Alarma, n.º 22, marzo de 1986 (págs. 6-9). PDF del número completo
"Nada tan fastidioso ni tan árido como el lugar común en delirio"
Marx.
Hace casi 20 años que grupos de diverso origen y modulación teórica se regodean parlando de una crisis de sobreproducción capitalista, según ellos existente, y de un supuesto ciclo guerra-reconstrucción-guerra, vital para el capitalismo, e inexorable salvo corte previo por la revolucion. Crisis y ciclo los ven concatenados como causa y efecto, y ambos a dos, por su existencia la primera, por su amago o por sus conmociones sociales el segundo, como muy propicios, inclusive indispensables a la insurgencia revolucionaria del proletariado. Es su modo y manera de manifestarse materialistas, con sus pujos dialécticos y —¡¿quien no!? — marxistas. En ello se obcecan hasta en sus últimas publicaciones, ya muriente el año 1985. Y no se descubre una sóla excepción entre cuantas corrientes se pretenden, casi son o son de espíritu revolucionario. Conviene decirlo con mayor precisión a fin de evitar equivocos. La ristra de quienes señalan crisis de sobreproducción y ciclo guerrero, va desde la actual paparrucha trotskista hasta los tan poseídos de sí teorizantes bordiguistas de la caida de la tasa de ganancia, vision economista a ultranza de la crisis y de la motivacion revolucionaria (Programa Comunista -Le Prolétaire), pasando por la llamada Corriente Comunista Internacional (Révolution Internationale- Internationalisme- Accion Proletaria...) el Partito Comunista Internazionalista (Battaglia Comunista - Prometeo), más algunos otros grupillos desgajados de unos u otros, casi siempre de vida efímera.
A todos ellos, y desde sus primeras aserciones, Fomento Obrero Revolucionario les dió un mentis rotundo, tanto en textos de organizacion como en trabajos firmados por sus militantes. La hora de la verificacion ha sonado. Empecemos por ratificar:
1º - No existe ni ha existido en los ultimos decenios crisis capitalista de sobreproducción;
2º - El supuesto ciclo guerra-reconstrucción-guerra es, peor que falso, concepción descabellada, aunque la guerra sea lacra inseparable del capitalismo y de cualquier sistema de explotación del hombre.
En concepto y en práctica capitalista, la sobreproducción consiste y no puede no consistir en grandes cantidades de mercancías que no encuentran compradores. Trátase invariablemente de mercancías en general, no sólo las destinadas directamente al consumo humano. También materias primas, máquinas e instrumental técnico, desde el más simple hasta el más complejo, y de cuantos usos existen. El propio almacenaje de esas mercancías es a perdida, sin salvar el de aquellas que no se descomponen. En ese aspecto, la crisis de sobreproducción se caracteriza invariablemente por "la baja ruinosa del precio de las mercancías" y "la destrucción de capital" (Marx). El único paliativo de que en tal caso dispone el sistema existente, es desacerse de las mercancias a cualquier precio, por debajo de los costes. De modo que la plusvalia o ganancia del capital, no sólo no se convierte en dinero o ganancia contante, sino que, mucho peor, la parte de dichas mercancias que contiene capital invertido en el proceso del trabajo, en lugar de reconvertirse en dinero se pierde parcialmente, cuando no toda. La caída catastrófica de los precios llega al paroxismo en la Bolsa de Valores, donde se mide día a día y hacia el futuro, la flaqueza tanto como el auge del capitalismo en general. De ahí la quiebra de muy sólidas entidades transnacionales de la industria, de la banca y del comercio, y en la actividad económica restante, un corte cuantitativo muy severo a la producción. En fin, las inversiones de nuevo capital, ininterrumpidas en condiciones normales y aceleradas en cuanto se barrunta auge, desaparecen hasta los primeros indicios de alza de precios y de revigorización del mercado tanto nacional como internacional.
