Alarma, tercera serie, n.º 15, 1983, separata Análisis de un vacío. Cincuenta años después del trotskismo (Barcelona) (págs. 3-5). PDF del número completo
El mérito más imperecedero de la tendencia trotskista a su fundación, consiste en haber salido por los fueros del internacionalismo apenas la burocracia moscovita mostró su hilacha nacionalista, trasunto de su cazurro echar mano a la plusvalía. Eso le despejaba un horizonte de invención teórica tan ilimitado como lo requiriesen los imperativos emancipadores de la clase explotada de Este a Oeste y de Norte a Sur. E iba a hacerse indispensable un amplio renuevo teórico, en réplica a la inversión reaccionaria del Kremlim y a sus repercusiones letales en el mundo entero. Por lo tanto el trotskismo, siendo la única corriente internacionalista presente en decenas de países de varios continentes, encarnaba, no sólo la continuidad del movimiento comunista desde la Primera Internacional, sino también el enlace pertinente con el porvenir, el que aparecería tras el desbarate de la revolución en España, la guerra imperialista y la posterior expansión industrial.
El período entre las dos guerras mundiales y el que inaugura la muerte de la revolución en España, cuya plenitud aparece después de la segunda guerra, se diferencian inequívocamente por las siguientes principales realidades, causa de otras secundarias:
1.— Durante el primero, el proletariado, alerta, estaba en pié de lucha pro revolución mundial; durante el segundo, los aparatos político-sindicales han causado en él un escepticismo y una inercia cuya desaparición está condicionada por su propio enfrentamiento con dichos aparatos. Se trata de auspiciarlo en toda ocasión.
2.— Durante el primero, la muda contrarrevolucionaria del poder en Rusia, aunque ya en función, no aparecía evidente, sobretodo en el dominio internacional; durante el segundo, al contrario, paredea sin embozo y capital nacionalizado mediante, como gran potencia imperialista en complicidad-rivalidad con la mayor de todas.
3.— Durante el primero, la perspectiva de guerra, por grave que fuese, no aparecía como una amenaza mortal para civilización y humanidad; durante el segundo, el perecimiento de ambas amaga a cada instante, amago que por sí sólo clama por, y justifica, una sublevación general contra el sistema que lo ha engendrado y lo mantiene.
4.— Durante el primero, la economía capitalista, si bien asaz desarrollada para que el proletariado acometiese la revolución comunista, no se había adentrado todavía en el vasto crecimiento del segundo período. Este, que halló vía libre, al igual que la guerra, gracias al rechazo de la revolución mundial entre 1917 y 1937 (Jornadas de Mayo en España) rubrica la decadencia del sistema por ser superfetatorio y asfixiante para el mundo entero, aun sin guerra.
5.— Durante el primer período, las organizaciones políticas y sindicales de abolengo obrero, sin ser ya entonces revolucionarias, conservaban o parecían conservar, según los casos, algo de común con la clase y sus luchas. Ni lo más mínimo de ello en este segundo período. Las entidades dichas han sido y continuan siendo una de las piedras angulares del capitalismo. Mucho peor que colaborar con él al modo de la Segunda Internacional después de 1914, constituyen uno de sus integrantes y no el más fútil.
6.— El capital nacionalizado por el Estado y el dirigismo económico destácanse en este segundo período como la trama estructural adecuada a la etapa enteramente reaccionaria de su todo social; son la prolongación de la propiedad privada de los burgueses, de los trusts y de las grandes compañías multinacionales después.
