Alarma, tercera serie, n.º 13, mayo de 1982 (págs. 9-12). PDF del número completo

En Polonia la rebelión del proletariado ha adquirido vislumbres netamente revolucionarios cuya transcendencia, insinuada desde el principio, no dejará de manifestarse en el inmediato porvenir con amplitud y netitud mayores. A despecho de lo que impongan los esbirros polaco-rusos, mal que pese a la iglesia con sus sacristanes a lo Walesa y Mazowiecki (1), por encima de las rémoras religiosas y patrióticas de tantos obreros, ese gran combate marcará época. Sobrepasa de largo la representación que los obreros mismos tienen de él y choca de lleno con las intenciones de cuantos lo han dirigido, ensotanados o civiles.

Es la movilización de la clase trabajadora más importante y combativa, desde la revolución española de 1937. Ésta clausura una época y certifica como contrarrevolucionario el poder de Moscú y las actividades de sus partidos en cualquier parte; aquella reemprende la lucha a muerte contra el poder de Moscú, sus discípulos y sirvientes o sea contra la representación directa del capitalismo allí.

A partir de la gran huelga de Gdansk, en el verano de 1980, la riada incontenible de huelgas y asambleas obreras puso súbitamente de manifiesto la impotencia del partido-estado dictatorial cuando la clase obrera se yergue frente a él. Todo, lo supremo, entraba en lo realizable.

Pero se daba un desajuste, una contradicción tan enorme como flagrante entre lo intrínseco del movimiento y la expresión parlante y orgánica del mismo. De manera que desde el primer momento la dirección aparece como un tope que obstaculiza la progresión del movimiento y, cada día más, como un factor de desmoralización del proletariado.

La puñalada trapera del 13 de Diciembre, previsible para quienquiera no ignore cuán torvo es cualquier partido-estado, no podía ser impedida, menos aún vencida sino mediante una orientación inequívocamente revolucionaria e internacionalista de la rebelión obrera generalizada. Nada tan imposible al primado apostólico, el fulano Glemp, dirección verdadera del movimiento a través de sus benditas ovejas civiles en pena de "sindicato libre"... y misas televisadas.

Por ende todos esos señores que desde el acuerdo de Gdansk han aparecido como dirigentes o consejeros, han dado pié al golpe militaro-policíaco de Jaruzelski, o sea de Moscú y su delicuescente partido polaco. Era también de esperar pues la iglesia -repítolo- es una potencia reaccionaria por interés e ideas a quien sólo la presencia de algo aún más reaccionario que ella misma le consiente darse un tinte liberal. Desde nuestro punto de vista rigurosamente ateo y no menos rigurosamente revolucionario, la responsabilidad mayor del decurso negativo de la lucha hasta el desencadenamiento de la represión, recae pues sobre quienes, enemigos del stalinismo y de la iglesia fueron incapaces de poner en la picota a ambos y destacarse como centro de agrupación revolucionario.

Todo movimiento revolucionario, por amplio y prometedor que sea, carece, al principio, de noción clara de sus propias posibilidades. Va inevitablemente al fracaso y cae bajo represión enemiga si no saca de sí mismo noción correctora de sus insuficiencias iniciales. En tal caso se puede trazar retrospectivamente la pista de las causas de su fracaso, hasta su propia expresión inicial. Por lo que atañe al movimiento polaco cabe señalar sin riesgo de equivocación que la invasión de Jaruzelski más cuanto vendrá, estaba prefigurado en Gdansk. En un momento en que la totalidad de la clase obrera se encontraba pletórica de energía y de optimismo, quienes aparecían como sus amigos y representantes firmaron con los delegados gubernamentales un acuerdo que reconocía al partido dictador el derecho a continuar encaramado al poder. Legitimizaban así los crímenes anteriores de tal partido y le consentían cometer otros cuando le pluguiese. A la vista del mundo entero está la demostración. Las quejas actuales de esta gente son lágrimas de cocodrilo.

No fue ese error del movimiento en su conjunto sino por el contrario deliberado querer de los dirigentes tipo Walesa, sus consejeros visibles o en la penumbra: los obispos, Glemp, el Papa y más en trastienda los gobiernos y sindicatos occidentales.

