Alarme, n.º 2, octubre-noviembre-diciembre de 1978 (pág. 15). PDF del número completo · Texto original en francés

El gigante nacionalizado del automóvil British Leyland, que hoy tiene grandes dificultades para sobrevivir, ha sido escenario de un incidente cada vez más frecuente un poco por todas partes y que pone bien de manifiesto el papel cada vez más patente del sindicato. El sindicato del metal, que tiene el monopolio sindical de la contratación en British Leyland, decidió expulsar, y por tanto despedir, a treinta y dos obreros de la fábrica de carburadores de Birmingham si no ponían fin a su huelga salvaje.1 Un comité que representa a los 3.000 matriceros del conjunto del grupo anunció que desencadenaría una huelga indefinida si despedían a sus compañeros de trabajo. Juzgue cada cual de qué lado de la barricada, con o contra los obreros, se encuentran el sindicato inglés del metal y todos los sindicatos (¿falta uno solo a la cita?) que en el mundo entero toman, en un momento u otro, partido por los intereses de la empresa, es decir, del capital, contra los obreros a los que explota.

  1. En el régimen de closed shop, la afiliación sindical era condición para el empleo: la expulsión del sindicato suponía el despido. ↩