En resumen, las coordenadas que determinaron la táctica del movimiento revolucionario, y en parte también las de su estrategia, cambiaron tanto de un período al otro, que continuar guiándose por las anteriores conduciría, en lo teórico a la nulidad repetitiva, en lo práctico a la contrahechura de los militantes, en lo político a posiciones cada vez más atardadas, más reaccionarias comparativamente a lo que apremian las nuevas coordenadas. El 1917, las Tesis de Abril, borrando de golpe el programa anterior de los bolcheviques, consintieron el gran aldabonazo de Octubre Rojo. Mucho mayores y más propicias a la supresión inmediata del capitalismo eran, hacia el final y a seguidas de la guerra, las modificaciones que reclamaban reflejarse en nuevas ideas y volcarse en lucha práctica. Pero la IV Internacional no encontró tiempo para pensar en ello, absorbida como estaba en justificar su inverecundo arrimar el hombro a las defensas nacionales (resistencias) prometiéndose y prometiendo la revolución como consecuencia del pateo militar del stalinismo en Europa. Casi 40 años después, todavía no se ha dado cuenta de cambio alguno. Quedó incapacitada para discernir, desde el momento en que falló al Internacionalismo1, es decir, precisamente a aquello que constituía su fundamento más sólido y su campo abierto a futuras innovaciones revolucionarias. Sin visión y conducta internacionalista cualquier organización se convierte en angrajo. Sus propios progresos numéricos son entonces negativos para la lucha proletaria.
Nada de revolucionario provendrá en lo sucesivo de cuanto continua diciéndose trotskismo, si bien de su seno, pero en radical ruptura crítica, se destacarán probablemente elementos jóvenes susceptibles de contribuir a la formación de un partido obrero mundial. Porque se impone cada día más a la mente que, cuando, de tiempo atrás, los organismos stalinistas se descaran como parte inseparable del capitalismo en general, del estatal y su imperio en particular, mientras los ex-reformistas y los sindicatos de su bordo prosiguen su carrera de "buenos administradores de los negocios" occidentales (díjolo León Blum hácenlo hogaño Mitterrand, González, Palme, Papandreu, etc.), el principal factor de desconcierto ideológico y de engaño para quienesquiera sean potencialmente revolucionarios, es la IV Internacional y afines.
La Liga Comunista cuya crítica se leerá continuación, es la de Francia. Pero cada palabra vale, línea a línea, para la de España, calcamonía de la primera. Siempre vale más criticar el molde que lo moldeado. No se descubre siquiera sobre qué hacer referencia concreta a la segunda. Es idéntica la actitud cómplice de ambas ligas respecto de PS y PC, así como su despreciable pordioseo cerca de los respectivos poderes gubernamentales. El cumplimiento de las promesas electorales, su énfasis principal frente a las "izquierdas" gobernantes, representaría, realizado, la reanudación del crecimiento industrial anterior, y por ende mayor dominio del capital sobre el trabajo.
Ambas Ligas tienen también de común no haber conocido la fase revolucionaria del trotskismo, lo que no es culpa de ellas. Sí lo es, en cambio, no haberse dado cuenta de que el trotskismo a que adherían se había autocastrado.
Organización o lucha reivindicativa, nada vale en la actualidad para la clase trabajadora que no se encamine a la supresión del sistema capitalista.
G. Munis
Nota. Prólogo sin fecha (el texto que cierra la separata, «Cincuenta años después del trotskismo», está fechado en mayo de 1982). Presenta la reedición de «Análisis de un vacío», publicado por primera vez en Alarma, nueva serie, n.º 19 y 20 (I, octubre de 1971; II, primer trimestre de 1972). El conjunto está recogido también en la recopilación El trotskismo stalinizado del archivo, que lo fecha en 1982.*
La perversión terminológica, casi universal hoy, hace conveniente precisar que el internacionalismo de que habla el Kremlin es mera antífrasis de un colonialismo "sui géneris", pero en nada esencialmente diferente del antiguo. Para mayor conocimiento del derrumbe ideológico de la IV Internacional en tal aspecto, consúltense los opúsculos: "El Socialist Workers Party y la guerra imperialista", "Lettre ouverte au P.C.I." (Sección francesa), por Natalia Sedova-Trotsky, B. Péret y G. Munis, más "Explicación y llamamiento a los militantes, grupos y secciones de la IV Internacional", documento de ruptura de la Sección española, origen de Fomento Obrero Revolucionario. ↩