Alarma, tercera serie, n.º 10, 1980 (págs. 10-12). PDF del número completo

Presentación

El "gran público" ha debido esperar muchos años para conocer a Benjamin Peret, uno de los máximos poetas surrealistas franceses. El silencio a que ha sido sometida su obra está indudablemente en relación inversa a su calidad literaria.

No ha sido el poeta, excelente, el que ha mantenido en el ostracismo al hombre. Ha sido el militante revolucionario, el detractor del stalinismo, el luchador en la revolución española el que ha superado y ocultado al poeta y escritor.

Su práctica antistalinista, sus escritos de apasionado luchador por la revolución social, sus críticas al servilismo stalinista de sus compañeros surrealistas, hacen de él, sin duda alguna, la figura más eximia de la generación por encima de todos aquellos "revolucionarios de opereta" en que quedaron reducidos, bajo el yugo del partido comunista, los otros surrealistas.

Tras su participación en la guerra y revolución españolas, vivió exiliado en México y Sudamérica colaborando estrechamente con la fracción que rompió con la IV Internacional denunciando su abandono del internacionalismo proletario, su defensa de los intereses capitalistas ante la Guerra Mundial y su paso definitivo al campo de la contrarevolución.

En los últimos años de su vida perteneció al núcleo revolucionario que inició la edición de Alarma, constituyéndose en Fomento Obrero Revolucionario.

En este número de nuestra revista continuamos la publicación de los capítulos más interesantes del folleto "Los sindicatos contra la revolución", recopilación de los escritos sobre el tema sindical elaborados por los compañeros B. Peret y M. Munis.


Los sindicatos han llegado al término de su evolución independiente y desde 1914 han entrado en un nuevo período, el de su integración al estado capitalista. Tendían a él desde hace tiempo, pero fué menester la guerra de 1914 y los servicios que entonces prestaron al capitalismo en la Unión Sagrada para que el Estado les concediese cabida en sus deliberaciones. Verdad es que así mostraban su poderío sobre la clase trabajadora y que por tal hecho se convertían en preciosos auxiliares del capitalismo. Debo señalar que el primer paso decisivo en tal sentido fué dado, en Francia, por Jouhaux, representante de los obreros cerilleros, trabajadores del más antiguo trust del Estado capitalista francés. Imposible ver en ello simple casualidad. Las nacionalizaciones (el monopolio de tabacos y cerillas no es otra cosa) confieren a la burocracia sindical perspectiva duradera en cuanto organismo particular de la sociedad capitalista, perspectiva de que carece por el simple ejercicio del sindicalismo. Los convierten en instrumentos directos del Estado, de igual modo que los jueces o los polizontes. Tal burocracia, al principio afincada en la economía, desde la cual actuaba sobre el Estado, se convierte en mecanismo auxiliar de ese mismo Estado, que controla toda la economía. En Francia, el control es todavía indirecto en muchos sectores, pero economía y Estado han fusionado ya en importantes dominios (electricidad, gas, carbón, transportes, etc.) de forma que sindicalismo y Estado capitalista tienden a confundirse en un sólo cuerpo para instituir, como en Rusia, un capitalismo de Estado, aquel a que conduce automáticamente la evolución del capitalismo en trance degenerativo.

No obstante, el capitalismo está lejos de hallarse animado por un impulso único que tire de él en una sóla dirección. Por añadidura, la relativa dependencia en que Francia ha caído por relación a Estados Unidos por una parte, por otra la división del mundo en dos Bloques rivales, más la ausencia de un poderoso movimiento revolucionario, no podían dejar de reflejarse en el sindicalismo, en la medida misma en que está ligado al Estado y en que junto con él, pesa con todos sus gravámenes sobre la clase trabajadora. La propia división del mundo en dos bloques tenía que acarrear inevitablemente, en tales condiciones, la división sindical. Conviene observar aquí que la escisión se produjo después de la guerra, en el momento preciso en que cada bloque concentraba todas sus fuerzas para lanzarse a la "guerra fría". Cualquier obrero algo avisado sabe que hoy la C.G.T. es una simple agencia de la policía rusa en el seno de la clase obrera francesa, que representa los intereses de una burocracia sindical (y política) ligada al capitalismo de Estado y al totalitarismo moscovitas de los cuales es ardiente propagandista, mientras que F.O. es un instrumento de Washington y de sus restos de capitalismo americanos infeudados a su estado. En cuanto a la CFTC representa bastante bien las tendencias neutralistas de parte del capitalismo francés que la guerra amedrenta y que cuenta con las oraciones del papa para evitarla.

Sabido es, también que los sindicatos, "apolíticos" en teoría, se han convertido en meras agencias de los partidos políticos dentro de la clase obrera. Pero es una política que la clase obrera no ha decidido, que le es impuesta desde el exterior. En cambio, el comité de fábrica está llamado a constituir, por su propia estructura, una especie de laboratorio donde se elaborará la política de la revolución social, a favor del despertar de la clase obrera a la vida social y revolucionaria que ese mismo comité favorece al máximo.

