Alarma, tercera serie, n.º 15, 1983, separata Análisis de un vacío. Cincuenta años después del trotskismo (Barcelona) (págs. 7-28). PDF del número completo
Puede establecerse como regla sin excepción conocida hoy, que mientras más habla de dialéctica un grupo político más horro de ella está. Es el caso de la LIGUE COMMUNISTE francesa, adherida a la IV Internacional, y de la cual existe alguna esquirla española. El vacío de su prosa es total tocante a dialéctica, pero en cambio le rebasa por todas partes una chapucería oportunista que conviene colocar en el lugar que le corresponde.
La política mundial y las relaciones internacionales de una tendencia cualquiera constituyen el criterio supremo para juzgarla. Nadie acertará con una política revolucionaria cabal en el ámbito de su país, sin concebirla como función integrante de la lucha mundial del proletariado, lucha sólo retenida en el recinto fronterizo por las imposiciones administrativas, educativas, policíacas, etc., de un capitalismo que borra a cañonazos las fronteras cuantas veces le conviene, e incesantemente por la penetración económica de los más fuertes.
Partiendo de ahí, la filiación de la Liga Comunista a la IV Internacional casa bien con su actitud ante los problemas del mundo, y de ésta se desgaja su política francesa, como se verá después. La IV Internacional —sépanlo si lo ignoran los militantes de la Liga— dejó de ser una organización internacionalista durante la segunda guerra mundial, llegando hasta certificar el hecho en el congreso de 1948. Partido americano, partido inglés y partido francés colaboraron a la defensa nacional en su fase de resistencia y pusieron en práctica, en lugar del derrotismo revolucionario, un vergonzoso y vergonzante triunfismo pseudo-revolucionario1. El congreso de 1948 se negó a condenarlos, a discutir siquiera el hecho, equivalente a una deserción. La resistencia nacional fué elevada tácitamente al rango de actitud internacionalista, y en consecuencia, perdido el Norte, el congreso definió como principal contradicción mundial resultante de la guerra, el enfrentamiento de Rusia transformada en potencia de gran magnitud, con Estados Unidos. Quitó así de su horizonte la contradicción entre capitalismo mundial y proletariado mundial. Desde ese momento, afiliarse a ella no conlleva mayor internacionalismo que entrar en la asociación mundial de esperantistas, si bien es mucho peor en lo político.
Para la recién llegada Liga Comunista, tampoco cuenta la contradicción de clase. Se la sustrae de mente y práctica precisamente aquello que ella considera su fuerte: su idea de "la dialéctica de los tres sectores de la revolución mundial", que la sitúa dentro de la contraposición Rusia-Estados Unidos y orgánicamente en la ya muy turbia IV Internacional.
Escuchémosla: "... el stalinismo ha zozobrado en el nivel en que encontraba su cohesión, el nivel internacional. Incapaz de retener por más tiempo el empuje de la revolución mundial, ha tenido que soportar o tolerar sucesivamente la victoria yugoslava, la revolución china, la revolución cubana y el auge de la revolución colonial en su conjunto. En semejante proceso internacional, la revolución vietnamita se le presenta como una calamidad a partir de la cual la correlación de fuerzas corría el riesgo de dar un vuelco definitivo". (Débats et résolutions du I Congrès de la Ligue Communiste. Maspero 1969, p. 68).
Se siente uno tentado de exclamar: no os ensañéis, dialécticos de la Liga, con esa pobre burocracia stalinista de París o de Moscú, ya casi sin resuello, en las últimas a fuerza de encajar revoluciones que no quería. Pero habría que impetrar gracia para infinidad de gente, nada menos que para los autores de las numerosas revoluciones mencionadas. En efecto, todos ellos, según pensar de la Liga, concorde con el de la IV Internacional degenerada, se han visto obligados a hacerlas, han tenido que sufrir —¡dirigiéndola!— la revolución proletaria, y no por imposición del proletariado, cuya ausencia de actividad reconocen ambas, sino por obra de un espíritu santo que, identificado, ni siquiera resulta ser, como el de los evangelios, un símbolo genital; se trata, a la inversa, del símbolo de la impotencia pergeñando ramplonamente una cohartada política.
Véaseles tejer la cohartada. En el folletito "Lutte Ouvrière et la Revolution Mondiale" (Maspero 1971), la Liga escribe, Denise Avenas por medium: "El olvido del punto de vista internacional acarrea un segundo error no menos importante: la incomprensión del papel de la pequeña burguesía urbana y rural en los países del Tercer Mundo, y de su capacidad de alinearse en las posiciones del proletariado como realidad internacional" (página 4).
Y en la página 8 sobre China, pero con alcance hasta cualquier país atrasado: "Además del hecho de preparar el campesinado a pasar a posiciones de clase proletarias, el enfrentamiento directo con el imperialismo hacía definitivamente caduca la noción de 'dictadura democrático burguesa', constriñendo los revolucionarios a proceder inmediatamente a las grandes transformaciones económicas y a la abolición de la propiedad privada en las ciudades y en el campo. A partir de ahí, incluso en ausencia de un papel activo del proletariado urbano, una dirección revolucionaria adherente a sus posiciones de clase podía y debía dar cumplimiento a la revolución proletaria, incluso apoyándose esencialmente, para vencer, en el campesinado". (Subraya el autor de esta crítica).
La teoría revolucionaria ha considerado siempre a la pequeña burguesía incapaz de desempeñar un papel histórico. Para llevarla a secundar la revolución social consideraba indispensable una fuerte presión del proletariado, la presión máxima, verdad corroborada por decenas de experiencias. Al revés, hela ahí ahora, gracias a la imprenta de la Ligue Communiste-IV Internationale, forzándole la mano al proletariado, arrastrándolo quiera que no a su revolución, haciéndosela y entregándosela, por así decir, a domicilio. Se entrevé el "cerco de las ciudades por el campo" de Mao Tse-tun, Guevara y otros mistificadores que la Liga acepta. (En la p. 68 del primer folleto citado).
Complétese el cuadro: en Cuba, por ejemplo, los campesinos y la pequeña burguesía obligan a los dirigentes, o sea a Castro, Guevara y compañía, no a someterse a sus intereses, sino a los de la revolución proletaria y comunista. "La dirección revolucionaria cubana fué llevada a alinearse en posiciones del proletariado internacional, de la revolución proletaria, incluso si el proletariado cubano no tomó en ello parte preponderante" (p. 17 del segundo folleto citado). Para facilitar el trago de esa rueda de molino, la autora convierte a gran parte de los soldados de Castro en asalariados agrícolas. Pero están tan ausentes de sus propias meditaciones, que tiene que ir a buscar el enlace con el proletariado internacional; un proletariado que por entonces no se movía sino del trabajo a la cama y de la cama al trabajo.
Así también, después de recordar en la página 11 que el stalinismo ha ahogado la consciencia revolucionaria del proletariado internacional, salva milagrosamente de la corrupción stalinista a la dirección china, que fué precisamente la primera incondicional de Stalin y de su política mundial —y hasta hoy—, a fin de insuflarle el espíritu del proletariado internacional, antes de que se metiese con sus tropas en Nankín, Pekín, Cantón, Shangay, etc.
Los textos citados son el meollo de la pretensa "dialéctica de la revolución mundial". Como está dicho casi textualmente en ellos, se trata de la revolución proletaria hecha por interpósita clase no asalariada, concretamente por la pequeña burguesía, lo que después va a repercutir en los cuatro puntos cardinales, siempre según la Liga. Ahora bien, la antítesis dialéctica del capital es y no puede ser otra que el salariado personificado en la clase obrera. Aunque la pequeña burguesía sea arrastrada por ésta en determinadas condiciones, sus raíces sociales y sus aspiraciones atávicas la retienen en el círculo del capitalismo, dentro de la tesis a destruir, y eso hasta su dilución como tal pequeña burguesía. Lo que se nos sirve pues en nombre de la dialéctica de la revolución es un embrollo sin piés ni cabeza, ni menos concreción social en parte alguna del mundo. Filosóficamente no representa siquiera idealismo. En él se engarza por sus presuposiciones y a él revierte por sus repercusiones políticas. Mas así visto en su inmediatidad, resultan meras aseveraciones sacadas de la manga de quienes escriben.
