Alarme, n.º 7, enero-febrero-marzo de 1980 (págs. 13-15). PDF del número completo · Texto original en francés

En el número anterior habíamos tratado el problema del ataque al trabajo asalariado y de su abolición. Nos parece necesario mostrar ahora que, contrariamente a lo que muchos creen, el ataque al trabajo asalariado y su abolición no pueden esperar a la toma del poder por el proletariado a escala casi mundial1. Eso no significa, ni mucho menos, que el socialismo sea posible en un solo país. Tratemos de explicarlo.

El sistema de explotación capitalista se distingue, entre otras cosas, de los sistemas de explotación anteriores en que su dominación, por naciones interpuestas, es ya hoy mundial. Su modo de producción y su propia dinámica lo llevaban a imponerse y a dominar la totalidad del globo. Por eso mismo su destrucción por el proletariado —fuerza igualmente mundial, puesto que por su naturaleza es, en el proceso de producción, la antítesis del capital— no puede ser ni será sino mundial. De ahí la insistencia de todos los revolucionarios, del pasado y del presente, en la necesidad vital de la internacionalización de las luchas proletarias y de la revolución. Sin esta internacionalización no hay salvación posible para el comunismo. Aunque lo dicho hasta aquí es importante, forzoso es reconocer que dista mucho de ser suficiente. Pues lo primordial ahora es definir la base sobre la cual el poder proletario va a extenderse, y debe extenderse, a escala mundial. Debemos definir la naturaleza de la revolución proletaria allí donde surja, si surge. ¿Debe ser política, en espera de la internacionalización del poder proletario, o bien debe ser social y generalizarse sobre esa base? A esto debemos contestar con la máxima claridad y sin equívoco posible.

Habiendo sido aplastada la oleada revolucionaria de 1917 a 1937 no por la burguesía misma, sino principalmente por el poder contrarrevolucionario stalinista, todo lo que representaba en alguna medida el impulso inicial del movimiento revolucionario ruso fue truncado, deformado hasta la saciedad en beneficio de un sistema que ya no tenía ninguna razón de ser: el capitalismo mundial. Si es cierto que los jalones de la derrota son promesas de victoria, también lo es que quienes aspiran a la victoria deben reflexionar sobre las causas de las derrotas anteriores para no reproducir los errores del pasado, ni aplicar métodos que, sin haber sido errores en el pasado, podrían serlo en el presente a causa de los cambios de la situación.

La confusión sembrada, bien directamente por la contrarrevolución rusa, bien por la incomprensión de lo que estaba sucediendo por parte de revolucionarios, persiste todavía en el seno de los grupos y tendencias revolucionarios. En efecto, la revolución rusa no fue más que una revolución permanente y nunca pasó a su fase socialista. En nombre de unas condiciones objetivas insuficientes, el proletariado debía realizar las tareas que la burguesía había sido incapaz de asumir, en espera de la revolución mundial para realizar las tareas socialistas de la revolución proletaria: esto era, a grandes rasgos, lo que pretendían realizar los bolcheviques. Pero la economía rusa nunca dejó de ser capitalista. Solo la propiedad cambió de manos. Cuando Stalin proclamó que el socialismo era posible en un solo país, solo pretendía consolidar dentro de sus propias fronteras el sistema que le legaba la no realización de la revolución socialista mundial. En una palabra, ni los bolcheviques ni después el contrarrevolucionario poder stalinista hicieron socialismo en un solo país; Stalin, al hablar de ello, mentía a sabiendas, aplastando a su alrededor todo lo que aún conservaba el aliento del Octubre del 17. Todo esto para decir que el argumento según el cual atacar el trabajo asalariado, y por ende todas las relaciones de producción capitalistas, antes incluso de la toma del poder por el proletariado a escala mundial o casi, es obrar por el socialismo en un solo país no se tiene verdaderamente en pie. Sería no haber comprendido lo que fue el stalinismo, atribuyéndole un objetivo que no corresponde, ni mucho menos, a lo que fue, es decir, el verdugo más resuelto del socialismo y de sus defensores. Pero, en fin, continuemos.

Nuestro propósito no es aquí saber si en aquella época la idea de una revolución permanente era o no defendible, pues de todos modos, si la revolución hubiese vencido a escala mundial, la cuestión ni se plantearía. Pero hoy, habiendo fracasado la revolución mundial, la cuestión es muy otra y, en todo caso, mucho más tajante. Son muchos los que coinciden en decir, incluso en algunas corrientes que ya nada tienen que ver con el comunismo, como los «trotskistas», que las condiciones objetivas están maduras. La pregunta que acude enseguida a la mente es la siguiente: maduras, pero ¿para qué? Entremos en el meollo de la cuestión. ¿Revolución política o revolución social?

