Alarma, tercera serie, n.º 11, junio de 1981 (págs. 8-10). PDF del número completo

La actual situación española es, como mínimo preocupante. Los únicos que tímidamente y sin gran convicción dulcifican la realidad son los partidos políticos: el de centro porque está en el poder; el cabecilla de la oposición -el PSOE- porque le interesa no remarcar las tintas negras de una situación que intenta dominar; el resto porque cumplen a la perfección el papel de comparsas.

(Lo curioso es que estas voces optimistas o, como mínimo, esperanzadoras, cuando hablan a nivel "político", se transforman en voces de angustias indecibles cuando, cribadas por el bisbiseo monacal de Redondo y Marcelino, se dirigen directamente a los trabajadores.)

La verdad es que, incluso desde la óptica más ruin, la del poder, en este país los aires de sainete se están ya volviendo aires de tragedia.

¿Qué hay en el fondo de este tinglado verbenero de la España cañí y casi autonómica?

Hay -como base- la pugna hoy universal entre grupos económicos capitalistas: la fricción entre capital proestatal y capital privado.

De ahí las tribulaciones y no de fantasmagóricas crisis o terrorismos gratuitos o provocados.

Un sector del capital, sobre todo el que en la época franquista -las llamadas "grandes fortunas"- medró al amparo del dictador sigue necesitando un poder fuerte, dictatorial y proteccionista. Los desmadres huelguísticos de la época "post-mortem" no los pueden consentir.

La democracia liberaloide del "quiero y no puedo" no les sirve y pretenden de una u otra forma eliminarla restándole el apoyo económico o potenciando algaradas militaristas. O esto o el obligarla a plegarse a sus exigencias: que se les garantice las prebendas y sobre todo los beneficios de antaño.

Lo malo de esta "democracia" es que tampoco sirve al capitalismo privado como punto de apoyo en su ataque al capitalismo "pro intervención estatal".

Y no sirve porque no tiene a su vez, una base económica convencida y unida. ¿Cómo puede tenerla si, para contentar a unos y otros, intentó desde el principio ser simplemente política: "para vencedores y vencidos", "para todos los pueblos de España", "para acabar con la dictadura", "para identificarnos con las democracias europeas", para... para... para...?

Para y todo y para nada.

Los males económicos, sociales y políticos de la España actual tienen su origen (en visión obtusa de los nuevos patricios parlamentarios) no en la esencia misma de un capitalismo voraz y miope sino en la desaparecida figura de Franco.

Pero no todos coinciden en esta opinión. Para algunos sectores del capital el origen de los males es la falta, precisamente, del poder fuerte y represor que Franco ejercía.

De ahí las fricciones.

La democracia española tuvo sus inicios en las raíces mismas del franquismo. Se buscó entre las "filas del Movimiento" una figura gris, de inequívoco pasado para protagonizar la necesaria transición.

Su papel era doble: tranquilizar a los que hasta entonces habían detentado poder y privilegios y aglutinar una formación política capaz de contentar al ala liberal de la burguesía y la tecnocracia españolas.

Digan lo que digan los cronistas aduladores su gestión se vió culminada por un doble fracaso: ni tranquilizó a nadie (a pesar de la postura sumisa de los sindicatos manifestada en la firma y acatamiento de los Pactos de la Moncloa) ni consiguió aglutinar ese aborto de partido político que es U.C.D.

Durante su permanencia en el poder se gestó la primera de las intentonas "absolutistas", la llamada operación Galaxia, en el mejor de los estilos decimonónicos, Pavía-Tejero incluído. Era un signo evidente de su fracaso. Como lo fué el que dicha irrealizada operación se saldó con un simbólico arresto de los culpables que poco a poco -¡lo que puede el respeto a un capital fuerte aún!- fueron liberados y galardonados con ascensos militares.

El sucesor, Calvo Sotelo, proveniente no del sector político sino del económico ha sido elegido para subsanar viejos errores.

Que su elección no es bien acogida por todos los sectores del capital más retrógrado lo demostró y bien a las claras en el mismo día de su "investidura" el nuevo acto de fuerza protagonizado por Tejero-Pavía con la toma del Parlamento.

Se ha hablado de "golpe a la turca", de militares en el poder respetando las libertades democráticas, la constitución, la figura del rey, el parlamento etc. ¿Qué significarían unos militares así tan poco militares en el poder?