Porque no existe en ningún país tal revolución, tíldesela de proletaria o de burguesa, ni tampoco masas campesinas y pequeño-burguesas en acción insurreccional. Si los militantes de la Liga sienten necesidad de creer en ella para darse moral, recordémosles el adagio japonés caro a Trotsky: "se puede creer hasta en una cabeza de sardina; la cuestión está en creer".
Antes de decirles lo que existe en sus países "proletarios", conviene elucidar la polémica contra "Lutte Ouvrière", para quien la cabeza de sardina toma el aspecto aberrante de revolución burguesa. Transpuesta a la hagiología laica moderna, esa divergencia es del mismo género, y no menos infecunda, que la antiquísima disputa sobre la naturaleza divina o semi-humana de los ángeles. De todos modos, ángel ven ambos polemizantes. "Lutte Ouvrière" carga a primera vista con la peor parte. Retrocede con su idea, en efecto, más atrás de la revolución permanente y de las Tesis de Abril de Lenin. Por añadidura, reconociendo la posibilidad de la revolución democrático-burguesa en cualquier país, la hace implícitamente extensible a la mayoría atrasada del mundo, y ello iría acompañado de una larga perspectiva de desarrollo de la civilización capitalista. En rigor, eso negaría actualidad a la revolución proletaria en los propios países adelantados. Después de haberse taponado así el camino, "Lutte Ouvrière" procura zafarse del lío teórico en que se ha metido, y tranquilizar a su público, asegurando que se trata tan sólo de una tentativa condenada al fracaso, a menos que el proletariado acometa la revolución permanente. Ergotismo. Sin hablar de la Europa rusificada, también poderes burgueses en su pensar, la "tentativa" china dura ya más tiempo del transcurrido entre la caída de Luis XVI y Waterloo, ya bien enhiestas las instituciones capitalistas francesas y enriquecidos los pequeños-burgueses de 1789-1793.
Pero, ¿dónde está la proliferación de una nueva clase burguesa y la aparición de las normas de derecho y de las relaciones sociales consecuentes? A "Lutte Ouvrière" le está prohibido contestar, y si contestase sería para embrollarse aún más. El retroceso numérico de la burguesía está en relación directa con la concentración del capital, concentración que lleva inscrita en su automatismo la supresión del capital privado o burgués. Y precisamente en los países atrasados, está excluido un crecimiento capitalista, por modesto que sea, sino partiendo de un capital ya muy concentrado, sólo al alcance del Estado o de los grandes trusts internacionales. En cambio, la revolución burguesa presupone capitales numerosos, pequeños, dispersos y en libre concurrencia mercantil. Ni esa condición material sine qua non, ni los factores anejos de las explotaciones rurales en plena vida y de la libertad política han estado presentes siquiera breve tiempo en los países a que atañe la polémica. La ausencia de libertad política y económica es en ellos muchísimo mayor que en los regímenes anteriores, dichos feudales.
En resumen, "Lutte Ouvrière" habla de revolución burguesa cuando las condiciones objetivas de la misma han quedado muy atrás y sin que se advierta ninguno de sus efectos. Peor, en la época en que el sistema creado por la burguesía debe morir. Ha hecho trabajo de invención y de acomodo de la realidad a sus ideaciones y a sus prejuicios, no trabajo de investigación teórica.
Por su parte, la Liga Comunista, con sus revoluciones proletarias "auténticas" o "deformadas" —terminología suya— deja comparativamente en poco la incongruencia y el oportunismo de "Lutte Ouvrière". En primer lugar, las masas campesinas de que se prevale, vista la absoluta imposibilidad de hablar del proletariado, no son otra cosa que ejércitos regulares pertrechados a través de fronteras seguras, o bien organizados allende esas mismas fronteras. Tal ha sido el caso desde el ejército de Mao Tse-tun hasta el sudvietnamita. El de Castro fué una variante de lo mismo favorecida por la pequeñez territorial y la situación geográfica de Cuba. Recibió municiones de guerra y boca desde Estados Unidos, incluso por avión, la prensa capitalista yankee le dió popularidad, y jefes militares de Batista le abrieron el acceso a La Habana. Ni uno sólo de esos ejércitos se ha constituido a partir de una insurrección de masas, siquiera campesinas, sino que, una vez constituidos e implantados en cualquier zona, han enrolado a campesinos y trabajadores rurales, a menudo por el terror2. A un revolucionario, eso le bastaría holgadamente para denunciar como ajenos al devenir histórico todos los movimientos militares en cuestión. Para la Liga-IV Internacional representa, a lo sumo, una anomalía baladí entre otras. Desde el momento en que acepta que el campesinado puede hacer una revolución proletaria sin el proletariado, a condición de verse guiado por una dirección "revolucionaria", es secundario, en efecto, que los propios campesinos sean llevados de grado o por fuerza a emancipar al proletariado. Y resulta en cualquier caso que sin necesidad de apoyarse en la lucha de clases tal como se da en la realidad, al margen enteramente de la contradicción capital-salariado, la dirección fabrica una revolución socialista a partir de la nada. Los hombres hacen pues la historia y no a la inversa.
A todo esto, ¿de dónde sale esa dirección revolucionaria? De la más inesperada de las matrices: sale de la contrarrevolución rusa. Precisando, directamente de la entrepierna de Stalin, que nombró a Mao Tse-tun, Chu En-lai y demás Ho Chi Minh de por esos mundos. Lo que arroja el siguiente resultado: la contrarrevolución rusa selecciona una dirección nacional, la impone a un partido para mejor desembarazarse del trotskismo, suprime con ella la revolución proletaria (1926-27) en convergencia con Chiang Kai-chek, acto seguido la mentada dirección se refugia en el confín fronterizo chino-ruso, organiza un ejército de campesinos, y con él ejareta al proletariado la misma revolución proletaria destruida por ella veinte años antes, cuando las masas del campo y de la ciudad estaban en plena actividad, parcialmente armadas y organizadas en soviets. La incongruencia, la enormidad que así se nos sirve como saber teórico y dialéctica de las contradicciones mundiales raya en la insanía. Pero aún queda por decir. La tal dirección pone en práctica la revolución proletaria, y simultáneamente la contrarrevolución política, puesto que el proletariado no ha ejercido el poder un sólo instante en China, ni en Vietnam, ni en parte alguna. Lo certifica la propia Liga: "El aparato del Estado presenta, en grados diversos, todas las taras del aparato stalinista". ("Lutte Ouvrière et la révolution mondiale", p. 13).
Después de lo anterior, parece trivial la paradoja consistente en acusar a "Lutte Ouvrière" de no tener en cuenta el peso sofocador del stalinismo", que según la Liga explica "las impurezas" de lo que ella llama revolución proletaria. La Liga y sus mentores veteranos cuartistas dicen así más de lo que les conviene; en otros términos, se van de la lengua renegando explícitamente de aquello mismo que dió origen a la fundación de la IV Internacional. Vuélvase a leer subrayado: renegando, porque la sofocación, el ahogo de la revolución mundial por el Kremlin y su Tercera Internacional estaba cumplido ¡en 1933! Lo que hasta entonces había parecido algo parcial y dubitativo, apareció incuestionablemente como total y definitivo con la traición a la revolución alemana. De la imposibilidad de que el stalinismo ayudase en lo sucesivo a cumplir el cometido histórico del proletariado, se dedujo imperativamente la creación de la IV Internacional. Atribuyéndole ahora al stalinismo la revolución social, siquiera deformada, se declara innecesario, falso y nulo el acto de creación y la permanencia actual de la IV Internacional. En todo lo esencial, Stalin y cualesquier Mao Tse-tun habrían tenido razón y hecho buena obra.