La iglesia no sobrepasa jamás el antiquísimo "al césar lo que es del césar y a dios lo que es de dios", o sea de la iglesia. Aunque no desdeñaría tener que habérselas en Polonia con otro género de césar, sabe por larga experiencia, allí y acullá, que Comecón y Pacto de Varsovia no le han impedido medrar y, de propina, dárselas de liberal haciendo de válvula de escape o freno según el momento.

La amenaza de intervención militar rusa, los compromisos inter-imperialistas de Yalta, Postdam etc. eran argumentos contundentes para inducir la masa oprimida a aceptar como inevitable el poder existente. No sólo la iglesia y sus rebañeros en fábricas, minas, astilleros, altos hornos etc. presentaron así el problema, sino también personas ateas como Kuron y Modzelewski que hace ya bastantes años calificaran atinadamente de reaccionario el sistema existente. La primera conclusión que se impone hay pues que formularla así: lo que para la masa obrera combatiente fue un error inducido por hombres y organismos en quienes equivocadamente tenía confianza, para estos últimos dimanaba de una concepción antirrevolucionaria del problema planteado.

Sobre el terreno y desde el momento de la gran huelga de la costa Báltica, la actividad insurgente del proletariado era tan extensa y pujante que el poder -stalinista, no se olvide- se encontraba paralizado, impotente; tenía que conceder lo que fuese con tal de que la masa de explotados iracundos no se le echase encima y lo suprimiese.

Los representantes gubernamentales en Gdansk, que de hecho no representaban nada, sino su propia abyección política y personal, vieron el cielo abierto cuando los delegados obreros, Walesa en delantera, formularon sus reivindicaciones: derechos sindicales con acceso a los mass media, autogestión, misas televisadas y otras músicas celestiales. Lejos de tener carácter revolucionario servirían al poder existente para salvaguardarlo de inmediato y andando los meses para desalentar y pasivizar al proletariado con ayuda de los novísimos dirigentes sindicales, hasta que él considerase llegado el momento de asestarle un golpe traicionero. Mientras erigía cruces monumentales a los obreros asesinados en 1970, se disponía en la sombra a otros asesinatos y sobretodo al asesinato del movimiento proletario de mayor trascendencia desde 1936.

En resumen, los principales responsables del golpe Jaruzelski-Brejnef son Solidarnosc y su inspiradora y utilizadora, la iglesia cristiana.

Que el stalinismo hable y actúe con la hipocresía, la avilantez y el despotismo presenciados -¡por enésima vez!- desde los inicios del movimiento obrero polaco, es enteramente natural en él e inseparable de él.

Nadie que merezca decirse revolucionario puede llamarse a engaño ni tampoco cualquier persona cuerda y honrada. Procede de una contrarrevolución, la más bestial que se conozca y adopte el tinte que adopte, incluso el "eurocomunista" no cambiará esencialmente. Pretender democratizarlo es un disparate si bien la mayoría de las veces se trata de un vulgar cepo.

Suponiendo, empero, que la iglesia y su solidarnosc hubiesen obtenido satisfacción en todas sus reclamaciones, el capitalismo estatal existente habría seguido incólume y el proletariado no menos explotado que antes, cual ocurre en todo el occidente dicho democrático. Verdad es que relativamente al totalitarismo padecido, sin hablar de Pilsudski, bajo la Alemania nazi, luego bajo la Rusia stalinista, los derechos democráticos capitalistas los sentía el proletariado como una ráfaga de aire fresco. Por lo mismo, presentárselos como una panacea o siquiera como una solución parcial a sus problemas era abusar de su confianza y de su acometividad a fin de cortarle el paso a la única solución posible: la toma del poder, de las armas y de la economía por el proletariado mismo, la liquidación del partido-estado y de todos sus órganos ejecutores.

La espontaneidad del movimiento obrero polaco, no creaba sindicato alguno. Por doquier sus asambleas eran el equivalente de los soviets rusos en 1905 y 1917, de los consejos obreros alemanes de poco después, de los soviets chinos de 1926, de las asambleas proletarias y los comités-gobierno españoles en el 1936. Eran, pues, a la inversa de los sindicatos, organismos cuyo desarrollo y devenir requieren imperativamente su propio poder político, introductor de la organización comunista de la sociedad. Que los gobernantes polacos se digan comunistas en simiesco remedo de sus tutores moscovitas, constituye razón mayor para marcarlos al fuego como estafadores sociales. El efecto en el proletariado de los dos bloques militares, en los parias de todo el globo, habría sido tremendo y de inconmensurable trascendencia benéfica. En lugar de eso, la iglesia y sus validos legos, Solidarnosc apenas constituído, acataron explícita, respetuosamente el poder de los estafadores; mucho peor, adquirieron el compromiso de no atacarlo y ofrecieron a esos mismos estafadores compartirlo. Kania declaró un día a Walesa en un arranque de cinismo: "nosotros dos somos los amos de Polonia".

