Alarme, n.º 3, enero-febrero-marzo de 1979 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés

Las propuestas de lucha dirigidas al proletariado que bajo forma de consignas aparecen a continuación han sido concebidas con una doble finalidad:

  1. Poner de relieve el sentido procapitalista, y por consiguiente antiobrero, de las consignas y reivindicaciones utilizadas por los sindicatos para extraviar a toda la clase, especialmente con ocasión de huelgas que en realidad no lo son.1

  2. Señalar, bajo la forma más rápidamente comprensible, las principales líneas de ataque al sistema de explotación. Y ello tanto en el terreno económico como en el político, pues uno y otro son inseparables.

Todo obrero que se tome la molestia de comparar las reivindicaciones sindicales con estas líneas de ataque comprenderá enseguida que aquellas no son más que retazos de la programación capitalista, que perpetúa día a día el sometimiento de su clase a la explotación.

Las segundas, por el contrario, expresan las necesidades y las posibilidades de la clase obrera; cada una se refiere a un problema particular y el conjunto converge en un solo blanco: el corazón mismo del sistema capitalista, que ellas suprimirían, puestas en práctica por el proletariado.

Porque desde hace tiempo el capitalismo no tiene razón de vivir que no sea reaccionaria. Ya no puede tratarse de mejorar la existencia de los asalariados bajo su imperio —mejora de sus condiciones de vida social, por lo demás, imposible—, sino de hacerlo volar en pedazos.

La «defensa de la clase obrera» por los sindicatos no es más que una mentira desvergonzada. Sus componendas con la patronal y con el poder, igual que sus reivindicaciones, constituyen de hecho la defensa de un capitalismo cada vez más programado, en cuyo manejo los sindicatos participan cada vez más. Hasta tal punto que, aun cuando se trate de una ventaja económica o de otro tipo, esta se suelta como cebo para dominar mejor a la clase obrera, engordar el poder de los sindicatos y acelerar la centralización del capital. El Programa Común era de ello una demostración innegable, antes de las nuevas propuestas de Marchais, y más aún después.2

Hacer volar en pedazos el capitalismo significa arrancarlo de raíz, y su raíz no es otra que la venta cotidiana, de padres a hijos, de la capacidad de trabajo de cada obrero al capital. He ahí la esclavitud del trabajo asalariado, base del sistema actual bajo todas sus formas y de todas las mercancías, incluida la mercancía-consciencia, tan abundante.

Sobre esto los sindicatos guardan un silencio absoluto, pese a que la posibilidad material de suprimir esa esclavitud está sobradamente dada. Hablan, sin embargo, a ejemplo de los políticos que les apuntan, de socialismo, autogestión y otros atrapamoscas. Es que así bautizan el capitalismo de Estado, en el que la totalidad de la clase obrera, siempre vil mercancía, quedaría bajo la vara de ese patrón único. Todos los hechos y gestos de los sindicatos encuentran ahí su explicación. Las luchas sindicales son todas falsas, sean las que sean. La clase obrera debe impedirlas y promover luchas propias, que ataquen los diversos aspectos de la dominación capitalista. Así recobrará su aliento revolucionario.3 Nuestras consignas servirán para esclarecer el contenido de tales luchas, para poner de relieve el carácter reaccionario de los sindicatos y, al mismo tiempo, como centro de agrupamiento de los trabajadores más combativos. Pero la realización de una o de varias de ellas no tendría consecuencias revolucionarias, es decir, anticapitalistas, si no culminara en la toma del poder, de las armas y de la economía por el proletariado. A partir de ahí jalonan la transformación del capitalismo en comunismo.

A. Menos trabajo y más salario real

1.º Supresión del trabajo a destajo y del salario base que lo estimula.4

2.º Reducción masiva de la semana de trabajo, sin disminución alguna del salario, al cual han de incorporarse las primas, indemnizaciones, etc.; en suma, cuanto constituye, encubre o espolea el trabajo a destajo.

3.º Supresión de las cronometraciones y controles que intensifican la explotación, atosigan al obrero y rebajan su dignidad personal. Los interesados en cada empresa o rama de la producción son los únicos capacitados para determinar, sin intermediarios, el ritmo de trabajo.

4.º Todo aumento de la producción (su valor, actualmente), sea debido a mayor rendimiento del obrero o a perfeccionamientos técnicos, debe revertir colectivamente a los obreros que lo realizan, en espera de que la clase entera decida su reparto. Esta consigna choca de frente con la acumulación del capital, cada día más aplastante, y su aplicación sería un medio de elevar de veras el nivel de vida, económico, pero también y sobre todo social, de los explotados.