Precísase ahora ir al fondo del problema, ver qué cambios económicos ha habido en China y lo que representan. Obedeciendo a su querencia stalinera, la Liga Comunista ni siquiera se interroga sobre lo que es una transformación socialista de la estructura económica. Nos dice, "Tras una especie de NEP de gran envergadura (...) los chinos pusieron rápidamente en pié una economía estatizada y planificada sin gran cosa que ver con una economía 'burguesa'. Desde 1952, el Estado dirigía el 80 por ciento de la industria pesada y el 50 por ciento de las demás industrias. Controlaba la mayoría de los intercambios comerciales al por mayor y al por menor, etc. Verdad que las masas no participaban en el control y en la gestión de la economía; pero la estructura que le dió la dirección china no permite por nada clasificarla entre los Estados capitalistas, de hecho si no en teoría. Sobretodo, en 1958, la reorganización total, efectuada con rapidez vertiginosa, de las relaciones de producción en el campo, que vedaron al campesinado continuar siendo la matriz permanente del capitalismo, lo que es tradicionalmente. La instalación de las comunas populares, cualesquiera sean, por lo demás, sus debilidades y sus carencias, dieron al menos por resultado el trastrocamiento total de la estructura económica y social del campo, zapando en su base las diferenciaciones sociales del campesinado, por lo menos con la amplitud que adquirieron en la U.R.S.S. de los años 1925-29". ("Lutte Ouvrière et la révolution mondiale", p. 13).
Diríase que los escritores de la Liga ignoran que desde Chiang Kai-chek la gran industria era propiedad del Estado en proporción aproximada a la referida por ellos tan jubilosamente. Mas para el análisis revolucionario eso es indiferente. Concedámosles sin discusión que la totalidad de la industria y del comercio, exterior e interior, esté acaparada por el Estado y de propina bien planificada. No por ello existiría transformación estructural de las relaciones de producción capitalistas en relaciones de producción socialistas. A lo sumo cabría hablar de acomodo o reorganización de las relaciones de producción características del capitalismo, cosa que ha intervenido numerosas veces, evolutiva o convulsivamente, en el decurso de la existencia del sistema. La Liga evita adrede ser clara. Su definición, obsérvese en la cita, es taimada y ambagiosa, a imitación de otras definiciones de la IV Internacional. Escribe: economía Estatizada y planificada, no burguesa. Ese culebreo terminológico se lo impone la existencia, innegable incluso para ella, de la explotación de los trabajadores en China, no menos que en Rusia y demás pretendidos países socialistas. Empero, los explotadores no son, en general, propietarios individuales de instrumentos de producción. La economía, reconózcase, no es burguesa. Ahora bien, definirla así es servirse de una verdad intrascendente para colar de contrabando una monstruosa mentira cargada de transcendencia reaccionaria, a saber, que gracias a ese hecho no se trata de capitalismo.
Hay en semejante planteamiento trampa y hasta falsificación del conocimiento teórico, siquiera sea, en la Liga, inconsciente o inducido "por sus mayores". Para juzgar la naturaleza de una economía, el único criterio válido es el de la función de los instrumentos de trabajo, función capitalista o socialista, según no dispongan o dispongan los trabajadores de los instrumentos de producción, según empleen éstos o no empleen trabajo asalariado. Que el empleador sea el burgués propietario individual, un gran trust o el Estado, trust exclusivo, la función capitalista es la misma, y con ella la de sus adyacentes, la planificación y el control del comercio. Capital son los productos del trabajo anterior, acumulados al margen de los productores y puestos en función mediante nueva compra de fuerza de trabajo. Sin salirse de ese marco, podría llegarse a la supresión de la paga en dinero del salario (caso de las "comunas" chinas al principio, y de alguna "experiencia" local de Castro). Subsistiría, con agravantes, el salariado, siempre determinado por la dependencia del trabajador respecto de los instrumentos de trabajo, dependencia que acarrea automática, férreamente, su desposesión de los productos del trabajo. En consecuencia, la única transformación estructural socialista es la supresión de tal dependencia. Existiendo, sigue en pié el capitalismo, cualquier forma orgánica adopte.
La organización de las "comunas populares" a que tanta importancia concede la Liga, cual si el sector agrario de un país, muy atrasado por añadidura, pudiese ir en delantera del sector industrial, no ha suprimido las diferencias sociales del campesinado; las ha incorporado, por el contrario, a las jerarquías del Estado capitalista colectivo, acentuándolas arriba y extendiendo la proletarización abajo. En las ciudades, cuantos privilegiados no se han opuesto al régimen stalinista conservan su situación como funcionarios del nuevo poder. Le era indispensable a éste producir en el campo igual asimilación, por razones que se verán en la segunda parte de éste trabajo. El nombre, "comunas", es tan mendaz como el del partido-Estado: comunista.
Sintetizando, a la elaboración, papel y tinta en mano, de una revolución proletaria sin el proletariado, la Liga no tiene empacho en añadir un cambio estructural que deja en pié y acrece la base más sólida del sistema capitalista: el proletariado, sin otros bienes de mesa, ropero y escuela que los obtenidos por la venta de su fuerza trabajo, que produce y reproduce su condición de clase... y la acumulación del capital. Esa suerte de malabares es bautizada dialéctica.
La clave de tantos disparates y escandalosos contrasentidos (más los que se verán a continuación) es la noción del Estado. Menester es pues declarar inconcusamente que el Estado no tiene cometido económico que cumplir, ni aún en el caso de que sea convertido en propietario por una insurrección obrera, no ya por las combinaciones stalinino-campesinas que la Liga nos fragua. La idea de un Estado organizador y dispensador del comunismo es, en el mejor de los casos, idealismo hegeliano diametralmente opuesto al materialismo dialéctico; en el peor, es inmundicia propagandística stalinista. La Liga se ha limitado a adoptar la posición de la IV Internacional, que aún despojada de las retorsiones derechistas introducidas por los Frank, Mandel, Maitán y otros Hansen Norte y Sudamericanos, participa de aquel idealismo y ha sido invalidada hasta la saciedad por la experiencia.
Una ojeada retrospectiva se hace indispensable aquí. León Trotsky incurrió en el error de afirmar que la propiedad estatizada en Rusia fué introducida por la revolución de 1917. En realidad lo fué por la no transformación de esa revolución permanente en revolución socialista, su única razón de ser. El capital pasó al Estado, y lejos de perder su naturaleza fué acendrándola con caracteres cada día más brutales a medida que surgía y se redondeaba la contrarrevolución; contrarrevolución política, sí, porqué sólo en política se quedó, antes de ser anulada, la revolución de 19173.
Partiendo de tal error, Trotsky creía que, hallándose en guerra, el stalinismo usurpador del poder se vería obligado a hacer concesiones al proletariado y que éste reanudaría la revolución. El Kremlin, por el contrario, fué reforzando su terrorismo al mismo paso que los ejércitos nazis avanzaban suelo ruso adentro. Y lejos de aparecer contradicción alguna entre el sistema de propiedad ruso y el viejo capitalismo, el sector occidental del mismo acorrió en su auxilio y lo salvó de la derrota desdeñando las ofertas de paz que simultáneamente le hacía Hitler. En otros términos, las contradicciones internas del capitalismo, causa de la guerra entre Alemania y los Occidentales, fueron muy superiores a lo que se suponía ser oposición irreductible entre el sistema de propiedad capitalista y el sistema ruso. La prueba quedó hecha: no existía tal oposición. Rusia estaba incursa en las contradicciones internas del sistema capitalista mundial, y nada más.
Por otra parte, Trotsky esperaba también que otras revoluciones triunfarían y liquidarían el stalinismo hasta las raíces. Lo que se produjo fué una extensión territorial enorme del dominio stalinista, su apoteosis. El análisis de Trotsky era evidentemente errado, como se había adelantado a reconocer él mismo, para caso de que sus previsiones no se verificasen.
No obstante lo irrecusable de la experiencia, los principales partidos trotskistas, aligerados de internacionalismo durante la guerra, comprometidos en la defensa nacional resistencia mediante, sacaron conclusión opuesta: el stalinismo extiende la propiedad socialista, mal que le pese al propio proletariado. Sencillamente, les era imprescindible tapar con algo sus graves carencias revolucionarias. De ahí que su posición actual, que la Liga adopta, tenga mucho más de engañifa stalinista que de error político o sociológico.
