Alarme, n.º 3, enero-febrero-marzo de 1979 (págs. 6-8). PDF del número completo · Texto original en francés

«Derecho de los pueblos a disponer de sí mismos»:1 he aquí un principio que hoy debe combatirse con vigor. Notemos, por lo demás, que en una gran mayoría de quienes lo preconizan ha desaparecido toda preocupación por los argumentos que dieron origen a su formulación, mientras que los demás hacen suyas las posiciones de teóricos del movimiento comunista pasado sin comprender, o sin querer comprender, porque defienden intereses del todo distintos de los del proletariado, que, o bien las condiciones en que se enunciaron han cambiado profundamente, o bien esos teóricos se equivocaban ya, y entonces se trata de criticarlos. Es en nombre del «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos» como el proletariado de los países poco industrializados, en comparación con los países que encabezan el mercado internacional, es aplastado y asfixiado en las «luchas de liberación nacional», sangrientos combates entre bloques imperialistas en los que la clase obrera tiene todo que perder y nada que ganar.

Cuando el capitalismo era todavía progresista y su evolución permitía edificar condiciones objetivas y subjetivas más propicias a la revolución, y sobre todo a su victoria, el apoyo de los militantes revolucionarios a las luchas de liberación nacional obedecía a diferentes consideraciones. La primera de ellas era que las relaciones capitalistas no eran entonces dominantes a escala mundial, y que la constitución de nuevas naciones en oposición a los imperialismos occidentales permitía desarrollar el capitalismo en los países colonizados y, con él, la contradicción mortal que le es inherente y que es lo único progresista para el devenir humano: el proletariado. En efecto, a menudo, si no siempre, los países colonialistas se contentaban con vivir como parásitos a costa de los países colonizados sin desarrollar en ellos la industria, manteniendo en ellos como dominantes las relaciones feudales reaccionarias. Por otra parte, y también desde un punto de vista general, todo debilitamiento de la situación económica de un país colonialista debido a la independencia, conquistada por la lucha, de los países bajo su férula daría más posibilidades de victoria a una revolución proletaria en el seno del país colonialista, al debilitar su capacidad de resistencia; o bien, con menos ambición, permitiría realizar más fácilmente ciertas reformas que dejaran al proletariado aprovechar en la mayor medida posible el desarrollo capitalista, acercándolo a la vez a su emancipación por una elevación de su nivel intelectual. Junto a estas consideraciones de orden general intervenían otras, como, por ejemplo, las expresadas en ciertas cartas de Marx a Kugelmann a propósito del problema irlandés.2

¿Cuál es hoy la situación del capitalismo, y pueden los comunistas seguir apoyando una lucha de liberación nacional cualquiera? ¿No es el famoso «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos» uno de los medios dogmáticos más seguros con que el capitalismo sigue conservando su dominación sobre la humanidad?

Quienes en la «extrema izquierda» preconizan el apoyo a las luchas de liberación nacional proclaman a los cuatro vientos que son los herederos de la revolución rusa y del bolchevismo. Durante la revolución rusa, Lenin se había visto más o menos acorralado a formular el principio del «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos», que agravó la debilidad de la revolución al arrebatarle Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania y Estonia, países donde se concentraba un proletariado poderoso y combativo, o bien enormes recursos alimentarios, como el trigo de Ucrania. Agitando el «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos», Lenin y los bolcheviques habían creído suscitar un impulso de entusiasmo a favor de la revolución en la población de esos países, que había sido exprimida por la tiranía zarista. En realidad, lo que obtuvieron fue exactamente lo contrario de lo que esperaban obtener. Lejos de obtener un apoyo de las fuerzas democráticas, de ciertas fracciones burguesas y del campesinado, obtuvieron el aplastamiento del proletariado de esas regiones por sus burguesías, que no habían querido entrar en la aventura revolucionaria y que preferían a la independencia, con el peligro de la revolución, la dominación del imperialismo alemán. Rosa Luxemburgo supo en su momento criticar muy acertadamente la táctica bolchevique, debida, por lo demás, a la extrema debilidad de la revolución rusa.3 La consigna del «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos» había servido para justificar en los hechos el paso de los países escindidos de la Rusia revolucionaria al imperialismo, tanto de las potencias de la Entente vencidas en la guerra4 como de las potencias aliadas victoriosas, que ahora iban de la mano contra el enemigo común: potencias imperialistas que en adelante se servían de ellos como de una soga de cáñamo en torno al cuello de la revolución rusa. Y muy pronto «¡derecho de los pueblos a disponer de sí mismos!» se convirtió en la divisa tanto de Wilson, presidente de los Estados Unidos, como de la muy burguesa Sociedad de Naciones, antepasada de la ONU. A quienes en los años veinte y treinta no comprendieron el error de los bolcheviques en esta cuestión hay que criticarlos, pero no se les puede en absoluto expulsar por ello del campo revolucionario. En efecto, es evidente que resulta difícil estar en lo cierto en plena convulsión social, cuando el movimiento histórico desemboca en una situación hasta entonces desconocida, es decir, la experiencia del poder a la escala de un país entero, perspectivas de revolución mundial, y luego el fracaso de esas perspectivas, que acarrea el hundimiento interno de la revolución rusa y el ascenso de la contrarrevolución stalinista a escala internacional. Y esto vale para otros errores suyos, sin que por ello deban pasarse en silencio, todo lo contrario.

