Alarma, n.º 17, diciembre 1983 (págs. 8-10). PDF del número completo

Es bien sabido, al menos por quienes están al corriente de la verdadera situación en Rusia, que la desigualdad económica entre explotadores y explotados es mayor que en cualquier parte, como también es mayor el número de categorías obreras y las diferencias entre las mismas. La desigualdad entre explotadores y explotados, a la vez causa y efecto del capitalismo, no interesa en este opúsculo sino por relación a la naturaleza y al porvenir de los sindicatos. Baste sentar por el momento que en Rusia como en cualquier país eso plantea la necesidad de la expropiación del capital por los trabajadores, lo que también es imposible allí sin una insurrección que arrase hasta los cimientos todos los dispositivos gubernamentales, comprendiendo el Partido-Estado y la legislación. La burocracia stalinista sabe, más y mejor que la vieja burguesía intensificar la explotación acelerando el ritmo de trabajo e introduciendo en el proletariado la rivalidad de las categorías. Es el recurso tradicional que "estimula" la productividad y del mismo golpe substituye intereses heterogéneos inmediatos al interés general anti-capitalista, lo individual y conservador a la lucha revolucionaria común. En ese como en otros aspectos, los "aparatchiks" (1) los "natchalniks" sindicatos y políticos rusos, han dado ciento y raya a los de Occidente(2).

En Rusia, los obreros jefes de equipo sacan de la explotación de sus camaradas de equipo un provecho proporcional a la productividad de éstos. Ven pues aumentar su paga gracias a la explotación de los simples obreros, sintiéndose así empujados a intensificarla. Los stakhanovistas son pues convertidos en enemigos de sus propios camaradas de trabajo, en forma mucho más inconciliable que en Occidente los contramaestres, cuya paga mejor es fija. No hay nada de asombroso en ello, a menos de ignorar que en Rusia todo ha sido vuelto del revés. Substituida la revolución por la contrarevolución, una dictadura capitalista dicha del proletariado falaciosamente, presenta -de hecho impone- como socialistas, las medidas y las ideas más repulsivas del capitalismo tradicional.

La Ley del Trabajo aprobada en 1939, decreta: "Las características de la dinámica de los salarios en los paises capitalistas es la nivelación de salarios entre obreros especializados y no especializados. En la remuneración del trabajo, la nivelación pequeñoburguesa es el peor enemigo del socialismo. Desde hace largos años, el marxismo-leninismo lucha sin tregua contra esa nivelación".

Tantos años, en efecto, cuantos se han pretendido dar el pego presentando el crecimiento industrial mediante el trabajo asalariado como un hecho socialista, y ratificación del marxismo. Por el contrario, el pensamiento revolucionario, muy en particular el de Marx, se fija por objetivo inmediato la abolición de tal clase de trabajo y la nivelación económica de la sociedad en la satisfacción ilimitada de necesidades y aspiraciones individuales, igualdad y libertad supremas indispensables al florecer personal y colectivo. Sin aspirar a ella, sin practicarla, nada revolucionario puede hacerse en la actual encrucijada histórica.

Dejo aquí de lado, deliberadamente, la cuantía y la calidad muy dudosas del crecimiento industrial ruso. Importa más precisar que en los viejos países capitalistas la diferencia de salarios en el seno del proletariado es un hecho consumado, resultante directo del mercado entre el capital y la fuerza de trabajo. En Rusia, por el contrario, ha adquirido la validez de un principio, es una ley institucional, y por consecuencia combatirla es un crimen punible por la justicia estatal. La relación tradicional entre capital y trabajo, que la burguesía no supo nunca justificar en cuanto relación social, de hombre a hombre, sino tan sólo por el subterfugio del "derecho sagrado de propiedad", mismo que se vuelve contra ella tan pronto se considera propiedad, no los instrumentos de trabajo, sino todo lo necesario a las exigencias materiales y espirituales de quienquiera, dicha relación social ha sido tranformada en Rusia en relación natural y definitiva entre capacidades diferentes. Así, a las clases y categorías sociales delimitadas de hecho por la riqueza, suceden esas mismas categorías delimitadas en derecho por sus capacidades de producción y sus funciones especiales. La delimitación de hecho por la riqueza cobra importancia en lugar de perderla. Peor aún, ahí apunta una justificación biológica de la explotación del hombre por el hombre.

Nótese, además, que los contratos de trabajo impuestos por los sindicatos rusos tienen por principal objeto poner la clase obrera a merced del capital, incluso en lo jurídico, puesto que garantizan el cumplimiento y el sobrepase del Plan de producción estatal en cada uno de los establecimientos(3) Se trata de arrancar a la mano de obra tantos de producción cada vez mayores:

"(...) Lo principal de las obligaciones contratadas debe ser pedir más a cada obrero. Sin un reforzamiento de la disciplina del trabajo, sin una lucha enérgica contra las transgresiones de la disciplina del Estado y del trabajo -tramposos, holgazanes- no puede haber verdadero cumplimiento de las obligaciones establecidas en el contrato colectivo" (4).