Los errores de los maestros conviértense a menudo en mortal llaga para los discípulos. Así lo que en Trotsky era un desacierto, a lo sumo una ofuscación del pensamiento, alcanza en el trotskismo hogañero proporciones de falsía, de craso oportunismo y hasta de capitulación. Pero es menester recalcar que en esa metamorfosis la existencia precede también a la consciencia. Habiéndose desentendido, en plena contienda mundial, del principio: contra la guerra imperialista, guerra civil, ese trotskismo se despojaba de lo esencial y más vivificador del pensamiento revolucionario, vedándose la posibilidad de enmendar errores y de hacer el menor progreso teórico. A partir de sus componendas con la defensa nacional (resistencia), ya no se descubre en él conocimiento o siquiera tentativa de conocimiento teórico, sino una ristra de argucias y actitudes justificativas cada vez más bajunas a medida que una llama a la siguiente. Y ha terminado dando en su actual postura. En lo formal y orgánico ha retrocedido hasta lo que fué Oposición de Izquierda a la III Internacional durante la mitad del decenio 20 y los dos primeros años del 30, pese a la criminalidad e inmundicia que desde entonces ha ido hacinándose en el stalinismo; políticamente, está lelo y cabeza gacha ante la extensión de ese mismo stalinismo (para él proezas) en Europa oriental, en China, Corea, Vietnam, Cuba y hasta en Egipto, donde 15 o 20.000 militares rusos aguantan el sacro estandarte del Islam frente al de Israel.
En suma, la retrogresión del trotskismo fué originada por su ruptura con el internacionalismo, no por el error de Trotsky tocante a la naturaleza del sistema ruso, cual afirman críticos livianos. La defensa práctica y teórica de aquel exigía durante la guerra mundial y continúa exigiendo hoy una rectificación terminante de la idea de "Estado obrero degenerado" y de cuantas presuposiciones la engendraron. Por el contrario, ni la defensa de Rusia ni la de cualquier país stalinista puede practicarse sin dar esquinazo al internacionalismo, es decir, al proletariado mundial, para ir a enrolarse a las órdenes de los enemigos de ese mismo proletariado.
El dilema que la historia reciente está metiéndonos por los ojos es inconcuso: o bien los trabajadores disponen de los instrumentos de trabajo y de sus productos, único canal de restitución de los mismos a la sociedad en su conjunto, o bien su apropiación por el Estado (nacionalización) perpetúa y agrava la dependencia del proletariado respecto de los instrumentos de producción, su desposesión de los productos de su propia actividad económica y por lo tanto también su explotación y su opresión política. En este último caso, la expropiación de trusts y capitalistas privados, indemníceseles o no, aboca a la centralización suprema del capital y de la represión policíaca. Lo evidencia colmadamente cada uno de los casos conocidos, desde Corea, China y Rusia, hasta Cuba.
Terminado ese indispensable vistazo atrás, hay que reanudar el análisis del vacío. Como se ha visto por las citas dadas, la Liga Comunista, resonancia de su IV Internacional, considera que la nacionalización de la gran industria, de la economía en general, representa un cambio estructural de la revolución proletaria, transformador del capitalismo en socialismo. Pero es incapaz de decir nada sobre la función de los instrumentos de trabajo ni sobre el papel del Estado respecto de ellos y de la población trabajadora. Esquiva el problema concediendo que el aparato de Estado chino padece las mismas taras que aparato ruso. "Taras" significa en su viciada terminología simplemente defectos, fallas en comparación con un prototipo ideal de "Estado proletario". Hay pues que enumerar aquí las principales.
En lo económico, el Estado es propietario absoluto, con derecho jurídico de uso y abuso, de los instrumentos de producción industriales y la mayoría de los instrumentos agrícolas, tierra incluida; el Estado pone en función dichos instrumentos comprando fuerza de trabajo por un salario cuyo monto dicta él mismo; el Estado recoge y pone en venta los productos del trabajo que contienen la plusvalía, reinvierte una parte según le da la gana y reparte la otra entre sus innumerables sirvientes, a prorrata de categorías: policías, militares, administradores y líderes políticos, secretarios y propagandistas del Partido, delatores, técnicos, hombres de ciencia, intelectuales, etc. Respecto de la población trabajadora y de cualquier disidente, el Estado se comporta como un déspota totalitario inigualado hasta hoy; el Estado la mantiene rigurosamente desarmada, encuadrada, adiestrada, y vigilada, en el trabajo y en la vida privada, por la policía y por los afiliados al Partido, a los cuales se añade el ejército en ocasiones importantes; el Estado acapara todos los instrumentos periodísticos y editoriales, de forma que ningún obrero ni grupo de obreros pueden expresarse en público ni lanzar siquiera una octavilla; el Estado prohibe a los obreros cambiar de trabajo y de domicilio, los multa y castiga por faltas menores; el Estado impone los reglamentos internos de cada empresa; el Estado prohibe las huelgas, las reprime caso de producirse, y no precisamente con lenidad, como se ha visto de nuevo en Polonia; el Estado considera como un crimen de rebelión cometido en servicio de potencias rivales, cualquier reunión, asociación o actividad al margen del Partido-dictador, la iglesia exceptuada; el Estado abate su bestialidad represiva sobre cuantos se le insubordinan, obreros o intelectuales, los condena a largos años de trabajo forzado o los interna en manicomios penitenciarios4.
Semejante clase de "taras" no son otra cosa que las características peculiares y permanentes de la explotación capitalista, llevadas hasta el paroxismo por la más implacable y peligrosa de las contrarrevoluciones. Una interpretación dialéctica no puede ver en todo lo dicho, innegable incluso para la Liga aunque lo asorde, defecto o fallas del régimen político en contradicción con el sistema de producción existente. Al contrario, ve concordancia completa entre éste último y el régimen político, entre la estructura social y la superestructura política e intelectual. El pensar de la Liga-IV Internacional es del mismo jaez que el de numerosos sociólogos y economistas, para quienes regímenes como el de Franco y Papadópolus son anomalías dentro del capitalismo, anomalías causadas por la pobreza y destinadas a desaparecer a medida de la industrialización. La ecuación por tal modo establecida no puede ser más simplona: país pobre = despotismo gubernamental, país rico = democracia. Lo mismo exactamente piensa la Liga-IV Internacional de Rusia y similares, sin otra diferencia que añadir al sustantivo democracia, el calificativo Obrera. Sus rutinas y compromisos anteriores le impiden ver que la contrarrevolución beneficia de condiciones mundiales no menos que la revolución, si bien de sentido diametralmente opuesto. Octubre rojo fué el nivel más alto consentido al proletariado ruso por las condiciones objetivas y subjetivas del proletariado mundial. Revolución democrático-burguesa hecha por el proletariado (revolución permanente), muere en cuanto deja de operarse la proyectada y necesaria transformación estructural en revolución socialista. El poder que le sucede se encuentra entonces en condiciones de llevar la centralización del capital hasta el grado máximo consentido por el capitalismo mundial y exigido por la contrarrevolución misma. Realiza aquello mismo que, del lado reaccionario, reside en la ley de concentración de capitales, en el automatismo del sistema capital-salariado, y a lo que han ido acercándose, por su propia y natural andadura, los antiguos países industrializados. En efecto, la ley de concentración de capitales lleva implícita la absorción de los capitalistas individuales y de los grandes trusts por el Estado capitalista-colectivo. Este desempeña ya el papel principal en casi todo el mundo. Salvo corte revolucionario, ese proceso irá hasta su consumación. He aquí una dialéctica que a la Liga le sienta demasiado ancha.
Una vez mitificado el sistema de producción ruso, la Liga tiene que ir de mitificación en mitificación. Cada una trae a rastras la siguiente. Así, mitifica la imposición de tal sistema a otros países, mitifica sus repercusiones en cualquier continente y mitifica la repercusión de las repercusiones en las masas trabajadoras occidentales. El rebase extrafronteras del sistema ruso, obra de la guerra imperialista llevada a cabo mediante el consentimiento, en no pocos la ayuda del capitalismo occidental, del yankee muy particularmente, es ensalzado como revoluciones proletarias "auténticas" o "deformadas". A seguidas, los movimientos nacionalistas de los países atrasados, siempre de hinojos ante uno de los polos imperialistas, son convertidos en revoluciones "coloniales", lo que suma en la cuenta de la Liga decenas de espléndidas victorias, sobradas para que se hundiese como rascacielos de paja el más sólido imperialismo, y el todo rebota aún despertando al proletariado occidental, cuyo representante primero es la Liga Comunista-IV Internacional, está sobrentendido y dicho. La fabulación no puede ser más artificial y falsa incluso como concatenación lógica.