Lo anterior, tocante al capital en cuanto sistema, de cualquier manera se repartan los daños. Empero, el efecto más devastador de la crisis de sobreproducción concierne al proletariado de cada país. Los despidos de obreros se multiplican. Semana tras semana, son arrojados a la calle decenas de miles de trabajadores. La masa de parados va en continuo aumento, hasta el momento mismo en que la crisis toca su fondo y se inicia un nuevo aumento de la producción. Durante la crisis de los años 30, solo en Alemania habia 10 millones largos de obreros sin trabajo, para una población inferior que la de hoy, en Estados Unidos varios millones más, y asi más o menos proporcionalmente en los otros países industrializados. El vagabundaje, la mendicidad, el "lumpen" proletariado, cundían en Europa y en Estados Unidos. A despecho de las industias de guerra, ellas si en aumento ininterrumpido, la crisis de sobreproducción continuaba todavía aunque ya atenuada, al estallar las hostilidades bélicas, en 1939.
Era necesario repetir, pormenorizando, lo que es una crisis capitalista de sobreproducción, a fin de tomar base para increpar a quienes hablan o han hablado de su existencia, en los últimos años o ahora: vosotros, los crisistas, especialmente los nombrados al principio, habeis errado de todo en todo. No hay ni ha habido crisis de sobreproducción. Ninguno de los sintomas que le son anejos ha estado presente en momento alguno. Ni perdida de capital, ni quiebra de grandes monopolios, ni suspensión siquiera del crecimiento del capital global, no ya su marcha atrás característica de la crisis en cuestión, ni tampoco la "caída ruinosa de los precios de las mercancías". Muy al contrario, los precios y la carestía de la vida en general han ido en aumento incesante, tanto, que gobiernos, dirigistas y patronales consideran un éxito su reducción a poco anualmente. Ahora bien, ese aumento da, por si sólo, prueba terminante de que la demanda de mercancías, o sea la venta, excede a la oferta. Está pués claro que la crisis de sobreproducción es invención fantasmagórica de sus dicentes.
Mas siendo los dicentes en cuestión de un economismo exasperante a fuerza de elementalidad, hay que cogerlos por su lado. De 1974 a 1981 el volumen de transacciones mundiales pasó de 75 mil millones de dólares a 150 mil millones. Desde 1982, las cotizaciones en Bolsa no dejan de subir, incluso con un alza "explosiva de 50% en 1983". El curso ascendente ha sido "continuo desde hace largos años y de una regularidad impresionante". Tras haber hecho literalmente saltar el mercado de valores alemán (más de 50% de alza desde principios de este año, de 100% para determinados valores) el sueco y el neerlandés, le ha llegado el turno al de Paris, donde el horizonte está despejado, "cualquiera sea el resultado electoral de 1986". Todas las Bolsas mundiales están orientadas al alza. En París, el balance mensual trepaba a 16,5%. La semana del 16 al 22 de noviembre, la Bolsa "hacia saltar todas sus barreras". Lo mismo aconteció, antes que en París, en las principales plazas financieras mundiales. En suma, "el alza frenética de Wall-Street ha galvanizado la Bolsa". Y así, 1000 millones de francos en acciones francesas se negocian día a día en Paris. Contando las obligaciones son 6.000 o 7.000 millones de francos los negociados diariamente (1).
(1) Esas y otras referencias no menos elocuentes, en Le Monde de los dias 22, 23, 24, 26 y 29 de noviembre de 1985.
Más que convincente, la verificación negativa es apabullante para los crisistas de cualquier bordo. Han confundido un reajuste técnico con el desbarajuste de la sobreproducción, y por consecuencia, los despidos causados por aquel, con la ingente masa humana de los sintrabajo inseparable de la crisis referida. El paro obrero de estos años, en cada país y mundialmente considerado, no es sino el bién conocido ejército industrial de reserva en trance de adaptación a los nuevos requerimientos de la relación, reafirmada, capital-salariato. Téngase pues por cierto que parte de él no será reabsorbido, por mucho crecimiento económico que presenciemos.
