Alarme, n.º 9, julio-agosto-septiembre de 1980 (págs. 14-16). PDF del número completo · Texto original en francés

Un sistema está en crisis económica cuando ya no es apto para cumplir su función económica; como la función económica del capital es la extorsión de una plusvalía cada vez mayor, el capitalismo no está hoy en crisis económica. En efecto, nuestra explotación por los capitalistas les funciona relativamente bien, la plusvalía extorsionada aumenta; si no, ¿cómo explicar que las fuerzas productivas sigan creciendo?

Para los revolucionarios, un sistema está en crisis social, en decadencia, cuando ha terminado de cumplir su función social, cuando ya no tiene razón de ser social. Ahora bien, para los comunistas el capitalismo solo puede tener una razón de ser social: la construcción de las condiciones objetivas, materiales, de su destrucción revolucionaria consciente por una clase social, el proletariado.

El capitalismo, independientemente de una crisis económica, en caso de que esta exista de manera probada, está en crisis de decadencia desde principios de siglo. En efecto, ha unificado el mundo, ha creado un proletariado potencialmente muy poderoso, capaz de abatirlo en todas partes y de acabar con las sociedades inhumanas; ha desarrollado las fuerzas productivas como ninguna sociedad lo había hecho antes. Y es precisamente ese nivel alcanzado por las fuerzas productivas el que permitirá, mediante la revolución socialista y después de ella, una rápida marcha hacia el comunismo integral. La primera prueba de esta decadencia la tenemos a la vez con la primera guerra mundial (que prueba mundialmente la brutalidad de un sistema mundial) y con la oleada revolucionaria de 1917 a 1937. De Rusia a España, pasando por China y Alemania, el proletariado muestra que es lo bastante fuerte para destruir el capitalismo mundial y edificar sobre sus cenizas el comunismo. El proletariado da la prueba práctica de la decadencia de un sistema que ya no tiene razón de existir. El capitalismo tensa todas sus fuerzas para cerrar el paso al comunismo, a la única sociedad que representa el progreso; se vuelve, pues, enteramente reaccionario.

Crecimiento económico y desarrollo social, que en el siglo XIX habían hecho camino juntos, divergen y se oponen; el crecimiento económico ya no se produce sino royendo, destruyendo el desarrollo social. En efecto, el proletariado naciente, pese a la explotación desenfrenada que sufría, se había beneficiado socialmente en el siglo XIX (entre otras cosas gracias a sus luchas) del crecimiento económico capitalista; se fortaleció enormemente, adquirió, en relación con la situación anterior, un poco de cultura, de libertad, de posibilidades de alimentarse, y sobre todo pudo expresarse como clase independiente, con intereses propios frente a la explotación del hombre por el hombre. Desde que el proletariado mostró que era una fuerza revolucionaria internacional capaz de destruir el capitalismo, este, que ya no tiene ninguna razón de ser, se mantiene artificialmente, impidiendo con ello mismo el paso revolucionario a un tipo de sociedad realmente humana que permita un desarrollo social real. El capitalismo impide ese paso revolucionario mediante el aniquilamiento y el aplastamiento del proletariado, que solo es clase revolucionaria históricamente, por su lugar en las relaciones de producción.

Pero para aplastar al proletariado hacen falta nuevos organismos especializados en esa tarea. El sindicato resulta ser, a ojos de los capitalistas, el arma antiobrera más fuerte del capitalismo decadente, junto con el stalinismo, que supo mantener el orden capitalista cuando la burguesía se mostraba incapaz de hacerlo.

De órganos obreros, los sindicatos se han convertido en órganos capitalistas en medio obrero. Expliquemos brevemente este cambio.

El sindicato nunca ha sido revolucionario, ni siquiera, salvo raras excepciones, reformista; es decir, nunca se ha propuesto ni la destrucción revolucionaria ni la destrucción por reformas del capitalismo. Es un organismo cuyos límites, por su naturaleza intrínseca, no rebasaban el marco del capitalismo. Cuando este se volvió decadente, el sindicato no pudo sino seguir el mismo camino, afirmándose cada vez más como engranaje indispensable para el mantenimiento de un sistema que debe ser abatido. El sindicato se vuelve, pues, reaccionario y contrarrevolucionario.

