Alarma, n.º 4, primavera 1978 (págs. 6-8). PDF del número completo

Una violencia indiscriminada, de todo tipo, color y tendencia se ensaña en nuestra sociedad, un tipo de sociedad herida ya por múltiples virus: la crisis económica, la postura contestataria de sus individuos ante las instituciones más sagradas, el final de la moral establecida, el fin de la familia, de la religión, de todas las ideologías al uso.

Es innegable que el sistema capitalista pasa por la crisis más importante de su historia; su descomposición ya no es parcial como las anteriores —económica o política— sino total. Es el sistema en sí lo que ha entrado en decadencia y lo ha hecho de forma irreversible; el capitalismo agoniza y sus últimos estertores se ven agudizados por la postura intransigente y violenta de sus propias criaturas.

La violencia —de derechas o de izquierdas— se ha impuesto en nuestra vida cotidiana a nivel sensacionalista; a nivel vital lo ha estado desde casi siempre: desde que el primer hombre que descubrió el inmenso poder de la propiedad privada utilizó a otros hombres para aumentar sus riquezas por medio de la transformación del trabajo en mercancías.

Es cierto que la violencia está presente; negarlo sería absurdo como resulta igualmente absurdo el intentar enmascararla dándole sólo carácter sensacionalista y asilándola del contexto vital del sistema.

Parodiando un conocido refrán podemos afirmar que el sistema capitalista nació por la violencia, subsiste inmerso en ella y por ella morirá. Es decir: la violencia es algo intrínseco al sistema y lo es hasta tal punto que llega a desenmascarar sus más serias contradicciones. No representan otra cosa, por ejemplo, las múltiples y seráficas notas que los partidos utilizan para protestar contra lo que hemos llamado violencia sensacionalista; los que se presentan como destinados históricamente a sustituir a un sistema nacido por la violencia y mantenido gracias a la violencia, niegan la efectividad de la violencia como método.

El fariseismo de las izquierdas institucionalizadas es sublime: afirman luchar contra la violencia del sistema y lo hacen pacíficamente; la democracia burguesa es su arma; las leyes burguesas sus defensas; la legalidad burguesa su campo de batalla. Con semejante planteamiento la lucha está condenada necesariamente al fracaso. Los que combaten al capitalismo resultan ser sus mejores defensores; su pacifismo, su espíritu pactista, su gradualismo sólo son intentos de reanimar un cadáver a costa de nuestra propia vida.

El capitalismo, es necesario afirmarlo una vez más, agoniza. Si los que han de ajusticiarlo son los demócratas parlamentarios, la humanidad está irreversiblemente perdida. Los paños calientes de la democracia sólo servirán un corto tiempo; las siguientes medidas a adoptar por los curanderos “socialistas” serán o una dictadura legalizada (dictadura enmascarada como en la Alemania occidental) o la institucionalización de la barbarie, el capitalismo de estado de los erróneamente llamados países socialistas.

Por el camino de la legalidad, de la democracia, de la lucha pacífica dentro de las leyes del sistema, de la negación aséptica de la violencia, no hay otras salidas; las dos conducen al abismo y a ellas intentan llevar los partidos —de derechas o de izquierdas— a la clase obrera tras haberla amordazado por medio de los sindicatos y el estúpido legalismo democrático.

En Italia el secuestro del “pacífico y bonachón” demócrata cristiano Aldo Moro ha levantado una oleada de protesta por parte de toda la izquierda (de la derecha más vale no hablar) incluída la extra-parlamentaria. Los sindicatos han decretado un día de huelga general como protesta por el secuestro del líder político y el “asesinato” de cinco policías disfrazados de guardaespaldas. Los sindicatos han respondido así total y voluntariamente a las normas de los partidos que han encontrado en la acción de las Brigadas Rojas el motivo que, paradójicamente, ha facilitado no sólo su unión a nivel gubernamental sino también la ocasión de manifestar en las calles su maridaje. Desde hacía años las calles italianas no habían tenido ocasión de contemplar tan gran manifestación del espíritu democrático: los enemigos de clase paseando unidas y entremezcladas sus banderas en una magna manifestación de protesta contra la violencia “desetabilizadora”.

