Alarma, tercera serie, n.º 7, verano-otoño de 1979 (pág. 11). PDF del número completo
Sin normas... contra las normas.
Aquí, en esta sociedad, ya no se aclara nadie. Todo, absolutamente todo está mistificado en honor y provecho de oscuros (al parecer) intereses. El vino ya no es vino; los alimentos son de plástico; el plástico es de patata; el acero es mantequilla... la lucha entre los grandes estados por ampliar su ámbito comercial se denomina «guerra fría» o se la presenta con la vistosa envoltura de «lucha de liberación nacional»... los intereses capitalistas se disfrazan con el sobrenombre de «social-demócratas» para asombro y satisfacción de papanatas y boquiabiertas seudopolíticos de segunda fila, ignorantes de hacer el juego al monstruo sagrado del capital... en los partidos menos marxistas que pueda imaginarse se organizan peloteras increíbles por afirmar que son marxistas (incluido el pataleo de rigor del malcriado y chuleta líder de turno)...
Esto es el mundo del despropósito, del disparate abracadabresco de Valle-Inclán. Los sindicatos se presentan como defensores de los intereses de los trabajadores frente al capital; las huelgas son tímidos pucheros de novicias ursulinas; la televisión ataca violentamente el terrorismo de Eta o de Grapo o de los misteriosos anarquistas de folletín de principios de siglo, olvidándose (con toda la mala leche del mundo y siguiendo una lógica aplastante) del terrorismo del capital sobre toda la sociedad... la CNT ya no sabe si es un sindicato de revolucionarios o una logia masónica donde el cabildeo, las intrigas y el misterio se unen en la noche ciega de sus incongruencias políticas...
Casi todo está mixtificado, cambiado, disfrazado y lo peor es que la mayoría acepta resignada este engaño. Nadie es capaz de quitarse las gafas multicolores de la ideología democrática y aceptar ver la sociedad tal como es.
Frankestein nos es presentado como una Farrah Fawcett-Majors cualquiera y todos tan tranquilos.
El capital en cuyo provecho se realiza esta mixtificación está logrando plenamente sus objetivos. Su incapacidad para ofrecer a la sociedad una salida al caos social y económico está siendo subsanada por nuestra propia ceguera o, lo que es peor, por nuestra cobargía frente a los ideólogos del capital: los líderes políticos de tinte democrático que defienden descaradamente los intereses nada oscuros de sus jefes, los capitalistas; los líderes sindicales que presentan a la clase obrera una imagen de los sindicatos que en modo alguno corresponde a su auténtica naturaleza o su finalidad; los revolucionarios de pacotilla, de salón o de Las Ramblas que ante todo sobre todo mantienen sus esquemas en el estrecho marco de la legalidad burguesa y cuyo acto más «revolucionario» es el inocuo «petardo» fumado ostentosamente en sus cubículos de conspiradores de opereta. Hasta estos «pasotas sociales» están voluntariamente engañados por el sistema comercial que dicen desdeñar: ¡cuántos orgasmos metafísicos y cuántas paridas ideológicas no habrá provocado un «porro» fabricado con piel de patata y comprado en el mercado libre de la Plaza Real como «de lo más puro»!...
Lo dicho: pura filfa. San Carrillo — por que a ese lo canonizan, oiga, seguro— inventa el descafeinado de eurocomunismo y en plan de desmadre va Lidia Falcón de profesión sus orgasmos y se saca de la manga el inventa del Partido Feminista. Ya está. El summun de la perfección en lo de dar el camelo. La lucha de clases se transforma ahora en lucha de sexos. Sin comentarios.
Por eso, siente uno como una bocanada de aire fesco cuando alguien se sale realmente de la rutina diaria, del conformismo ideológico, del pacifismo práctico, del aborregamiento total y se enfrenta a toda la sociedad llamando a las cosas por su nombre y luchando a su aire, sin normas... contra las normas.
El pasado 24 de Junio se celebró en todo el mundo capitalista degenerado de Occidente el día del «orgullo Gai». (En los supersocialistas países de capitalismo de estado no se celebró dicho día por que en ellos los homosexuales no existen por decreto).
En Barcelona la cosa iba de procesión; una extraña procesión de marginados sociales — prostitutas, homosexuales, lesbianas, etc— encabezada por los mismos que defienden el orden burgués que los margina: PSC, PSUC, LCR y demás partidos de la oposición seria y moderada.
Maquiavlélico: los que rechazan encabezando a los rechazados en su protesta contra el rechazo. Maquiavélico pero normal en este país. Así la cosa quedaba de lo más fino y educado. Los reprimidos pidiendo por caridad que no se les reprima. Manifestación pacífica de marginados sociales, guiados de sus represores para recordar una acción violenta.
Mucha pancarta, mucho antimachismo, muchos grititos... y poca lucha. Aceptar que se es marginado sin luchar es someterse a estarlo siempre.
Por el contrario, los travestís que se manifestaron violentamente, sin procesión ni parlamentarios ni partidos ni hostias (que no, que no; que la cosa no va de caridad cristiana ni de leyes ni de permisividad social, que la cosa es más seria...) recibieron palos, pelotazos de goma y sintieron en su propia carne los efectos de esas leyes represoras que los otros, los de la manifestación pacífica, se limitaron a corroborar con su borregada.
Seguro: el día del «orgullo gai» no es la revolución pero es una manifestación más de la podredumbre social del sistema. Y si algo puso en crisis el sistema ese día, aquí en Barcelona no fue la manifestación parlamentaria sino la acción descabellada de los travestis que se sacudieron la legalidad de encima y supieron llamar a las cosas por sus nombres: represión y violencia y oponerse a ellas con las únicas armas posibles: no memorándums o partidos feministas o manifestaciones de castrados sino con la violencia y la lucha, con el enfrentamiento abierto a la rutina y la docilidad ideológica.