Alarma, tercera serie, n.º 10, 1980 (págs. 1-3). PDF del número completo
En ausencia de la revolución proletaria mundial, la crisis social que asfixia a trabajadores y explotados de todo el mundo sigue profundizándose año tras año. Lejana la instauración del socialismo, está ya próximo el reino de la barbarie. De suyo, los trabajadores sienten el filo de la barbarie día a día.
La crisis de civilización de la humanidad se manifiesta en todos los terrenos: en el social, en el cultural, en el científico etc. La crisis económica que hoy padecemos no es más que otra expresión -bien cruel- de aquella crisis.
La crisis económica con sus secuelas más graves: el paro y la carestía de la vida, golpea a los trabajadores, hundiéndoles en la miseria un poquito más cada día. Pese a los catastrofistas de turno, el sistema no se hunde. El capital sigue obteniendo beneficios extraordinarios a costa de una sobre-explotación feroz de todos los trabajadores. El cierre de empresas, las quiebras, las suspensiones de pagos, la reestructuración de plantillas, el deterioro de las condiciones de trabajo etc. no persiguen otro objetivo que salvar el capital acumulado durante todos estos años por la clase dominante.
El capital ajusta su perspectiva, reordena sus piezas en el tablero de la lucha de clases y prosigue con sus brutales acometidas.
Sólo la clase obrera puede detenerlas. Los trabajadores no se resignan a su suerte (entre otras cosas) porque suele ser mala. Bien al contrario, resisten y plantean la batalla por sus objetivos. Pero su respuesta presenta unas características determinadas. Las luchas actuales están atomizadas y dispersas, carecen de la más mínima perspectiva de centralización y generalización. Difícilmente la lucha de una empresa se extiende al ramo o a la zona. Nace y muere en la fábrica. Los viejos pero eficientes métodos de organización, extensión, generalización y radicalización parecen olvidados. La resolución de las luchas es poco menos que catastrófica. Con los métodos actuales, con la pasividad y el aislamiento, la batalla se libra... pero se pierde.
La crisis pesa sobre la conciencia de los proletarios, pero esa es una cuestión secundaria.
Hay unos responsables directos de la actual situación del movimiento obrero en todo el mundo: los partidos llamados "obreros", los sindicatos y sus comités de empresa. El PCE, el PSOE, los parlamentarios quiero-y-no-puedo y la cohorte de sindicatos de pelaje vario son los auténticos responsables.
Su política capitalista de estado no tiene nada que ver con las necesidades inmediatas y mediatas de los trabajadores.
Los intereses y preocupaciones de todas esas bandas políticas son antagónicos a los de la clase obrera. Parlamentos, gobiernos autonómicos, ayuntamientos, diputaciones, elecciones sindicales y otra basura al uso... ¿qué tendrá que ver con los intereses proletarios?. Bien está que la burguesía y la pequeña burguesía -la vieja y la nueva- se distraiga con semejante carnaval pero... ¿qué tiene que ver la clase obrera con tanto funambulismo?.
Los problemas son otros. El primero de ellos, el de la organización. Los trabajadores necesitan recuperar, urgentemente, su práctica de asambleísmo masivo y de elección de comités de delegados revocables para llevar adelante la lucha, coordinarla con las existentes en el ramo y la zona y extenderlas con decisión. Esa es su arma más preciada.
A una clase organizada hay que oponerle otra clase mejor organizada. A cada movimiento en el tablero de la lucha de clases hay que responderles con otro movimiento más audaz, recuperar la iniciativa y ganar la partida. La organización en asamblea de los trabajadores es hoy la premisa fundamental, para avanzar.
Hoy, un boicot consciente de las elecciones sindicales (ver este mismo número de Alarma) tiene su contrapunto en la cuestión de la organización.
A otro nivel, otro vacío fundamental de la hora presente, es el de la organización de los revolucionarios. En nuestra última editorial manifestábamos lo siguiente:
"Superar la terrible atomización en la que se encuentran núcleos de trabajadores en sus lugares de trabajo; clarificar la gran cantidad de problemas organizativos y políticos que se presentan; examinar las lecciones del pasado; posibilitar la organización extensiva y profundización de los combates proletarios, etc. exige una organización. Frente a la meticulosa organización de los burgueses es imprescindible la organización de los proletarios. Las clases combaten encarnizadamente para vencer y para ello se organizan; sin organización la victoria no es posible.
Para esa victoria es imprescindible la organización de obreros revolucionarios, parte de la clase obrera en su conjunto, garante de su memoria histórica, adalid de su conciencia, con un programa fundamentado y con la visión penetrante que hoy se requiere. Una organización para los ochenta infinitamente distinta a los partidos y grupos de los veinte y de las sectas milagreras de toda la vida".
Entendemos que hay que dar pasos significativos en esa dirección. Esa es, a nuestro juicio, la mayor responsabilidad que los revolucionarios tienen con la clase obrera. Negarse a avanzar en esa perspectiva es jugar a favor del capital.
Nadie aboga por un voluntarismo organizativista trasnochado. Sabemos que la materialización de esos pasos no depende, únicamente, de la voluntad subjetiva de los trabajadores revolucionarios; cincuenta años de contrarevolución stalinista pesan como una losa en la conciencia de los mismos; pero cualquier iniciativa positiva en ese sentido debe ser valorada y aprovechada.
Nuestra división es la de la clase obrera y su división es la fortaleza de la clase dominante. No hay ya subterfugio posible: la organización revolucionaria y sus presupuestos programáticos es el problema central de nuestra época.
La propuesta de Fomento Obrero Revolucionario es clara:
En torno a unos presupuestos programáticos imprescindibles -que deben ser discutidos y asumidos- en las fábricas, en los centros de trabajo y con los grupos revolucionarios existentes hoy, debemos nuclear una organización capaz de actuar positivamente en el actual cuadro de la lucha de clases.
Esa organización no es, de nuevo y una vez más, el inicio de un nuevo proceso, antes bien, es la culminación de otro proceso. Es el balance definitivo de partidos, sindicatos y grupusculillos sectarios y es la perspectiva de los revolucionarios capaces de pensar y actuar conjuntamente, aunque diferencias de análisis nos separen. Es el balance de una fracción de la clase que ha extraído costosas lecciones de su pasado reciente y es la perspectiva de los revolucionarios que quieren hacer la experiencia de una organización que no tenga nada que ver con los leninismos, consejismos, anarquismos y autonomismos en desuso. Es la perspectiva de núcleos de trabajadores capaces de reflexionar, organizadamente, sobre su práctica, de extraer conclusiones teóricas y llevarlas de nuevo a la práctica. Es, en definitiva, la perspectiva de quienes quieren organizarse a imagen y semejanza de la clase obrera en lucha y llevar hasta sus últimas consecuencias el balance del partido político -cualquiera que sea su adjetivación- como órgano de dominación burguesa en el seno de la clase obrera.
Entendemos que ningún grupo revolucionario, comité de fábrica, núcleo de trabajadores, revolucionarios independientes etc. puede negarse a esta exigencia.
Que los revolucionarios se reagrupen, construyan su organización e incidan con éxito en la organización masiva de los trabajadores. Esa es la tarea esencial.
Desde nuestra editorial proclamamos con vehemencia una de las lecciones fundamentales de la historia del movimiento obrero:
O LA CLASE OBRERA SE ORGANIZA O NO ES NADA
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