Alarma, tercera serie, n.º 24, mayo de 1987 (págs. 4-7). PDF del número completo
La huelga nacional de los conductores de trenes y de empleados de la SNCF, empezada el 18 de Diciembre del 86, duró casi cuatro semanas y sorprendió al conjunto de la sociedad por su determinación, su método de organización y su rápida extensión geográfica. Esta subida brusca del termómetro social, iniciada con la huelga de los marinos y la protesta masiva de los estudiantes que lograron la anulación del "proyecto Devaquet" (ministro de educación), iba a acelerarse con la huelga de trenes. Esta irrupción espontánea de una fracción importante de la clase obrera, a la inversa del movimiento estudiantil, dará una fiebre de caballo al conjunto de los que sólo ven en el proletariado una masa de esclavos asalariados sumisos ante una explotación jugosa: sindicatos, patronos, Estado, y claro está, la inevitable cohorte de parásitos que viven de esta explotación y que tienen la boca (o la pluma) llena de legalismo, democracia, unidad nacional, pacifismo, y demás groserías para uso y consumo de la clase explotada.
El movimiento se inició en la estación de París-Norte a través de los conductores de trenes (sindicados y no sindicados) por decisión en Asamblea General (AG). Se propagó en 48 horas al conjunto de la corporación. Oposición a una nueva escala de salarios que pretendía recompensar el mérito del trabajador (como en la escuela, puesto que tienen notas), y ya no por la antigüedad, mejoras de las condiciones de trabajo, aumento de salarios, eran las reivindicaciones de los conductores que lanzan su protesta sin que los sindicatos puedan jugar papel alguno, y sobre todo, sin que les de tiempo de impedirlo. Ante el hecho consumado, los sindicatos emplearon sus fuerzas y su felonía lo antes posible para abortar la huelga: la CGT (especie de CCOO) organizará incluso piquetes de trabajo en los primeros días y en ciertos sectores, espléndido esquirolaje de aquellos que sólo saben organizar anti-huelgas para cansar y asquear a los trabajadores; la CFDT (especie de UGT) aceptará el hecho advenido con mucha prudencia mientras E. Maire (su dirigente nº 1) se convertirá en el campeón de atletismo en su categoría haciendo vaivenes entre sus despachos y Matignon (sede del 1º ministro Chirac). En cuanto a F.O. (especie de USO), se opondrá al conflicto, y su dirigente Bergeron hará patéticamente la siguiente declaración: "es una máquina loca que ya no podemos controlar. Es muy grave". Desacostumbrados a movimientos fuera de los sindicatos de esta importancia, la clase capitalista se agitará mostrando su rostro conmovido por el pánico. El primer ministro Chirac habló incluso de "situación revolucionaria insurreccional...". Pero no reprochamos a este primer ministro que no entienda nada de la revolución y que acumule estupideces. Toda la casta política reaccionaria (de derechas como de izquierdas) volverá con angustia sus ojos hacia el sindicalismo francés, única fuerza capaz en el tajo, de contrarrestar, y a fin de cuentas capaz de vencer, al movimiento independiente inicial. Pero a pesar de la voluntad afirmada de tomar la huelga entre sus manos, negándose a los chanchullos de los paratos sindicales, en ningún momento se verá una opsición clara por parte de los huelguistas a los sindicatos como tales, ya que la crítica mayoritaria que se les hará es de ser incapaces de unirse en la lucha. Y es precisamente lo que la base logrará imponer: la famosa "unidad sindical a la base" contra las direcciones "traidoras" tan apreciada de los ...izquierdistas. Sin comprender que esta unidad es anti-obrera, y que su realización durante los acontecimientos obedecía a la necesidad imperiosa de parar el movimiento.
