Alarme, n.º 2, octubre-noviembre-diciembre de 1978 (págs. 7-8). PDF del número completo · Texto original en francés

A finales de julio, la muy stalinista L'Humanité empezaba a publicar amplios extractos de un libro todavía inédito de un dirigente del P«C» mexicano.1 Este cuenta en su libro que el asesino de Trotski era efectivamente un agente de la III Internacional «Comunista» y de Stalin. Noticia que ya no sorprende a nadie, pues el P«C» es el único, junto con los stalinistas maoístas, que todavía oculta la verdad. Pero no es esa la opinión de los «trotskistas» de la L«C»«R», que por boca de Alain Krivine proclaman: «La “revelación” es de tamaño. No tiene precedentes, es inesperada, trastorna la historia y dejará pasmados a millones de trabajadores. Les quitará el sueño a todos los antiguos dirigentes de la III Internacional que siguen a la cabeza de los PC.» Pero la L«C»«R» no se detiene ahí. Si se detuviera, podría decirse que muestra una vez más su imbecilidad crónica. No, continúa… «Se impone la rehabilitación de Trotski como dirigente revolucionario, y también la del trotskismo como corriente del movimiento obrero. Así se levantaría un obstáculo esencial para el debate democrático en el seno del movimiento obrero y para la unidad de acción de los trabajadores. L'Humanité acaba de abrir una puerta pequeña; es la grande la que hay que forzar, aunque palidezca buen número de los actuales dirigentes del PCF, que lo sabían y callaron porque el mango del piolet que asesinó a Trotski también lo sostuvieron ellos.» Así pues, los «trotskistas» reclaman la «rehabilitación» de Trotski por quienes lo asesinaron. ¿Por qué reclamar semejante «rehabilitación», aparentando olvidar además que no puede ser más que una canallada más contra Trotski? Porque les interesa: en efecto, así el «trotskismo» encontraría un sitio oficial bien ganado como corriente de la contrarrevolución (eso es lo que pide al reclamar su «rehabilitación» como «corriente del movimiento obrero»), al lado del stalinismo, al que no ha dejado de acercarse y del que hoy apenas se distingue. Y, por lo demás, por eso precisamente el stalinismo ya no tiene ningún miedo del militante revolucionario que era Trotski (1), pues sus ideas y su pensamiento han sido sistemáticamente desfigurados por los mismos que se reclaman de él. ¡Por fin podrá realizarse la unidad de acción de las fuerzas profundamente capitalistas de Estado —y prorrusas—: eso es lo que proclama la L«C»«R» bajo la palabrería de la «unidad de acción de los trabajadores» y del «debate democrático en el seno del movimiento obrero»! La «unidad de acción de los trabajadores» hay que buscarla, en efecto, pero solo puede encontrarse fuera de quienes han mostrado de forma innegable su carácter antiobrero…, así como fuera de quienes empujan a una unidad con estos, convirtiéndose así en las redes ojeadoras de la contrarrevolución.

La ignominia de que los «trotskistas» reclamen la «rehabilitación» de Trotski por el stalinismo no puede sino asquear profundamente. Trotski no necesita que lo «rehabiliten». Toda «rehabilitación» no sería sino servirse un poco más de sus despojos, ya arrastrados por el barro por el «trotskismo», como de un cubo de basura. De lo que se trata es de realizar aquello por lo que Trotski combatió toda su vida, aunque a veces se equivocara en sus análisis, es decir, la revolución social. Solo la instauración del comunismo mundial podrá honrar la memoria de Trotski, como la de todos los que, desde el primer humano que se rebeló contra las consecuencias sociales de la necesidad, han luchado por que los hombres vivan por fin en armonía con la naturaleza y consigo mismos, y no por una «gloria» póstuma erigida por las manos ensangrentadas de sus enemigos.

(1) En L'Humanité del 4 de septiembre puede leerse un artículo que se hace eco del de Alain Krivine y en el que se califica a Trotski de «gran personalidad que no ha sido rehabilitada en la U.R.S.S.», representativa sin duda de una «corriente del movimiento obrero» cuya «importancia» habría que reconocer.

  1. Se trata de las memorias de Valentín Campa, Mi testimonio, publicadas en México en 1978. ↩