Vista al trasluz del decurso histórico, la cadena de mitificaciones se convierte en una mixtificación generalizada que entenebrece el horizonte de quienquiera la haga suya. Sencillamente porque el Kremlin ha sido el factor esencial político y en fin de cuentas policíaco, en la derrota de la revolución proletaria mundial entre 1917 y 1937. Y actuaba así, no por error ni por capitulación oportunista ante la burguesía, sino porque se lo dictaban sus intereses económicos en Rusia y sus retenidas ambiciones de expansión imperialista. A tal punto, que dondequiera se ha impuesto militarmente o a través de sus partidos, es la burguesía quien se le somete, quien capitula ante él como ante un salvador. Hace falta una dosis considerable de estulticia para no verlo. Ni el Kremlin ni sus agencias pueden desempeñar papel revolucionario. Son parte del enemigo de clase en cada país y parte importantísima mundialmente.
La asimilación de la burguesía por el stalinismo victorioso ha sido un hecho general en Europa del Este. En China empezó muy antes de instalarse en Pekín y con el ejercicio de todo el poder se sistematizó. Entre los cuadros del Partido y de las fuerzas militares y policíacas abundan los antiguos burgueses, mandarines y viejos jefes del ejército del Kuomingtang. Son materia maleable, de "reeducación" tanto más pronta y sincera cuanto mejor rango y emolumentos conservan. El que fué rey de Manchuria puesto por los japoneses figuraba como representante "del pueblo" en la última asamblea del mismo nombre. Chiang Kai-chek se ha visto ofrecer reiteradamente la vice-presidencia de la República y aún después de anunciado el viaje de Nixon a Pekín, Chu En-lai le promete una situación honorable en la dirección del país. En suma, la burguesía se diluye en el cuerpo burocrático que en lo sucesivo desempeña y centraliza su función. Incluso en la clandestinidad española, la grita populachera maotsetunesca ha programado la continuidad de cada burgués al frente de su empresa nacionalizada. Y en el seno de esa casta dirigente surgida de los intersticios del viejo capitalismo, las jerarquías se sistematizan en grado sólo conocido antes en las antiguas cortes del absolutismo monárquico. Desde los componentes del más ínfimo comité local, hasta el supremo círculo dictador, un estricto escalafón de precedencia señala la importancia de la autoridad política y del disfrute económico de cada uno.
Nada tan disparatado como afirmar que el reflejo de esa jerarquía en el campo "zapa la base de las diferenciaciones sociales del campesinado" ("Lutte Ouvrière et la revolution mondiale", p. 13). Desde hace largo tiempo es lugar común, oficialmente reconocido, que tanto en las pretendidas comunas agrarias como en la industria, las diferencias de paga y rango entre los obreros constituyen el fundamento de la productividad. Las distinciones entre los diferentes países de capitalismo de Estado son mínimas, como lo son también, referente a lo mismo, en los países occidentales. Lo que al respecto cabe decir, es que en el campo también la estratificación social de labradores y obreros agrícolas es ajustada coercitivamente a una doble estratificación: por un lado la que contrapone entre sí a detentadores de los instrumentos de producción y esclavos del salario, por otro una gradación de categorías en paga y consideración oficial aposta calculada para llevar al máximo la rivalidad entre trabajadores y la plusvalía rendida por el conjunto. Lo que hace un poder stalinista es reestructurar el capitalismo, y con él, claro está, la estratificación social en todas partes, que lejos de desaparecer aumenta. Pero la Liga prefiere desentenderse de todo eso para mejor inflar su mitificación mixtificadora.
El único problema teórico que en verdad está planteado es el de determinar la naturaleza de la burocracia gobernante, lo que históricamente representa. Y bien, a menos de tirar de golpe por la borda cuanto el movimiento revolucionario ha aprendido desde los Iguales hasta nosotros, y en particular del socialismo científico, forzoso es negar que se trate de una burocracia obrera. La burocracia manipula a la clase obrera con un despotismo policíaco y económico jamás visto, no paga un céntimo de salario sin calcular antes cuantos céntimos revertirán a sus manos como plusvalía, no emprende nuevas inversiones sino con el mismo criterio, salvo en guerra, policía, espionaje de su población y exterior, es decir, salvo en lo tocante al afianzamiento y extensión de su poderío; no implanta nuevas técnicas sino acentuando la explotación del hombre mediante la máquina; mantiene una política exterior de rivalidad imperialista y de oposición a la revolución proletaria no menos acérrima que la de Washington, pero más selectiva. Mirándola por otro costado, esa burocracia no encuentra en sus dominios otro enemigo que el proletariado, siéndole imposible, por consecuencia, oscilar entre las masas trabajadoras y un capitalismo privado irremediablemente muerto y precisamente en una etapa en que la identificación del capital con el Estado emana de lo más profundo de sus anhelos reaccionarios de continuidad. La noción de un bonapartismo burocrático, forzoso es reconocerlo, no sirve ya sino para mecer y adormecer a los militantes que la ingieren, sin tratar aquí de su imposible parangón con el bonapartismo de la revolución francesa.
Tocante a política exterior, nótese al pasar, la Liga habla de la ayuda de Pekín, e implícitamente de la de Moscú en Vietnam, Cuba, etc., al movimiento revolucionario mundial. Le horroriza fijarse en que la de Moscú es complementaria de la impuesta por sus tanques en Hungría y Checoslovaquia, y la de Pekín, concédasela a l'Humanité Rouge, a la Gauche Prolétarienne o a cualquier Liga, comporta el mismo designio que la prestada a Pakistán contra Bangla Desh, al gobierno de Ceylán contra sus rebeldes, al de Sudán contra los suyos... y que sus propias componendas con Estados Unidos.
Una burocracia que mantiene y redobla la separación entre instrumentos de trabajo y fuerza de trabajo no admite otra definición, en nuestra era, que la de burocracia capitalista. No se trata de una nueva clase social, ni el suyo es un sistema económico distinto del que padece Occidente. Ella asume el papel de la burguesía y lo resume en el Estado, capitalista y polizonte en uno, imponiendo a estructura y superestructura social, en derecho y no de hecho cual era el caso con el capitalismo burgués, una compacidad nunca alcanzada por el último. Es pues su prolongación, el tope de su devenir, al mismo tiempo expresión de su decadencia y coraza frente a la revolución proletaria. Y abandonemos al burdo materialismo de la Liga y similares confundir decadencia capitalista y cese absoluto del crecimiento económico. Cuando tal caso se presente, y se presentará al fin si la revolución no lo impide, empezarán a ser derruidas, al mismo paso, las condiciones objetivas que permiten la mutación del capitalismo en comunismo.
Conviene puntualizar que "la sociedad de nuevo tipo", ni capitalista ni socialista de que Bruno Rizzi habló el primero y luego Burnham con su "managerial revolution", no existe. Se trata de un capitalismo dirigido, conocedor en parte de su propio mecanismo, quintaesenciado en la técnica de arrancar plusvalía, lo que antes hacía por su cuenta, a tientas, cada burgués o compañía aislados, amén de la técnica no menos rentable de llenar de estopa los cerebros. No hay lugar para otra cosa, pues lo que exige el desarrollo del hombre y de su economía es la desaparición del técnico, del hombre de ciencia, del culto en general, en cuanto capa social diferente del trabajador manual, inculto más o menos y siempre dependiente de los detentadores de la cultura. En el orden del día de la humanidad, un sólo punto lo abarca todo: la supresión de ese esclavizante reparto del trabajo, del saber y del ocio. Entre decadencia de la civilización actual o revolución comunista no cabe un tercer término.
