Alarme, n.º 1, mayo-junio-julio de 1978 (pág. 12). PDF del número completo · Texto original en francés

La larga huelga de los mineros norteamericanos, desencadenada por los sindicatos el 6 de diciembre de 1977 y suspendida el 27 de marzo de 1978, habrá durado tres meses y medio. Ha mostrado una vez más la extrema combatividad de los mineros y un cambio de táctica en la obra antiobrera de los sindicatos de ese sector.

Desde hacía varios años, los mineros norteamericanos se habían lanzado a huelgas salvajes, aisladas y combatidas por los sindicatos, y era particularmente significativo que el diario Le Monde del 7 de diciembre, al anunciar el comienzo de la huelga, titulara entonces: «los mineros están en huelga por primera vez desde hace tres años», pues a ojos de la prensa del capital solo la huelga sindical tiene derecho a existir. La última de esas huelgas salvajes no era de hacía mucho, y varios cientos de miles de mineros la habían continuado durante un tiempo pese a la orden de la UMW (United Mine Workers, central sindical) de pararla. Era visible que, ante semejante combatividad, la táctica de la UMW tenía que cambiar; que, de oponerse directamente a toda huelga, tenía que pasar a ser más pérfida, más taimada, para ser más eficaz. Por eso la UMW desencadenó la huelga el 6 de diciembre.

Su primer objetivo era, en cierto modo, «dejar escapar el vapor», hacer que esa huelga sirviera de «válvula de seguridad»: una nueva huelga salvaje no habría tardado en estallar y había que prevenirla. Su segundo objetivo: reconquistar su autoridad sobre sus miembros, recuperar una confianza de los mineros que no dejaba de hundirse. «La UMW ya no es capaz de tener a raya a sus tropas», subrayaba el presidente de una compañía carbonera. Su tercer objetivo, con mucho el más importante, era —como se irá viendo cada vez más a medida que evolucione la huelga— prevenir en adelante al capital contra toda huelga salvaje. Se trataba de hacer reconocer y aprobar por una mayoría de afiliados lo más amplia posible las sanciones previstas contra los «cabecillas» de huelgas salvajes. Con ese fin se precisaba bien que solo se apuntaba a los piquetes de huelga y que quienes «no podían cruzarlos» no quedaban en entredicho. Con esa diferenciación, la UMW contaba con recuperar a todos los borregos y los cobardes y obtener así una base sólida para su política. Pero calculó mal: la base rechazó sin apelación el acuerdo firmado por el sindicato con la patronal. El intento de la UMW de enmascarar con reivindicaciones económicas ese reforzamiento del Estado contra las huelgas salvajes había fracasado lamentablemente. Como la huelga duraba ya demasiado para la economía norteamericana y las existencias acumuladas empezaban a menguar, Carter invocó entonces la ley Taft-Hartley, que prevé la sustitución de los mineros por el ejército y la guardia nacional. Medida del todo simbólica, al parecer, puesto que el Estado norteamericano se encontró prácticamente en la imposibilidad de aplicarla, decididos como estaban los mineros a ignorar las órdenes del gobierno de volver al trabajo. Solo un centenar de mineros, no más, de 160.000, acataron esas órdenes, empujados sin duda por una situación económica que se agravaba constantemente para el conjunto de los huelguistas. La amenaza había fracasado. En adelante la huelga solo terminaría con una sumisión de los mineros a la UMW. Esta vez había que poner fin a la huelga aun a costa de un retroceso temporal: los patronos renunciaban al derecho de despedir a los «organizadores de huelgas salvajes».

Ese retroceso del capital respecto de sus objetivos iniciales no carece de interés. Pero el porcentaje escasamente mayoritario de los votos favorables al fin de la huelga prueba una desconfianza justificada de los mineros respecto de la realidad y la duración de semejante retroceso. Es el puño cerrado, que expresa la rabia de no poder continuar a causa de la espada de Damocles de la miseria suspendida sobre los mineros, y la amenaza blandida contra todas las fuerzas capitalistas, patronal o sindicato. Es la sombra misma de futuras huelgas salvajes.

(En el próximo número de Alarme aparecerá sobre este tema un artículo de un camarada norteamericano que completa el artículo anterior.)