Alarme, n.º 6, octubre-noviembre-diciembre de 1979 (págs. 7-8). PDF del número completo · Texto original en francés
A cierto nivel de concentración del capital, y en función de ciertas circunstancias nacionales (situación económica y social) en que se encontraban Alemania e Italia, el fascismo fue apoyado por los capitalistas más influyentes (industria pesada); correspondía al estadio de entonces de la acumulación, mientras que hoy la tendencia al capitalismo de Estado es inminente: corresponde al último estadio de la concentración.
El fascismo es una de las primeras formas de dirigismo estatal en tiempo de paz. Es decir, el Estado no compra directamente la fuerza de trabajo, como en el capitalismo de Estado, pero dirige de todos modos la producción.1
En aquella época, las potencias capitalistas más fuertes, los imperialismos, empezaron a sentir que necesitaban estabilizar la economía. Eso da a Roosevelt en los EE. UU.: el New Deal. Hitler, por su parte, es elegido por los grandes capitalistas alemanes para ese primer ensayo de dirigismo estatal en tiempo de paz imperialista.
Con el antisemitismo se gana a gran parte de los comerciantes no judíos (pues muchos judíos estaban instalados en el comercio); con un Estado duro puede reprimir con fuerza los riesgos revolucionarios; y, por último, tras la crisis de 1929 llega en el momento justo para estimular la economía con las obras públicas a gran escala y el armamento, y para dar trabajo a casi todo el mundo, sobre todo mediante los campos de trabajo (igual que en Rusia) y las SA.
Hoy el capitalismo ha evolucionado: la acumulación del capital ya no lo empuja, cualquiera que sea la situación, al fascismo, sino al capitalismo de Estado, estadio supremo de la acumulación del capital, tanto en el Este como en el Oeste, donde algunos capitalistas (grandes patronos, burocracias sindicales...) han comprendido la utilidad de las nacionalizaciones y, del mismo modo, la utilidad de los sindicatos en las fábricas.
Si el Estado alemán, que era el imperialismo fascista más fuerte, perdió la guerra con sus aliados en Europa, uno de los polos del capitalismo, si no el polo de entonces, eso prueba que el fascismo estaba superado desde el punto de vista capitalista, y para todos los países del mundo, incluso para los que no pasaron por el fascismo como etapa de la concentración del capital. El fascismo quedó finalmente superado con el fin de la guerra, al desaparecer las condiciones que habían presidido su aparición, porque los imperialismos secundarios fueron devorados por los EE. UU. o por Rusia; ya no existen, pues, soluciones nacionales.
Los fascistas y quienes se reclaman del fascismo son, por tanto, vestigios de un tiempo pasado.
Cuando el fascismo existía todavía, en el momento de la última guerra mundial, los stalinistas y la Cuarta Internacional lucharon contra el internacionalismo proletario, ya fuera llamando a la resistencia, ya llamando a la defensa incondicional del capitalismo de Estado ruso sin hablar directamente de resistencia.
Los stalinistas luchaban por el capitalismo de Estado. El capitalismo de Estado ruso llamaba a luchar contra el fascismo porque el imperialismo alemán empezaba a resultar molesto frente al imperialismo ruso.
Hoy, todas las tendencias capitalistas, en particular los descendientes de los stalinistas y de la IV Internacional, el P«C» y los «izquierdistas», ponen en el candelero ese vestigio, ese cadáver detrás del cual esconden su propia barbarie. Son tendencias capitalistas que se sirven del fascismo y del miedo que inspiró para ganar cada vez más influencia con vistas al capitalismo de Estado. Lo que no dicen es que el capitalismo y la barbarie existen en todo el planeta, y que la barbarie más opresiva y mejor organizada se alcanza bajo los capitalismos de Estado del Este y de Asia. Sabiendo que el capitalismo de Estado es el estadio supremo de la concentración del capital, eso muestra una vez más hasta qué punto la acumulación del capital se ha vuelto nociva y negativa y, por tanto, que el capitalismo es decadente, pues su acumulación no aporta ningún progreso (al contrario que en el siglo XIX) y acelera siempre nuestra alienación.
El capitalismo decadente ya no permite que existan las leyes iniciales del capitalismo —la libre competencia, la libre empresa, la propiedad individual de los medios de producción...—; necesita un Estado cada vez más fuerte para pesar e influir sobre sus propias leyes. Y, en efecto, se observa que desde 1929 no ha vuelto a haber crisis de sobreproducción.
Las ligas y grupos antifascistas los forman los stalinistas y sus lacayos, los «izquierdistas», con el pretexto de luchar contra el fascismo, ese cadáver; son núcleos de contrarrevolución. Definen el fascismo por la barbarie: campos de concentración..., lo cual es falso: hoy son bárbaros el capitalismo de Estado y el capitalismo en general.
A nosotros, proletariado revolucionario, nos toca destruir el capitalismo, y solo podrá serlo en todas sus facetas: capitalismo de Estado, liberal, autogestionario. Y en un período revolucionario veremos probablemente a la gran mayoría de los capitalistas agruparse detrás de la tendencia que ofrezca más medios de represión, por lo general el capitalismo de Estado, y veremos entonces a los «mejores» fascistas (los que se proclaman tales), si es que queda alguno, agruparse detrás de los P«C» y sus lacayos, del mismo modo que el P«C» ruso permitió a Hitler y a Franco tomar el poder.
El francés dice literalmente «el Estado compra directamente la fuerza de trabajo como en el capitalismo de Estado, pero dirige de todos modos la producción»; el «pero» y el sentido del pasaje indican que falta una negación, que restituimos. ↩