Pero volvamos a la exposición de lo que ha cambiado en los datos del capitalismo y de la lucha proletaria. La Primera Guerra Mundial, carnicería imperialista que dominó el mundo entero, y después la explosión proletaria que la siguió, y que alcanzó tanto a países donde el capitalismo estaba en la punta de su desarrollo, como Alemania (revoluciones de 1918 a 1923) o Inglaterra (gran huelga general de 1926, frenada por los sindicatos), como a países donde el capitalismo estaba poco desarrollado, como Rusia, China (revolución de 1925 a 1927) o España (revoluciones de 1934 a 1937), probaron que el capitalismo había instaurado ya sus relaciones de dominación a escala mundial como preponderantes. En adelante, era necesario revisar la estrategia de la lucha proletaria. Sin embargo, la persistencia de la confusión provocada por el antagonismo de numerosos imperialismos de tamaño casi igual había de seguir sembrando el desconcierto en el movimiento comunista en la cuestión de las luchas de liberación nacional. Algunos socialistas pensaban que todavía era necesario y posible empujar a los países colonizados a romper sus lazos de dependencia respecto de los imperialismos occidentales o japonés para desarrollar en ellos el capitalismo y la industrialización. No veían que, por una parte, la hora era de la revolución comunista y solo de ella; que, por otra parte, la independencia de países subindustrializados no podía ser sino ficticia, dada la potencia económica mundial del imperialismo; y, en tercer lugar, que el propio imperialismo industrializaba los países bajo su dominación. La Segunda Guerra Mundial, al eliminar a las potencias europeas como imperialismos independientes y hacer chocar después a las dos potencias imperialistas que todavía hoy se reparten el mundo, mostró ya de modo indiscutible que no era tiempo de empujar el capitalismo en su evolución en país alguno, sino que se trataba de que el proletariado actuara como fuerza mundial y, por tanto, lo abatiera en todas partes. No hay hoy un solo país donde no esté presente el proletariado, y, sea cual sea el nivel de las fuerzas productivas, el proletariado de los países poco industrializados debe contar únicamente con la revolución social internacional. Todas las condiciones objetivas a escala mundial están realizadas, ¡y desde hace mucho!, para la revolución comunista mundial. Ahora bien, una auténtica revolución social en un país subindustrializado no dejaría, pese a la gran potencia de las fuerzas contrarrevolucionarias, de reavivar en el espíritu de los proletarios de todos los países la perspectiva de la revolución comunista.