Del tipo de sociedad descrito hace partir la Liga Comunista-IV Internacional el empellón inicial de lo que llama "dialéctica de la revolución mundial". Hay que considerar brevemente la segunda de sus repercusiones, la pretensa "revolución colonial", antes de centrar el todo en la última de sus repercusiones, la política occidental de quienes así lucubran ya que no del proletariado.
En primer lugar, revolución colonial no significa absolutamente nada. Utilizar esa expresión, o su correlativa, revolución popular, es charlatanería de mercachifles y embaucadores políticos. Las colonias no podían hacer una revolución burguesa hoy imposible incluso en su forma de revolución permanente, y ninguna ha hecho una revolución proletaria. La gran mayoría se han visto conceder la independencia por los colonizadores, no a pérdida por cierto y han adoptado las fronteras que el imperialismo les impuso. Allí mismo donde ha habido lucha, sobretodo en Argelia y Vietnam, cuando no sigue presente y dominante la vieja metrópoli, la hegemonía económica y la vara alta política han cambiado de mano menguando todavía más la "soberanía nacional". La equidistancia que algunas han querido guardar entre los dos polos imperialistas, las precipita hacia uno de ellos en cuanto surge alguna dificultad o problema internacional graves. Cuba e Irak ayer, recientemente Egipto, Yugoslavia e Indonesia en sentido opuesto, a más del príncipe botarate Sihanuk, lo certifican. El caso más importante, sin embargo, es el de la India, cuyos humos de gran potencia la han llevado a aliarse con Rusia mientras meditaba su operación militar en Bengala. La señora Gandhi y Brejnef, con Mao Tse-tung y Nixon en trasfondo, acaban de infligir a los teóricos de la "revolución colonial" la más bochornosa de las lecciones. Lo que no han querido aprender de la teoría revolucionaria, se lo impone manu militari el enemigo de clase, realizando sin solución de continuidad la independencia formal de Bengala y su nuevo vasallaje. La más popular hasta hoy de las luchas nacionales desemboca en un fiasco, la "auténtica revolución proletaria" de la Liga (China) da su visto bueno a la horrenda carnicería desencadenada por Pakistán y el otro "Estado obrero" da alianza militar y autorización formal al capitalismo indio para desencadenar una operación expansionista. En realidad es Rusia la que se introduce en Bengala y del mismo golpe ata más corto a la India y cerca a China. A menos de rendirse a la evidencia, los "dialécticos" de la Liga tienen ahí amplia materia para ergotizar.
La soberanía nacional está hoy totalmente descargada de contenido revolucionario. El descomunal crecimiento del capital y su polarización la ha transformado en vestigio fósil del pasado, a semejanza de la revolución democrático-burguesa. Sólo la soberanía de los trabajadores, de los oprimidos en general, imposible sino con carácter anacional y mundial, es revolucionaria en la actualidad. La nación y el nacionalismo se convierten en instrumento o terreno de rivalidades reaccionarias, siempre en finta política. Por eso es lo único que el stalinismo conserva del antiguo programa del movimiento obrero, excepto hallándose en el poder. Es muy conforme con los intereses de un nuevo imperialismo, cuyo fortalecimiento ha de hacerse, de necesidad, en detrimento de los ya establecidos, del más fuerte ante todo. Lo asombroso es que el conservantismo de los izquierdistas en general los retenga atados a una reivindicación no ya sobrepasada, lo que sería error de fácil rectificación, sino por completo encuadrada dentro del odioso juego inter-imperialista.
El paparrucheo teórico de la Liga la conduce hasta conferir a la defensa de dicha reivindicación y a la extensión territorial del imperio stalinista una repercusión positiva en Occidente, nada menos que el despertar del proletariado y el renacimiento del movimiento revolucionario. Es la máxima de las repercusiones de su "dialéctica de la revolución mundial", gracias a la cual, a partir de la guerra de Vietnam, "la correlación de fuerzas corría el riesgo de dar un vuelco definitivo". O sea, que corría el riesgo de inclinar, contra el stalinismo, en ventaja del proletariado... y de la Liga con otros sumandos izquierdistas. La mentecatez es tan enorme como pretender que durante la guerra mundial iba a pasarse "de la resistencia a la revolución", cual rezaba el señuelo. Actividades e ideas propias del mundo capitalista no contribuirán jamás a destruirlo.
Por el contrario, el empeño stalinista, siempre secundado por la Liga y congéneres, en movilizar al proletariado en pro de la política exterior rusa o china, y eso desde Grecia y Corea hasta Vietnam, durante veinticinco años, es lo que mantiene al proletariado somnolente, más apegado a la adquisición de un cachibache casero que a su acción de clase, disperso en los cuatro puntos cardinales y en cada país, apresado por los aparatos político-sindicales, renuente ante cualquier política, ante la sucia porque lo es y ante la revolucionaria por escarmiento de la otra. Muy diferente serían su situación y disposiciones si durante tan largo tiempo las energías y los recursos económicos gastados, al menos por los dichos izquierdistas, hubiesen sido consagrados a denunciar al stalinismo promoviendo, mediante reclamaciones socialistas, la revolución en Occidente. Pero eso requiere tachar como guerra imperialista localizada la de Vietnam, así como la guerra israelo-árabe. La Liga-IV Internacional se para en seco aterrada e invita al proletariado a pasar por las horcas caudinas de Moscú o de Pekín, a defender sus intereses mejor que sus gobiernos y sus secuaces respectivos. Si no existiese el stalinismo tendría que inventarlo, pues no conoce otra política que la de su "desbordamiento" por la izquierda. El sobrepase no tiene sentido y por eso jamás se producirá; pero sí tiene sentido y ya está ideológicamente iniciado el encuadre de esa categoría de izquierdistas por el stalinismo.
Es verdad, sin embargo, que entre la juventud estudiantil y obrera existe una inquietud nueva, potencialmente revolucionaria. No menos que en Occidente aparece en Oriente, en cualquier coto cerrado stalinista y en los países atrasados. Dictadores y dictadorzuelos de unos y otros se han quejado repetidamente de la desafección de la juventud. La nueva generación está volviendo la espalda con gesto de asco a todos los poderes existentes, no cabe duda. Pero su desvío no debe a las míticas revoluciones de la Liga sino indigencia política y merma cuantitativa. Esa actitud levantisca no es en modo alguno reflejo de los diversos nacionalismos, ni de la tela de araña tejida por el imperialismo moscovita, sino que éstos le han impedido, hasta ahora, cristalizar en movimiento revolucionario. La propia Liga Comunista no les es deudora de su existencia, mal que le pese; su origen está entero en la crisis de la contrarrevolución rusa que llevó a la maniobra khrutcheviana de la denuncia de Stalin como criminal. A su vez, esa crisis es parte de la del capitalismo mundial que empuja al proletariado en igual sentido, en primer lugar a la juventud. Pero la Liga y otros, incapaces de ver más allá de la democratización del régimen ruso y del anti-imperialismo de sentido único, se han quedado varados a medio camino, en el trotskismo hogañero. Y el medio camino resulta ser, en el menos malo de los casos, centrismo.
De una política internacional mixtificadora sólo podía deducirse una praxis impotente, de barullo proletarizante sin contenido revolucionario y peligrosa para el proletariado. En efecto, ni en lo político ni en lo económico sabe dar un paso la Liga sin aferrarse a las andaderas de las organizaciones existentes, en particular del Partido pseudo-comunista y de su central sindical. Véase su planteamiento:
"A la clase trabajadora le es imposible luchar sin esas organizaciones que son el único amparo legal que permite las luchas. Para los trabajadores no hay elección entre organizaciones revolucionarias y organizaciones reformistas. No existe hoy ninguna organización revolucionaria de masas capaz de defender en la práctica los intereses de los trabajadores, actualmente la elección es: u organizaciones reformistas o ninguna organización". Por ende, "sólo en la medida en que los militantes revolucionarios sean capaces de tomar la dirección de las organizaciones de masas de la clase obrera será posible la lucha por el socialismo". (Resolución sobre el trabajo sindical, en "Débats et résolutions du I Congrès", p. 155).