De todas formas, consciente de su fuerza, el movimiento se organiza: AG, comités de huelga, elecciones de delegados revocables, piquetes de huelga, al mismo tiempo que la huelga se extiende arrastrando a los sedentarios. Muy pronto, los conductores crean una coordinación nacional de los conductores para guardar el control de su huelga y de sus reivindicaciones, sin pretender hacer competencia a los sindicatos.
Así pues, la combatividad de los conductores para embarcarse en un conflicto duro "contra las huelgas de 24 horas que no sirven para nada" no se debilitará, al contrario. Incluso se constituirá otra coordinación nacional, inter-categorías (conductores y sedentarios), más radical que la primera que reivindicará una plaza al lado de las organizaciones sindicales para supervisar las negociaciones. Esta dualidad en el movimiento entre la desconfianza ha cia los sindicatos y el reconocerlos como interlocutores responsables, provocará discusiones entre una minoría de huelguistas. Pero las ilusiones sobre el papel de los sindicatos será uno de los puntos centrales, con el corporativismo, que llevará a la derrota.
El gobierno retrocederá sobre un punto, el de la escala de salarios, sobre el resto se mantendrá firme, confiando en el tiempo y en el trabajo eficaz del sindicalismo. A pesar de esto, la huelga recobrará mayor amplitud e incluso se volverá más dura: bloqueos de las vías, piquetes de huelga en los puestos de cambio de agujas etc.. El gobierno utilizará -ayudado por los sindicatos en la práctica- los medios de comunicación para hacer creer que la vuelta al trabajo es inminente, que hay cada vez más huelguistas que dejan la lucha. A ello se añade la movilización de 4000 representantes de las fuerzas del orden capitalistas. Esta ofensiva irá acompañada de negociaciones con los sindicatos, los cuales romperán, muy espectacularmente, una primera vez el diálogo con la patronal, e integrarán la huelga de nuevo, pero esta vez con la aureola de una nueva combatividad. Esta maniobra les permitirá tomar la iniciativa y echar por la borda a los órganos representativos que los trabajadores se habían dado; chanchullo al que todo el mundo se someterá, izquierdistas incluidos.
Al cabo de 15 días, el movimiento inicial iba de capa caída, no a causa de una carencia de combatividad sino esencialmente por su incapacidad de abrirse nuevas perspectivas en una huelga que paralizaba la actividad normal del país. De este impasse, se aprovecharán los sindicatos ayudados por los sindicalistas de base -trotskistas principalmente- cuya actividad anti-obrera tiende a ser cada vez más preponderante para hacer fracasar a las diferentes luchas del proletariado en el mundo (Inglaterra, Bélgica...). No olvidemos que el representante de la coordinación más radical era Daniel Vitry, militante de L.O. y permanente de la CFDT hasta el momento del conflicto.
Si bien es verdad que hubieron puntos positivos en esta huelga, también es necesario recalcar los límites importantes que los movimientos futuros tendrán que sobrepasar y combatir. El más decisivo es el corporativismo existente entre la gran mayoría de los huelguistas, elemento nefasto del cual se aprovecharán todos los que temen en el fondo, un auténtico movimiento emancipador (desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda en su política concreta). La convocatoria de AG, la revocabilidad de delegados elegidos por la base, los comités de huelga, son puntos positivos de la auto-organización, pero también han sido es este caso, la demostración viva de que la forma sin el contenido puede (si no hay pasos hacia adelante) revelarse estéril e incluso negadora de la lucha consciente del trabajo contra el capital. El corporativismo, con o sin los sindicatos (aunque estos últimos sean los que lo vinculan principalmente) conlleva la consolidación de la atomización de los proletarios, los divide por sectores, los opone entre parados y activos, imigrados y ciudadanos, y favorece por ende a la clase capitalista. No es casualidad si los trabajadores de la SNCF han confundido sus debilidades con su fuerza: pacifismo cuando las expulsiones manu militari realizadas por la