Alarma, tercera serie, n.º 12, diciembre de 1981 (págs. 12-14). PDF del número completo
Del libro "Los sindicatos contra la Revolución" y de la parte escrita por B. Peret hemos publicado, hasta el anterior número de nuestra revista, los capítulos más interesantes. Cumpliendo con nuestro compromiso proseguiremos en éste y próximos números la publicación del texto del mismo libro, realizado por el compañero G. Munis. Queremos señalar que la versión castellana del texto francés ha sido realizada por el mismo autor.
La fuerza numérica y el peso social de los sindicatos han ido creciendo sin cesar desde 1914. Y si la primera ha disminuido mucho en el último decenio, no sólo en Francia, el segundo sigue su aumento, ya directamente determinado por la importancia y la cantidad de los servicios prestados al sistema capitalista. Diríase que la quiebra de 1914 -desastre para el proletariado- fuera indispensable, condición previa de la plenitud sindical. Se comprende, pues hasta entonces el capitalismo temía en ellos una fuerza destructiva por no haber tenido aún ocasión de ver -salvo quizás en Inglaterra- los servicios que podían prestarle. Pero ya al terminar la primera guerra imperialista mundial, diversas experiencias de "control obrero" (léase sindical) en las fábricas, se saldaron por efectos tan satisfactorios como sorprendentes para los capitalistas. Atenuaban la lucha de los trabajadores, evitaban a menudo conflictos con la empresa, facilitaban las operaciones de la producción y acrecían por consecuencia el rendimiento. Además de defensores de la patria -esa entidad específicamente capitalista- los sindicatos se perfilaban como colaboradores eficaces en la mecánica misma de la explotación. Por otra parte, fué notorio a partir de 1917 el comportamiento antirevolucionario de los sindicatos en Rusia y en Alemania. El todo hizo su fortuna y les abrió horizontes insospechados. Sin embargo, los sindicatos no tomaron su rumbo definitivo y desde entonces inequívoco, sino a partir de 1936-37, años que marca un jalón importantísimo, y por diversas razones, en la historia del movimiento obrero mundial. En efecto, sobrepasado el límite de los servicios prestados a la burguesía, mostraron aptitudes y proclividades que les permitieron convertirse en uno de los pilares fundamentales de la sociedad de explotación, su devenir comprendido, cualquiera sea.
La revolución rusa y la revolución española, a veinte años de distancia en el tiempo, fueron el primer y el último estremecimiento de una sóla ofensiva del proletariado internacional contra el capitalismo, ofensiva puntuada por incesantes ataques en muchos otros países. Durante ese lapso, la burocracia stalinista completaba en Rusia el capitalismo de Estado oficialmente presentado como socialismo, y justo en el momento en que la revolución española entraba en su fase más candente, daba la última mano a su obra asesinando a cuantos comunistas quedaban allí. Los de otros países se vieron sometidos por Moscú y sus secuaces a una campaña de calumnias sin precedentes ni por la monstruosidad ni por el volumen. La propia gran prensa de los principales países imperialistas la vió con beneplácito. Comprendía que se trataba de una campaña contra la revolución proletaria, y por añadidura Moscú era ya entonces un aliado envidiable tanto para la Alemania y la Italia fascistas como para los imperialismos democráticos.
Factores organizativos muy importantes de la lucha de clases resultaron así trastocados, otros viciados, mientras que las ideas revolucionarias eran sometidas a una falsificación tan deliberada como machacona, de cuyos resultados destructores todavía no se ha desembarazado el movimiento obrero. En suma, la transformación de la revolución rusa en contrarrevolución y de los partidos llamados comunistas en partidos deliberadamente anti-comunistas cristalizaba en su forma definitiva en los años dichos. Por ende, si desde mucho tiempo antes la revolución de Moscú en la lucha del proletariado mundial, sus partidos mediante, se había revelado siempre negativa, en España, teniendo ya claro su norte hacia el capitalismo de Estado, el partido de Moscú se reveló la principal fuerza de policía contrarrevolucionaria. Necesidades de conservación obligan. En Julio de 1936, y desde antes, se esforzó, en vano por ventura, en impedir la sublevación del proletariado que pulverizó al ejército nacional en casi todo el territorio de la España peninsular. Inmediatamente después urdió en secreto y con armas rusas la destrucción del proletariado victorioso. Sublevado otra vez el proletariado en Mayo del 37, entonces contra la política del partido, éste lo vence pero no en la lucha sino por intervenciones oportunistas; lo desarma, desencadena una represión feroz y aplasta así la revolución. Lo que los militares y Franco no consiguieron en julio de 1936, lo realizó el stalinismo a partir de mayo de 1937.