Se ha repetido que la aceptación de la supremacía política stalinista era finta indispensable para la amenaza de invasión rusa. Falso de todo en todo, y tanto más falso cuanto más próximo en el tiempo y apabullante era ese peligro. En primer término, porque a la iglesia no le interesa reconocer que el sistema con el que convive y del que vive, es el de estafadores constituidos en capitalismo de Estado; en segundo lugar, porque ella misma, en Polonia, tiene por fundamento la explotación económica y la mistificación de los trabajadores; tercero, porque una invasión de tal género, rusa, polaquísima o lo que fuera, tiene garantizada la victoria, salvo si se sublevan contra su propio gobierno los obreros, los vestidos de uniforme antes que nada. Se trata de una lucha a conducir mediante el internacionalismo proletario, algo totalmente ajeno a las mentes acartonadas que desde sacristías y conventículos patrióticos, constituían un cerco de alambre de púas en torno a la masa obrera. Eran, son éstos tan enemigos del internacionalismo como el Estado Mayor del Kremlin. En cuarto lugar y en fin, porque en cualquier tesitura de lucha obrera sólo el internacionalismo puede suscitar una acción solidaria, convergente y anacional de los explotados.

En vez de eso, y escarneciendo el significado de su propia denominación, Solidarnosc buscó ¡y obtuvo! ayuda de los enemigos declarados y encubiertos del proletariado mundial: los gobiernos occidentales y sus custodios sindicalistas. El llamamiento pro constitución de sindicatos "libres" hecho en dirección de la zona rusa, cuando Solidarnosc tenía ya contados sus días de vida legal era del mismo jaez que sus parlas y andanzas en occidente. Hablaba en realidad para futuros líderes sindicales, clandestinos algunos, otros al aguardo.

No comportaba una sóla palabra que incitase la lucha del proletariado contra el sistema económico, y por lo tanto daba su aval a la incesante falsificación de Moscú tocante al "socialismo real".

La popularidad de que disfrutó Solidarnosc tenía por fuente un gigantesco engaño facilitado por el asfixiante totalitarismo peculiar del sistema ruso. Tiene éste por base material la concentración del capital en un sólo trust estatal, surgido de la contrarrevolución, (Stalin y sucesores) y su régimen político no puede tolerar libertad alguna sin resquebrajarse.

Por esto el llamado "papel socialista de los sindicatos" consiste en hacer de ellos comités del Partido-Estado cerca de los asalariados: producir, producir y sin chistar. Solidarnosc aspiraba a chistar, pero nada más que a chistar, al modo de la C.F.D.T., francesa su paradigma, y de cualquier sindicato stalinista en occidente. Dicho de la manera más escueta y veraz, aspiraba a discutir con los propietarios del capital -en su caso con el Estado de la contrarrevolución- las condiciones en que la clase obrera habría de ser explotada y las ventajas y privilegios de que disfrutarían en cambio los señores dirigentes sindicalistas. Ese y no otro es el papel de todos los sindicatos dichos libres. Diferencia: bajo la contrarrevolución stalinista los sindicatos son explotadores directos de la clase obrera, en calidad de copropietarios del capital estatal; los pretensos sindicatos libres participan de esa misma explotación, en parte indirecta, en parte directamente, y en todos los casos la preservan impidiendo que la clase obrera subleve contra ella. Así ha hecho también Solidarnosc. Su margen de engaño no daba para más.

Percátese el proletariado de que ningún sindicato podrá desempeñar, jamás, otro cometido que el de fámulo del capital o capitalista él mismo. En realidad todos son hoy capitalistas más o menos ricos. Es menester repetirlo una y mil veces por ser concepto decisivo -entre otros- para eliminar de la historia humana las sociedades de explotación.