5.º Trabajo para todos, parados y jóvenes, y disminución de las horas laborables proporcionalmente al número de obreros y al perfeccionamiento del utillaje. Esta consigna pone en juego una solidaridad de clase que llevará a la clase obrera a actuar como fuerza unida. Por otra parte, se trata de un derecho al trabajo que lleva aparejado el supremo «derecho a la pereza», hoy inexistente pese a las vacaciones, mera distensión física semejante a la de las horas de sueño.

6.º Distribución gratuita, a las capas sociales más pobres, de los víveres y artículos de consumo almacenados como «excedentes de producción», distribución a efectuar en el mismo país o en cualquier otro, sin distinción de bloques.5

B. Derecho de palabra y de organización para el proletariado

1.º Libertad política, de palabra y de distribución de prensa, octavillas, etc., en los lugares de trabajo, así como libertad de reunión en esos mismos lugares.

2.º Recusación de todo reglamento interior de empresa dictado por el patrono («burgués» o Estado), o por este y los sindicatos conjuntamente.

3.º Soberanía exclusiva e irrestricta de los trabajadores, sin necesidad de aval sindical o gubernativo alguno, para emprender la huelga económica y política.

4.º Derecho de voz y voto a todos los interesados, al margen de toda filiación sindical o política.

5.º Derecho a elegir directamente, sin ningún requisito sindical o judicial, delegados de taller, fábrica, oficio, etc., revocables en todo momento por sus mandantes reunidos en asamblea, para representar a los trabajadores frente a la dirección.

6.º Derecho a concertarse para todo evento y en cualquier momento, por medio de dichos delegados, con los trabajadores de otras industrias o actividades, en todo el país e internacionalmente.

Una orientación semejante ha de ayudar al proletariado a recuperar y ampliar su libertad de expresión y de acción, hoy suprimida en la mayoría de los países o transformada, en los menos dictatoriales, en un monopolio de partidos y sindicatos, que constituyen en realidad la estructura legal de la explotación del trabajo por el capital. En países como Rusia, China y sus imitadores, hay que empezar batiéndose contra la ignominia de las multas, de las medidas policíacas o judiciales por los retrasos o la inasistencia al trabajo, contra la envilecedora «cartilla de trabajo», y por el derecho de palabra y de organización de las masas frente al partido dictador.

Sin una lucha denodada por estas reivindicaciones, el proletariado seguirá cediendo terreno al capital y acrecentando la capacidad opresiva de este.

Las consignas inmediatas mínimas enumeradas más arriba pueden desempeñar un papel muy importante en la reanudación de la actividad proletaria en el mundo entero, sin distinción de países atrasados o avanzados. Sin embargo, como en ningún caso puede tratarse de mejorar o desarrollar la economía fundada en el «capital-salariado», sino de acabar con ella, es indispensable enlazarlas sin solución de continuidad con las medidas supremas de la revolución proletaria mundial, sin perder de vista que en ciertos casos será posible empezar directamente por estas:

C. Abajo el capital y el trabajo asalariado

1.º El poder político a los trabajadores, que lo ejercerán por medio de comités democráticamente designados y revocables en cada instante.

2.º Expropiación del capital industrial, financiero y agrícola, no por el Estado, los sindicatos u otra institución cualquiera, lo que daría origen, como en Rusia, a un capitalismo aún más brutal, sino por el conjunto de la clase obrera.

3.º Gestión obrera de la producción y de la distribución de los productos, que es inseparable de una planificación exclusivamente dictada por las necesidades de la desaparición de las clases.

4.º Destrucción de todos los instrumentos de guerra, atómicos y clásicos, disolución de ejércitos y policías, reconversión de las industrias de guerra a la producción de consumo.

5.º Armamento individual de los explotados bajo el capitalismo, organizado territorialmente según el esquema de los comités democráticos de gestión y distribución. Es una de las mejores garantías que pueda encontrar la transformación social.

6.º Incorporación a las actividades útiles de todas las capas de la población que hoy realizan trabajos parasitarios o netamente perjudiciales. Ello permitirá, sirviéndose al máximo de la técnica y la ciencia modernas y al mínimo del esfuerzo humano, incrementar ininterrumpidamente la producción y reducir a la vez el tiempo de trabajo dedicado a ella. Es también la manera de superar la división, hoy impuesta, entre trabajo manual e intelectual.