Estos mismos sindicatos que tan fiel prueba de docilidad manifestaron a los partidos se negaron totalmente a que en la ciudad de Milán se generalizase una huelga de protesta por el asesinato de dos compañeros perpretado por bandas fascistas. Incluso en una democracia la protesta contra la violencia es discriminatoria.

La discriminación no sólo se ha manifestado a nivel práctico en Italia, sino que en todo el mundo los paladines periodísticos de la democracia han mantenido idénticas posturas; como ejemplo basta leer el artículo que en Triunfo (nº 791 del 25 de marzo de 1978) analiza la acción de las Brigadas Rojas como un ataque “a la falta de democracia”. Para el ó los articulistas (no hay firma) en Italia no está implantada una auténtica democracia porque —sic— los partidos mayoritarios que conquistaron el poder tras la liberación del fascismo no están representados en el gobierno. En otras palabras: sólo existe auténtica democracia cuando el partido comunista participa del poder y lo cogestiona con el resto de partidos democráticos. La moraleja es fácil. En nuestro país y, consecuentemente, en cualquier otro, la democracia será estable sólo cuando el mal llamado partido comunista pueda participar también en la gestión capitalista de la sociedad y poner así los medios necesarios para la instauración de su dictadura, el capitalismo de Estado. Las dos líneas de salida que el capital tiene ante su crisis total se encuentran admirablemente unidas en el artículo: ataque furibundo a la violencia, es decir defensa de la democracia burguesa teniendo en cuenta que ésta sólo puede considerarse como tal cuando en su control participa con plenos poderes el menos democrático de los partidos capitalistas, el partido “comunista”, portaestandarte de la otra alternativa del capital, la forma de dictadura del partido y sus burócratas: el capitalismo estatal.

En España la desdichada intervención televisiva de Martín Villa (superestrella de la revista cómica El Papus por derecho propio) ha delimitado los campos. La democracia española desembocará en ese gobierno de concentración deseado por el articulista de Triunfo y los peceros en general, en el que democráticamente participarán los de siempre; por eso los ataques se dirigirán contra la izquierda más radical y sobre todo contra la clase obrera.

La tortura y muerte de Agustín Rueda Sierra en la cárcel demuestran bien a las claras dónde prevée la democracia a la española sus enemigos; no en la alternativa de poder que representan los socialistas o en la oposición supermoderada de los miembros del PCE sino en los elementos antiparlamentarios, antipactistas, defensores de los intereses reales de la clase obrera.

Donde se ataque la esencia misma del sistema y se intente luchar contra la violencia cotidiana que representa la explotación del trabajo asalariado, la división de funciones, el poder de una clase sobre toda la sociedad, la existencia del estado como expresión policial de este poder, la democracia como forma encubierta de ejercer esta opresión de clase, etc. etc., allí encuentra la democracia sus auténticos enemigos.

Estas muertes, estos ataques a la vida de elementos de la sociedad no son fortuitos. Son fruto innegable del sistema; a él pertenecen y con él perecerán, arrasados por la auténtica violencia revolucionaria, la violencia de la clase obrera y de las capas y clases interesadas en un nuevo proyecto social donde se elaboren realmente las bases para lograr eliminar la dominación y explotación (económica, social e ideológica) de la mayoría social por una minoria de privilegiados.

Esta es la violencia revolucionaria y la única aceptable por los que defiendan una sociedad diferente. La otra, la violencia sensacionalista que expletan los partidos del orden para amedrentar a las masas no es mas que fruto de la violencia propia de todo sistema basado en la expropiación, el lucro, el trabajo alienado, la dominación de clases, basado en un poder estatal fuerte y comprometido en la defensa de unos intereses particulares que antepone a los intereses sociales.

No es posible adoptar en estos momentos de crisis una postura fariseica de defensa del orden y la paz democráticos; hacerlo significa defender al capital, apoyar la explotación, paliar la crisis e intentar evitar el cambio social.

Los ataques “al corazón del estado” de las Brigadas Rojas italianas (por ejemplo) son consecuencia de la decadencia en que está sumergido el capital. Pertenecen como el paro, la inestabilidad económica, la crisis de instituciones, las ideologías reformistas, etc. a la esencia misma del capital aunque estén realizados por quienes se creen revolucionarios

Por esto no es sólo su violencia aislada la que combatimos. Combatimos la violencia institucionalizada del sistema; luchamos contra esta sociedad y contra sus defensores de derechas o izquierdas; combatimos la posibilidad de que el capital sobreviva a su descomposición bajo cualquier forma que sea.