En conjunto, el sindicato permitió en el siglo XIX una aceleración del desarrollo social, porque este estaba todavía ligado al crecimiento económico. En ese sentido, aun sin ser revolucionario, era positivo, pues permitía acelerar la maduración de las condiciones objetivas. Cuando esas condiciones objetivas están reunidas y el capitalismo no es destruido, este se vuelve decadente, y todo organismo que permanece en el terreno capitalista, que no lucha directa y únicamente contra la condición de esclavos asalariados y por el comunismo, deja de ser un organismo proletario. A partir de cierta acumulación y centralización del capital, por la economía dirigida, el despotismo aumenta en detrimento de las libertades que consentía el capitalismo naciente. Y no inventamos nada cuando comprobamos que el sindicato se ha adaptado tan bien a ese cambio que es el rey del despotismo en medio obrero, es «el defensor» de derecho divino de la clase obrera, hasta el punto de tener en algunas empresas el 100 % del derecho de contratación. Y eso no puede deberse en ningún caso al espíritu maquiavélico de un puñado de delegados, sino a la naturaleza y a la función del sindicato. Esa ayuda al desarrollo social que aportaba el sindicalismo ya no existe, pues ¿cómo acelerar un desarrollo que ya no existe? El hecho de que se mantenga con vida, y con la fuerza que tiene, prueba que es un organismo capitalista, que ya no favorece desarrollo alguno, sino la marcha hacia una barbarie cada vez mayor.

El capitalismo ha desarrollado la única clase que históricamente es capaz de abatir toda sociedad de explotación abatiendo aquella en la que se encuentra, y hoy más que nunca, cuando existen todas las condiciones materiales, todas las contradicciones contenidas en las sociedades inhumanas solo pueden encontrar solución mediante la resolución de la contradicción explotadores-explotados, capital-trabajo asalariado. Todo organismo político y económico solo puede encontrarse objetivamente en un campo o en el otro; no hay término medio, ni fuerzas progresivas a las que apoyar que favorezcan el acceso al comunismo fuera del proletariado insurrecto.

El sindicato es capitalista y desempeña bien su papel, el de chulo de los asalariados: aísla o trata de recuperar todas las luchas; ataca a los trabajadores más rebeldes; en ciertos países capitalistas que representan el porvenir reaccionario y asesino del capital, a saber, los países capitalistas de Estado, está incluso integrado en el Estado y compra directamente la fuerza de trabajo, y a los burócratas sindicales va a parar una parte de la plusvalía.

Hoy las «luchas» sindicales son no-luchas; ni siquiera están en el terreno reivindicativo del proletariado. Debemos combatir todo organismo que, por el enunciado de sus reivindicaciones, no ataque ni aspire a atacar la acumulación del capital y, por ende, el capital y la explotación. Ahora bien, las reivindicaciones sindicales son todas reaccionarias; ninguna ataca la plusvalía, salvo en algunos casos, cuando hay que subirse al tren en marcha para poder detenerlo mejor más tarde. En ese sentido, la acción sindical no está en el terreno de la reivindicación de clase; peor aún, la impide. Los revolucionarios solo pueden juzgar las reivindicaciones en función del objetivo general de la lucha de clases: la revolución social. Las reivindicaciones que hay que defender solo pueden ser las que atacan los fundamentos de la explotación. Todo lo contrario de la reivindicación sindical.

Además, y para terminar, habríamos podido abordar la cuestión desde otro punto de vista. En efecto, en el momento en que las condiciones materiales objetivas están reunidas para la transformación comunista de la sociedad, todo organismo de masas que se mantiene en período de «paz social» es forzosamente reaccionario. En efecto, puesto que solo la revolución social está al orden del día, una organización proletaria, en cuanto adquiere cierta influencia, la utiliza para destruir el capitalismo e impide, por tanto, la «paz social».

Los revolucionarios deben, pues, combatir toda idea de crear una organización de masas que se mantenga en período de «paz social», toda idea, por tanto, de apoyo, aun crítico, al sindicato, y, al contrario, organizarse sobre posiciones revolucionarias, que, conjugadas con la acción de clase, son las únicas garantes de la unidad proletaria, de la revolución y del comunismo.