Alarma, n.º 22, marzo de 1986 (págs. 1-3). PDF del número completo

En contraste con la situación presente, y sin remontarnos a los años anteriores a la dictadura del "Caballero de Cristo", ¿en que momento la multitud humana que crea toda la riqueza ha representado una fuerza propia, en marcha hacia su objetivo, una fuerza respetada y temida por sus enimigos? El recuerdo esta todavia cercano: en años anteriores a la muerte del sanguinario sujeto, y tambien en los posteriores. Despues, la pasividad, la renuncia, el sometimiento han ido cundiendo en toda la clase. Enésima e inequívoca confirmación de que el proletariado, o bien es revolucionario, o bien no es nada (Marx). Se convierte entonces, por un tiempo de duración incógnita, en una plasta humana a canalizar y estrujar a voluntad, por sus explotadores directos e indirectos.

Mas todo, y en particular eso, tiene una causa discernible. La del abatimiento que estamos padeciendo es fácil y muy aleccionador ponerla en evidencia. Pero antes de hacerlo aquí y para que nuestro razonamiento sea más convincente, conviene echar un vistazo a lo que respecto al asunto nos dicen otros. Para muchos, la pasividad del proletariado, lo mismo en España que en el área internacional, débese a la prosperidad del capitalismo desde los años 50 acá. Es también lo que sirve de apoyo a no pocos, para hablar todavía de un aburguesamiento de los trabajadores, que suprimiría en ellos toda pulsión revolucionaria. Tampoco faltan quienes estiman que el capitalismo aún no ha dado de sí su máximo y que por lo tanto la hora de su desaparición está por sonar. En fin, porque en ésto, como en la viña del senor de todo hay, existen incluso quienes se salen por peteneras con un simplismo y un desparpajo de sacamuelas. Según su decir, lo que pasa es que el proletariado no puede, ni sabe, ni quiere hacer la revolución. Lejos de portar en si la necesidad del comunismo, es una clase adherida al capital, dentro de la cual cada uno de sus componentes no tiene otra mira ni interés que conservar el puesto de trabajo, a lo sumo cobrar mejor salario, en manera alguna suprimir el salariato en cuanto sistema de trabajo y consumo para la mayoría. Así enjaretado es lógica de Perogrullo. Resulta, en efecto, necio esperar comportamiento revolucionario de quienes, clase, partido o individuo no lo son.

Nosotros nos inscribimos terminantemente contra unos y otros. Sus interpretaciones no contienen pizca de verdad. Son aire, pomporitas de jabón con más de común que de diferente entre ellas. La prosperidad del capitalismo desde mediado del siglo no ha ido de conserva con un desarrollo del sistema social existente; es mero crecimiento de las fuerzas productivas, que redunda en perjuicio del desarrollo social en proporción a él. Se trata, por el contrario, de un quiebro involutivo, decadente, degenerativo. Por lo tanto, no puede haber causado la atonía actual. E importante sobremanera, es que el crecimiento provenga, no de sana lozanía del sistema, cual ocurría en otra época, sino del fracaso de numerosas tentativas revolucionarias anteriores a él. Es el por qué de esas derrotas lo que debe ponerse en claro. Han dado al capitalismo una prolongación de vida y sobreabundante riqueza. Ahora bien, la causa está siempre situada, en el tiempo, antes que el efecto, aunque a las veces no se descubra la primera sino cuando el segundo ha tomado cuerpo.

Caso de haber triunfado la revolución social en uno o varios países, la rebelión proletaria - es evidente - hubiese ganado fuerza y extensión en el restante capitalismo. Entonces habría fallado el encuadramiento manso de la clase explotada, condición ante todas primordial para la acumulación ampliada característica del sistema. Invertir los términos presentando el efecto como causa y la causa como efecto, embarulla el pensamiento y lo castra de fuerza transformadora, revolucionaria. Se sigue que hablar de un aburguesamiento de la clase trabajadora es dar prueba de una ignorancia supina, pues no puede darse aburguesamiento alguno sin disfrute de plusvalía, es decir de la explotación. Con lo anterior queda también contradicho aquello de que todavía no ha llegado la hora de suprimir el sistema. No tendrían entonces sentido ninguna de las grandes tentativas de acabar con él habidas a partir de la primera guerra mundial, sin mencionar otros factores que nos meten por las narices el tasto maloliente de la actual podredumbre capitalista.

La pomporita de jabón última se disipa sin dejar rastro al primer argumento. A notar que la semblanza mental de sus parciales, más bien que la de revolucionarios equivocados o no, es la de arbitristas moda siglo XVII. Como éstos, aquellos lucubran soluciones y arbitran medios sacados de su propio magín, al tuntún de su buen querer y entender, pero desentendiéndose de la constante más sólida del movimiento revolucionario desde que existe. Recapacítese que si no existiese una clase social que se viese impelida históricamente, a destrozar el yugo que la unce al capital, nunca habrían salido a la palestra ideas, organizaciones e individuos revolucionarios. Ni aun siquiera existirían nuestros deslavazados inventistas, que son de hecho engendro cansino de una sucesión de fracasos incomprendidos. Y qué venturosa solución columbran? El comunismo, lo mismísimo que apareció en la cancha varias veces secular de la lucha inter-clases, como exigencia desalienante de la clase asalariada, y en su rastro de la sociedad mundial. A contrasentido, los actuales arbitristas aseguran que eso no se alcanzará mediante la rebelión del proletariado, incapaz de ello porque parte integrante del capitalismo. A la meta se llegará pues gracias a un buen acomodo superclases de todas las personas de buena voluntad. Y la fuerza de choque que dará el ejemplo actuante serán los marginados de todo pelo. En suma, es una especie de comunión universal del género humano que sugiere el reino de los cielos

