante. Es urgente ponernos a trabajar en tal sentido.
Y al carajo las reticencias y particularismos de grupo, producto del período anterior de derrotas obreras, y en suma prueba de insuficiencia teórica. Todo el esfuerzo debe centrarse en los grandes problemas de la revolución, pasado, presente y futuro en uno. O conseguimos esa concordancia, o el futuro gobierno "anti-franquista" tendrá latitud de reducir o suprimir nuestras actividades, de atacarnos hallándonos nosotros en orden disperso, y de imponer en todas partes su decir y su hacer.
El peligro es tanto mayor cuanto que el capitalismo español está —y se sabe— virtualmente derrotado desde Julio de 1936. El respiro del régimen franquista se lo procuraron los partidos del Frente Popular que destruyeron la revolución, los mismísimos que ahora se ofrecen para repetir la inmunda faena. Entre ellos llevó la batuta de la contrarrevolución el partido stalinista. Pero también él está virtualmente vencido desde la sublevación de Mayo de 1937 en Cataluña. Hay que transformar esa virtualidad en hecho material. La contienda, la revolución, no podrá perderla esta vez el proletariado, sino por inconsistencia nuestra, de los revolucionarios.
Tienen la palabra los grupos y militantes revolucionarios en general. Nosotros, hemos dicho.