7.º Supresión del trabajo asalariado, empezando por elevar el nivel de vida de las capas sociales más pobres, hasta alcanzar la libre distribución de los productos según las necesidades de cada cual. No hay ni puede haber otra prueba de la transformación del capitalismo en socialismo y de la desaparición de las clases.

8.º Supresión de las fronteras y constitución de un solo gobierno y una sola economía a medida de la victoria del proletariado en los diversos países.

Finalmente, es imperativo precisar que la transformación del capitalismo en comunismo, la dictadura del proletariado, es un concepto sociológico marxista inseparable de la más amplia democracia en el seno de las masas trabajadoras, ellas mismas en proceso de desaparición como clase. «La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos». Le vuelven la espalda cuantos la identifican con la dictadura de un partido o siquiera de varios, a la manera de la dictadura capitalista llamada «democracia parlamentaria». Solo la desaparición de la ley mercantil del valor, basada toda ella en el trabajo asalariado, acarreará la extinción del Estado. Si no se orienta hacia esa desaparición desde los primeros días de la revolución, el Estado se transforma rápidamente en organizador de la contrarrevolución.

Las condiciones objetivas para la realización del comunismo, tal como la historia podía crearlas, están presentes y maduras, con exceso, a escala mundial. Pero únicamente en alas de la subjetividad revolucionaria salvará el hombre la distancia del reino de la necesidad al de la libertad.

¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS, SUPRIMID LOS EJÉRCITOS, LAS POLICÍAS, LA PRODUCCIÓN DE GUERRA, LAS FRONTERAS, EL TRABAJO ASALARIADO!6

  1. En Alarma: «para manejar a la clase obrera, especialmente en las huelgas “domesticadas y pacíficas”». ↩

  2. El Programa Común de gobierno firmado en 1972 por el Partido Socialista, el Partido «Comunista» francés y los radicales de izquierda, roto en septiembre de 1977. Georges Marchais era el secretario general del P«C»F. En Alarma, en lugar de este pasaje: «Basta para demostrarlo su alianza con la patronal y con el poder; ahí están sus reivindicaciones para confirmarlo; todo ello no es en realidad más que una defensa cada vez más programada del capitalismo en la que los sindicatos juegan un papel importante. El Programa Común en Francia o los Pactos de la Moncloa en España y la actuación en todos los países —del Este y del Oeste— de los sindicatos en las luchas obreras son una demostración irrefutable de lo que afirmamos». ↩

  3. En Alarma: «Todas las luchas de los sindicatos son falsas; todas sus actuaciones van encaminadas a reforzar el capitalismo, dominando, engañando y dividiendo a la clase obrera. Por lo tanto, ésta debe rechazar a los sindicatos de sus luchas y atacarlos, a su vez, como elementos activos de la represión capitalista. Sólo así la clase obrera encontrará el camino revolucionario». ↩

  4. Las consignas de Alarme siguen, más de cerca que las de Alarma de 1979, las del capítulo «Tareas de nuestra época» del Pro Segundo Manifiesto Comunista de Munis (1961). En el Manifiesto, esta consigna añade: «sustituyéndolos por un trabajo y un salario al día, la semana, etc.», y la siguiente pide la «reducción de la semana de trabajo a 30 horas (primer paso)». Alarma abrevia o reformula varios puntos; por ejemplo, en el B dice: «3. Soberanía total de los trabajadores; eliminación de cualquier ley que castigue o limite la participación en huelgas económicas o políticas»; en el B.5 extiende la elección de delegados al «barrio, pueblo» y la hace «para cuestiones concretas»; omite el párrafo sobre Rusia y China. ↩

  5. El Manifiesto tiene aquí una consigna más, omitida en Alarme y en Alarma: «Denuncia de los contratos colectivos no establecidos directamente con la empresa por los trabajadores, y por estos últimos aprobados». ↩

  6. Texto español según «Tareas de nuestra época», en Alarma, tercera serie, número especial (marzo-abril de 1979), para la introducción, y según el capítulo «Tareas de nuestra época» del Pro Segundo Manifiesto Comunista para las consignas, cotejados ambos con el francés de Alarme y corregidos donde este se aparta de ellos (las diferencias de contenido, en las notas). Lo que Alarme añade y no tiene versión española es traducción nuestra. ↩