El enorme equívoco social que consintió a Solidarnosc arrebatar entusiásticamente al proletariado no engañó un sólo instante al poder stalinista. Sabía muy bien éste que el entusiasmo refluiría a medida que Solidarnosc mostrase su negativa a enfrentársele revolucionariamente, y que entonces él podría sacar cuchillo. Mas, cual ocurre siempre en situaciones semejantes, al lado de la desmoralización causada por una dirección falaz, una parte del proletariado, en lugar de descorazonarse y retroceder, aprende, saca conclusiones positivas, señala rumbo adelante. Así en las regiones más combativas del país empezó a plantearse sin embozo la necesidad de armarse, tomar el poder quitándoselo a los salteadores políticos de la "nomenklatura". En esa tendencia reaparecía, con la mayor acendramiento y consciencia, la pulsión original de las asambleas a erigirse en poder, no en sindicato. Razón suplementaria para que Jaruzelski-Breznef diesen libre curso a la represión militaro-policíaca. La invasión rusa quedó hecha así. El golpe del 13 de diciembre fué un golpe no sólo para revigorizar el boqueante Partido-Estado, sino también para ofrecer a todos los Walesa y Glemp de Solidarnosc-iglesia una retirada de apariencia honorable.

Desde hace 35 años la cochabanza de la iglesia y del partido dictador es la clave, la relación política esencial del estado polaco, simple metástasis del cáncer representado por la contrarrevolución rusa. Negarlo es propio de mentes reaccionarias o bien abismadas en total ignorancia, fácil presa de las primeras. La vieja burocracia de los ungidos con aceites lustrales y otras "mantecas" ha desempeñado allí respecto de la burocracia autoungida popular, el mismo papel que ésta última respecto de los opresores tradicionales en occidente. La diferencia de métodos carece de importancia. Lo que por el contrario tiene la mayor importancia es discernir cómo aparentan oposición en ambos casos, constituyendo en realidad parte complementaria del sistema. En momentos de crisis grave esos pretensos opositores pueden incluso pasar a ser gobierno, es decir régimen político, pero precisamente a fin de preservar el sistema de cuya textura económica y social son integrantes.

En la España de 1936 el partido stalinista y sus asociados que se opusieron a la revolución desde el primer instante parecían, sin embargo, enemigos irreductibles del fascismo clérigo-militar capitaneado por Franco. La estricta verdad es que sin sus prédicas desconcertantes y castradoras, las masas trabajadoras habrían dado cuenta no sólo de la facción clérigo-militar-fascista sino también del sistema capitalista en las semanas inmediatas al 19 de Julio de dicho año. El mismo servicio han prestado al stalinismo en Polonia Solidarnosc y el clero. No podrá ser de otra manera nunca, ni en parte alguna, pues los intereses pancistas y las mentes de unos y otros, rebatiñas entre ellos aparte, están bien hincados en la explotación del hombre por el hombre, que los abreva. El pánico ante la revolución comunista les sugiere las melosidades democrático-burguesas susceptibles de matar el vigor combativo de las masas y de vaciarles el cerebro. En plena actividad del proletariado polaco, rondando en torno a él los tanques del Pacto de Varsovia, Moscú confesaba metiendo miedo a la reacción no stalinista:

"¿No saben los gobiernos occidentales a dónde puede conducir alentar movimientos como el de Polonia?".

Lo sabían no menos bien que el Kremlin y su ayuda fué a Solidarnosc y a la iglesia que estaban impidiendo al movimiento proletario descubrir su propio y necesario ser revolucionario.

Había convergencia entre el Kremlin y los occidentales, con el Vaticano en primera línea.

Con todo, algo muy positivo se ha producido en Polonia desde 1980. Como un solo hombre el proletariado se ha puesto en pié de lucha. Se trata de la actividad más importante de la clase obrera en pro de sí misma desde la revolución española. Se descubre en ella, a despecho de la negra pantalla de las sotanas, por encima de prejuicios patrioteros, la reanudación de la lucha contra el capitalismo y precisamente en su forma más engañosa: la cobijada bajo la contrarrevolución stalinista. Ésta liquidó el movimiento hacia la revolución mundial poco antes de la última guerra imperialista; en Polonia resurge ese mismo movimiento y ante él retrocede la contrarrevolución stalinista.

Ningún poder obrero sin zafarse del torniquete Kremlin-Vaticano.

G. Munis.

NOTA.- (1) Uno de los consejeros intelectuales de Solidarnosc, director del semanario sindical consentido por el gobierno y por seña reveladora amigo personal del polaquísimo Woijtila que papea en Roma. Actualmente detenido y tratado, como Walesa y otros santurrones, con gran miramiento.