Alarme, n.º 5, julio-agosto-septiembre de 1979 (págs. 10-11). PDF del número completo · Texto original en francés
Muchos grupos —por no decir la mayoría— hablan de declive del capitalismo o de que «la revolución está al orden del día» a partir del momento en que, según dicen, las relaciones de producción se han convertido en un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas. Al presentar tal explicación de su análisis del período histórico, sobrentienden como corolario que el problema que se plantea hoy es este: para permitir el desarrollo de las fuerzas productivas, o un desarrollo todavía mayor que el actual, se trata de cambiar las relaciones de producción. Cabe entonces plantearse una pregunta no exenta de sentido común, pero que sobre todo toca a la raíz de la argumentación: ¿quién puede querer la revolución para hacer crecer, o hacer crecer todavía más deprisa, las fuerzas productivas?
La frase «las relaciones de producción se han convertido en un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas» es justa, pero hay que ponerla en su justo lugar: es la constatación de un simple hecho, constatación que no tiene consecuencias directas para la lucha de clases. En el pasado se pudo comprobar que la transformación de las relaciones de producción traía consigo y era seguida de un crecimiento acelerado de las fuerzas productivas respecto de la situación anterior, crecimiento económico acelerado que llevaba consigo un progreso social real, es decir, ventajas no solo materiales sino también culturales para todas las capas de la sociedad, así como un acercamiento a condiciones económicas y sociales más propicias al desencadenamiento de la revolución comunista y, en el curso del ascenso del capitalismo, a condiciones que permitieran un triunfo más fácil y más rápido de la revolución comunista. En este sentido podía hablarse de la progresividad de un sistema económico y social, de su desarrollo social, hasta que se revelaba superado, vuelto caduco por su propio desarrollo. En todo caso, la constatación de que las relaciones de producción se han convertido en un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas no quiere decir en modo alguno que las fuerzas productivas hayan dejado de crecer, ni siquiera que su crecimiento tienda a cero. Significa simplemente, recordémoslo, que si las relaciones de producción fueran otras, las fuerzas productivas se desarrollarían todavía más deprisa de lo que lo hacen ahora. Pero —es necesario añadir—, al ser las bases de ese crecimiento totalmente diferentes de las anteriores, puesto que el crecimiento ya no se edificaría sobre la búsqueda del beneficio sino de manera que satisficiera las necesidades de cada cual, sus consecuencias sobre el mundo humano en general y sobre la naturaleza serían radicalmente diferentes.
Lo que es importante, y hasta necesario, comprender bien, por las conclusiones que de ello se desprenden para el análisis del capitalismo contemporáneo y de las modalidades de la lucha de clases, es que en realidad el crecimiento económico sigue produciéndose, pero que el desarrollo social dentro del sistema capitalista ha dejado por completo de realizarse. En efecto, el crecimiento de las fuerzas productivas en el capitalismo ha preparado ya totalmente el terreno para una transformación de las relaciones sociales en sentido comunista. La decadencia del sistema capitalista viene de que la transformación de las relaciones de producción no se efectúa, mientras el crecimiento continúa mucho después de haber alcanzado el nivel de las fuerzas productivas correspondiente al momento en que el capitalismo se reveló superado, es decir, al momento en que el capitalismo y el proletariado como clase revolucionaria se revelaron como fuerzas mundiales. Y la expresión de la decadencia del capitalismo no es otra cosa que el conjunto de las consecuencias sociales reaccionarias que acarrea la no resolución de la contradicción nacida de la no transformación de las relaciones sociales, cuando el crecimiento ha producido ya todas las condiciones objetivas para que esa transformación se efectúe. A partir del momento en que el crecimiento de las fuerzas productivas hubo engendrado todas las condiciones objetivas para que se efectuase la transformación de las relaciones de producción, el capitalismo, con crecimiento o sin él, no tenía ya razón de existir. La revolución comunista pasaba a estar al orden del día, pero, precisemos, constantemente y ella sola al orden del día, porque en el período ascendente del capitalismo otras tareas progresistas estaban igualmente al orden del día, sin que por ello se dejase de lado la intervención revolucionaria. Esto, por una parte, porque la contradicción capital/salariado, base material de la revolución socialista, no es solo una realidad del capitalismo decadente, sino que existía también —evidentemente, aunque algunos tiendan a olvidarlo— en el capitalismo ascendente; y, por otra parte, porque solo la intervención revolucionaria del proletariado a escala mundial podía aportar la prueba de la caducidad del capitalismo.
No captar la diferencia, y hoy el antagonismo, entre desarrollo social y crecimiento económico, ya sea hablando de decadencia mientras se urden explicaciones tan falsas como fantasiosas de ese concepto (detención del crecimiento o baja de la tasa de crecimiento), ya sea negando la decadencia porque las fuerzas productivas siguen creciendo, es no comprender el mundo que nos rodea y, por tanto, al menos en parte, los medios de cambiarlo. Para hacerse una idea, basta observar a qué contradicciones y errores se llega cuando no se disocian crecimiento económico y desarrollo social en el caso de los años treinta, o en el de la España franquista o la Alemania nazi, por ejemplo.