La palabra contrato es una marca al hierro candente para cada obrero y para la clase entera. Colectivo o individual, verbal o escrito, "libre" o impuesto sin disimulo, el contrato de trabajo es el garabato legal de su condición de clase esclava, asalariada por el capital. Esa es la definición y los términos mismos de Karl Marx. Bastan de sobra para poner en la picota la supercheria de los nuevos explotadores rusos. Ni capital ni salariado caben en una economía socialista, y por lo tanto el contrato de trabajo, o sea, las condiciones de alquiler de la mano de obra, no pueden realizarse en ella, debido, sencillamente, a la desaparición de las partes contratantes. Los instrumentos de producción dejan de ser capital y la fuerza humana de trabajo pierde su carácter de mercancía en venta. Unidos en una sola entidad económica y social, quedan tan exentos de cualquier obligación contractual como los individuos consigo mismos. El contrato de trabajo ruso se inscribe, por su sola existencia, en los lazos y relaciones sociales característicos del capitalismo. Pero en sus "innovaciones", particularmente en el odioso papel de cómitres que los sindicatos desempeñan, transparece el tétrico contorno de una sociedad en degeneración, cuyos déspotas parecen más aptos que quienesquiera otros para quitarle el resuello al proletariado.

En efecto, tales contratos, cuya cláusula principal consiste en sacarle al obrero el mayor rendimiento posible, son elaborados por los sindicatos y tras la formalidad de la aprobación gubernamental, -puesto que inspirados por el gobierno- en los sindicatos recae la obligación de estimular el servilismo por la promesa de mejor paga, de amenazar o de denunciar a la vindicta de las leyes a los hombres indóciles al cumplimiento de los imperativos de la explotación. La resistencia, no digamos la lucha para ganar más trabajando menos ("el derecho a la pereza"), que el movimiento revolucionario mundial ha considerado siempre como un mérito del trabajador y una exigencia del progreso histórico, el gobierno ruso los fustiga con desprecio y los castiga como un crimen, siempre por vía sindical.

Así pues, a ojos del proletariado ruso los sindicatos aparecen como los organismos inmediatamente explotadores y responsables de las sevicias características de la contrarevolución. Hay tal cantidad de documentos demostrativos de lo dicho, que llenarian varios volúmenes. Imposible enumerarlos aquí. Pero si cabe recomendar, a cuantos lo duden, comparar, textos en mano, los contratos de trabajo rusos con cualesquiera otros, los de la España franquista incluidos.

Es indudable que una de las grandes debilidades del movimiento revolucionario mundial, causa importante, entre otras, de su exiguidad presente, reside en no haberse alzado contra tal ignominia. Basta ampliamente, en esta obra, recordar algunos otros rasgos de significación y de alcance no menos reaccionarios. En efecto, las leyes que prohiben a los trabajadores cambiar de patrón sin la autorización previa del patrón mismo (hoy inexistentes en todos los antiguos países capitalistas), que instauran el salario directamente proporcional a la producción de cada obrero, o sea, el trabajo a destajo, sin hablar de las primas por "chivateo" y servilismo; las leyes que castigan mediante multas, suspensión temporal del trabajo, despido o condena a trabajo forzado los retrasos, las ausencias u otras transgresiones a la disciplina"; las leyes que transforman en algo honorable y contante lo que el pensamiento revolucionario considera avilante y traidor; en suma, cuantas leyes constituyen el potro de tortura que destroza al proletariado músculo y mente mucho más que en parte alguna, aparecen en el mundo ruso como inspiración y obra de los sindicatos. El poder ruso presenta su imposición policíaca cual si el látigo y la esclavitud fuesen solicitados y decididos por la clase obrera misma, por añadidura, los campos de trabajo forzado -de "reeducación", reza el jesuitismo oficial- cementerio de millares y millares de obreros, muy particularmente de los revolucionarios, son un procedimiento aposta elegido para rebajar el salario medio y evitar el paro, son también "instituciones" creadas por iniciativa sindical. Los sindicatos llevan parte en los beneficios, junto con el Estado y el instrumento predilecto de éste: la policía.