Por primera vez fuera de su territorio, Moscú actuaba como fuerza contrarrevolucionaria directa. Hasta hoy no han sido bien evaluadas -ni con mucho- todas las consecuencias reaccionarias de ese acontecimiento. Ni siquiera los enemigos del stalinismo se han percatado de ellas. Sin embargo, ahí tienen origen todos los hechos sucesivos de importancia mundial, desde el pacto Hitler-Stalin y la segunda guerra, hasta la política de coexistencia pacífica con su paralelo de guerras pseudo-libertadoras y rebeliones como las de Alemania oriental, Polonia, Hungría, etc.., que se sitúan, no en el plano del proletariado español en 1937, sino más atrás de la insurrección de Julio del 36, aunque el stalinismo desempeña en estos casos el papel de militares y fascistas en España. Imre Nagy y los suyos eran respecto de Hungría en el mejor de los casos, lo que el Frente Popular respecto de España: subproducto derechista de la tendencia revolucionaria del proletariado.
Es significativo que sea a partir de 1936 cuando los sindicatos desvelan sus características latentes, manifestándose incontestablemente como organismos colaterales del capital. Y que en tal curso acaparen su mayor influencia sindical, nada de más natural. El empirismo económico del capitalismo encuentra en el empirismo de la contrarrevolución rusa una expresión política más dura, que lo inspira y lo completa a la vez. El uno y lo otro se confunden y fusionan a la perfección en cuanto se presenta el medio propicio. Y ese medio existe ya en forma más o menos acabada; no es otro que el capitalismo en su actual etapa de concentración, considerando cada país, atrasado o no, no como un caso singular y aislado, sino enclavado en el sistema mundial.
Considérese en primer lugar la zona de Occidente, que tanto alardea de su democracia, y más concretamente del derecho de huelga legislado. En la realidad y a menudo también en derecho, esa libertad es privativa de los representantes que la ley designa a los trabajadores: los sindicatos. Cualquier huelga declarada y dirigida por los obreros mismos suscita en contra suya una coalición de estado y sindicatos, empeñados en vencerla o al menos en retrotraerla al redil sindical. La represión de los huelguistas desmandados la aceptan por contrato los sindicatos de varios países, mientras que en todos los casos ellos mismos la practican selectivamente en el trabajo contra los hombres conscientes y rebeldes. Desde que la huelga revolucionaria francesa de 1936 fué rota por los fieles de Moscú (Thorez: "Hay que saber terminar una huelga") unidos a los socialistas (Gobierno de León Blum y policía mandada por funcionarios del Frente Popular), no existe país que no haya visto huelgas llevadas al fracaso por los sindicatos. No conocen otro comportamiento tratándose de huelgas que desbordan los límites económico y políticos del capitalismo, o que los amenacen siquiera. Así pues, de hecho y en derecho, la huelga está confiscada por los sindicatos, a mayor rendimiento del capital.
Mas eso no es todo. Allende el hecho siempre excepcional de la huelga, en las relaciones cotidianas del trabajo con el capital -forja de la lucha de clases- los sindicatos aparecen, no sólo como amortiguadores entre los dos campos, lo que sólo es posible a costa del trabajo, sino como mensajeros del segundo cerca del primero, y adaptadores del primero al segundo. Todas las manifestaciones naturales de la lucha del trabajo contra el capital, una vez acaparadas por los sindicatos, se vuelcan contra la clase obrera en beneficio del capital.
Basta recordar algunos hechos para que lo dicho resulte aún más innegable. Los comités de fábrica actuales, los delegados del personal, del taller, de profesión, etc., no son la expresión de la libre voluntad de los trabajadores, sino una representación sindical, al margen de cuyo dictado los obreros no tienen el derecho de elegir a quienes les dé la gana. Incluso la "libre" elección de los famosos "shopstewards" británicos es nula sin el asentimiento de los Trade-Unions. En la mayoría de los países, el Estado capitalista ha decidido que los sindicatos por él reconocidos representan a la clase obrera, y nada más que ellos. La clase no tiene pues el derecho de hacerse representar según su voluntad, y aún menos el de crear organizaciones diferentes de los sindicatos para dirigir sus luchas o si necesario para tratar con patronos y Estado. Derechos de la clase obrera y derechos sindicales son, a todas luces, dos cosas distintas y contradictorias entre sí. De ahí la oposición siempre latente entre los obreros y los comités sindicales en las fábricas, con los delegados "del personal" mismos, oposición que se transforma en querella en cuanto se presenta un conflicto de envergadura con la empresa, y en choque directo si la lucha se agudiza. En el curso de más de dos decenios, cuantas huelgas han merecido tal nombre hubieron de ser declaradas contra la voluntad sindical y desentendiéndose de los representantes sindicales. Los trabajadores se vieron en la necesidad de elegir ellos mismos comités de huelga. Por añadidura, cada vez que los comités designados en asamblea de fábrica se han dejado influenciar por los dirigentes sindicales, ganaba el capital. Ello no impide nunca a los sindicatos cantar victoria. Para ellos, hay victoria desde el momento en que recuperan su imperio legal sobre la clase.