Alarme, n.º 2, octubre-noviembre-diciembre de 1978 (págs. 6-7). PDF del número completo · Texto original en francés
Tras la derrota de la revolución rusa, numerosos escritos intentaron encontrar su causa. Una corriente que cobró importancia en la «intelectualidad revolucionaria» hizo suya la célebre frase de Otto Rühle: «la revolución no es asunto de partido»,1 frase vacía donde las haya, que todos los aficionados a las fórmulas bonitas retoman hoy para llegar a la idea de que el Partido lleva en sí la contrarrevolución, lo que explicaría el fracaso de la revolución rusa. Pasemos por alto el simplismo de esta concepción. Encima de esa célebre frase se apresuran a añadir la no menos célebre de Marx y Engels: «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos», sin comprender que la existencia de un Partido no contradice el hecho de que la revolución será obra del propio proletariado.
La única organización aceptable, para quienes han «descubierto» que Partido es sinónimo de contrarrevolución, es la organización que el proletariado se da o se dará en su lucha contra el capital (sóviets, comités, consejos o, última moda, los grupos autónomos de fábrica). Basta con esperar, dándose buena conciencia cada vez que el proletariado de tal fábrica, en tal punto del globo, ha actuado subversivamente, marca ineluctable de la reanudación revolucionaria. Uno se informa, informa, escribe, y desde lo alto de su conocimiento del materialismo histórico y dialéctico se regocija afirmando que los bolcheviques no eran más que contrarrevolucionarios al servicio del capitalismo de Estado, que todo el mundo en aquella época, nadie lo duda, apreciaba ya como el sistema más bárbaro que pueda existir. Nuestro propósito no es aquí analizar las circunstancias y las causas de la derrota de la revolución rusa, pero nos parece necesario recordar que los bolcheviques eran minoritarios y que fue en el seno mismo de los consejos donde se volvieron mayoritarios.
El funcionamiento interno del partido bolchevique, centralismo democrático, revolucionarios profesionales, etc., que rechazamos categóricamente, no pone en entredicho la urgente necesidad de la organización revolucionaria. En efecto, no vemos por qué una organización revolucionaria permanente correría más fácilmente el riesgo de burocratizarse que los consejos obreros. Ese pánico a la burocratización es un medio muy cómodo de no comprometerse en la lucha revolucionaria. El proletariado no es una entidad mítica cuyo lugar predilecto es la fábrica; el proletariado son también todos aquellos que, en una acepción del término que rebasa el sentido estrictamente económico, quieren acabar con la sociedad de clases y actúan en consecuencia, formando así parte del movimiento histórico de la clase revolucionaria. El consejo obrero no es un organismo puro e impermeable a toda influencia; el consejo obrero es un órgano profundamente dinámico en el que se enfrentan varias tendencias, varios puntos de vista; es la expresión de un movimiento y no de algo fijo a lo que se espera como al Dios todopoderoso que llegará a la tierra para liberar a la humanidad. Mientras tanto, bastaría, como hacen algunos, con escribir libros y revistas que glorifiquen y adoren la espontaneidad de las masas y su subversividad.
Otras corrientes, que no niegan teóricamente la organización revolucionaria, la rechazan en la práctica; cansados sin duda por unos pocos añitos de activismo intenso, se hacen los «Zorros» inaprensibles, tras haber descubierto en su evolución cada vez más subversiva que la organización, por ahora, no sirve para nada, que representa la rutina cotidiana, el machaqueo de ideas (¡qué bonito es cuando se ha comprendido todo!), el blablablá. Esa gente, que solo sabe criticar el izquierdismo por su militantismo, ciertamente alienante, llega a la conclusión de que «no hay que gastar las fuerzas inútilmente», de donde la crítica del voluntarismo y del activismo, muy de moda hoy en día. Por sus conclusiones, llegan al mismo nivel lamentable que los consejistas criticados más arriba. La espera de la gran noche que trastornará para siempre el orden existente, propulsando en su sereno reposo textos y correspondencias polémicas en el medio pseudorrevolucionario.2 ¿A ver quién tiene más originalidad teórica?
Mientras tanto, el capital prosigue su camino en una barbarie cada vez mayor, sin encontrar en su ruta más que algunas trabas, cuya insignificancia se debe en gran parte a nuestra propia incapacidad revolucionaria y a la de la clase en su conjunto. Unos idealizan al proletariado, otros se retiran para reinventar la teoría revolucionaria, otros más, felices herederos del Partido histórico, esperan la hora gloriosa de la gran crisis del capital, que hará reaccionar ineluctablemente al proletariado mundial, al que ellos llevarán a la victoria final, contemplando desde lo alto de sus santas previsiones la bancarrota de todo grupo ajeno a ellos.
No y no: la organización revolucionaria no basa su existencia o inexistencia, su actividad o inactividad, en la crisis, en la espontaneidad ni en otras divinidades cualesquiera; es el fruto de individuos que, porque odian profundamente este sistema, intentan en la medida de lo posible actuar en todo momento contra el viejo mundo podrido y sus defensores. Los consejos solo surgen en los momentos de radicalización de la clase en su conjunto; son los órganos del futuro poder. La organización revolucionaria, en cambio, es permanente; se crea sobre bases teóricas precisas que determinan su acción continua en el seno mismo de la sociedad, como fracción más consciente del proletariado, para llevarlo al terreno de clase del que todos los partidos que no sean revolucionarios y los sindicatos lo desvían y lo desviarán. Ser revolucionario es mantener un lenguaje y una actividad subversivos aunque «no le entiendan a uno» y sin miedo a «gastar las fuerzas inútilmente». Vivimos hoy en plena descomposición social, y eso repercute por desgracia en el medio revolucionario, donde algunos ya no saben qué inventar para romper con el «viejo movimiento obrero».
La organización revolucionaria ha sido, es y será un arma indispensable para la revolución comunista internacional. La revolución es asunto de la clase obrera misma, y asunto de Partido en la medida en que este es una entidad que pertenece a la clase y que defenderá sus propias posiciones en el seno de los consejos obreros sin por ello sustituirlos. Lo que la sociedad necesita no son pseudointelectuales satisfechos de sí mismos y de sus conocimientos que contemplan los flujos y reflujos del movimiento proletario, sino revolucionarios que actúen en el seno de ese movimiento.
Nota. Existe una traducción española en el archivo de la Escuela, «Algunas líneas sobre la necesidad y papel de la organización (1978)», en Textos del FOR sobre organización política y consciencia de clase, hecha sobre este artículo de Alarme; la hemos tenido en cuenta, pero la hemos corregido a fondo contra el francés (en ella se lee, por ejemplo, «el menosprecio de las ideas» por «le rabâchage d'idées», «la gran velada» por «le grand soir», y se desvía el sentido de la última frase). Esa versión marca en negrita o cursiva algunas expresiones que la transcripción francesa de esta web no destaca.