Alarme, n.º 1, mayo-junio-julio de 1978 (págs. 9-10). PDF del número completo · Texto original en francés
CONTRA LOS PATRONOS, CAUSANTES DEL PARO Y DE LA CARESTÍA DE LA VIDA
NACIONALIZACIÓN DE LOS SECTORES CLAVE, SIN INDEMNIZACIÓN, BAJO CONTROL OBRERO
Liga Comunista Revolucionaria
En este cartel la Liga «Comunista» «Revolucionaria» hace de los patronos el blanco que los revolucionarios deben fijarse. Enlaza así con una tradición hoy superada que hace del patrono un ogro monstruoso y lo responsabiliza de todos nuestros males. Ese mito del patrono malvado es un instrumento de propaganda que intenta arrastrar al proletariado por una vía muy peligrosa y, bajo la apariencia de la radicalidad, devolverlo bajo los golpes de la explotación capitalista. El patrono no hace más que respetar las reglas del juego del sistema capitalista en el que participa. No es la condición de patrono lo que hay que destruir, sino el sistema capitalista, que es la causa de todos nuestros males.
El cartel, por el contrario, propone un cambio de propietario. Lo que pertenecía a capitalistas individuales pasará a manos del Estado. A él corresponderá el poder de llevar adelante la explotación del proletariado. Podemos estar seguros de que los golpes de ese patrono único, que dispone de un amplio monopolio y de la fuerza del aparato político y policíaco, serán más racionales, más organizados, es decir, más opresivos todavía. La izquierda, con el poder del Estado en sus manos, sabrá mantener el orden en las filas obreras, sabrá arrancarles concesiones, apretarles las tuercas más de lo que lo hacía la patronal, a fin de volver a poner el vagón del capitalismo sobre vías más sólidas y más implacables. El buró político de la L.C.R. (resolución del 5 de abril de 1978) reconoce él mismo que la izquierda «lleva en sí el fracaso para los trabajadores», y sin embargo se propone exponer a sus golpes al proletariado atado de pies y manos.
Hay que plantearse la pregunta: ¿el verdadero problema es el de la propiedad? ¿Ese simple cambio de manos nos llevaría por la vía de la supresión del salariado, que es el fundamento de la explotación capitalista? Un sistema económico se define por unas relaciones de producción, es decir, por las relaciones que mantienen los grupos que participan en la producción. La propiedad y el reparto de las tareas dentro de un sistema son factores secundarios. En ese sentido, capitalismo y trabajo asalariado son rigurosamente inseparables. Ahora bien, con esa consigna de nacionalización el salariado y el intercambio de mercancías no quedan en absoluto afectados.
¿Habría que suponer que el Estado, dueño del Capital, haría avanzar la sociedad por la vía del comunismo? Hay que destruir cuanto antes esa ilusión peligrosa. El Estado no puede ser el organizador del comunismo; esa tarea corresponde al proletariado mismo. Además, ese Estado, para quienes le suponen la posibilidad de ser un arma revolucionaria, tendría que negarse a sí mismo, destruirse como aparato capitalista. Pero ¿por qué ese Estado, perfectamente integrado en el sistema capitalista y partícipe de su lógica, iba a destruirse a sí mismo como por encanto? La buena o la mala voluntad de los gobernantes no tiene nada que ver aquí: se trata de fuerzas materiales que rebasan a los individuos. Un aparato que participa en un sistema no puede sino inscribirse en la lógica de este, para acabar sirviéndolo, aunque su deseo hubiera sido destruirlo. La lógica del capital es implacable: hay que destruirla o hundirse en ella como en arenas movedizas. El ejemplo de la revolución rusa está ahí para recordárnoslo: el capitalismo de Estado (sistema en el que el Estado es propietario de los medios de producción y desempeña respecto del proletariado el mismo papel social que los antiguos patronos), instalado pese a una voluntad revolucionaria, no puede constituir una fase intermedia hacia el comunismo. No es más que la continuación de las relaciones capitalistas, que la revolución social debe destruir.
Para garantizar el carácter progresivo del capitalismo de Estado, el cartel propone establecer el control obrero. Los obreros van a tener, pues, derecho a inspeccionar la gestión del Estado capitalista, la producción; en una palabra, el funcionamiento del sistema que les arranca su trabajo y los explota. Van a aprender las leyes de la rentabilidad, del intercambio de las mercancías entre sí, de la compra de la fuerza de trabajo. El control obrero hace de ellos perfectos gestores del capital: tarea abyecta que traiciona las aspiraciones revolucionarias del proletariado. En efecto, los obreros van a participar ellos mismos en la organización de su explotación, lo que muestra bien que esa consigna es profundamente contrarrevolucionaria. El objetivo del proletariado es destruir las leyes de la economía capitalista, mientras que la L.C.R. querría enseñárselas. En efecto, mientras permanezca en los marcos de la economía mercantil, el proletariado saldrá engañado, porque es la lógica del intercambio y del salariado la que se impone y determina todo el proceso de producción. No puede cambiar nada en él desde dentro. Pues bien, eso es lo que propone la L.C.R.: una modificación del reparto de las tareas dentro de un mismo sistema; las tareas que antes desempeñaba el patrono pasan a ser las de los obreros. Desvía así de la verdadera cuestión, que es la del marco en el que se desarrolla la producción. El proletariado revolucionario no debe comprometerse en modo alguno con el Capital gestionándolo o controlándolo. Solo puede destruirlo. Ahora bien, tomando a los patronos como blanco solo se apunta a una forma del Capital (el Capital privado). No tenemos nada que hacer organizando ese sistema de producción; se trata de cambiar radicalmente las relaciones sociales. Por eso la consigna «contra los patronos, nacionalización» debe sustituirse por aquella cuya realización encamina a la humanidad por la vía de la liberación comunista: contra el capitalismo, ABOLICIÓN DEL TRABAJO ASALARIADO.