En tales condiciones, nada tiene de extraño que los obreros deserten de los sindicatos ligados a las diversas tendencias del capitalismo, sin que por ello se precipiten en masa a los de tipo de la C.N.T. por ejemplo. ¿Por qué habrían de tener más confianza en un sindicato que en otro?. El que la C.N.T. esté dirigida por trabajadores revolucionarios honrados no garantiza lo más mínimo el que sea apta para desempeñar, llegado el caso, una misión revolucionaria ni tan siquiera que no degenere como las otras centrales sindicales dado que es la estructura sindical misma la que sustrayendo los dirigentes al control de los trabajadores favorece dicha degeneración.

Es cierto, ninguna organización, por muy perfecta que sea y por lo bien adaptada que esté al objetivo revolucionario, es inmune a la degeneración. Conviene no obstante oponer a ésta el máximo de obstáculos. Ahora bien, el sindicato, en lugar de poner obstáculos a la degeneración, la facilita en todos los sentidos.

El sindicato se dió por objetivo la defensa de los intereses del trabajador en el marco de la sociedad capitalista. Cumplió ampliamente ese papel en el pasado entre 1890 y 1913 cuando tanto en período de auge como de crisis económica las huelgas arrojan un % de éxitos que oscila del 47,7 en 1911-13 al 62,3 en el período más favorable, 1905-1907.

Ignoro el porcentaje de huelgas victoriosas durante los últimos años pero seguro que en nada serán comparables a los de aquel período. Mas aunque lo fuese, no por ello resultaría mejorado el nivel de vida de los trabajadores, puesto que el alza de precios precede siempre a la de los salarios que corren en vano a su alcance de modo que la distancia entre ambos aumenta en lugar de reducirse. La conclusión que se impone es pues que la lucha reivindicativa se transforma en vacuidad por no consentir la situación tan precaria del capitalismo la menor ventaja a los trabajadores.

A tal respecto ya no es la forma de organización la que está en entredicho ya que ninguna otra daría mejores resultados, sino el objetivo perseguido, inadecuado a la época presente y desproporcionado a los sacrificios y a los esfuerzos que exige.

La huelga reivindicativa ha caducado, lo mismo que el sindicato del cual era su único objetivo. Se deduce que si el estado capitalista es incapaz de mejorar la suerte de la clase obrera ésta no tiene otro recurso que destruirlo. Pero no es el sindicato el que podrá dar cumplimiento a esta tarea puesto que concebido con vistas a la lucha reivindicativa en el marco del sistema capitalista, marco que no se propone romper en manera alguna. Hoy sólo el comité de fábrica está en condiciones de acometer con los trabajadores el asalto a la sociedad porque, célula revolucionaria actualmente, constituye al mismo tiempo y desde el momento de su creación, la célula social de mañana.

La degeneración de los sindicatos la caracteriza también la introducción en ellos, organismos económicos, de diversas corrientes capitalistas indicando así lo arbitrario de la separación de economía y política.

En la época en que Marx y Bakunin estaban de acuerdo, los sindicatos que preconizaban eran organismos económicos elaboradores de su política. Sólo después, a favor de la división del movimiento obrero, es cuando los sindicatos limitándose al plano económico se constituyeron en la forma hoy tradicional.

Era también en dicha primera época, el único medio de reunir a la clase obrera para la lucha reivindicativa que, en el espíritu de los sindicalistas de entonces constituía implícita o explícitamente el preámbulo a la lucha política. Sin embargo esa división ha sido siempre más aparente que real y profunda puesto que en su mejor época los sindicatos estaban animados de un verdadero espíritu revolucionario, dirigentes aparte. Ahora bien, la intervención política suprema es la revolución.

Por ejemplo, la F.A.I. española representaba, aunque lo negase, la organización política de la C.N.T. Era normal que en período de desarrollo contínuo del capitalismo, el sindicato, situado en el plano económico, ocupase el primer lugar; pero en período de crisis no es lo mismo. Volviendo al ejemplo de la CNT-FAI, si en período de calma la FAI entraba en la penumbra y la CNT aparecía más visible en período revolucionario la FAI dirigía, lo que era natural.

No obstante, la relación entre la FAI y la CNT no era un resultado de la vida misma de la clase obrera pues la FAI representaba una minoría de la CNT, era orgánicamente exterior a ésta que de hecho asumía su dirección.

La política de la CNT era la de la FAI pero la CNT no fue llamada a determinarla sino apenas a aceptarla. Se trata por el contrario de llegar a una política decidida por la clase obrera y hoy no existen otras asambleas capaces de determinarla que las de los trabajadores reunidos en sus lugares de trabajo para expresar su voluntad y designar delegados que tengan por misión aplicar las decisiones tomadas.