Alarma, tercera serie, n.º 5, verano de 1978 (pág. 2). PDF del número completo
La palabraja consenso, no ha sido puesta en danza por simple ocurrencia de los consistientes, desde Fraga y Suárez hasta Carrillo y González. Expresa uno de los conceptos más en boga entre los señores sociólogos de todos los países, plaga moderna. Su ciencia de la sociedad y -pretenden- para la sociedad, ha descubierto que el consenso entre las diversas clases, legalmente representadas por sus correspondientes organismos (partidos, sindicatos, grupos de intereses, todos ellos amparados por el gobierno) es una mina política y monetaria a explotar. Saben bien esos científicos que existe lucha de intereses incesantes y hasta lucha de clases. Lejos de negarla, ven en ella un juego compensatorio beneficioso para la sociedad, en la medida en que, dentro de la ley y por intermedio de los organismos representativos correspondientes, las partes en discordia o lucha entren en relación, discutan desavenencias y avenencias posibles y concierten una solución. Por tal modo, los conflictos y los diversos enfrentamientos de clases van resolviéndose uno tras otro, y en conjunto prosigue el funcionamiento “normal” de la sociedad, mejorado incluso. Tal es el modelo sociológico de una sociedad “abierta”, por oposición a una sociedad “bloqueada”, o sea que impide la solución de los conflictos por negociación o no los resuelve a tiempo. En estos casos, la sociedad se expone a sacudidas graves, tal vez a una revolución.
No para ahí la previsora ciencia de nuestros sociólogos. Gran parte de ellos, si no todos, admite que se puede ir muy lejos por ese camino, hasta el socialismo, exclaman sin arredrarse.
Así pues, el consenso está preñado a reventar de contenido actual y futuro, por cuyo motivo precisamente consienten darse la mano en corro todos los partidos del parlamento, con sus sindicatos de propiedad privada, más, recatándose, otros extraparlamentarios y sedicientes apolíticos. El contenido actual, helo aquí en estricto enunciado sociológicamente reconocido:
El capitalismo puede y debe solucionar sus problemas internos reafirmando tras cada uno de ellos su propia esencia. Le basta mostrarse abierto a la negociación con representantes sindicales y políticos igualmente dispuestos a ella. Con tal condición, que los sociólogos no han inventado, sino encontrado como un hecho consumado, desde antes de la guerra mundial, por los partidos que fueron comunistas y socialistas, y por los sindicatos ingleses y americanos, no habrá conflicto ni huelga cuyo desenlace no se salde en favor del sistema, por mucho que los trabajadores crean haber obtenido una ventaja o una victoria importante. Explotados eran antes de la huelga, explotados seguirán siéndolo después, y aún más que antes, gracias al juego de la productividad o rendimiento, las primas, las horas extra, etc. En cuanto a la latitud máxima futura del consenso según sociólogos y politicastros pseudo-obreros, no es otra que el desemboque del capitalismo privado y de monopolios, en un monopolio estatal exclusivo, cuyo modelo está a la vista en tantos países.
Hace más de un siglo, Marx reprochaba a los economistas burgueses su manera de considerar el capitalismo como un sistema si no perfecto, perfectible y eterno. Ahora, los señores sociólogos nos sirven la misma sandez deducida de sus prolijos estudios, computada por aparatos electrónicos y burocráticos y en atuendo de Ciencia del Hombre. Su modelo de sociedad abierta es el capitalismo en ciclo auto-regenerador. punto menos que ocurrente, o sea, la más bloqueada de las sociedades imaginables. Esa clase de ciencia niega la ciencia, igual que el capitalismo, su progenitor y usuario, niega al hombre y reniega de él. Porque el tal consenso, en efecto, ocurre entre negociadores que son fases distintas de un sólo sistema de explotación verdadero. Entre esas partes el desacuerdo es siempre secundario y a la postre el consenso obligado. No hay ejemplo más elocuente a tal respecto que el de España, donde el Estado franquista en completo acaba de acoger como compinches de su séquito a partidos que continuan dicéndose comunistas y socialistas por aviesa destachatez. Y lo que antes parecía incompatibilidad absoluta se ha convertido de un día para otro en consenso, complicidad recíproca de la cual los trabajadores tienen a estas fechas múltiples y contundentes pruebas. Habría sido imposible semejante colusión si desde mucho antes no hubiese existido entre unos y otros un terreno común de entendimiento. Es evidente de por sí: nada ha cambiado desde la entrada de las tropas franco-fascistas en Madrid. Durante cuarenta y tantos años montaron la guardia en torno a ese terreno el ejército, la policía, la iglesia, Falange. Ahora los refuerzan y se hallan en condiciones de relevarlos si es necesario, los partidos y sindicatos en cuestión.
En cuanto a la democracia (capitalista) que les sirve de alcahueta cerca del proletariado, ellos mismos la conculcan sin miramientos cuantas veces una huelga, una asamblea obrera o una manifestación excede o rompe el cerco estrecho de sus enjuagues. Son ellos, sin fallo, la primera policía con que tropiezan los trabajadores en combate. Los casos menudean casi tanto como luchas se producen. La clase explotada ha demostrado reiteradamente que no se siente concernida por el consenso. Pero no debe limitarse a atropellarlo aquí o allí, al azar de situaciones improvisadas. A menos de contraponerse aquí o allí, al azar de situaciones improvisadas. A menos de contraponerse a él con plena deliberación, pública y organizadamente en todo el país, los del consenso se lo impondrán, resista más resista menos... y a producir, producir con disciplina a mayor beneficio del capitalismo nacional. De eso y nada más que de eso se trata para todos los consintientes.
O el proletariado rompe con ellos, o ellos le romperán la cabeza al proletariado.
ALARMA