En los siglos que precedieron inmediatamente a las revoluciones burguesas, el nivel alcanzado por el crecimiento de las fuerzas productivas reclamaba una transformación general de las relaciones de producción, porque el crecimiento de las fuerzas productivas había preparado el terreno para nuevas relaciones de producción. Tras las revoluciones burguesas se asistió a una larga revolución industrial, que fue realmente el período de generalización en la sociedad de las nuevas relaciones de producción. Durante esos años de crecimiento fenomenal, crecimiento económico y desarrollo social se confundían más o menos. Sin embargo, el crecimiento económico debía desembocar necesariamente en que se dieran todas las condiciones objetivas para la instauración del comunismo. La contradicción entre las relaciones de producción existentes y el nivel alcanzado por las fuerzas productivas estalló con la primera guerra mundial de manera eminentemente evidente, y la oleada revolucionaria de entreguerras que sacudió el mundo de 1917 a 1937 dio su pleno significado a la primera guerra mundial. Fue, en efecto, la oleada revolucionaria de entreguerras la que mostró de manera indiscutible hasta qué punto el comunismo estaba presente y, por tanto, que la revolución comunista pasaba a estar en adelante, ella sola, constantemente al orden del día, pues toda progresividad real, todo desarrollo social, solo podía venir de ella. Desde 1914, las fuerzas productivas han crecido, pese a paradas en el crecimiento e incluso a la destrucción de parte de ellas, y sobre todo desde 1945 se ha asistido a un crecimiento como nunca se había visto antes; pero ese crecimiento no ha ido ligado más que a un sometimiento cada vez mayor y más salvaje de la humanidad, y en particular del proletariado, al capital anónimo y mundial. En los años venideros, liquidadas las dificultades presentes del capital internacional, bien podría ocurrir —si la guerra mundial o la revolución no estallan antes— que se asista a un crecimiento todavía más asombroso y rápido que cualquiera de los anteriores. Pero ese crecimiento —preparado por la automatización, que hoy entra masivamente en el proceso de producción a golpe de millones de parados, y debido a ella—, que arrastrará consigo una barbarie todavía mayor y que crecerá todavía más deprisa, planteará de manera aún más aguda el problema contenido en la caducidad de las relaciones de producción. Y la solución de ese problema, de forma todavía más inmediata, solo podrá encontrarse o bien en la guerra imperialista mundial, que resolverá el problema mediante la destrucción pura y simple de la humanidad y, por tanto, de sus estructuras sociales y económicas, o bien en la revolución comunista, que, sobre la base de las fuerzas productivas hoy existentes, permitirá un florecimiento social extremadamente rápido, llegando muy pronto a la aplicación del principio «de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». Con la revolución socialista, el crecimiento dejará de hacerse sobre la base de la búsqueda del beneficio y, desaparecido el capitalismo, la sociedad florecerá de una manera hoy inimaginable, y la humanidad dará en algunos decenios un salto en el progreso todavía mucho mayor que el que habrá realizado durante decenas de miles de años. Subrayemos que esta alternativa, guerra mundial imperialista o revolución, está siempre presente en la decadencia del capitalismo, cualquiera que sea la coyuntura económica; simplemente, se plantea con agudeza cada vez mayor.
En conclusión, puede decirse que la idea revolucionaria nace del sentimiento de asco ante la sociedad presente y corresponde a la necesidad de todos los que no aceptan la sumisión; que ese sentimiento y esa necesidad son la expresión de la existencia de las clases y de la contradicción capital/salariado; que los proletarios harán la revolución porque son explotados por medio del salariado y porque su explotación, desde la aparición de las sociedades divididas en clases, es el nudo de la alienación del conjunto de la humanidad; y, por último, que hoy es suicida no obrar por la revolución, porque todas las condiciones objetivas están maduras y archimaduras para la instauración del comunismo en los plazos más breves que quepa esperar, y ello cualquiera que sea la coyuntura económica, mientras que la supervivencia del capitalismo hace planear sobre cada uno de nosotros y sobre la humanidad los peligros más terribles. Como se ve, no se trata en absoluto de obrar por la revolución para hacer crecer, o hacer crecer todavía más deprisa, las fuerzas productivas. Muy al contrario, es «la persistencia del industrialismo capitalista lo que llama a la supresión del sistema, pues los instrumentos de producción han adquirido sobrada capacidad para liberarlos de su mezquindad mercantil» (Alarme, n.º 2, «Imposibilidad de desarrollo capitalista»).1
El artículo de Alarme n.º 2 puede leerse en nuestra versión: «Imposibilidad de desarrollo capitalista». Citamos por el texto español de Munis, «Imposibilidad de desarrollo capitalista», publicado en Alarma, nueva serie, n.º 22-23 (1972), y de nuevo en Alarma, tercera serie, n.º 7 (1979); la versión francesa de Alarme dice «liberarnos» donde el español dice «liberarlos». ↩