El yerro de los crisistas es tanto más craso cuanto que sus aserciones van a contrasentido de lo dicho al respecto por los revolucionarios, a partir de Marx. Les hubiese bastado atenerse a lo escrito en El Capital referante al asunto, para ahorrarse esa metedura de pata. Y no es que desconozcan los textos, sino que su materialismo zurdo les ha llevado a interpretar como barruntos de su anhelada crisis lo que de hecho era mero residuo de la reorganización industrial. Mas tal espejismo calenturiento se los ha metido en la masa encefálica un artículo de fe de la misma cepa mecanista: creen que el estremecimiento de la sobreproductividad capitalista es factor principalísimo, o bien único, de lucha y consciencia revolucionarias del proletariado. Porque si no, ¿qué motivación material tendría la revolución? Por lo mismo, obcecándose y eslabonando a un desvarío otro mayor, se han persuadido de que el sistema capitalista, a fin de sacudirse la crisis y ajobado por sus ingentes instrumentos de producción, desencadena la guerra a fin de destruirlos en gran parte, y disfrutar luego de otro período de grandes negocios reconstruyende lo destruido. Así, ¡tan simplon y bufo como el huevo de Colon! He ahi, espatarrada al máximo, la calidad de materialismo en que han caído los crisistas sin excepción.
Ante tal jaez de lucubraciones se queda uno pasmado, tantos y tan palmarios son los argumentos, y los hechos que evidencian su delirante mentecatez. Pero basta y sobra ofrecer lo principal. Si la tecnología ha alcanzado, en lo militar, el grado de criminal pericia que se le conoce, débese a que toda ella, en cualquier dominio de la producción que se considere, ya esta, en la actualidad, asesinando hombre y sociedad. Uno y otro aspecto se corresponden e interdeterminan entre sí, y colocan la humanidad, proletariado en delantera, an te el más perentorio de los dilemas: o la revolución comunista, o bien, fallando ésta, la degeneración paulatina de cuanto existe, a comenzar por el homo sapiens sapiens; a menos que sea, de sopetón, la muerte total por la guerra mundial imperialista. Ahí es donde más resalta el colmo de la caducidad del sistema existente, pues el desencadenamiento de la guerra entre los Bloques militares directamente aniquilaría a uno y otro sin distinción, e inclusive los propios estratos y clases explotadoras y dirigentes. Es pués un enorme sinsentido, aún en el mero aspecto formal y estadístico, hablar de un ciclo guerra-reconstruccion-guerra, peor todavía verlo como proyecto deliberado de salvación capitalista. Los mismísimos jefes de Bloques y sus segundones están diciendolo a las claras, no sólo ahora. En la reciente entrevista Reagan-Gorbatchev se ha dicho sin circunloquios que una tercera guerra mundial hay que evitarla, porque a nadie beneficiaría. El propio comunicado oficial del encuentro de Ginebra reza: "ambas partes convienen en que una guerra nuclear no puede ser ganada y en que nunca debe desencadenarse". E insisten en la necesidad de impedir cualquier guerra entre ambas potencias. No significa eso que no pueda estallar, por mucho que no la quieran, pero sí que los contertulios de Ginebra se esforzarán en esquivarla, atizando al mismo tiempo esa forma de guerra imperialista indirecta de que tantos casos se conocen, desde Vietnam hasta Angola, Nicaragua o Afganistan, más cualquier Líbano.
Total, la segunda verificación negativa es tan terminante como la otra. Y puesto que ambas están conectadas, no en el acaecer social, ya se ha visto, pero si, estrechamente, en la ideación de sus postulantes, hay que gritarles: FOMENTO OBRERO REVOLUCIONARIO ha tenido razón frente a todos vosotros, crisistas y recurrentistas.
La razón de tal acierto reside en que, al contrario de los crisistas, para F.O.R. la gran causalidad material de la revolución no es ni podrá ser algo contingente, sino que la da el sistema capitalista como un todo y por su propio ser en la etapa actual, inclusive en el menos malo de sus funcionamientos, o sea, el mejor para él. Y engendrada por esa causalidad general, se da otra no menos material, la más motivante y premiosa: la necesidad, que es al mismo tiempo posiblilidad, de que el proletariado deje de ser proletariado. Esta segunda causalidad refuerza y realza su importancia porque conlleva, a flanco de su basamento objetivo, la subjetividad humana en pugna por transformar el mundo transformándose a sí misma. Abriga pués la consciencia revolucionaria, cuya expansión y cristalización en actos suprimirá capital, clases, Estado.
Por ende, a cada gran problema social, en cada enfrentamiento cotidiano con el sistema actual hay que aprontar la solución revolucionaria, con la mayor netitud, lejos de escarceos diletantes. Naufragarán quienes no se muestren capaces de hacerlo.
Diciembre 1985 G. Munis