Alarma, tercera serie, n.º 14, finales de 1982 (págs. 5-6). PDF del número completo

En el dominio estrictamente económico, la situación de la clase obrera nunca ha sido peor que hoy en la actualidad. Lo que tanto se ventea en sentido contrario es vil engañifa publicitaria, por mucho que haya prendido en la clase obrera misma. Considérese la jornada de ocho horas; no existe sino en el papel, cuando hubiera debido ser reemplazada hace tiempo por una jornada de cuatro horas, o al máximo cinco. En numerosos países, la negativa a trabajar horas suplementarias es causa inmediata de despido y casi siempre de no empleo. En todas partes, la imposición del "salario base" (y la norma), aposta mezquino, más las primas y bonificaciones a la productividad, amén de otras tretas, no sólo obligan al obrero a aceptar "de pleno grado" jornadas de diez horas o más, sino suprime de hecho el salario cotidiano, semanal o mensual, forzando a aceptar el infame trabajo a destajo. Desde su origen, el movimiento obrero se esforzó en suprimir esa forma de explotación, la más vil de todas, si no la más antigua, que agota físicamente al trabajador y lo embrutece intelectualmente. Había conseguido terminar con él en casi toda Europa. Todavía a finales de la segunda guerra mundial, la mayoría de los obreros tenían por deshonroso cualquier destajo. Hoy ha vuelto a ser regla, los obreros lo piden como suplemento indispensable para sobrepasar la miseria del "salario base"; ahora bien esa situación no se debe tanto a la voluntad de los capitalistas como a las trapacerías sindicales. En realidad se tiene ahí una prueba suplementaria de la identidad postrera entre capital y sindicatos.

En el aspecto más profundo de la explotación, el de la productividad por hombre y por hora, el proletariado se ve constreñido a una situación aterradora, la producción que le arranca el capital cada día aumenta prodigiosamente. Las innovaciones técnicas quitan al obrero toda intervención creadora en su trabajo, miden y ritman sus movimientos al segundo o a la fracción de segundo, lo transforman en vivo "órgano de servidumbre" de la máquina, sujeto a la cadencia de los órganos metálicos. En otros casos es la cronometración, repugnante cepo, la que fuerza los hombres a acelerar su trabajo dando mayor rendimiento en la misma unidad de tiempo y sin cambiar de utillaje. En tercer lugar, la disciplina ordenada por los reglamentos en cada establecimiento escatima al minuto el tiempo incluso de las suspensiones obligadas del trabajo, sea para comer, para encender un pitillo o para defecar. La producción arrancada por tales procedimientos a cada hombre, va así en aumento, y en la misma proporción su fatiga física y psíquica.

Por tal modo atraillada, el resultado económico para la clase obrera es hoy muy distinto del que exhibe la "sociedad de abundancia". En efecto, la parte del producto total del trabajo que ella recibe en forma de salario (prestaciones incluidas), es muy inferior al que recibía antaño. Ha disminuido pues su consumo comparativamente a la riqueza existente, creada por ella misma, y por ende ha aumentado en proporción muchísimo mayor el volumen y la capacidad impositiva del capital. Pobreza y riqueza se han extrapolado como nunca, hasta un grado degenerativo insostenible. No hay otros puntos de referencia. Esa gigantesca desproporción en desventaja del proletariado no puede ser disminuida de ningún modo; pero puede ser suprimida haciendo que toda la riqueza quede en manos de sus productores.

Tocar ese problema es poner el dedo en la llaga de la sociedad actual, sus sindicatos comprendidos. Y en su seno no existe ni existirá jamás modo alguno de resolverlo. Ello exige trastocar la relación actual entre instrumentos de trabajo y trabajo humano, entre producción y distribución. Para tratarlo como es debido, es indispensable empero ver previamente lo que representan los sindicatos en Rusia, prototipo cuya imitación es obligatoria en todos sus dominios y aún allende, sin excluir el stalinismo mostrenco de China.

Cuanto se ha dicho respecto a la labor reaccionaria de los sindicatos y a la deteriorización de la condición proletaria en occidente, tiene veracidad mayor para el mundo ruso.

Desde que el capitalismo de estado se arrellanó y consolidó allí bajo la égida de Stalin, el viejo mundo burgués se puso a su escuela de explotación. De represión policíaca también, pero aquí debemos limitarnos a hablar de las relaciones entre el capital y el trabajo, celestinaje sindical mediante.

Si en general, en todas partes y desde hace ya buenos años los sindicatos constituyen un organismo complementario del capital en el seno de la clase obrera, la contrarrevolución estalinista les reveló su destino intrínseco, dándoles un fuerte y último empellón en tal sentido.

Casi todas las medidas que desde 1936 agravan la explotación en occidente y la condición de objeto exprimible y manipulable de la clase obrera, tienen su modelo en la Rusia stalinista.

Para ser exactos hay que hablar de una interacción entre el viejo capitalismo occidental y el de la contrarrevolución rusa. Ésta extremó los métodos de aquel y aquel copió luego sus innovaciones en la materia.

Hoy los papeles se invierten hasta un cierto punto. Los dirigentes rusos vienen a occidente a tomar lecciones de "planificación eficaz", es decir de dirigismo capitalista, que no siempre les permiten aplicar los imperativos inmediatos y transcendentales de su origen y de su inmanencia contrarrevolucionaria.

Supresión completa de libertad política y de reunión en el interior y en el exterior de la fábrica; horas suplementarias impuestas por la dirección o forzadas por el miserable salario base de la jornada oficial, multas y medidas disciplinarias a discreción de los mandos; reglamentos interiores cuartelarios, cronometraciones y controles, trabajo a destajo; jerarquización del proletariado por salarios y calificaciones de tipo técnico; contratos colectivos en acentuada ventaja del capital; crecimiento de la productividad en detrimento de los productores; prohibición de huelgas de hecho o en derecho; poderío de los sindicatos sobre la clase obrera otorgado por ley. Cuanto en occidente hace de las centrales sindicales instituciones cada día más negativas, tiene su primer modelo en la Rusia de los años treinta.

Allí se han inspirado para tomar vuelo capital y sindicatos del mundo entero. Hoy mismo, cuanto refuerza la sujeción económica y política del proletariado conserva allí la delantera, salvo en la China maosetunesca que, a su vez, agrava los métodos de la contrarrevolución estalinista.