Alarme, n.º 1, mayo-junio-julio de 1978 (págs. 7-8). PDF del número completo · Texto original en francés
Todas las organizaciones que participaban en las elecciones legislativas solo tenían esta frase en los labios: «USTEDES TOMAN A LOS ELECTORES POR IMBÉCILES». Esa frase, ya histórica, la utilizaba cada cual dirigiéndose a sus adversarios.
¿Por qué se tomaba a los electores por imbéciles?
- Para el gobierno en funciones: los franceses no podían aceptar la aventura eligiendo a la coalición «socialcomunista» apoyada por los izquierdistas de todo pelaje. En efecto, decían, el salario mínimo a 2.400 francos perjudicaría a la economía nacional y llevaría a la quiebra a las pequeñas empresas, lo que iría en contra de la libertad individual. No, se nos aseguraba, es indispensable optar por un cambio lento y progresivo. CONCLUSIÓN: los electores serían imbéciles si votaban a la oposición.
- Para la pretendida oposición: los franceses no podían elegir a los representantes del gran capital, de los grandes monopolios, de la miseria de las masas trabajadoras, del paro que golpea a más de un millón de personas. La economía nacional puede soportar el salario mínimo a 2.400 francos haciendo pagar a los ricos (sobre esto, véase el artículo de la pág. 15, «¿Que paguen los ricos?»). CONCLUSIÓN: los electores serían imbéciles si votaban al gobierno en funciones, que por lo demás ha sido reelegido.
De hecho, y por una vez, todos tenían razón, de la extrema derecha a la extrema izquierda. En efecto, tomaban y siguen tomando a los electores por cretinos, contentos de no tener enfrente más que a un proletariado sumiso que acepta el juego electoral. En realidad, aquella célebre frase significaba: «la gente que no tiene ningún interés específico en defender este sistema es imbécil, puesto que vota». Sí: «VOTAD A QUIEN QUERÁIS, PERO VOTAD».
Nunca habíamos visto a los defensores de este sistema tan preocupados por interesar al proletariado en la economía nacional, en la independencia nacional, en el buen funcionamiento de este sistema corrompido. Y el colmo de los colmos es que se nos propone la autogestión: así, por fin, nos sentiremos responsables del buen funcionamiento del mundo que nos explota y nos trata como mercancías, que es lo que somos y lo que debemos dejar de ser. No solo somos mercancías, sino que además aceptamos no pedir lo que necesitamos porque se nos repite todo el santo día que ciertas reivindicaciones pondrían en peligro la economía nacional. El salario mínimo a 2.400, a 3.000, a 5.000 francos, ¿soportable o insoportable para la economía? Pero, ¡por Dios!, ¿de qué economía hablan? Evidentemente, de la misma. Economía capitalista basada en la mercancía creada por nuestro trabajo, mercancía de la que una gran parte del valor no se nos paga. Economía basada en nuestra explotación. ¿Y aceptaríamos no pedir demasiado para que «nuestra» fábrica, «nuestra» nación, «nuestro» mundo no se hundan? Pues bien, eso es lo que aceptamos cotidianamente gracias a nuestros perros guardianes sindicales, que empiezan por informarnos sobre las posibilidades económicas de la empresa, y a los partidos políticos, que por su parte nos informan sobre las «verdaderas» posibilidades económicas del país.
Pero ¿cómo podría ser de otro modo, si el sistema capitalista (sistema basado en el trabajo asalariado, para que el lector no excluya ningún país del globo) lo hace todo para mantenernos en una ignorancia cada vez mayor? Y si, por otra parte, los revolucionarios no hacen nada para organizarse lo más fuertemente posible, en nombre de una supuesta burocratización inevitable, y esperan la llegada de una gran divinidad llamada espontaneidad de las masas. Esa visión de las cosas es sin duda un medio muy cómodo de no comprometerse y de estar así seguro de no convertirse en bolchevique, al que se representa falsamente como una chusma contrarrevolucionaria. Pero esa espontaneidad de las masas la esperan también con mucha impaciencia otras tendencias que, por su parte, preparan el gran partido revolucionario capaz de abrir las puertas del comunismo cuando las masas, forzadas por la crisis del capital, se pongan irremediablemente en movimiento. No y no.
El combate de los revolucionarios debe ser permanente, sin tener en cuenta ni la espontaneidad o no espontaneidad de las masas ni la situación económica del sistema.
Debemos dejar de ser, y no está de más repetirlo, mendigos sometidos al trío Capital-Estado-Sindicato; nuestro propósito no es salvar este sistema que nos obliga a vendernos para poder vivir con el salario, por bueno que sea, que ese mismo trío tenga a bien darnos. El combate que se libra entre lo que estúpidamente se llama la derecha, la izquierda y la extrema izquierda no es nuestro combate. Es el combate que se libran diversas tendencias del mismo sistema de explotación y de opresión.
- Unos intentan en vano preservar los últimos vestigios del Derecho burgués basado en la libre empresa y la propiedad individual de los medios de producción. Pero, rebasados por la evolución misma del sistema (trust, cártel, monopolio), están condenados a perecer y a dejar sitio al capitalismo de Estado, expresión de la concentración máxima de todos los medios de producción en manos del Estado mediante las nacionalizaciones.
- Los otros, encabezados por el Partido «Comunista», apuntan directamente al capitalismo de Estado, del que esperan ser los amos, haciéndonos creer que por fin estaremos en marcha hacia el comunismo. Esta última manifestación del sistema capitalista —no faltan ejemplos (Rusia, países del Este, China)— es la más cruel y la más bárbara que pueda existir, y BAJO NINGÚN PRETEXTO SE LA PUEDE TACHAR DE PROGRESISTA.
Debemos, pues, en consecuencia, organizarnos para luchar de manera permanente y radical contra este sistema en todas sus formas y sin distinciones. Hay dos soluciones, el comunismo o la barbarie; nunca lo repetiremos bastante. Para ello, denunciemos en todo momento:
- A los sindicatos, como una fuerza contrarrevolucionaria. Quememos los carnés sindicales. Creemos asambleas con delegados elegidos por la base y revocables por ella en todo momento.
- Al Partido falsamente llamado comunista, como el Partido más conscientemente anticomunista que exista, que arrastra tras de sí a la extrema izquierda, consentidora y por eso mismo contrarrevolucionaria. Lo que quieren es el capitalismo de Estado.
- A los países «socialistas», como países capitalistas que bajo ningún pretexto podemos considerar benévolos ni siquiera neutrales y a los que combatiremos sin cesar.
Si es cierto que nuestro enemigo se encuentra ante todo dentro de nuestras propias fronteras, no olvidemos que la revolución comunista será internacional o no será.