Alarme, n.º 6, octubre-noviembre-diciembre de 1979 (págs. 1-2). PDF del número completo · Texto original en francés
Nos calientan los oídos con los diferentes escándalos que salpican desde hace tiempo a burócratas y patronos, pero rara vez se han visto vomitonas semejantes derramarse con tanta soltura, acaparando la atención de las masas con la insolencia, cada vez más ridícula, de los mediocres que se creen ingeniosos. Nos describen, a elegir, con risitas, compunción o incredulidad, las calaveradas diamantíferas (o cinegéticas1) de nuestro playboy tecnócrata y de sus limpiabotas; del mismo modo, se somete a veces al oprobio general a un rey o a un ministro porque ha cobrado «sobornos». Pero ¿a quién pueden importarle esas lamentables payasadas? Al fin y al cabo, que los capitalistas sean «honrados» o «deshonestos», las estafas, malversaciones, sobornos, «regalos», etc., no son más que plusvalía arrancada al trabajo de los obreros que no se reparte equitativamente entre las clases/capas dirigentes. El dirigente que se entrega a esas prácticas expolia también a los miembros de su clase que se han mantenido «honrados», si es que existen. Solo estos pueden, pues, escandalizarse con razón de esas «inconductas», por lo general en secreto, pero a veces, por oportunismo, en público.
Pero, una vez más, ¿en qué podría eso concernir a los proletarios? Nos basta imaginar un acto vil, atroz, inhumano, deshumanizador, para estar íntimamente persuadidos de que el Capital lo ha cometido, lo comete y/o lo cometerá. La prueba material llega a menudo después, saludada con un encogimiento de hombros. ¡No son esos cuatro diamantes «ilegales» los que van a hacer comprender que esta sociedad está podrida! Cualquier bobo, cogido por la calle, encontrará algún rinconcito podrido en lo que no es más que una ciénaga pestilente pomposamente llamada Civilización.
Que los diamantes de Giscard sean regalos de un asesino (declarado, post festum, caníbal), que esos regalos no se declarasen en la aduana y que sean muy caros, poco nos importa. Solo los capitalistas gritan cuando se infringen las leyes capitalistas. Si Giscard hubiera comprado sus diamantes «legalmente», pagando los impuestos y sin esconderse vergonzosamente, si los grandes asuntos políticos e industriales se trataran sin call-girls y sin sobornos, si esos mismos «negocios» no fueran estafas, malversaciones, ingresos para la mafia, sino solo «honradas» empresas comerciales o leales debates políticos, entonces... entonces, ¡SÍ! Seguiría habiendo el escándalo, el robo, el expolio único y fundamental sobre el que descansa toda la carroña hipócrita y asfixiante de este mundo, que no es el nuestro, sino el del Capital, regido por la única Ley que cuenta: la inicua Ley del valor, que se manifiesta en ese robo cometido contra la humanidad, y del modo más salvaje contra la clase: ¡¡la extracción/extorsión de la plusvalía!!
Los proletarios no deben dejarse engañar como borregos por esa «Información», esos principios de democracia y de honradez. Se los embrutece con ellos para someterlos mejor. Tenemos que barrer esas paparruchas, luchar por nuestra emancipación y por la destrucción del capitalismo.
Relativas a la caza. (Nota de Alarme.) El presidente Giscard d'Estaing cazaba a menudo en Centroáfrica como invitado de Bokassa; el semanario Le Canard enchaîné reveló en octubre de 1979 que había recibido de él diamantes. ↩