Por otra parte, veamos qué son hoy esas luchas de liberación nacional que se nos presentan como progresistas. ¿Hay debilitamiento del imperialismo? ¡No! Cuando un país se vuelve supuestamente independiente mediante una lucha de liberación nacional, en realidad pasa de un imperialismo a otro. Hay, pues, fortalecimiento o debilitamiento de un imperialismo frente a otro, pero nunca debilitamiento del imperialismo mundial; al contrario, se asiste a su fortalecimiento y al recrudecimiento del enfrentamiento entre los bloques. Y cuando es un imperialismo mismo el que concede la «independencia», es que tiene asegurado el fortalecimiento de su dominio económico sobre el país «liberado». Por lo demás, hoy el proletariado es la única clase que puede ser revolucionaria, y una lucha democrática como una «lucha de liberación nacional» encubre en realidad una lucha profundamente antiproletaria. Tomemos algunos ejemplos de luchas de liberación nacional. Vietnam, de la dependencia respecto de Francia en que se encontraba antes de la guerra, cayó bajo la férula de Rusia. Entretanto, el Viet Minh, con Ho Chi Minh a la cabeza (al que los «trotskistas» convertían en un verdadero héroe cuando la guerra de Indochina tocaba a su fin en Vietnam), y con la ayuda de las fuerzas de intervención francesas, aplastaba una insurrección obrera en Saigón dirigida... por un grupo de filiación trotskista.5 En Camboya, hasta hace poco bajo la dependencia indirecta de los Estados Unidos, que se servían de ella como de un peón en su estrategia mundial frente al peón vietnamita adelantado por Rusia, los dirigentes, hoy derrocados por los nuevos tiranos apoyados directamente por Vietnam, y por tanto por Rusia, habían hecho estallar de manera organizada y metódica al proletariado de las ciudades, arrebatándole toda la fuerza que poseía antes al diseminarlo por el campo, separando a las familias, aislando a los individuos para controlarlos mejor. Algunos imbéciles —es difícil no emplear semejante palabra con ellos— afirman ciegamente que las luchas de liberación nacional eliminan las estructuras tribales o feudales todavía existentes. Sin contar con que no se trata de esperar a que cada parcela de la Tierra esté dominada por separado por el capital, pues entonces podríamos esperar cientos de años, si es que el capitalismo pudiera llegar a lograrlo, lo que no es en absoluto seguro, en Camboya el efecto de la «lucha de liberación nacional» que se había librado había establecido sencillamente una especie de esclavismo de Estado, haciendo retroceder así al país mil años. Otro efecto de las «luchas de liberación nacional» es propagar el capitalismo de Estado. Todo apoyo a esa propagación como progresista es una aberración digna, bien de la contrarrevolución consciente, bien de cretinos que no tienen más que ir a ver a los países capitalistas de Estado si esa forma de la explotación capitalista es tan progresista. La única progresividad que hoy puede haber, es necesario recordarlo, solo puede encontrarse en una revolución comunista mundial, a cuya cabeza estará el proletariado internacional, de los países industrializados como de los países poco industrializados.

Es, pues, indispensable hoy denunciar toda mistificación salida de la consigna del «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos», que cobija tras una supuesta «lucha de liberación nacional» un enfrentamiento interimperialista combinado con una lucha antiproletaria. Hoy solo el proletariado debe tener derecho a disponer de sí mismo, y fuera de esta afirmación se está fuera del terreno de la revolución y del progreso social.

  1. Droit des peuples à disposer d'eux-mêmes: fórmula francesa del derecho de las naciones a la autodeterminación. La traducimos literalmente para conservar el juego de la última frase del artículo. ↩

  2. Véanse, en particular, las cartas de Marx a Kugelmann del 29 de noviembre de 1869 y a Engels del 10 de diciembre de 1869, donde sostiene que la emancipación de Irlanda es condición previa de la emancipación de la clase obrera inglesa. ↩

  3. En La revolución rusa, escrita en 1918 y publicada póstumamente en 1922. ↩

  4. Así en el original. En realidad, las potencias vencidas en 1918 fueron los Imperios Centrales (Alemania y Austria-Hungría); la Entente fue la coalición vencedora. ↩

  5. Alusión a la insurrección de Saigón de septiembre de 1945, en la que tuvieron parte destacada los grupos trotskistas vietnamitas; muchos de sus militantes, entre ellos Tạ Thu Thâu, fueron asesinados por el Viet Minh, mientras las tropas británicas y francesas reconquistaban la ciudad. ↩