Los referidos explicantes de la pasividad actual del proletariado tienen de común no haber colegido, ni por asomo, la principal causa de ella, aunque varias veces reiterada en importante escala. Por lo mismo, les es también común no comprender la condición indispensable a una nueva oleada revolucionaria internacional. Resumiendo al máximo, el saldo negativo de la lucha mundial no es debido al capitalismo, ni a la burguesía, ni a sus Estados nacionales. Unos y otros estarían enterrados bajo siete suelos de no haber acorrido en socorro suyo un elemento reaccionario nuevo, procedente del seno mismo de la clase obrera, cuya actuación corruptora y traicionera continúa operando hoy. Lo constituyen partidos llamados comunistas, socialistas u obreros, más los sindicatos manejados por unos u otros. Allí mismo donde los organismos referidos no tienen el dominio político-sindical del proletariado, han dejado via libre y ayudado a otros cancerberos: sindicatos ingleses, americanos, nipones, de países musulmanes, de población negra, etc. Y bien, son ellos los que han apuñalado por la espalda al proletariado doquier ha habido lucha revolucionaria. Ahora bién, lo que acontece en cualquier parte del Globo terrestre, sea positivo o negativo, repercute en la clase explotada mundial. Ahí se encuentra la clave de la modorrosa situación actual, y, sacando conclusiones acertadas también de lo requerido en ideas y actuación, para ir saliendo del atolladero que amenaza engullirnos.

Refirámosnos al caso de España, el más cargado de significación entre los muchos habidos. Ya la sangrienta dictadura de Franco sobrevino, no por mérito alguno de éste, siquiera militar, sino porque en la zona Roja la revolución fué alevosamente destruída por el frente popular que el partido de Moscú capitaneaba. Exangüe el proletariado durante decenios, al volver a la liza se ve otra vez encuadrado por los mismos que le entregaron a Franco. No obstante, se batió denodadamente, incluso enfrentándose instintivamente a los organismos sindicales y políticos que lo cusdiaban. Al fin se impusieron dichos organismos, y la parálisis ha vuelto a aparecer en la clase. Balance general: ayer la dictadura retenía en la explotación mediante los sindicatos verticales y cuando no bastaban a palos y tiros; hoy hacen lo mismo los sindicatos dichos democráticos, en consenso con el capital y el Estado, sin que falten tampoco palos y tiros a cada desborde combativo de los trabajadores. Las cosas no han ido mejor en otros paises y continentes. Como en España, los de la misma filiación han machacado combates cuya única salida positiva era la revolución. Por añadidura, han inducido a luchar por causas reaccionarias sólo ventajosas para un imperialismo u otro, lo que ha repercutido en el proletariado de cualquier parte minando su combatividad y desorientándolo en cuanto a ideas. Esa y ninguna otra es la causa de la postración actual de la clase trabajadora, en Espana y donde quiera.

Examinando con todo rigor el saldo varias veces negativo impuesto por los organismos político-sindicales dichos, se desprende la siguiente conclusión: han actuado, no como amigos, sino como enemigos hipócritas de los oprimidos en general, como parte integrante del sistema explotador. En un momento de gran peligro para la revolución, en 1936, el general Queipo de LLano chuleaba desde radio-Sevilla: "cuatro columnas militares marchan sobre Madrid, pero la que será decisiva es una quinta columna que esta dentro de Madrid mismo". Esa, si existía, no se movió en ningún momento. En cambio, sí que intervino otra quinta Columna, más pérfida y destructora, porque, disfrazada de comunista, socialista, antifascista, operaba en el seno mismo de los trabajadores y en toda la retaguardia, directamente contra la revolución. Es ella, sin la menor exageración, la que puso la victoria al alcance de Franco; ella es, también, la que, durante la guerra imperialista y después, cortó todas las tentativas de resurgimiento combativo, hasta meter el proletariado internacional en el atascadero actual. Y elle otra vez, la que desbarató el soberbio impulso de la clase obrera en España, todavía reciente, hasta dejarla, inerme y asqueada, a los piés de los representantes del capital, y a los suyos propios, a la vista está.

Buscar otra causa que esa a la desmoralización que vivimos, es por completo falso, redun da agravándola, y lo que es peor, dificulta al máximo la vuelta a la lucha en mejores condiciones. Por eso nosotros hacemos y haremos sin tregua llamamiento a los trabajadores, en particular a los revolucionarios, a sumarse a nosotros para dar chasco esta vez a dicha quinta columna. Mientras no se logre eso, las más valerosas luchas venideras se saldarán otra vez en favor de los explotadores.

Existe un denominador común entre el partido de Felipe Gonzáles — con o sin su rey — el partido de Carrillo —con o sin sus legatarios y éstos sin él — un Camacho y los sindicatos, sean los que sean, y por otro lado cualquier Fraga, inclusive cualquier Tejero actual o futuro. El denominador común no es otro que la sociedad capitalista, a la cual pertenecen los nombrados. Es lo que a los primeros confiere su calidad de quinta columna en el seno del proletariado. Organizarse contra ella es la única forma de prepararse para la revolución social.

Marzo 1986 F.O.R.