Mejor valdría decir que la lucha por el socialismo es imposible, porque los militantes que se proponen conquistar tal dirección no son revolucionarios y los militantes revolucionarios no quieren conquistarla, sino desembarazar de semejantes organizaciones al proletariado, y también porque, aún suponiendo que la conquistasen serían deglutidos por un aparato cuyo funcionamiento requiere la existencia del capitalismo y es imposible sin él5.
La noción de organización obrera reformista, sea sindical, sea política, no tiene hoy ningún sentido. Las de verdadero origen reformista son un despojo del pasado liberal del capitalismo sin otra realidad ni porvenir que participar más o menos en la administración y en la degeneración del sistema. En cuanto al stalinismo, inútilmente se le auscultará en busca de algo reformista. Emanación directa de la contrarrevolución rusa, que le da alma y cuerpo, tiene clara consciencia de que su porvenir está en la expropiación de los monopolios... por su poder monopolizados, en el capitalismo supremamente centralizado. Su propio democratismo cuando se encuentra al margen del poder, no tiene nunca realidad sino para otros representantes del capital. En lugar de someterse a la burguesía, el stalinismo sabe, por no pocas experiencias ya, que en determinadas circunstancias es la burguesía quien le pide asilo y orden. A la recíproca, el capitalismo occidental sabe que sin el stalinismo habría sido imposible su restablecimiento y su crecimiento desde la guerra acá.
No menos monstruoso es afirmar que esas organizaciones defienden a la clase obrera, siquiera dentro de la explotación. Cada "huelga" es una jugarreta hecha a los trabajadores y las que no son declaradas con el único objeto de que la dirección sindical negocie con Estados y patronos y aparezca como portadora de "la solución", lo son para cortar una agitación que llevaría a una verdadera huelga. Cada día se impone con mayor fuerza la evidencia de que para defenderse en lo inmediato, como para lanzarse al ataque del sistema, la clase obrera necesita imperiosamente arrancarse el grillete sindical. Mil huelgas salvajes en Europa y en América constituyen demostración irrecusable, excepto para mentes conservadoras que prefieren entrar en contradicción con la realidad viva antes que con lo dicho por Trotsky o por Lenin en otra época. El espantapájaros de una "enfermedad infantil del comunismo" les hace caer de bruces en una mísera senilidad precoz.
Si los revolucionarios pudiesen decidir la elección que la Liga ofrece al proletariado: las organizaciones existentes o ninguna organización, y bien, elegirían sin la menor vacilación: fuera las organizaciones existentes, seguros de que, a partir de ahí, en cada unidad de trabajo y en la totalidad de ellas los obreros se defenderían contra el capital, por sí mismos, mucho mejor que entregados a aquellos organismos que el capital les delega como "representativos". Cada revolucionario ganaría la posibilidad de dirigirse libremente a la totalidad de la clase, cosa que hoy impide la represión sindical como parte que es de la represión capitalista en general (¡Mayo de 1968!). La propia Liga ganaría terreno en tales condiciones, al menos mientras los obreros no se diesen cuenta de que en la práctica su política es más reformista que revolucionaria. Empero, la realidad no admite condicionales. Ahí están las centrales sindicales agañotando ley en mano y prejuicios mediante a toda una clase. A los revolucionarios no les queda más remedio que abrirse camino al margen de los sindicatos y contra ellos. Tampoco hay otra manera de presentar reivindicaciones socialistas.
La Liga se propone pues ir a la conquista de las direcciones sindicales hasta colocar gente suya allí donde reinan los Seguy, Krazuki, Bergeron, etc. De las reivindicaciones que cuenta agitar con tal finalidad, la más altisonante es la de "control obrero de la producción", cuya significación está envuelta de grandísimo confusionismo. En general, la clase obrera aprueba esa demanda, pero debido a que la interpreta como dominio o gestión suya de la producción, no como lo que en verdad es: un derecho de fisga de los obreros en los asuntos de las empresas capitalistas gestionadas por el propietario, privado o estatal. Independientemente de la validez de esa táctica, la Liga debiera declarar sin equívoco, si en su concepto e intención al día siguiente de lo que ella llama revolución socialista debe continuar en funciones el tal control, o convertirse en el acto en gestión obrera de la producción y la distribución. Vista su concepción de lo que es una transformación estructural de la economía, no puede contemplar esa transformación sino en un futuro lejano, impalpable. Mientras tanto —período de transición, dirá ella— gestionarían desde la cúspide sindical y estatal quienes ocupasen el lugar de los Seguy, Krazuki, Bergeron, etc. Los trabajadores continuarían teniendo que vender su fuerza de trabajo para vivir y los productos de su actividad seguirían siéndoles ajenos.
Fuere lo que fuere en concepto de la Liga-IV Internacional, con su táctica y estrategia la burocracia sindical y política existente vivirá luengos y felices años, indiferente al zumbidillo de los aspirantes a substituirla. Y si por acaso una situación revolucionaria amenazase su dominio, y bien, la Liga-IV Internacional y demás controlistas le ofrecen en bandeja lo indispensable para salir de apuros y entronizarse como explotadores directos. En efecto, la dolorosa experiencia de la lucha de clases ha demostrado, desde la España de 1936-37 por lo menos, que en plena acometividad victoriosa la clase trabajadora se aferra a los instrumentos de producción y sin andarse por las ramas establece arreo su propia gestión. Luego viene, cual sucedió en España, el poder político y sindical de las organizaciones dichas obreras, en cuyo pro tanta tinta gasta la Liga, a arrebatar a los trabajadores gestión y economía. ¿Cómo? Mediante el control obrero y la nacionalización. Las dos consignas salieron, no del proletariado, sino de las secretarías stalinistas, por no decir de la embajada rusa.
Por ese camino se llega hasta un Franco o un Kadar cualesquiera, a la derrota y la desmoralización del proletariado. Pero la Liga ignora de todo en todo la experiencia de la revolución española. No conoce otra táctica que la de la revolución rusa, el Programa de Transición que por añadidura interpreta en forma derechista, porque ni tiene el arranque de los bolcheviques ni sabe discernir la nueva situación en que se encuentra. Sin ir más lejos, habla y gesticula como si los dirigentes stalinistas fuesen Kerensky en potencia, tratándose en verdad de Kornilof de un nuevo tipo, o sea, de Stalin. Así ha aparecido bien claro durante la revolución española y reiteradamente después. Empujándolos al poder, la Liga no da muestras de clarividencia revolucionaria, sino de flébil psicopatología masoquista.
Refutado el punto más radical táctico-estratégico del programa liguero es supérfluo pararse a comentar el resto, aún más desatinado. Pero debe añadirse, acabalando esta crítica, que incluso puestos en práctica por la Liga y similares (Lutte Ouvrière, lambertistas, etc.) el control obrero y la nacionalización de la economía nos meterían de rondón en el capitalismo de Estado, antípoda del socialismo. El Estado post-revolucionario es un valladar contra el enemigo de clase, no el tutor de los trabajadores. No será propiamente hablando un Estado, cual afirmaba Engels. Convertido en propietario embolsador de la plusvalía su extinción resulta inimaginable. Por todo ello, sigue y seguirá siendo oportuno repetir las palabras de Marx: "Reneguemos como de la peste de quienes colocan la sociedad por encima del individuo". La Liga retrocede bastante más, pues coloca por encima del individuo y del proletariado algo peor, no la abstracción social, sino el Estado, concreción coercitiva de una falsa abstracción social, sin base en el individuo.