Podría arguirse que los sindicatos, como nadie ignora, no actuan en Rusia por iniciativa propia. No por ello es menos completa su descalificación desde el punto de vista de los asalariados. La experiencia mundial indica, desde fecha lejana, que en su estructura orgánica y en su función tocante a la clase obrera, algo pre-existía en ellos de propicio a su transformación en engranajes del más centralizado y el más absoluto de los capitalismos. Si los sindicatos rusos obedecen ciegamente las órdenes del gobierno, no son sino despreciable instrumento del mismo; pero los propios dirigentes sindicales integran las más altas jerarquías del Partido y del Estado, y por lo tanto son copropietarios del capital anónimo, al mismo tiempo que dirigentes "obreros". Jamás sindicato patronal alguno imaginó aherrojamiento tan cabal de la clase obrera trabajadora entera.

La función sindical se confunde por completo en Rusia con la función explotadora del capital, sin excluir su aspecto policíaco. El sindicato es al mismo tiempo patrón, contramaestre y gendarme. Representa en cada fábrica, en triunvirato con el director y los técnicos -todos miembros distinguidos de la célula del Partido y del sindicato- lo mismo que representaban los consejos confidenciales hitlerianos (Vertrauensrat). La fusión completa del capital y del Estado-Partido suprime la más leve autonomía sindical, despareciendo por consecuencia incluso la limitada posibilidad de reivindicación dentro del capitalismo, que fue la actividad única de los sindicatos. Para el proletariado ruso no es ya cuestión de aprender esa noción, porque llevan decenios padeciendo sus terribles consecuencias.

En la trayectoria de la sociedad rusa hay una ruptura neta entre el período soviético y el período sindical. Los soviets fueron organismos representativos de los trabajadores, ejecutores de su mandato y de la revolución. Los sindicatos son mero organismos de regimentación, ejecutores de las órdenes de la contrarrevolución. Mientras los soviets iban siendo paralizados, hasta ser disueltos, los sindicatos iban cobrando importancia y prerrogativas. Al mismo tiempo la burocracia descubría y afirmaba su naturaleza contrarrevolucionaria. El proletariado fué rechazado y amordazado, a tal punto, que en ninguna otra parte ha sido aherrojado de manera tan absoluta como en Rusia. No son, cierto, los sindicatos por si sólos los que han inspirado la contrarrevolución y dádole sus cimientos capitalistas. Una y otros proceden de una mezcolanza de intereses e ideas de origen burgués, escoria de la época zarista y del sistema mundial, en el seno de la revolución, cuya expresión humana fué la alta burocracia administrativa, técnica y política. Lo que podría llamarse burocracia sindical, no constituye allí sector delimitado, sino que procede de aquellas tres categorías, cada vez más confundidas entre sí. No obstante, fueron las circunstancias históricas subsecuentes al fracaso de la revolución comunista (5) las que engendraron empíricamente la forma particular de esa contrarevolución, convirtiendo los sindicatos en parte integrante e inseparable de la casta de omnipotentes capitalistas estatales que rige la inmensa sociedad anónima falazmente llamada Unión Soviética.

La interpenetración de los sindicatos y de la contrarrevolución rusa no ha sido impuesta por la última ni debida al acaso. Resultó del devenir espontáneo, enteramente mecánico de sus intrínsecas naturalezas respectivas, aunque el gobierno tuviese que asesinar o "purgar" determinados dirigentes sindicales. No atacaba en ellos sus funciones sindicales sino su actitud comunista, real o potencial.

En cuanto organismos, por su propia conformación, los sindicatos se ajustaban por entero a las miras específicas y a la rutina funcional de la contrarrevolución. Para percatarse de ello, basta escrutar a fondo la noción de sindicato.

(Continuará...)


  1. Respectivamente, hombre del aparato y hombre dominador, mandón, términos popularmente utilizados para designar a todas las criaturas del Estado.
  2. Durante la luna de miel de las relaciones americano-rusas, hacia el final de la guerra, jefes de los monopolios yankees (entre ellos Johnston, entonces presidente de la Cámara de Comercio), invitados por Moscú a inspeccionar sus empresas industriales, se hacían lenguas de los "métodos soviéticos" de explotación, que a ellos les impedían aplicar los trabajadores americanos, explicaban a sus interlocutores rusos, que a su vez juzgaban intolerable el impedimento.
  3. Trud, órgano de los sindicatos, 19 febrero 1947. Citado por S. Schwarz: Labor in the Soviet Union; Londres 1953, p. 230.
  4. La revolución de 1917 proyectó y esbozó la desaparición del trabajo asalariado y del capital. Por ello, un crítico reformista de entonces, Zagorsky, definía la economía rusa de la época como "una enorme empresa de beneficencia". A partir de la NEP empieza sin equivocación posible un neto movimiento inverso, que llega a adquirir el carácter de capitalismo de Estado por virtud de la contrarrevolución stalinista. La sistematización de los contratos colectivos ha sido paralela a la aplicación de los Planes quinquenales, y la de éstos al reforzamiento del capitalismo estatal, que se pretende definitivo.
  5. Véase la elucidación de ese problema en mi Partido-Estado, stalinismo, revolución.