Analizar desde el punto de vista histórico de la clase como sujeto revolucionario estas acciones, sirve para desenmascarar las contradicciones internas del sistema; sirve para que los partidos democráticos demuestren su verdadero rostro de auxiliares del capital; sirve para señalar el carácter antiobrero de los sindicatos, en cuanto convulsionan la estabilidad ficticia de los gobiernos capitalistas y ponen al descubierto la fragilidad de la conciencia revolucionaria actual del propio proletariado.

Negar estas acciones argumentando que “las masas no las comprenden” (en Italia millones de obreros afiliados al PCI fueron a la huelga como protesta por la muerte de cinco mercenarios del capital y por el secuestro del más nefasto de los políticos de la democracia cristiana) es adoptar posturas gradualistas tan negativas como las pacifistas y compungidas de los más descarados defensores del sistema: los partidos democráticos.

La clase obrera está en un momento de inconsciencia de clase muy agudizado. De esta situación son culpables los partidos y sindicatos obreros. Descubrir este carácter antirrevolucionario de los demócratas es importante; es el primer paso para hacer descubrir a la clase obrera en su práctica diaria dónde está y de quién proviene la violencia como forma de dominación total, hasta en sus más mínimos aspectos, de la vida cotidiana.

Es en ese sentido en el que debemos aprovechar todas las manifestaciones de la violencia para hacer comprender a la clase obrera que en la base de esta violencia está el dominio de clase de la burguesía y sus paladines, los partidos y sindicatos “obreros”.

Por esto, aunque sólo fuese por ésto, vemos necesario comentar este tipo de acciones. La violencia engendra violencia. El día que el proletariado comprenda el papel de la democracia y la base real del poder burgués, se tornará violento y entonces, sólo entonces, será revolucionario y capaz, por lo tanto, de destruir este sistema y realizar su tarea histórica, la construcción de una nueva sociedad en la que la violencia ya no tendrá lugar.

Mientras el proletariado sea inducido por sus líderes a gimotear farisaicamente ante la violencia sensacionalista y no reaccione ante la violencia institucionalizada de la vida cotidiana, la revolución será tan sólo un proyecto de algunas minorías y, en estas circunstancias, la revolución no será factible.

La violencia aislada no conducirá a la revolución social aunque, en estos momentos, pueda servir para agudizar y resaltar contradicciones y sirva por lo tanto indirectamente a la conscienciación violenta de la clase, premisa indispensable para la realización del cambio social.

Antes estas explosiones de violencia que los órganos de la prensa burguesa aprovechan para su anhelo de conservación del sistema capitalista no caben posturas de compasión o de indignación pacifista en defensa del orden.

La postura revolucionaria es la de señalar a la clase —una vez más— que esta violencia es intrínseca al sistema y que sólo acabará tras la realización de un acto igualmente violento realizado por la clase conscientemente: el ataque al estado como forma de poder (como culminación del poder económico, social e ideológico de una clase sobre el restro de la sociedad, como salvavida de los intereses de explotación del capital); el ataque a los partidos políticos (en cuanto defensores del orden establecido, en cuanto principales interesados en la supervivencia del sistema por formar parte integrante de él) y el ataque a los sindicatos o cualquier otro tipo de dominación de la clase obrera por falsos líderes o profetas que en su pactismo, en su pacifismo, en su gradualismo encarnan también la violencia del capital: la de la ciega sumisión de la clase a los intereses de una minoría dominante.

Este acto de violencia consciente, realizado por la clase tendrá históricamente unos claros antecedentes: las acciones aisladas de quienes de una u otra forma han luchado violentamente contra el orden y la seguridad burgueses.

Paso a paso, golpe a golpe la revolución se acerca.

Mientras los burócratas, líderes y secretarios generales se conduelen, la clase obrera a pesar de sus contradicciones, a pesar de su “no entender nada”; a pesar de su actual docilidad, se prepara para el asalto final contra la forma social más violenta que conoce la historia.

Por eso, consecuentemente, su acción, su revuelta, LA REVOLUCION SOCIAL, será violenta o no será.

F.O.R.