policía, no intervención contra las sociedades de transporte que han asegurado los viajes de las vacaciones de invierno respetando el famoso "derecho al trabajo" tan apreciado por los sindicatos (¡viven de él!), apolitismo en el sentido más negativo, legalismo en el sentido que siempre han pordioseado el apoyo sindical (preferían controlarlo, a realizar la lucha por ellos mismos en su totalidad), sectarismo en fin (particularmente en los conductores de trenes reagrupados en su coordinación), contra otros proletarios que no formaban parte de su corporación, contra las organizaciones revolucionarias (como la nuestra) expulsadas o no aceptadas en la AG. Si los trabajadores han demostrado una vez más, que se podían organizar por ellos mismos, también han evidenciado que una lucha -incluso combativa- no puede quedarse en la camisa de fuerza corporativista, y que no puede tirar para adelante si no busca o provoca la solidaridad con otros sectores (parados y activos). La consciencia de pertenecer a una clase ha faltado en el fondo, tanto en los huelguistas como en la inmensa mayoría de explotados, y eso tanto más cuanto que para exhibir sus provechos hoy en día, el capitalismo hace vegetar a tres millones de parados sólo en Francia, demostración ejemplar de "la libertad capitalista del trabajo". Los sindicatos pues, sorprendidos y opuestos a ese tipo de movimiento al principio, cogieron el tren en marcha para poder controlarlo y en definitiva, pararlo antes de que desemboque en un conflicto más amplio.
Para que la clase obrera pueda forjar su independencia de clase contra los sindicatos y no a su lado, tiene a través de su movimiento que vislumbrar lo que la técnica acumulada, liberada de las trabas de la eterna búsqueda del provecho, podría ofrecer a la humanidad en su conjunto. Al mismo tiempo, haría falta también que comprendiera que la utilización de esta técnica por el capitalismo y las "ventajas" sindicales que "concede" son peligros para ella misma y para el porvenir del planeta. La estrechez del espíritu corporativista y nacionalista por un lado, y la guerra mundial como posibilidad concreta (no olvidemos las guerras capitalistas sectoriales) por el otro, son las características de la decadencia social del capitalismo. Pero esta comprensión será más efectiva cuando minorías revolucionarias, aprovechándose de la parálisis de la economía a causa de las huelgas, y de la responsabilidad que le incumbe de hecho a la clase obrera, sepan decir toda la verdad: sólo la revolución comunista mundial es una necesidad urgente. Es por esto que el proletariado mundial (sus vanguardias incluidas) debe de avanzar reivindicaciones que no respondan tan sólo a sus preocupaciones inmediatas y legítimas sino que además debiliten irremediablemente las bases de una acumulación del capital desastrosa para el género humano.
La prensa capitalista pudo sacar de sus viejos cajones en esta ocasión, sus estupideces sobre los elementos izquierdistas y agitadores profesionales. Hablaron pues, de los que precisamente tienen la desfachatez de presentarse como minorías revolucionarias. Independientemente de su comprensión de lo que estos izquierdistas representan realmente, eso sirve objetivamente para hacernos pasar por revolucionarios lo que no es otra cosa que un producto de la degeneración del movimiento iniciado en 1917, completamente destruido por el stalinismo mundial y el capitalismo -este último salvado por el primero-, convirtiéndose el stalinismo en el representante capitalista allí donde domina directamente.
En la huelga, estos elementos tan nombrados han ayudado a la derrota de un movimiento, que incluso vencido, hubiera podido ser un punto de referncia más decisivo para el futuro inmediato de la lucha de clases. A pesar de sus decires, los izquierdistas han consolidado el espíritu corporativista que existía masivamente entre los conductores y los empleados de la SNCF en general.
Para el P"C"I (lambertista), (POSI en España), la creación de coordinaciones, impedía la verdadera unidad obrera (léase unidad sindical). Esta unidad, ningún proletario revolucionario la puede desear, se la dejamos pues morirán con ella.
