Alarma, tercera serie, n.º 11, junio de 1981 (págs. 11-12). PDF del número completo
Hasta ahora hemos reproducido del libro "Los sindicatos contra la Revolución" los artículos que escribió Benjamín Peret.
Con este último terminamos la parte que corresponde a su colaboración. En próximos números de la revista publicaremos los capítulos pertenecientes a la parte del libro escrita por G. Munis.
Los comités de fábrica, motor de la revolución social
Nadie negará que la sociedad capitalista ha entrado en un período de crisis permanente que la induce a hacer acopio de sus fuerzas flaqueantes, concentrando cada vez más en el Estado todos los poderes políticos y económicos por medio de las nacionalizaciones.
A esa concentración de poderes capitalistas, ¿van a continuar oponiéndose fuerzas obreras dispersas?. Sería correr hacia el fracaso definitivo.
Y una de las razones principales de la actual apatía de la clase obrera, reside en la serie interminable de fracasos sufridos por la revolución social en el curso de este siglo. La clase obrera no tiene ya confianza en ninguna organización porque las ha visto ya a todas en acción aquí o allá y todas, comprendidas las organizaciones anarquistas, se han revelado incapaces de dar cuenta de la crisis del capitalismo o sea de asegurar el triunfo de la revolución social.
No hay que tener miedo de decir que ya hoy todas están caducas. Al contrario sólo partiendo de tal constatación y sin tratar de reducir su alcance mediante consideraciones más o menos circunstanciales o arrojando sobre las otras las consecuencias de los propios errores, se estará en condiciones de reconsiderar todas las teorías (que hoy tienen en común el estar caducas en buena parte) y quizás llegar a una unificación ideológica fundamental del movimiento obrero con vistas a la revolución social. Ni que decir tiene que no preconizo en modo alguno un movimiento de pensar monolítico sino un movimiento de pensar unido en cuyo seno las diversas tendencias gocen de la más amplia libertad de expresión.
Por otra parte, es evidente que la acción se impone de manera inmediata. Debe obedecer a dos principios generales. Por una parte debe facilitar el reagrupamiento ideológico que yo preconizo y por otra parte debe dejar de considerar la revolución social como si hubiera de ser obra de generaciones futuras a las cuales debiera preparárseles la tarea. Estamos ante un dilema: la revolución social y un nuevo florecimiento de la humanidad o la guerra y una descomposición social cual sólo débiles ejemplos se conocen en el pasado. La historia nos ofrece una tregua cuya duración ignoramos. Sepamos utilizarla para invertir el curso de la degeneración y hacer surgir la revolución.
La apatía actual de la clase obrera es sólo provisional. Indica, a la vez, la pérdida de confianza en todas las organizaciones de que acabo de hablar y un estado de disponibilidad que depende de nosotros, revolucionarios, saber aprovechar para transformarlo en rebelión activa. La energía de la clase obrera pide ser empleada. Hay que darle no sólo un objetivo -lo presiente ella desde hace mucho tiempo- sino los medios de alcanzarlo. Tratándose para los revolucionarios de llegar a una sociedad fraternal, necesitamos en lo inmediato un organismo en el que pueda formarse y desarrollarse esa fraternidad.
Y en el momento actual, donde la fraternidad obrera alcanza el máximo es en el plano de la fábrica. Ahí es pues donde debemos actuar no reclamando una unidad sindical quimérica hoy en el estado del mundo capitalista y que por añadidura no podría consumarse sino contra la clase obrera dado que los sindicatos representan diferentes tendencias capitalistas. En realidad, no habrá "frente único" sindicalista sino en vísperas de la revolución social y contra ella por estar las centrales sindicales por igual interesadas en torpedearla a fin de asegurar su sobrevivencia en el estado capitalista; parte integrante del sistema capitalista lo defienden defendiéndose. Sus intereses son los suyos y no los de la clase trabajadora.
Por añadidura uno de los mayores obstáculos al reagrupamiento obrero y al renacimiento revolucionario los constituyen los aparatos burocráticos de los sindicatos en las fábricas, empezando por el aparato estalinista. Hoy el enemigo del trabajador es el burócrata sindical tanto como el patrón que sin aquel sería impotente la mayoría de veces. Es el burócrata sindical quien paraliza la acción obrera. La primera consigna de los revolucionarios debe ser pues: ¡Fuera los burócratas sindicales!. Pero el principal enemigo lo constituye el estalinismo y su aparato sindical por ser partidario del capitalismo de estado es decir de la fusión completa del estado y del sindicalismo. Es pues el más clarividente defensor del sistema capitalista ya que señala, para tal sistema, la forma más estable que pueda concebirse hoy.
No se podrá empero destruir un organismo existente sin aprontar otro adaptado a las necesidades de la revolución social. Esta misma se ha encargado de mostrarnos, cada vez que ha hecho aparición, su instrumento predilecto, el comité de fábrica directamente elegido por los trabajadores en sus lugares de trabajo, de componentes revocables en todo momento. Es el único organismo que puede, sin cambiar, dirigir los intereses obreros en la sociedad capitalista sin dejar de apuntar a la revolución social, dar cumplimiento a ésta y, una vez su victoria asegurada, constituir la base de la sociedad futura. Su estructura es la más democrática que cabe concebir puesto que elegido en los lugares mismos de trabajo por el conjunto de los trabajadores que controlan cotidianamente su acción y pueden destituirlo siempre para nombrar a otro. Su constitución ofrece el mínimo de riesgos de degeneración debido al control constante y directo que los trabajadores pueden ejercer sobre sus delegados.
Además el contacto permanente entre responsables y electores favorece al máximo la iniciativa creadora de la clase obrera, llamada así a tomar sus destinos en sus propias manos y a dirigir directamente sus luchas.
Tal comité que representa auténticamente la voluntad obrera está llamado a gestionar la fábrica, a organizar la defensa contra la policía y las bandas reaccionarias del estalinismo o del capitalismo tradicional.
Una vez victoriosa la revolución a él tocará indicar a la dirección económica regional, nacional e internacional (elegidas éstas también directamente por los trabajadores) la capacidad de producción de la fábrica, sus necesidades en materias primas y de mano de obra.
En fin, los representantes de cada fábrica se verán llamados a constituir en las escalas regional, nacional e internacional el nuevo gobierno, distinto de la dirección económica, cuya principal tarea consistirá en liquidar la herencia del capitalismo y asegurar las condiciones materiales y culturales de su propia desaparición progresiva.
Es el organismo revolucionario por excelencia, a la vez político y económico por lo cual su simple constitución representa una especie de insurrección contra el estado capitalista y sus esbirros sindicales puesto que aglomera todas las energías obreras contra el estado capitalista, incluso el estado investido de poderes económicos.
Por esa razón misma lo vemos surgir espontáneamente en momentos de crisis social aguda pero en nuestra época de crisis crónica es preciso que los revolucionarios lo preconicen desde ahora si quieren terminar con la ingerencia de los burócratas sindicales en las fábricas y devolver a los trabajadores la iniciativa de su emancipación.
Destruyamos pues los sindicatos en nombre de los comités de fábrica democráticamente elegidos por la asamblea de obreros en cada lugar de trabajo y revocables en cualquier momento.
Benjamín Péret.