Alarma, tercera serie, n.º 5, verano de 1978 (pág. 8). PDF del número completo
Las contradicciones del socialismo oficial, el de la Segunda Internacional, han marcado totalmente la práctica de los partidos socialistas. Sobre todo en lo que se refiere a sus relaciones con el poder. En casi todos los países el partido socialista se ha presentado -para muestra véase España hoy- como una alternativa de poder. Su táctica es la táctica que obligó a la Segunda Internacional a impulsar la Guerra Mundial.
La vía de las reformas a través de los mecanismos de gobierno burgués (elecciones, parlamento, leyes, constitución...) llevará a la toma del poder burgués por parte de los socialistas; de aquí al socialismo... caminito de rosas. Para los socialistas, por lo tanto, el paso primero a conseguir es el de reforzar las instituciones burguesas, reafirmarlas apoyándolas y utilizarlas posteriormente, cuando se alcance el poder, para iniciar timoratamente y con mucha cautela el camino de la transformación del sistema capitalista en un sistema socialista.
Esta teorización de la “no lucha de clases”, a fuerza de ser simplona es absurda. Repetidas veces se han señalado ya sus contradicciones: imposibilidad del acceso al poder por vía parlamentaria si es que realmente el partido socialista pretende realizar reformas (Chile está demasiado cerca como para poder olvidar una experiencia tan aleccionadora).
En el caso, nada hipotético sino muy real, de que el llamado “partido socialista” alcance el poder burgués dispuesto a mantenerlo, gestionarlo y reforzarlo la contradicción aparece inmediatamente: no ya el paso al socialismo sino cualquier tímido intento de reforma debe contar con el beneplácito del capital y quedará, por lo tanto, circunscrito al marco social dominante. Un partido socialista en el poder se transforma necesariamente y en función de conservar este poder, en el más celoso defensor del sistema capitalista y en su gestor más eficiente.
Pero hay un aspecto que en estos momentos interesa resaltar: el nacionalismo burgués de que deben hacer gala todos los partidos socialistas.
Nacionalismo y socialismo son conceptos diversos. En la práctica de los partidos socialistas son conceptos opuestos. La práctica de los partidos socialistas -se enmarque en el campo de la “oposición-alternativa de poder” o en el de gestores del poder capitalista- se ha encerrado desde la II Internacional en el marco burgués de la nación, de los intereses nacionales, de la defensa del capital nacional frente a ingerencias extrañas... en limitado marco de la óptica decimonónica.
La II Internacional era ya un cadáver en 1914; sus descendientes actuales, los partidos socialistas de los años setenta, han evolucionado dentro de su putrefacción: son partidos nacionalistas burgueses. Ningún otro partido puede alardear en cualquier país capitalista de ser más fiel gestor del poder CON TODAS SUS CONSECUENCIAS que el partido socialista cuando lo detenta; más aún: en estos momentos, hasta en la oposición, los partidos socialistas defienden y apoyan las directrices de la derecha en defensa de intereses claramente contrarios a sus propios votantes; en nombre de la economía patria, en un intento de superar la crisis favorablemente para el capital a costa de las clases trabajadoras, los socialistas defienden medidas económicas, sociales y políticas claramente represivas.
Ciñéndonos al caso de España aparece claro que el PSOE ha apoyado totalmente el Pacto de la Moncloa, ha eliminado gracias a la acción de su sindicato (UGT) las huelgas, ha apoyado la política represiva del gobierno de derechas (UCD) y sólo se ha colocado aparentemente en la oposición ... para proclamarse alternativa de gobierno. Su crítica al actual gobierno nunca ha sido una crítica desde una óptica de la lucha de clases; ha sido una pataleta de niño mal criado: “Yo lo sé hacer mejor”.
En Cataluña, para más inri, los socialistas han creado, tras largas y costosas etapas, un partido de “los socialistas catalanes”. Así el sentimiento nacionalista de los pequeños burgueses catalanes queda halagado y, en contrapartida, el partido socialista ha incrementado su base a nivel de estado.
¡Todo por la Patria, por la nación, por el sistema!
Este aspecto nacionalista del socialismo quedaría incompleto si, paralelamente, no se señalara que ocurre lo mismo con el partido comunista español (que, consecuentemente también tiene un filial “catalán”). El PCE y su sindicato (CCOO) también han contribuído a potenciar el sistema apoyando el Pacto de la Moncloa, eliminando huelgas, apoyando la represión, etc. et. Sólo falta (para que el parangonismo con el PSOE sea completo) que se presente como alternativa de poder... y, de momento, lo intenta a nivel de coaliciones.
En ambos partidos el concepto básico de internacionalismo proletario ha sido desplazado al campo de lo utópico. Actualmente el proletariado -en el esquema socialista- tiene algo más que perder que sus cadenas: su patria, su nación, su economía, sus negocios... (los de ellos, los de los partidos y sus padrinos capitalistas, por descontado).
Juan sin Patria.