Para la L"C"R era más o menos lo mismo, pero de forma más crítica de cara a las direcciones sindicales... "reformistas". Por esto apoyó principalmente a la coordinación de los conductores, todo y haciendo espléndidas sonrisas a la central CFDT de E. Maire.
De todas las grandes tendencias trotskistas, la más inteligente y por ende la más peligrosa en última instancia, es la de Lutte Ouvrière (Lucha Obrera). Comprendió mejor que las otras la desindicalización obrera, y pasándose de la "ortodoxia trotskista" es capaz en ciertos casos de denunciar a los sindicatos y de llamar a la creación de comités de lucha, e incluso de apoyarlos cuando aparecen. Pero para transformar de hecho las expresiones balbucientes de la auto-organización en un nuevo sindicato por sus objetivos y en cuya cabeza podrían hallarse. Es la táctica que el L.O. empleó en la coordinación inter-categorías, todo y aceptando, claro está, que los sindicatos vayan a negociar con el Estado o la patronal. De boca para fuera, esta organización defendía la extensión y combatía el corporativismo en su prensa pero diciendo en la práctica: "los trabajadores de los otros sectores saben lo que tienen que hacer; no tenemos porqué decírselo. No queremos dar lecciones...". En la práctica, los elemen tos de la clase proletaria explotada en otros sectores del mundo capitalista no tienen derecho de participar en las asambleas de las coordinaciones. A peaar de la influencia evidente que tenía, en el mejor de los casos se callaba sobre este tema. Con esta práctica anti-revolucionaria, Trotsky, del que tanto se reivindican, no hubiera podido ser un miembro responsable del Soviet de Petrogrado, pues que sepamos, nunca trabajó en una fábrica de esta ciudad. A todas las organizaciones izquierdistas les rezuman los poros de sindicalismo, esta sustancia orgánica, indispensable hoy en día para cerrar el paso a la conciencia de clase. Y no hablemos de la política global del trotskismo que enviará a los proletarios a la masacre en el caso de producirse una guerra mundial, en nombre de la "defensa incondicional de la URSS", esta potencia capitalista imperialista que liquidó todo intento de subversión en el mundo entero.
Los revolucionarios han de decir combatiendo (es lo que pretendemos hacer, y es lo que hicieron nuestros camaradas en Francia) la verdad a contracorriente si es necesario. Nuestra lucha no puede realizarse con la aceptación de lo que globalmente nos impone el capital. No hay tácticas ni tactiquillas en este tema. No hemos de someter nuestras reivindicaciones al corporativismo, o a la sumisión de nuestras necesidades a la economía nacional, al parlamentarismo y a su alternativa "izquierda-derecha", a la defensa de la jerarquía social mediante el salario bajo el modo de producción capitalista, a la aceptación de la sobre-explotación en nombre del buen funcionamiento de la empresa, a la aceptación de pseudo-reducciones del tiempo de trabajo que son de hecho, ganancias de productividad para el capital, y así sucesivamente.
Los revolucionarios (fuerza demasiado pequeña en la actualidad) han de llevar una lucha intransigente contra este mundo de barbarie. En las luchas inmediatas (no sindicales, si son luchas) han de apuntar el objetivo único, la destrucción de las relaciones sociales existentes que dependen de las relaciones de producción.
La unión creciente de los proletarios en la lucha, es lo que debemos impulsar para que el comunismo, nuestro objetivo, sea una realidad.
- Menos trabajo y más paga real.
- Reducción drástica del tiempo de trabajo.
- Unión de activos y parados.
- No a los despidos.
- Incorporación de los parados a la producción.
Queremos poner trabas a la acumulación capitalista de forma consciente. Reivindicar, sí, pero para dejar de tener que hacerlo. Los proletarios no tienen que perder más que sus cadenas. Destruiremos el capitalismo. Las luchas limitadas de hoy, trás más de 50 años de revolución, se volverán cada vez más pesadas para el mundo de la explotación. Contribuyamos a que así sea.