Alarma, tercera serie, n.º 6, otoño-invierno de 1978 (pág. 4). PDF del número completo
Por motivos que ni siquiera se pued inventariar aquí, no digamos estudiar, la historia humana ha tenido que atravesar por la fase de las naciones, cada una de ellas provista de un ejército. La misión de éste era “defender las sagradas fronteras de la patria”. Pero ninguna nación tuvo nunca escrúpulo en mandar su ejército a hollar “las sagradas fronteras” de otras patrias, si se consideraba la más fuerte. Millares y millares de casos consignados en cualquier manual de escuela nos eximen de mayor argumentación.
La grandeza nacional ha ido apareada con la gloria militar desde la antigüedad, pero no sin escarnecer y saquear a otro u otros paises, cuando no apropiándoselos. El por qué de conducta tan universal como ávida, no tiene otra explicación, desde que naciones e imperios existen, que el estar ellos mismos fundados sobre clases sociales explotadas por el trabajo y vilipendiadas en la existencia cotidiana. El trato dado a otras naciones mediante la guerra con sus laureles militares consiguientes, era y es trasunto más gravoso aún de la condición reservada a las clases trabajadoras connacionales. Estas mismas, ¿que son yendo hasta el fondo de los tiempos, sino los últimos descendientes de antiquísimos vencidos, desde los constructores de las pirámides de Egipto, y las Zigurats (torres de Babel) babilónicas, hasta las conquistas romanas y bárbaras?.
Así evolucionando, de guerra en guerra y de paz en paz, el mundo ha venido topar con la situación actual: el equilibrio del terror atómico entre Estados Unidos y Rusia, sin que los respectivos secuaces sean otra cosa que secuaces sin capacidad seria de determinación, por faltarles la capacidad requerida de destrucción y de muerte. En cambio, la capacidad de los dos jefes de Bloque es tan horrenda que, desencadenada, civilización y humanidad serían desintegradas más totalmente que los átomos de las bombas termonucleares. La guerra se ha hecho incompatible con la simple continuidad de la especie humana. Los propios países mas fuertes militarmente no pueden contemplar una victoria lucrativa sobre su enemigo. Para responder a las necesidades actuales de la humanidad, los armamentos debieran ser desmantelados, los ejércitos disueltos.
Y sinembargo, no sólo las grandes mantienen en activo ejércitos enormes e industrias de guerra costosísimas, ocupando en actividades parasitarias varias decenas de millones de hombres, sino todos los países sin excepción, si bien la mayoría de ellos no encontrarán jamás ocación de batirse ni en la tan venteada “defensa de la patria” ni en “gloriosa” conquista exterior.
Pongamos el ejemplo que más nos concierne, el del ejército español. Es supérfluo incluso en su antiguo papel de institución defensora de la entidad capitalista llamada España. Por mucho que modernice armas y nociones estratégicas, falta enemigo atacante o a atacar. ¿Francia, Portugal, Marruecos o cualquier otro país africano? Absolutamente quimérico. ¿Rusia como agresor? No podría ocurrir sino previa garantía de abstención por parte de Estados Unidos, y en tal caso el tiburón ruso se tragaría a España de un sólo bocado. El ejército español no puede en lo sucesivo hacer la guerra sino como sirviente del Estado Mayor de Washington... o del de el Kremlin, que a todo se puede llegar por los nuevos carriles europeistas. Pero, sabido es, la tercera guerra mundial sería el holocausto general en ambos bandos. Por ende, es completamente supérflua incluso considerada desde el ángulo de la defensa de las fronteras territoriales y marítimas, razón original de su existencia, los ejércitos de los dos grandes imperialismos representan, para la humanidad, la más criminal de las amenazas. Lo uno y lo otro son aspectos de la decrepitud del sistema existente en todas partes.
Visto de más cerca el problema en España, puede asegurarse sin el menor riesgo de error ni de refutación seria posible, que por mucho que se indague no podrá encontrarsele al ejército ninguna ocupación “heroica” actual o futura. ¿Cuál es pués su función social? Tampoco puede encontrársele, a menos de entender por tal la que todo el mundo sabe y teme; pero esa es función antisocial, puesto que va contra el interés y el libre desenvolvimiento, no ya de los explotados sólo, sino de la mayoría abrumadora de la población. Ahí quedan, apenas dejados atrás 40 años de Código Militar, es decir de ley de guerra, no precisamente contra un enemigo exterior. Es como si España hubiese sido, propiedad privada del ejército, y no sólo en lo político. Como tal sigue considerándola, por tradición borbónica y por recomendación expresa y reiterada de Franco. Su sobresalto impositivo, de noviembre último, da constancia de lo dicho. No será el último. Disponiendo de armas en mucha cantidad y más mortíferas que en 1936, frente a una población inerme como nunca se verá tentado de echarle mano al poder cuando lo juzguen indispensable los criterios reaccionarios de sus estrategas, para ellos criterios de salvación.
El ciclo militar de la humanidad está cerrado y exige ser abolido. En países como España cualquier ejército profesional no puede en lo sucesivo desempeñar sino un vulgar papel de represión y despotismo. En países como Estados Unidos y Rusia, peor todavía; los ejércitos extienden su zarpa policíaca los 5 continentes y amagan matar a toda la población terrestre.
El ciclo militar de la humanidad está cerrado, si, y clausurarlo es exigencia de conservación de la vida. Ahora bien, los patidos, sindicales y señores sueltos del consenso no se propondrán jamás la supresión del ejército, porque, como él, están circunscritos por el mismo mundo capitalista. En lo político, su caducidad y nocividad social es una y la misma para todas ellos. Por una parte, se esfuerzan en retener al ejército dentro del consenso, del que forma parte de hecho junto con la policía y cualquier otro cuerpo; por otra, les conviene ver suspendida la amenaza de nueva militarada posible sobre la cabeza del proletariado, a fin de que se preste a seguir apechugando con su eterna situación de clase explotada y humillada. ¡Cuidado, no asusteis a los jefes militares, que podría ser pero! Tal es el chantaje de los Carrillo, Gonzalez, Camacho, etc. en contubernio con los franquistas engalados también a la europea.
En resumen, la clase trabajadora se encuentra ante una totalidad capitalista maciza, que va desde el ejército y la policía hasta los partidos y sindicatos que pretenden representarla. En tales condiciones, se verá maniatada y amordazada, incapaz de oponerse a ningún peligro ni de acometer nada serio, mientras no rompa sin tapujos con ellos e inicie actividad y organización propias.
Diciembre 1978
Y. Barraza