«Los que hacen revoluciones a medias cavan su propia tumba», decía Saint-Just. Los partidarios de la primera hipótesis cavan, en efecto, su propia tumba si enuncian su posición sin segundas intenciones, y cavan voluntariamente la de la revolución en el caso contrario. De todos modos, esta posición debe ser combatida, pues de una manera u otra sus defensores, si persisten en su idea, se colocarán frente al movimiento social, si hay movimiento revolucionario. En efecto, decir que las condiciones objetivas están maduras significa que el capitalismo ha forjado con creces las armas necesarias para que el proletariado lo destruya de arriba abajo, dando vida, por su propia negación como clase, a la única sociedad humana posible: el comunismo. Ahora bien, la toma del poder por el proletariado no es un fin en sí misma; no es más que el medio de que dispone la clase para realizar determinadas tareas; esto era válido antes y lo sigue siendo hoy. Criticar la revolución permanente solo es justo si no se mantiene una posición que, por su estatismo, es todavía peor que la idea de una revolución permanente; esta, al menos, tenía en cuenta el movimiento y era profundamente dialéctica (tanto en su esencia teórica como en su intento de llevarla a la práctica). Pero los partidarios de la revolución política internacional, considerada como objetivo principal para poder realizar las tareas socialistas, se guardan muy mucho de pronunciarse, siquiera sumariamente, sobre el período de transición. Este período se resume para ellos en las frases siguientes: «poder de los consejos obreros, dictadura del proletariado, Estado obrero, etc.». En cuanto a las realizaciones sociales, todos se conforman con decir: imposibilidad de destruir las relaciones de producción capitalistas, pues lo contrario sería pronunciarse por el socialismo en un solo país. Pero volvamos a lo nuestro: contrariamente al siglo pasado, las condiciones están maduras a escala mundial. Si están maduras, el proletariado no tiene por qué crearlas. Debe, pues, y no puede hacer otra cosa, atacar las relaciones de producción capitalistas a fin de destruirlas, y ello en cualquier lugar donde se alce como clase dominante. Esto no es en absoluto utópico; lo contrario, en cambio, lo sería por completo desde una perspectiva socialista, a menos de creer en la infalibilidad del ser humano y pretender que no puede ser corrompido. Es útil recordar aquí el abecé del comunismo: son las relaciones de producción las que determinan las relaciones sociales, y no a la inversa. Negar esto en la práctica es caer de bruces en el más vulgar de los idealismos. Por eso afirmamos que toda «revolución» que se limitara al terreno puramente político (toma del poder por el proletariado) degeneraría muy rápidamente y desembocaría inevitablemente en el capitalismo de Estado. Ningún poder proletario, por puro que sea, puede mantenerse sin realizaciones sociales comunistas; o, más exactamente, un poder solo puede ser verdaderamente obrero si el proletariado actúa como fuerza independiente contra todo lo que representa la explotación del hombre por el hombre, y por ende contra el capitalismo en tanto que sistema social. Por lo demás, estando las condiciones más que suficientemente maduras, mal se ve qué otra cosa podrá hacer el proletariado si se alza como clase insurrecta. No olvidemos que el proletariado es históricamente la clase revolucionaria por excelencia por su posición en las relaciones de producción, y mal se comprende qué poder real puede tener sin trastocar su papel y su posición social. Sobre esta base, y solo sobre ella, es capaz, mediante su acción, de despertar el entusiasmo de su clase en el mundo entero.

Hasta aquí, pues, hemos refutado la idea de una simple revolución política, por estimar que agudiza los innumerables peligros que todo movimiento lleva en su seno y, lo que es peor, que les añade otros antes incluso de que se produzca un movimiento revolucionario de envergadura. En efecto, un Estado obrero no puede mantenerse en ningún caso si la revolución internacional no estalla; por tanto, el socialismo no puede establecerse en un solo país, sea cual sea la naturaleza de la revolución (política o social). Añadamos a esto que la supresión de las relaciones capitalistas de producción no equivale en modo alguno al socialismo (o comunismo, poco importa), sino únicamente —y en todo esto suponemos una destrucción efectuada por la clase obrera misma— a un paso hacia el socialismo. Pero ese paso, afirmamos, debe darse lo más rápidamente posible2. Es decir que, incluso aislada, la clase obrera que haya hecho triunfar la revolución en un solo país —e incluso en el curso de la batalla— deberá eliminar las bases económicas de las clases, y no podrá hacer otra cosa si no quiere seguir siendo una clase explotada. A esto es a lo que deben prepararse los revolucionarios: a empujar hacia adelante a la clase obrera en su tarea; si no, se condenan a no ser más que frenos o, peor aún, obstáculos en la marcha del proletariado en revolución. Sin este ataque a las relaciones de producción capitalistas con vistas a su abolición lo más rápida posible, el Estado obrero se pudriría rápidamente en el sitio. Y esa podredumbre vería alzarse una contrarrevolución enmascarada e interna a los propios organismos de ese Estado, y la experiencia del fracaso de la revolución rusa, con esa ruptura no evidente entre revolución y contrarrevolución, se reproduciría, esta vez con consecuencias incalculables para el porvenir de la humanidad.

«Solo la desaparición de la ley mercantil del valor, basada toda ella en el trabajo asalariado, acarreará la extinción del Estado. Sin adentrarse en esta desde el principio mismo de la revolución, el Estado se transforma rápidamente en el organizador de la contrarrevolución.»

(Pro Segundo Manifiesto Comunista, del FOR)

Nota. Texto español según la traducción del propio FOR publicada en Alarma, tercera serie, n.º 13, mayo de 1982 («Traducción del n.º 7 de ALARME»), cotejada con el original francés y corregida en algunos pasajes para ajustarla a él: se restituyen frases que Alarma abreviaba o había omitido (como «por naciones interpuestas») y se sigue la división en párrafos del francés, que Alarma fragmentaba. La cita final, como en Alarma, según el texto español del Pro Segundo Manifiesto Comunista (apartado «Abajo el capital y el trabajo asalariado»).

  1. La versión de Alarma dice aquí, por error de traducción, que el ataque al trabajo asalariado y su abolición «no representa [...] la toma del poder por el proletariado a escala casi mundial»; el francés dice «ne peuvent attendre», «no pueden esperar». ↩

  2. Alarma: «debe ser reafirmado lo más rápidamente posible»; el francés dice «doit être franchi», «debe ser franqueado», «debe darse». ↩