¿A quién beneficiarían, qué intereses hay detrás de los Tejero, Milán etc.? Lo de la nostalgia no se lo cree nadie. El golpe que no fué tal, que aparentemente quedó reducido al deseo freudiano de Tejero de ver a los diputados en calzoncillos, no lo paró el rey como se ha pretendido enmascarar. El golpe no tenía perspectiva alguna. Los acuerdos económicos que potenciaron a Calvo Sotelo a la presidencia del gobierno eran más poderosos que aquellos que incitaron al ya famoso grito de "todos al suelo, coño".

O, por lo menos, les obligaron a un acuerdo con garantías que se estaba seguro de poder cumplir.

Lo que nadie duda es que hubo PACTO entre los sectores enfrentados del capital.

El rey actuó una vez más como simple pantalla. Su aparición televisiva casi a las siete horas de tomado el Parlamento no indica precisamente "prisas" en tomar una decisión. No era él quien la tomaba. La solución al problema hay que buscarla en los acuerdos de los diferentes sectores del capital y en sus pactos y compromisos mutuos.

Así y no de otra forma más gloriosa (la versión oficial) quedaron momentáneamente frenados los defensores de un poder militarizado a lo Franco o a la turca, la "receta" poco importa. Frenados sí; pero no derrotados.

El asalto al Banco Central de Barcelona no tanto en sí mismo sino en cuanto a las explicaciones gubernamentales del hecho es una prueba más. El "chorizos, macarras y anarquistas" con que la TV estatal saludó a los militarizados asaltantes del banco barcelonés, fue acogido unánimemente con sorpresa, choteo e indignación.

El gobierno -para más pruebas el de nuevo fallido intento del 23 de Junio protagonizado por otro "galáctico"- mantiene una extraña y morbosa "permisividad" ante los golpistas "ultras", sus organizaciones paramilitares, su prensa y sus líderes. ¿Por qué?

Por una única y simple razón: Porque detrás de los Tejeros hay poderes económicos muy fuertes a los que hay que calmar y contentar porque no se les puede ni dominar ni eliminar.

La "izquierda" parlamentaria, pataleos aparte (votos de censura, votaciones negativas...) está obligada a colaborar con el capitalismo porque de él forma parte y de él y por él vive.

Y colabora descaradamente cumpliendo a la perfección su papel de controlador de la clase obrera, dando así al capitalismo la seguridad de que por parte de la clase obrera no existe, en estos momentos, peligro alguno.

"Partidos de izquierda" y "sindicatos obreros" han unificado su tarea:

  • Ideológicamente han machacado a la clase que dicen defender amenazándola con la crisis, el paro y la miseria y la intervención militar si se lucha contra el capital.
  • Prácticamente con los pactos y acuerdos con el capital firmados a espaldas del proletariado.

Primero fue el pacto de la Moncloa y ahora -curiosamente tras Tejero y demás fantoches- ha sido este "gran pacto de salvación nacional" propiciado por toda la camarilla y firmado a mayor beneficio del capital.

Al capital se le ha permitido todo: fuga de capitales, no inversión, descapitalización, fraudes, robos etc.

A la clase obrera se le hace, por el contrario, pagar a un alto precio una crisis inexistente. Se la mantiene amordazada y atada de piés y manos asistiendo como ajena a su propio sacrificio.

Al amparo del "golpe de derechas" viven hoy, a costa de los trabajadores, las "derechas y las izquierdas" de este país.

Ahí, en la docilidad de los trabajadores, en la efectividad de la tarea moderadora de partidos y sindicatos hay que buscar el fracaso momentáneo de intentonas golpistas.

Con una clase obrera adormecida no son necesarios ni Tejeros que nos amenacen ni reyes que nos defiendan.

La pantomima de unos y otros representando sus respectivos papeles es necesaria sólo en dos casos: para solventar fricciones internas del capital o para asustar a la clase obrera y favorecer así la realización de los planes de extorsión que hayan nacido de los pactos capitalistas.

Cuando realmente sea considerada necesaria la intervención militar porque a la clase obrera no la frenen ya los cuentos sindicales o democráticos, no habrá a buen seguro rey que nos defienda y los partidos de "izquierda" demostrarán más claramente si cabe de lado de quién están.

El sainete está a punto. La historia futura dirá la última palabra en boca, por descontado, de la clase obrera. Será el FIN.