La dialéctica de la revolución mundial nada tiene que ver con las chapucerías y hoquedades de la Liga-IV Internacional. Emana, claro está, de la contraposición de los instrumentos de trabajo en su forma capitalista y la fuerza de trabajo en su forma capitalista también, uno y otro factor considerados sin excepción de país alguno. A los primeros, dicha forma los retiene en un crecimiento mínimo y ya perjudicial al devenir por su forma misma, mientras el segundo vegeta en su recinto salarial, cada día más rebajado cualitativamente y políticamente, en su saber técnico y en su libertad, desposeído en proporción directa a la acumulación de la riqueza. Cada uno por separado está en contradicción con su naturaleza actual, y ambos, abarcando la sociedad entera, con la naturaleza que el capitalismo les impone. Ir a buscar el factor activo y resolutivo de dicha contradicción, o tan siquiera un sucedáneo del mismo, en Rusia, China, Vietnam, países atrasados, organizaciones políticas y sindicales tradicionales, es meterse dentro de las estructuras capitalistas que se trata de hacer reventar. No puede en manera alguna haber otro factor de tal género que la clase trabajadora en su conjunto, y no por su simple existencia, sino en rebelión contra su existencia, o sea contra su condición de clase asalariada. No hay ni podrá haber jamás otro conducto de desenvolvimiento práctico del proceso dialéctico de la revolución mundial, hasta el desenlace.
Los instrumentos de producción son y serán siempre factor pasivo, mal que le pese a un materialismo de paga y automación, por no decir de pan y agua. Es el reflejo subjetivo de sus condiciones y exigencias en el segundo y único factor apto para aprehenderlas, cargado a su vez de exigencias propias y sin el cual no existirían las otras, porque en el fondo son también exigencias suyas, las que consienten a éste, a la clase trabajadora pués, desempeñar el papel activo y resolutivo de la contradicción general entre el actual sistema mundial y las necesidades humanas cifradas por ahora en ella.
Todo eso, en realidad elemental y que debiera ser indiscutido hoy, cae lejísimos de las cogitaciones y politiquerías de la Liga, que extiende a tantos polizontes stalinistas títulos de apoderados universales del proletariado. Ignorándolo, se cierra la posibilidad de ver cómo se ha desarrollado y proseguirá desarrollándose en el futuro la dialéctica de la revolución mundial. La lucha práctica no está por comenzar, sino interrumpida desde 1937. El capitalismo resultó victorioso de ese primer embate que duró 20 años. Pero desde 1923 el proletariado no sucumbió en ningún país a manos de la burguesía. Afirmarlo es miopía o vil demagogia; sucumbió a manos del stalinismo, ya por su intervención política, ya por su imposición policíaca, cuando no combinando ambas. La contrarrevolución rusa tenía que impedir la revolución doquiera surgiese, aun en los casos en que el beneficiario inmediato no fuese ella. La solidaridad de sistema primaba sobre toda otra consideración. Hitler o Franco en el poder eran para el Kremlin una garantía de su propia continuidad, por más que representasen, sobretodo el primero, una amenaza militar. Los poderes capitalistas se baten entre sí para saquearse, pero ninguno va a fomentar contra el otro una revolución que caería sobre su propia cabeza inmediatamente después. La historia de la lucha de clases entre guerra y guerra se sintetiza así: una oleada revolucionaria iniciada por Octubre rojo, que recorre cuatro continentes, sin aflojar en un sitio sino para recrudecerse en otro y que va siendo contenida, país tras país, por el Kremlin a través de sus partidos y finalmente paralizada en España por la represión stalinista subsecuente a la sublevación contra el partido ruso en Mayo 1937, represión que introduce "30 años de paz franquista", repercute en el apoteosis del stalinismo después de la guerra mundial y encadenando el proletariado internacional a la productividad por hora-hombre.
La desnudez teórica de tendencias como la Liga la mide en toda su enormidad el hecho de que el poderío nacional e internacional del Kremlin haya ido extendiéndose en proporción directa al retroceso y a la paralización del proletariado, asegurando de rechazo tranquilidad y prosperidad al capitalismo occidental, sin que ellos, pretendidos vigías de vanguardia, se estremeciesen o lo percibiesen siquiera. Menester es decirles que se trata de un saldo negativo de la dialéctica de la lucha de clases mundial, del cual, en fin de cuentas, sus propias ideaciones son mero subproducto.
La reavivación del combate interrumpido no podrá tener lugar, por mucho que se repitan alzamientos como los de Berlín-Este en 1953, Hungría y Polonia en 1956, Francia, Checoslovaquia y México en 1968, Polonia otra vez en 1971, sin que alguno de ellos conlleve, dentro de la rebelión contra el sistema existente, el segundo y supremo factor subjetivo. Pero éste no se deja definir hoy por la consabida y abstracta "adquisición de consciencia revolucionaria"; tiene que ser, concretamente, consciencia de que cualquier nación de las oficialmente designadas socialistas es tan capitalista como las de Occidente y aún más reaccionaria; consciencia de que "el socialismo de faz humana" y la simple revolución política en los primeros son embaucos esterilizadores de la acción proletaria; consciencia de que el comunismo empieza en la administración, por la clase trabajadora entera, de la producción y de la distribución y de que por consecuencia la nacionalización de los instrumentos de trabajo y el control obrero son un mortal cepo; consciencia, en fin, de que el stalinismo, esté en el poder o en la oposición, constituye parte integrante de la explotación mundial, y con él los sindicatos. Fuera de eso, cualquier rebelión obrera, por muy amplia que sea, lejos de reanudar la lucha por la revolución en el mundo se saldará por nueva derrota y nueva desmoralización.
La dualidad tesis-antítesis que bajo forma de capital y salariado teje toda la trama de la civilización capitalista, no llegará al punto de su ruptura y síntesis revolucionaria sin que la nueva generación asimile cuantos conocimientos se desprenden del primer embate pro revolución mundial. Al proletariado no le basta encarnar la antítesis, pues la negación del sistema y la síntesis en otro requiere una identificación certera de las organizaciones e ideas enclavadas en la tesis, por origen o por asimilación, y también de las que bambolean entre tesis y antítesis.
La Liga-IV Internacional y demás tendencias que acrecen su fuerza gracias a la usura del capitalismo en general y en particular del capitalismo stalinista, contribuyen a una futura derrota, cualquier éxito obtengan. Su trabajo no acarreará consecuencias positivas sino en la medida en que sus militantes, alertados por la tremenda experiencia de 50 años, se sacudan de encima las chapucerías y rutinas oportunistas que ellas les inculcan.6
G. Munis
Nota. Reedición de «Análisis de un vacío», publicado en dos partes en Alarma, nueva serie: n.º 19, octubre de 1971 y n.º 20, primer trimestre de 1972. El texto es el mismo, sin ampliaciones: la separata une las dos partes en una sola (suprime el aviso «Continúa en el siguiente número», las fechas «Octubre 1971» y «Enero 1972» y la remisión a «la primera parte de este trabajo (Alarma n.º 19)»), numera las notas seguidas (2 a 6, tras la 1 del prólogo) y añade la 7, sobre la primera publicación; corrige o cambia además algunas lecturas («por las imposiciones» por «para las imposiciones», «Trotsky» por «Trotzky», «salariado» por «salariato», «He aquí una dialéctica» por «He ahí...»). Va precedido de un prólogo y seguido de «Cincuenta años después del trotskismo», fechado en mayo de 1982; el conjunto está recogido en El trotskismo stalinizado del archivo.*
Consúltese: "El S.W.P. y la guerra imperialista", folleto crítico del Grupo Español en Méjico de la IV Internacional; Méjico 1945. ↩
Véase la voz guerrilla, en "Léxico de la truhanería política contemporánea, comparado con el léxico revolucionario", en Alarma, números 14 a 17. ↩
Tocante a la idea de enderezamiento del régimen ruso mediante una simple revolución política, consúltese La revolución ninguna, en ALARMA, nueva serie, n.º 9. ↩
En un congreso internacional de psiquiatras celebrado en Méjico, los asistentes quisieron tratar el caso de la utilización de esa ciencia en Rusia como arma represiva. La delegación rusa amenazó retirarse, secundada por la de la India. Los restantes señores psiquiatras y psicoanalistas se inclinaron. Los descomplejadores están visiblemente acomplejados de servilismo hacia los poderes existentes, y no sólo en Rusia. ¿O se tratará quizás de un inadvertido complejo de castración? ↩
Léase: "Les syndicats contre la révolution", por B. Péret y G. Munis. ↩
"Analisis de un vacío" fue publicado en los números 19 y 20 de Alarma (Nueva serie) correspondientes a octubre de 1971 y 1er trimestre de 1972. ↩